Crónica

Meritocracia: ¿solo una cuestión actual?

Un estudio histórico de Álvaro Sánchez López de Vinuesa, exploración de la concepción del 'mérito' durante la Edad Moderna.

/ por Álvaro Sánchez López de Vinuesa /

En los últimos años, parte de la opinión pública ha puesto en el punto de mira la noción de meritocracia imperante en nuestra sociedad. Los medios de comunicación se han hecho eco de cavilaciones y advertencias que venían barruntando filósofos e intelectuales desde hace tiempo. Proponemos mirar varias centurias atrás, a la Edad Moderna —esto es, el período comprendido entre finales del siglo XV y principios del XIX— para reflexionar sobre la cuestión desde un prisma histórico que atienda a realidades pasadas, pero que tienen interés en el presente y, acaso, en el futuro.

Meritocracia alude a un orden social edificado en torno a una definición concreta del mérito, cimentado en la suma de habilidad y esfuerzo (Daniels, 1978: 206-207). El mérito, por tanto, no deja de ser un constructo social que articula y atraviesa la cosmovisión de la sociedad en que vivimos. Imbuidos en ella, casi sin darnos cuenta, estamos rodeados de multitud de calificaciones, evaluaciones, baremaciones, pruebas y otras muchas formas de medir méritos, sea en el ámbito deportivo, el educativo o el laboral. De resultas de estas mediciones, la recompensa adquirida será una u otra, mejor o peor. A mayor esfuerzo, mayor recompensa. Es justo, ¿no? Lo parece…

En este sentido, la categoría meritocracia funciona como un principio explicativo —y justificativo— de la desigualdad. Se sitúa en el núcleo del sistema de distribución de posiciones y recompensas. Y está tan imbricada en nuestra concepción de la sociedad que es asumida como la más justa forma de diferenciación —que suena bastante mejor que desigualdad—. De esta forma, casi instintivamente, estimamos mucho más justas y moralmente aceptables desigualdades generadas por diferencia de talentos, que otras basadas en criterios denostables como la raza o el género (Souroujon, 2021: 61-62). En efecto lo son. Quizá nos dejamos seducir aquí precisamente por los parámetros meritocráticos de nuestra sociedad capitalista, pero convendremos en que parece preferible diferenciarse por criterios más o menos controlables por el sujeto, que dependen en cierta medida de su actuación en sociedad, que por principios ajenos a su voluntad como el sexo o el país de nacimiento. Pero la «trampa» de la meritocracia —término empleado por la prensa y los académicos— se oculta en la desigualdad de oportunidades de base o incluso la falta de ellas. Esta disparidad en la posición de partida implica que el esfuerzo de un individuo habrá de ser muy diferente al de otro para alcanzar una misma recompensa. O quizá, incluso, esta le sea directamente inalcanzable. Michael J. Sandel, filósofo y premio princesa de Asturias de ciencias sociales en 2018, alerta con frecuencia sobre esta disrupción, a la que ha dedicado una obra de provocador título: La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común? (2020).

Por supuesto, esta concepción del mérito es consustancialmente indisoluble del individualismo de la sociedad capitalista, optimista por naturaleza, en la que —al menos en la teoría— todo el mundo puede alcanzar sus objetivos. Siempre que se tenga habilidad y se haga esfuerzo… Mas, ¿qué hay del punto de partida? ¿Es posible equiparar oportunidades a todos los sectores sociales?

La fuerza de la sangre, la familia y el parentesco

Hubo otros tiempos, en cambio, en los que la igualdad de oportunidades era algo que ni siquiera podía concebirse. Nos referimos a la Edad Moderna, caracterizada por una desigualdad prefijada jurídicamente por razón de nacimiento. Aplicar conceptos meritocráticos en este contexto estamental es, en consecuencia, harto complicado, ya que, de partida, en esta sociedad corporativa las oportunidades de movilidad social del individuo quedaban encajonadas por motivos en gran medida ajenos a su persona. El nacimiento, como decimos, es quizá el más evidente de ellos. Y, ligada fluídicamente a él, la sangre. En otras palabras, el parentesco y la familia eran factores sociales determinantes —o, al menos, fuertemente condicionantes.

