/ una reseña de Pablo Luque Pinilla /
Con mucho gusto me habría ocupado de Lo que todavía vive en una publicación de mi blog, pero tanto web como blog se hallan ahora en plena renovación y no los espero revividos hasta finales del invierno. Como no quería demorarme en dejar escritas algunas impresiones sobre el libro, lo intenté en los dos mil doscientos caracteres del pie de foto de Instagram, pero no logré adaptarme a tanta brevedad. Sirva pues este apunte en El Cuaderno, que siempre me acoge, para compartir algunas observaciones de carácter muy personal sobre el texto y abrir el apetito de su lectura.
Como receptor prematuro de esta primera obra en prosa de Luis Ruiz del Árbol, a la que tuve acceso aún antes de ser editada, lo primero que pensé es que me parecía estar tertuliando con él; asistiendo a su particular modo torrencial y expresivo de comentar. También que se trataba de un libro de conversaciones escrito por el placer de ofrecernos un puñado de intuiciones entrevistas en diálogo con series, películas, obras de teatro, libros, comics, arquitectura o lugares enriquecidas al confrontarlas y compartirlas con amigos y allegados, conocidos o encontrados, en persona o en las redes sociales. Un puñado de trescientas entradas organizadas en veintitrés capítulos ―además de introducciones, interludios, adendas e índices― que pueblan el volumen como se pueblan las ciudades. Lo importante será lo que en ellas hagan sus habitantes ―o sus lectores―, porque al final lo que nos queda es la vida allí engendrada.
Lo segundo que me sorprendió fue comprobar hasta qué punto hallé cambiado a Luis en el libro, lo que me recordó hasta qué punto yo también he cambiado. Hasta qué punto hemos cambiado todos. Quisimos hacer un camino al encuentro de los demás, pero el camino acabó por encontrarnos, ciertos en ese propósito, de regreso a nosotros mismos. Porque si algo hace esta obra es dar testimonio de un regreso, y quizás por eso aprecie el texto tan expuesto y generoso. El volumen se trata, qué duda cabe, de un ajuste de cuentas con la propia vida, de un trabajo de madurez. Se nos ofrece así un fruto en sazón; algo que puede resultar nutritivo para todos.
Ruiz del Árbol nos propone una tesis para el libro desde el Introito: «si bien es cierto que hay un mundo que está desapareciendo, y que esa desaparición es dolorosa, a la vez está surgiendo otro nuevo desde las cenizas y ruinas de aquel» (pág. 11). Partimos, añado, del estado de las cosas que nos ha brindado la posmodernidad, que es el único movimiento cultural de la historia que niega haber existido. De su inexistencia, por tanto, en la que hemos asistido a tanto vaciamiento de sentido y criterios de valor, a la que habría que sumar la acelerada transformación de los medios de producción y diversas crisis sobrevenidas ―económicas, sanitarias y bélicas, entre otras―, es de donde debe surgir un nuevo tipo humano amparado por una certeza: «nuestra misión histórica es salvar lo que todavía vive» (ibídem). Que es lo mismo que reparar en lo que, pese a todo, nunca ha dejado de vivir. Pues si a algo nos invita el autor es a recordar que no hay conmoción histórica ni existencial que pueda sepultar semejante hecho. Para custodiar esa llama no extinta propone el método de la presencia y del riesgo. Hay que arriesgar y hay que hacerlo juntos. De hecho, si algo me trasmite este texto es la imperiosa necesidad de diálogo. No pretende resolver nada, sino trastocar para enriquecer. No concluye, sino que señala. Puede uno tratar de ir desde un punto a otro de la obra siguiendo algún orden, pero su único sentido lógico será percibir la interacción entre todos ellos. No hay dirección, porque su dirección es la convivencia de tantos y tan dispares pareceres, siempre que estén guiados por una tensión ideal y resulten de provecho. Una lógica de desbroce y tanteo. El piloto que nos indique si la orientación era buena será el «milagro de la regeneración del yo y de la cultura» (ibídem). En virtud de esta convivencia armónica de aspectos divergentes ―o polares―, no me extraña que a Luis Ruiz del Árbol le enamore tanto Guardini.
