Mirar al retrovisor

¿Por qué las cosas no funcionan?

Un artículo de Joan Santacana sobre la «obsolescencia programada» y el tiempo en el que las cosas no se estropeaban.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

En la plaza del pueblo donde paso mis años de jubilado había tres bares. El mayor de ellos estaba regentado por un joven que abría todas las mañanas puntualmente y cerraba bien entrada la noche: trabajador y constante, fue ganando una nutrida clientela. Los otros dos, más irregulares, la fueron perdiendo, hasta que recientemente cerraron. Desde entonces, aquel bar tan puntual ha empezado a no abrir algunos días. Empieza la jornada con menos regularidad y a veces cierra por la tarde. Alguien me dijo: ¡claro, ahora ya tiene el monopolio! No sé si ello es cierto y desconozco el oficio y las tareas que comporta regentar un bar, pero pienso que esta plaza rural es como un microcosmos, y que algo parecido ocurre en el mundo. Hace años, hacia 1981, mi admirado antropólogo Marvin Harris escribió un librito que se tradujo al español con el título ¿Por qué nada funciona? En él estudiaba los problemas y las incomodidades de la sociedad norteamericana, resultado del paso de una economía productora a una economía basada en los servicios. Aquello que el antropólogo veía en su país hace cuarenta años, está ocurriendo entre nosotros, en Europa.

En efecto, como él exponía en su obra, en un pasado no muy lejano, cuando uno compraba un producto, ya fuere un electrodoméstico, un vehículo o unos zapatos, esperaba que la manufactura adquirida tuviera una razonable duración. Hoy, por el contrario, es frecuente que de cualquier producto industrial, ya sea un frigorífico, una lavadora o una simple batidora, se rompa al cabo de poco tiempo alguna pieza fundamental que impida su correcto funcionamiento. A veces es una pieza de plástico, intercalada en un mecanismo metálico y, por ende, es la primera que se rompe; a veces es un circuito eléctrico en el que falla el interruptor o el enchufe; en otros casos es el microchip que ha dejado de funcionar. Así mismo hay objetos, desde algunos zapatos a colchones, cuya goma sintética se descompone al cabo de un cierto tiempo, y así en todo lo demás.

¿Por qué está ocurriendo? Tal como Harris comenta, en las sociedades primitivas, los circuitos comerciales eran cortos. Un individuo producía puntas de flecha para cazar él y sus congéneres y no era probable que alguna punta de sílex fuera defectuosa, porque él conocía a quienes la iban a utilizar. Una mujer podía coser pieles para sus hombres y no era fácil que lo cosieran mal porque sabían que aquel fallo podía significar un grave percance. De forma similar, en las sociedades en que yo crecí, las cosas solían seguir un patrón parecido. Comprar una silla o una mesa a un comercio del barrio significaba asegurarse que no era defectuosa. En mi casa había un viejo coche Opel de los años treinta que llegó sin percances a los años setenta y mi padre lo vendió, no porque funcionara mal, sino porque quería un vehículo moderno. Otro ejemplo: cuando yo empezaba a estudiar, mi familia encargó a un marroquinero que me fabricara una cartera de cuero. Aquella cartera, la primera de mi vida, todavía la tengo, y goza de buena salud.

Puede que la razón por la cual hoy compramos productos que ya no funcionan al cabo de poco tiempo sean parecidas a las del bar de mi pueblo: las grandes corporaciones han crecido tanto que se han comido literalmente a los pequeños y ahora disfrutan de unos monopolios apenas encubiertos. Es el caso de bancos, compañías telefónicas, fabricantes de automóviles, las grandes cadenas de electrodomésticos, etcétera. Ellos no conocen a los consumidores de sus productos y, por otra parte, sus directivos, a menudo reclutados en las grandes escuelas de negocios, no conocen los procesos de producción y solo conocen los mecanismos financieros y comerciales. No les preocupa si el producto que comercializan dura mas o dura menos, ya que ellos estarán al frente de la corporación cuatro o cinco años, tiempo suficiente para escalar en otro cargo directivo de una nueva corporación que quizás producirá cosas totalmente distintas.

Siguiendo en esta lógica de producciones efímeras, no se puede olvidar la obsolescencia programada, es decir, fabricar cosas de tal modo que si un mecanismo tiene 50 piezas, con que se introduzca una que sea de material perecedero o débil, es ya suficiente para que el conjunto sea obsoleto. Por otra, el recambio de la pieza, en sí muy barata y de bajo coste, se suministra a un precio tan elevado, que es mejor no reparar el mecanismo. ¿Ustedes han intentado comprar un cajón de plástico rígido de una nevera cuando el original se ha roto? 

La epidemia de artículos de ínfima calidad es, en fin, una característica de nuestras sociedades, a lo que hay que sumar el abandono de la formación de jóvenes en los servicios. Hoy no es raro hallar en un restaurante camareros que no saben servir platos, cocineros que jamás han cocinado, dependientes de comercio que no conocen los productos que venden, etcétera. También esto forma parte de la misma cadena: salarios bajos, trabajos precarios, poca formación y como resultado mal servicio. ¿Se han preguntado por qué hoy un joven no se esfuerza en mejorar su formación en una determinada actividad? Una de las razones es que saben que van a durar poco en ella. Finalizada la temporada los van a despedir y tendrán que trabajar en otra muy distinta. No tienen, pues, incentivos para mejorar.

Por lo tanto, dado el enorme poder y la gran inercia de los oligopolios, de las burocracias industriales, es difícil invertir estas tendencias, pero cuando ustedes vean a algún joven que intenta hacerlo, o a algunos ancianos que se esfuerzan por mantener su negocio tradicional, apóyenlo en la medida de sus fuerzas: representan los brotes verdes en medio del erial.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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