En el Antiguo Régimen, la sangre constituyó un símbolo, percibido extrínsecamente por parte de la sociedad, que —según se creía— comportaba de forma innata e indefectible una serie de valores y cualidades que determinaban la conducta, el carácter y el comportamiento de su portador. Este fluido vital transmitía esta forma de ser a la descendencia, de generación en generación, de manera que caracterizaba perpetuamente a la familia y su linaje. Baste mencionar una de las Novelas ejemplares cervantinas, La fuerza de la sangre, como ejemplo de traspaso de temperamento de padres a hijos. Lo más importante es que el símbolo estaba revestido de una pátina de significado real y pragmático en tanto en cuanto tiene correspondencia operativa con el lugar y la posición que ocupa esa familia en el sistema social. Si la «calidad» sanguínea de un linaje otorga privilegios, la sangre espuria puede muy bien, por el contrario, causar la anomia y la muerte social de otro (Hernández Franco y Molina Puche, 2011).

Buena prueba de ello es la limpieza de sangre, un fenómeno muy particular desarrollado exclusivamente en España —incluyendo sus territorios ultramarinos— y Portugal desde mediados del siglo XV y hasta bien entrado el XIX. Esta hacía referencia a la ausencia de antepasados heréticos o de otra religión en el linaje de un individuo. Dicho fenómeno tuvo su expresión jurídica en los llamados estatutos de limpieza de sangre, aprobados por las más variopintas instituciones: desde las egregias órdenes militares a los más humildes gremios; desde las pías órdenes religiosas a las populares cofradías; desde los colegios mayores, donde se formaba la élite burocrática de la Monarquía Hispánica, hasta los cabildos catedralicios. A través de ellos se normativizó la exclusión de todos aquellos desafortunados poseedores de la más mínima gota de sangre maculada por ancestros conversos, herejes o infelices penitenciados por la Inquisición. Eran los tiempos en los que la sangre discriminaba; eran los tiempos de la meritocracia sanguínea.

Somos conscientes de lo contradictorio de unir mérito y sangre. Pero, hasta cierto punto, un linaje podía vanagloriarse de lo «meritorio» de que ninguno de sus antepasados hubiera enlazado nunca con una familia manchada, deshonrando sempiternamente a toda la progenie. Lo que decimos no es exageración, puesto que, antes de casarse, los caballeros de las órdenes militares debían certificar la limpieza de sangre de su futura esposa con este fin. Obsérvese, como ejemplo, lo que se dice en una probanza de limpieza de sangre practicada a un pretendiente a una prebenda del Cabildo Catedral de Málaga en 1756:

«Joachín de Treviño, siendo como era un hombre de la primera estimación en esta ciudad […] hacía expezial aprecio de su distinguida calidad e idalga sangre en tanto hubiera consentido y asistido al casamiento de dicho su sobrino don Joseph de Loyo con la referida doña Andrea [Vellido], en quanto le constava por verídicos informes y aseguradas indagaciones ser dicha doña Andrea de familia y sangre limpia de toda mala raza, honrrada y estimada para enlasarse con cualquiera otra distinguida» (Archivo de la Catedral de Málaga, legajo 45, piezas 2-6, folios 5 recto a 6 vuelto).

Para comprender que un elemento como la sangre resultara, según el caso, un motivo de discriminación real o de consecución efectiva de privilegios aceptado ampliamente por la opinión pública, hay que señalar que, en aquel momento, el asunto mereció la atención y los argumentos a favor de numerosos tratadistas. No obstante, también hubo intelectuales que negaron ese «influjo» de la sangre o que, al menos, lo matizaron, desde el siglo XVII y más especialmente en el Siglo de las Luces. Frente al determinismo de la sangre, ensalzaban el mérito personal tan apreciado hoy, aunque para aquel entonces no se pueda hablar todavía de individualismo. Empero, que la Ilustración valorara cada vez más la virtud no significa que el componente hemático perdiera su estimación de la noche a la mañana. Ni siquiera cuando se estaba produciendo el ascenso de la familia nuclear frente al linaje o el triunfo del individualismo frente a lo corporativo. La sangre seguía pesando en el ocaso del Antiguo Régimen mientras alboreaba la contemporaneidad (Hernández Franco y Molina Puche, 2011: 116-123; Hernández Franco y Rodríguez Pérez, 2014).

