Mirar al retrovisor

Moscas y smartphones

Un artículo de Joan Santacana en defensa de la permisión del uso de smartphones a los niños en los colegios e institutos.

/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /

Hace unos años, siendo profesor de un máster universitario sobre museografía interactiva, visité con mis alumnas y alumnos un museo de la ciudad suiza de Basilea, pequeña ciudad de menos de doscientos mil habitantes que tiene el atractivo de reunir un gran número de museos. En el Naturhistorisches Museum Basel había una exposición sobre las moscas. La muestra se iniciaba con una serie de módulos museográficos que mostraban todos los males que las moscas pueden provocar en los humanos, tales como fiebres tifoideas, paratifoideas, cólera, disentería, diarrea infantil, ascariasis, giardiasis, oxiuriasis, salmonelosis, teniasis, tracoma y un largo etcétera. Además, la exposición mostraba imágenes de personas atacadas por miles de moscas que las hacían enloquecer.

Cuando uno estaba ya convencido de la necesidad de exterminar a todos estos molestos y malignos insectos, otra galería le mostraba lo necesarias que eran las moscas para la vida. Otros tantos módulos museográficos informaban a los usuarios de cómo las moscas contribuyen a la cadena alimentaria, ya que utilizan las heces de muchos animales para reproducirse y alimentarse; y cuando las larvas se alimentan, desintegran al mismo tiempo la materia orgánica y liberan nutrientes que usan las plantas, los hongos y las bacterias, sin lo cual la vida se empobrecería notablemente sobre la tierra. Además, polinizan las flores y son el alimento de los insectívoros: hay infinidad de animales y vegetales que comen moscas, y, gracias a ello, la cadena trófica se mantiene. Los usuarios salían de esta galería convencidos que, si las moscas fueran exterminadas, la humanidad también se acabaría.

Los museólogos suizos habían colocado al final de la exposición dos pulsadores; uno verde y otro rojo, para que, al salir, pulsáramos uno o el otro. El verde significaba larga vida a las moscas y el rojo implicaba el deseo de exterminarlas. Ni que decir tiene que la gran mayoría de visitantes optaban por el verde.

Esto mismo ocurre hoy con los smartphones y los adolescentes. Veamos por qué lo digo. A veces uno sabe que navega contracorriente; seguidamente voy a intentarlo. Desde que aparecieron la inteligencia artificial y el chat GPT, se han multiplicado las noticias de pedagogos, docentes y asociaciones de padres de alumnos que se posicionan contra el uso de teléfonos móviles entre niños y niñas o jóvenes y adolescentes.

Las razones esgrimidas son diversas. El profesorado está preocupado en primer lugar porque el uso de estos dispositivos en el aula distrae y afecta a la capacidad de concentración. En otras ocasiones, creen que los móviles generan problemas de comportamiento y facilitan la toma de fotos inapropiadas y no consentidas, así como de grabaciones de las clases. Por otra parte, en el entorno de padres y asociaciones plantean que muchas veces se convierten en herramientas de acoso que los acosadores «llevan en su propio bolsillo». Los tienen en casa, cuando duermen o cuando están en el aula. Incluso hay quienes argumentan que la tasa de suicidios aumenta con el uso de estos aparatos minúsculos que todo el mundo utiliza. Se argumenta asimismo que con los smartphones se accede a contenido inapropiado para la edad del sujeto. Preocupa especialmente el acceso de niños a contenidos pornográficos, violentos, material desinformativo, noticias falsas e incitación a la violencia y al odio.

Y todo esto es cierto sin matices. Pero hay otra cara de la moneda que también es preciso poner de manifiesto. Los teléfonos móviles son son herramientas de comunicación que permiten la comunicación casi instantánea entre padres e hijos, útil especialmente en caso de pérdida o de peligro inminente. También son útiles como herramientas de seguridad, ya que se puede conocer ubicación y recorridos, y por lo tanto, disponer de control parental. Pero son también herramientas educativas si se usan adecuadamente. Permiten acceder a las más inmensas bibliotecas del mundo, desde la Larousse a la Británica; son bancos de imágenes inagotables del arte mundial; son atlas gigantescos que nos acercan a cualquier lugar del planeta; con ellos podemos acceder a claves tecnológicas, idiomáticas, etcétera. También son calculadoras, traductores de textos y fuentes de datos como las que nunca la humanidad ha tenido en sus manos. Y también herramientas de socialización: permiten crear grupos de amigos, enlazar personas de lugares lejanos del mundo, consolidar amistades. Todo esto, sí, también es cierto. Nunca los humanos hemos tenido en las manos aparatos mas poderosos a tan bajo coste.

Y ahora viene aquello de pulsar el verde o el rojo: el Ministerio de Educación de Francia pulsa el botón rojo; nuestros sesudos asesores de consejerías y ministerios también puede que se inclinen por el rojo y quieran prohibirlos. Pero yo me inclino por el verde. Y lo hago, en primer lugar, porque juzgo erróneo prohibir algo que está en uso en todas las casas, en el metro, en los autobuses, en las oficinas y en los comedores de las mismas familias. También juzgo erróneo prohibir una herramienta tan potente, con la cual nuestros jóvenes, quieran o no, deberán ganarse la vida en el futuro; y finalmente, lo juzgo erróneo por imposible, ya que no es fácil ir contra la rueda de la historia. A quien quiera hacerlo, le ocurrirá como a don Quijote frente a los molinos de viento de la Mancha: ¡los triturará!

Por ende, soy de los que opinan que es imprescindible enseñar a usarlos, enseñar a programar, enseñar las reglas de la algoritmia y, en suma, educarlos con el smartphone y no contra él, algo difícil, pero inevitable en el mundo futuro. La prohibición unida a su ignorancia solo estimulará su mal uso. Cuando se mira por el retrovisor de la historia, es fácil darse cuenta de la inutilidad de las prohibiciones; cuando una tecnología o una novedad se impone, intentar prohibirlo siempre sale mal. ¿Recuerdan el Índice Eclesiástico de Libros Prohibidos? ¿Recuerdan la prohibición contra la Encyclopédie de Diderot? Pues tomen nota.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Moscas y smartphones

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo