/ una reseña de Carlos Alcorta /
Toda la obra poética de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) está caracterizada, desde sus primeros libros, por la intensidad lírica. En sus poemas logra trasmitir ―de una manera persuasiva, pero sigilosamente, sin necesidad de recurrir a expresiones grandilocuentes, a periclitados verbalismos ni a quiebros formales― sensaciones, experiencias, incluso ideas ―me atrevería a decir― propias, pero que forman parte del acervo de las experiencias humanas compartidas casi de manera unánime por todos. Sus poemas proceden de la vida cotidiana; de las reflexiones que el contacto diario con la realidad provoca. Ese contacto se puede realizar desde la soledad de un cuarto de trabajo propio o, como es el caso, desde un territorio ajeno, extraño que proporcionan, por ejemplo, los viajes. En ellos, en general, la falta de lugares habituales de referencia despierta la necesidad de apropiación, y esta la llevamos a cabo a través del lenguaje.

Aunque el hecho de escribir un poema sea, inicialmente, algo que la propia mente no había previsto, es gracias a él como el viajero toma conciencia final de los detalles del viaje. Da la sensación de que el viaje se completa cuando se narran aquellos momentos, aquellas escenas, aquellas sensaciones, que probablemente hayan cambiado desde entonces nuestra manera de ver las cosas; nuestra forma de relacionarnos con el entorno. El poema, en mayor medida que las fotografías o los objetos de recuerdo, parece abrir una puerta de retorno al viaje mismo y al tiempo anterior a dicho viaje; un tiempo de ilusión tan intensa o más que el viaje en sí, como nos recuerda Jorge Luis Borges, y valga esta alusión para hacer mención a que el sabio bonaerense es el protagonista ―como luego veremos― de algunos poemas de Sobre el azar del mundo. El título proviene de unos versos del primer libro (Territorio) de nuestro poeta, como él mismo aclara en Nota, de la cual extraemos estos datos, acaso irrelevantes para disfrutar de la serena factura de los poemas: «Escribí en Plasencia la primera versión de Cuaderno de Sofía [una de las dos secciones del libro] en apenas dos meses de 2018, tras una breve estancia en Sofía». Unas líneas más abajo nos informa, y esto sí que es relevante para nuestro propósito, de que escribió de memoria: «No tomé ―escribe― ninguna nota durante ese viaje de invierno (aunque fuera a finales de marzo) ni llevé ningún diario». Y es relevante porque el viajero se ha dedicado a viajar, a ver ―del «goce de la simple visión» escribe en un poema―, a recorrer la ciudad, a observar lo que para sus habitantes son paisajes rutinarios, con la mirada desnuda del extranjero: «El azar ha querido/ traerte hasta Sofía,/ una ciudad que nunca/ pensaste visitar./ Te asombra este viaje/ al otro mundo». Así ha podido darse de bruces con lo extraño y de esa extrañeza, de sus consecuencias, dan cuenta los poemas que han surgido algún tiempo después de manera espontánea, poemas breves, impresiones líricas ―en ocasiones también narrativas― que poseen la frescura y la intensidad del haiku: «A vista de pájaro/ la ciudad es un mapa/ cubierto por la nieve». La nieve, símbolo de pureza, tiene mucho protagonismo en estos versos. Nieve en las ramas de los árboles, «dibujadas de blanco», en las calles, donde «Cae la nieve/ con esa parsimonia que le es propia/ a ese tiempo feliz e intempestivo». Pero la nieve también oculta las ruinas, la miseria, el deterioro, la suciedad, acaso más visible cuando esta desaparece y deja al descubierto el rastro de la desolación.
Una gran parte de los poemas de este cuaderno reflejan breves impresiones, pero otros se aventuran en describir más detalladamente paisajes o monumentos, como el poema en prosa que narra la visita a «la pequeña iglesia medieval de Boyana». Nada más alejado, sin embargo, de una guía turística. La forma de integrarnos en la ciudad, de hacerla más vívida para quienes no la conocemos se consigue, paradójicamente, con economía de palabras, pero cada una de las leemos en estos poemas nos inspira una sensación de verdad casi milagrosa, por eso nos convencen y nos hacen sentir que, lejos de estar en la posición del espectador, somos también ese visitante invisible que pasea a la vez por las aceras y por las páginas de este libro.