Incluso todavía hoy muchos asumen la trascendencia que sigue teniendo el parentesco de sangre en las relaciones socioeconómicas y políticas. Dan buena cuenta de ello las tristemente frecuentes noticias de prácticas poco éticas o directamente ilegales —nepotismo, amiguismo, enchufismo…— derivadas de redes de parentesco o amistad, que generan contactos, influencias, predilecciones sospechosas, tratos de favor, parcialismo, etcétera. Por lo tanto, en resumen, ya aquella incipiente meritocracia que las Luces adelantaron y que fue luego tomada y asumida por la sociedad liberal sucumbía ante los condicionamientos del origen, que no desaparecieron entonces —y no lo han hecho todavía—.

¿Destinos predeterminados?

Si el parentesco consanguíneo y la adscripción familiar siguen coartando hoy la aplicación de una meritocracia pura, imaginemos, pues, cómo sería en el Antiguo Régimen, cuando la sangre era un elemento absolutamente restrictivo en el ordenamiento social y dificultaba enormemente el discurrir por el escabroso camino del ascenso social, ya fuera por la devota senda de la Iglesia, ya por la burocrática vereda de la administración estatal. Con todo, no hay que llevarse a engaño. Es necesario valorar también en su justa medida la capacidad de agencia (agency) de los individuos en aquel tiempo. Empleando una analogía anatómica, podemos decir que, en el intersticio del inflexible tejido sanguíneo, había vísceras y entrañas de mérito más elásticas. Ahora bien, habrá que ver qué posibilidades tiene ese mérito intersticial frente al contundente empuje del torrente sanguíneo.

Los cada vez más numerosos estudios sobre trayectorias personales y familiares están poniendo de manifiesto las posibilidades reales de movilidad social en los tiempos modernos, atendiendo indistintamente a los casos de éxito y los de fracaso (García González,  2021). A mayores, la investigación ha permitido romper también ciertos mitos sobre dinámicas muy deterministas de transmisión intergeneracional padre-hijo de oficios —es decir, transmisiones ligadas al parentesco de sangre—, revelando prácticas de promoción social que, aun no saliéndose necesariamente de la parentela, sí que amplían el espectro al observarse saltos generacionales o transferencias transversales, como ocurre en gremios de artesanos (Hidalgo Fernández, 2022).

Por muy «corporativizados» y encorsetados que estuvieran los sujetos, siempre hubo dúctiles vías de escape y subterfugios. Los grupos dinámicos de la sociedad ambicionaron —y consiguieron— acceder al estatus privilegiado de la nobleza e incluso «limpiar» su sangre conversa y convertirse —admítase la paradoja— en cristiano viejo. Falsedad documental, falsas genealogías, cambios de apellidos… ¡La hidalguía podía incluso comprarse! Ya se sabe: «Sea un ome nesçio et rudo labrador, / los dineros le fasen fidalgo e sabidor». O, como decía otro: «Poderoso caballero / es don Dinero». En fin, el medro social siempre existió. La sociedad estamental era menos rígida y más permeable de lo que a simple vista quería aparentar. Los destinos no eran tan inmóviles (González Beltrán y García González, 2022). La cuestión era emplear correctamente fórmulas de encubrimiento (Soria Mesa, 2007: especialmente 213 y siguientes).