Si la verdad es sinfónica, como nos recordara Von Balthasar, este volumen es una orquesta. Quien pretenda estar de acuerdo con casi todo lo que en él se dice, es preferible que no lo lea. La realidad es diversa y nuestros puntos de vista forman una galaxia. Entre tantos, muchos acertarán, y los que no, contribuirán al discernimiento. Por eso, para quien disfrute con la contemplación de las estrellas, este es su libro. «El mundo no es un enigma a resolver, sino un misterio gozoso que contemplar» (pág. 12). Así concluye la Introito.
De entre los astros de este firmamento que me resultaron muy cercanos y me alcanzaron ciertamente de lleno, dejo anotados por aquí algunos sin ningún ánimo de exhaustividad. En cualquier momento se podrían destacar otros. Tal es el caso del fragmento sobre el juego, «la forma más intensa de vivir» (pág. 30), porque «el tiempo es un niño jugando. Porque en el acto de jugar, despreocupadamente, como un niño, se une misteriosamente la eternidad y el instante» (ibídem). O el hermoso pasaje dedicado a «Talita». En él, cuenta Ruiz del Árbol que así llamaba al bebé que él y su mujer Alicia perdieron a las pocas semanas de gestación. Al sufrimiento causado por este hecho, le sucedió una certeza: «Everybody has a mission. Todos tenemos una misión. No hay nadie que no sea imprescindible, irremplazable. Empezar a ver el mundo desde este dolor, desde esta conciencia, haberme puesto un corazón de carne, haberme abierto a la compasión, quizás haya sido el gran regalo de mi niña. Talita cumi» (págs. 39-40). Al fin y al cabo, hay que «dejarse fecundar; no ser semilla, sino surco. Somos lo que nos pasa, no lo que hacemos» (pág. 46). También me resultó especialmente hermoso encontrarme con esto otro: «Hasta hace poco pensaba que el perdón, si era verdadero, implicaba olvidar la afrenta sufrida o causada; pero he descubierto que no: que se puede mantener viva la conciencia de la cicatriz sin por eso estar preso del resentimiento. De hecho, quizás sólo sea posible el perdón memoriado» (pág. 73). Recuerdo perfectamente el poema que a propósito del asunto del perdón hice de un dibujo del autor, y que está recogido en mi poemario Cero. En la discrepancia entre el título de ese dibujo y el poema se refleja este debate. Yo entonces ya era un creyente en el perdón memoriado, pero no intenté convencer a Luis de mi postura. Creo que, de hecho, ni lo intenté, y me limité a titular el poema de otra manera. Al fin y a cabo, es un asunto que se aclara con determinadas experiencias de perdón o no se aclara, así que agradezco mucho no haber polemizado. Doy fe de tantas otras cuestiones en las que fue al contrario y el tiempo ―y la posición de Luis― me pusieron en mi sitio. Por eso me ha gustado, asimismo, leer determinadas argumentaciones en la obra respecto de la manera en la que convivimos con las actitudes y convicciones ajenas, como cuando se explica: «Vivir alerta, estando a la que salta, a las cagadas y límites del prójimo es un signo manifiesto de mediocridad intelectual, mezquindad moral y, sobre todo, de un tremendo complejo de inferioridad. Estamos más pendientes de escrutar escrupulosamente la ortodoxia, que de sorprender lo valioso que hay en las cosas» (pág. 75). O como cuando también, un poco más adelante, se reconoce: «Cuando se vive con la conciencia de estar en camino, te haces más libre de tus opiniones, y todo, todo, se convierte en ocasión de aprendizaje». (pág. 82). Especialmente bello me parece un dicho catalán que recoge Luis de un amigo suyo arquitecto ―Ruiz del Árbol es un declarado amante de la arquitectura―, quien se lo descubre: «A las casas las mantiene el humo» (pág. 114), al que suma esta observación de Manuel Astur: «Las casas, como los corazones humanos, envejecen más en un año, cuando están vacías, que en veinte con una