La segunda sección, Cuaderno suizo, tiene un origen distinto pero un similar procedimiento de escritura: «Hay memoria, tono fragmentario, inmediatez, noción de lugar…», dice Álvaro Valverde, y un mismo efecto, ese que hace al viajero ser otro después de finalizado el viaje: «Nace, sí, la jornada/ y con ella el anuncio/ de una nueva existencia». Grandson es la ciudad que da origen a unos primeros poemas: «Con qué parsimonia/ amanece en Grandson», escribe. Aquí, más que la nieve, el protagonismo lo ostenta la falta de luz («Una luz tamizada/ enciende las estancias/ que guardan en silencio/ obras de arte y muebles/ decantados con gusto»), su levedad, una levedad que invita al recogimiento: «¿Qué puede estar pasando tiempo adentro/ en las habitaciones de esta casa?// ¿Qué secretos esconden estos cuartos/ donde vive el misterio de la noche?», se pregunta. En los poemas de la segunda parte, «Ginebra», se homenajea a diferentes escritores que tuvieron alguna relación con la ciudad, como Borges, enterrado aquí, Ramos Sucre, José Ángel Valente, María Zambrano, Alfonso Costafreda o Aquilino Duque. A partir de ahora, y pese a que la estancia ginebrina ha sido breve, habrá que considerar a Valverde un ilustre «habitante», una «una sombra más entre estas sombras/ que pasean las calles de Ginebra». Pocos libros podemos leer hoy en día que nos dejen una confortable sensación de complicidad, de gratitud como los poemas de Sobre el azar del mapa. La poesía de Álvaro Valverde nos acoge generosamente, sin pedir nada a cambio, nos hace amar un lugar que ha pasado a formar parte de su vida. Es la suya una poesía del todo habitable, mejor aún, hospitalaria y a nosotros sus lectores solo nos queda ser sus agradecidos huéspedes.
Selección de poemas
23
Oh, tourist
Elizabeth Bishop
El viajero,
que rehúye a conciencia
el papel de turista,
evita otra intención
que no sea
la que mueve al disfrute
del paseo. Que aquello
que visite o que advierta
se sustente en el goce
de la simple visión,
sin agregar factores
que acaso condicionen
su experiencia; así, pasa
por una u otra iglesia,
entra en algún museo,
se detiene delante
de cualquier monumento
y no atiende a otra cosa
que no sea mirar
con la calma debida
lo que tiene ante sí.
Cuanto contempla, entonces,
se convierte en recuerdo,
tal vez en la vivencia
de un momento capaz
de resistir indemne
en el fondo sin fin
de la huidiza memoria.
25
Me gustan
las ciudades decadentes.
Cádiz, Palermo, Nápoles,
Tánger, Trieste, Lisboa…
Las que no son perfectas:
por limpias, ordenadas,
con viviendas intactas
y avenidas extensas.
Sofía, como aquellas,
tiene casas en ruina,
con muros desconchados,
tomadas con total alevosía
por la humedad y el abandono.
También por los grafitis.
Casas, a veces,
con jardines cerrados
que invitan al misterio.
Y hay suciedad
y solares y obras
que no concluirán nunca.
En suma, una desidia
que ni la nieve oculta.
Tal vez por eso
me gusta esta ciudad
donde el viajero
no transita, impecable,
por un parque temático.
42
Porque ¿cómo ponerse en el lugar del otro?,
¿cómo saber si aquello que intuimos
es en la realidad lo que sucede?
Es fácil suponer qué pasaría
si viviera uno aquí.
Mas sólo eso: imaginarlo. Qué distinto
soportar cada día un clima adverso,
la pobreza que más que ver se intuye,
la tristeza que destilan las horas
que hemos pasado transitando calles
con un destino incierto, bulevares
que evocan viejos tiempos
donde la vida pudo ser más alta.
Solemnes edificios de muy noble factura
dotaron a este sitio de un ilustre pasado.
Sinagogas, iglesias y mezquitas
aportaron la fe en las grandes causas.
Sin embargo, es la melancolía
el verdadero genio del lugar.
El presente proyecta una sombra pesada
que oscurece la espera de un amable mañana.
No basta con soñar lo que es posible.
(De Cuaderno de Sofía)
6
Cualquier jardín contiene un paraíso.
Este incluso, abandonado y triste
—ni pájaros parecen visitarle—,
que vemos a través de la ventana.
No hay flores, la luz es una sombra,
la tierra un barrizal y, sin embargo,
es posible encontrarle su belleza.
Unos cedros del Líbano dan lustre
a este modesto espacio que entre muros
contemplamos sereno y en silencio.
(De Cuaderno suizo. Grandson)
5
Entre bolsos de piel
(de un olor que aún retengo)
y unas típicas mantas argentinas,
el ejemplar de un libro de poemas.
Llegó de Buenos Aires hace años.
En la maleta de uno de mis tíos,
emigrante en América
a principios del XX.
Al abrirlo, vi la firma de Borges.
Pequeña y en oblicuo.
Con la caligrafía desmañada
de alguien que es mayor y además ciego.
En mis manos,
El oro de los tigres.
(De Cuaderno suizo. Ginebra)

Álvaro Valverde
Tusquets, 2023
168 páginas
16 €

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como Clarín, Arte y Parte, Turia, Paraíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel Puente, Marcelo Fuentes, Rafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.
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Buena poesia. Yo soy poeta. Me gustaria publicar acá