Considerar estas prácticas méritos personales queda a la apreciación del lector. En cualquier caso, no hay duda de que ciertas aptitudes personales fueron también tenidas en cuenta en el ascenso social. Para acceder a las órdenes militares se requería que el noble, además de cristiano viejo, fuera «hombre sano, que no tenga enfermedad alguna» y que pueda «andar à caballo, y lo tiene». Mientras tanto, para ser prebendado de un Cabildo Catedral era preciso ser «honesto, virtuoso, de buena vida, fama y costumbres».

De otro lado, es un hecho que existió una nobleza de mérito por servicios a la Corona, diferenciada de la inveterada nobleza de sangre (véase Aranda López, 2009). A fin de cuentas, toda familia noble tuvo, en algún momento, un principio en su nobleza, un «héroe» fundador del linaje —real o no—, cual gens romana, por más que este se perdiera en las brumas de un pasado lejanísimo. La cuestión es que era mejor eso que un advenedizo recién ennoblecido, del que se sabía incluso la fecha exacta en que el rey, en uso de su gracia, le había hecho tal merced. Por eso, estos nuevos nobles se afanaban en unirse pronto a linajes de rancio abolengo, contrastada sangre y antiquísima nobleza. Quien deseara aspirar a más, tenía vías para hacerlo, pero debía cuidarse de exhibir una buena imagen de su sangre.

Se da la paradoja de que, ciertamente, como se ha podido comprobar, la sangre no lo era todo, mas sin sangre ínclita no se era nada. Así lo dictamina el imaginario colectivo. «La sangre aún es fuerte, y el individuo tan sólo con sus méritos no es capaz de poder moverse libremente ni dentro del orden social ni dentro de las relaciones sociales» (Hernández Franco y Molina Puche, 2011: 123). La cuestión se torna especialmente interesante en períodos de intensas transformaciones, como el problemático tiempo comprendido entre los siglos XVIII y XIX, que vio cómo el Antiguo Régimen daba paso a la sociedad liberal. En plena declinación historiográfica de la idea de transición entre modelos de sociedad, irrumpen con fuerza los contextos híbridos, que complejizan la cuestión y destacan la coincidencia en el tiempo de permanencias y mutaciones, como las mencionadas, frente a la idea de sustitución, por imposición, de un esquema apriorístico sobre otro. El estudio de trayectorias familiares en estos contextos arroja algo de luz al asunto (García González, 2021; Ortega del Cerro e Hidalgo Fernández, 2021). Es muy significativo comprobar, por ejemplo, cómo se conjugaron en tensa relación la noción de mérito y la idea de sangre en el Setecientos, en una especie de tira y afloja sintomático del cambio social (Ortega del Cerro, 2018).

Conclusión

En suma, la sangre y el parentesco consanguíneo desde la Edad Moderna a la actualidad, analizados desde la óptica de la historia social de la familia y con ideas provenientes de la historia cultural, ofrecen una visión complementaria y enriquecedora a las reflexiones sobre las virtudes y los problemas de la meritocracia.

Nuestra época se presenta como un tiempo de angustiosa incertidumbre sobre el porvenir, solo calmada por una fe inquebrantable en el discurso del esfuerzo y el mérito como medio para labrarse un futuro mejor. Pero, frente al discurso, las prácticas sociales contradicen la teoría con cada caso de nepotismo o enchufismo, con la falta de transparencia, con los datos que alertan sobre la acentuación de la desigualdad y con las situaciones de exclusión que sufren ciertos sectores sociales por la falta de oportunidades. Entonces la seguridad del mérito y su discurso se vuelven menos fiables y la angustia de la incertidumbre es mayor en un mundo de cambios vertiginosos. A esto hay que sumar que la meritocracia en sí misma no está exenta de problemas al generar una enorme presión sobre el individuo de acuerdo con las expectativas sociales generadas, que puede derivar en ansiedad y sensación de fracaso si no se consigue lo deseado. Siendo así, visto lo visto, parece que el mérito nunca fue ajeno a los condicionamientos externos que suponen la sangre, el dinero o las redes de relaciones de la familia y el individuo. Todo ello desvirtúa una meritocracia plena, sensu stricto, por lo que es muy necesario abordar estas cuestiones sin olvidar las lecciones del pasado.