familia dentro» (ibídem). Pienso que el arquitecto de nuestro texto, Luis Ruiz del Árbol, se ha empeñado en proponernos los planos de una catedral en la que todos podríamos reunirnos si estuviéramos dispuestos a implicarnos de manera conjunta en su construcción. Un templo en el que custodiar lo que haya funcionado y acoger los nuevos retos que el mundo, en sus constantes transformaciones, nos plantea. El propio volumen es un completo empeño por no dejar nada fuera. Ni tampoco a nadie: «No podemos dejar a nadie atrás: ni a los que sufren la precariedad laboral en todas sus formas, ni a los menores no acompañados, ni a las mujeres y niñas víctimas de la trata y la explotación sexual, ni a los ancianos solos y aislados socialmente, ni a los inmigrantes que se juegan la vida huyendo de la miseria, ni a la gente del campo que ve que su tierra se queda sin futuro, ni a toda la gente que sufre abandonada a su suerte en un entorno que solo premia el éxito, la juventud y el poder» (pág. 115). A estas alturas al lector no le sorprenderá que si uno se ha identificado con estas citas, le emocione encontrar esta otra: «siempre he apreciado las trayectorias no lineales, los recorridos vitales de personas que han ido dando tumbos de un lado a otro en busca de un ideal, hasta que por fin han encontrado su lugar en el mundo» (pág. 127). Considero que Ruiz del Árbol pertenece a ese tipo de individuos que encontró su lugar en el mundo sin darlo por supuesto, arriesgando e insistiendo. No hay otra forma de hacerlo, por otro lado, así que mucho mejor si este procedimiento, comprometido con la curiosidad, la búsqueda y el asombro, fue la principal guía para lograrlo.
El fruto es nutritivo, ya lo dijimos. Al fin y al cabo, uno no le pide otra cosa a una obra. Los libros siempre esperan encontrar a su lector necesario, como el lector siempre busca encontrar el libro que necesita. En este sentido puede decirse, por si sirviera de orientación, que el tono del texto es ensayístico, por cuanto se propone desbrozar una tesis y lo hace en un estilo explicativo, diáfano, por ratos aseverativo. Tampoco renuncia a cierta ascendencia poética en la medida en la que, como asimismo se ha comentado, respira por las heridas de sus motivos, resulta provocador y propone encrucijadas. Pero fundamentalmente la propuesta es original. Y, sobre todo ―también se ha indicado―, muy apegada a la sensibilidad de su artífice. A los que conocíamos a Luis quizá esto no nos sorprenda. Éste, extremadamente curioso, y ávido de deseo por deglutir el mundo para extraerle su esencia y compartirla, nos brinda un conglomerado de reflexiones multidisciplinares, así como de los autores y obras con las que dialogan, en una exhortación sui generis a la que merece la pena acercarse.

Luis Ruiz del Árbol
Encuentro, 2023
240 páginas
18 €

Pablo Luque Pinilla (Madrid, 1971) es autor de los poemarios Greenwich (44º Premio Ciudad de Irun de Poesía, Algaida, 2021), Cero (con ilustraciones de Fromthetree, Renacimiento, 2014), SFO (con fotografías de José Luis R. Torrego, Renacimiento, 2013) y Los ojos de tu nombre (Huerga & Fierro, 2004), así como de la antología Avanti: poetas españoles de entresiglos XX-XXI (Olifante, 2009). En Estados Unidos publicó la versión bilingüe inglés-español de SFO (trad. Korbin Jones, Tolsun Books, 2019). Fue el creador y director de la revista de poesía Ibi Oculus (2008-2018, Ed. Encuentro) y junto a otros escritores fundó y dirigió la tertulia Esmirna (2007-2012). Ha publicado poemas, críticas, prólogos, estudios, artículos y entrevistas en diversos medios españoles y ediciones bilingües italianas, y participa de la poesía a través de encuentros y recitales, entre ellos el ciclo El Latido que celebrara el Instituto Cervantes de Roma.
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