Bibliografía

Aranda López, Francisco José. «¿Sangre o mérito? Noblezas, virtudes cívicas, virtudes religiosas en la Monarquía Hispánica de los Felipes», en Manuel Rivero Rodríguez (ed.): Nobleza hispana, Nobleza cristiana. La Orden de San Juan, vol. 2, Madrid: Pilifemo, 2009, pp. 831-862.

Daniels, Norman: «Merit and meritocracy», Philosophy and Public Affairs 7, n.º 3 (1978), pp. 206-23.

García González, Francisco (ed.): Familias, trayectorias y desigualdades: estudios de historia social en España y en Europa, siglos XVI-XIX, Madrid: Sílex, 2021.

González Beltrán, Jesús Manuel, y Francisco García González (eds.): ¿Destinos inmóviles? Familia, estrategias de poder y cambio generacional en España y América Latina (siglos XVIII-XIX), Granada: Comares, 2022.

Hernández Franco, Juan, y Sebastián Molina Puche: «La sangre en la familia y su proceso socioinstitucional. Siglos XVI-XVII», en Francisco Chacón Jiménez y Joan Bestard Camps (dirs.): Familias: historia de la sociedad española (del final de la Edad Media a nuestros días), Madrid: Cátedra, 2011, pp. 113-156.

— y Raimundo A. Rodríguez Pérez: «Un modelo familiar en estado líquido: consideraciones sobre el lento desvanecimiento del linaje, la emergencia de la casa y la transición hacia la familia ciudadana», en Máximo García Fernández y Francisco Chacón Jiménez (coords.): Ciudadanos y familias: individuo e identidad sociocultural hispana (siglos XVII-XIX), Valladolid: Universidad de Valladolid, 2014, pp. 47-58.

Hidalgo Fernández, Francisco: «Familia y artesanos plateros en el sureste español, 1700-1868. Trayectorias de cambio y movilidad social», tesis doctoral, Universidad de Málaga, 2022.

Ortega del Cerro, Pablo: «Reconfiguración de la sangre y el mérito en el siglo XVIII: argumentos y legitimidades para ascender en la oficialidad naval», en José Ignacio Fortea Pérez, Juan Eloy Gelabert González, Roberto López Vela y Elena Postigo Castellanos (coords.): Monarquías en conflicto: linajes y noblezas en la articulación de la Monarquía Hispánica, Madrid: Fundación Española de Historia Moderna y Universidad de Cantabria, 2018, pp. 1005-1015.

————— y Francisco Hidalgo Fernández (eds.): Entre venturas y desdichas: trayectorias familiares en el ocaso del Antiguo Régimen (siglos XVIII-XIX), Madrid: Sílex, 2021.

Sandel, Michael J.: La tiranía del mérito. ¿Qué ha sido del bien común?, Madrid: Penguin, 2020.

Soria Mesa, Enrique: La nobleza en la España moderna: cambio y continuidad, Madrid: Marcial Pons, 2007.

Souroujon, Gastón: «Las trampas de la meritocracia. Un recorrido por los problemas más significativos que esconde el merecimiento», Revista de Estudios Políticos, 191 (2021), pp. 59-80.


Álvaro Sánchez López de Vinuesa es graduado en historia por la Universidad de Málaga. Miembro del Seminario de Historia Social de la Población (SEHISP) de la Universidad de Castilla-La Mancha, forma parte del Proyecto de Investigación I+D+i Familias, dependencia y ciclo vital en España, 1700-1860 [Referencia PID2020-119980GB-I00], financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España dirigido por Francisco García González (UCLM) y Jesús Manuel González Beltrán (UCA). Actualmente cursa el Máster Interuniversitario en Historia Moderna «Monarquía de España. Siglos XVI-XVIII» en la Universidad Autónoma de Madrid. Sus líneas de investigación se centran en la historia social, el parentesco y el estudio de trayectorias individuales y familiares a finales del Antiguo Régimen.


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