/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /
En portada, un dibujo de Kafka
Franz Kafka inserta en el texto de El proceso el sugerente apólogo Ante la Ley. Un sacerdote católico se lo cuenta a un Joseph K. manifiestamente descreído, mientras continúa su periplo por los pasillos de un fantasmático Edificio Judicial. Sin embargo, la historia es judía hasta el centro de la médula.
Un campesino llega a la puerta de la Ley y pide al guardián permiso para acceder al recinto. Este le responde que de momento tal cosa no es posible, y le instruye sobre el funcionamiento de la maquinaria de la que él es el último y menos temible custodio. Indiferentemente apiadado, le suministra un banquito y le deja gentilmente sentarse al lado de la entrada. Allí permanece el postulante año tras año. De cuando en cuando conversan, sin que el vigilante le preste más que una atención superficial. Cada vez que solicita el derecho a cruzar el umbral, se le niega. Ni siquiera sirve el soborno, la mordida pura y dura. El tiempo pasa, y al notar que las fuerzas lo abandonan y se encuentra en la antesala de la muerte, reúne su postrer aliento para formular la pregunta definitiva: «Todos se afanan por la ley, ¿cómo es que en tantos años nadie, aparte de mí, ha pedido entrar en ella?». La respuesta no se hace esperar: «Aquí nadie más que tú podía entrar; esta puerta era solo para ti. Ahora voy y la cierro».
Este pequeño cuento ha dado lugar a una catarata de páginas. Se le han buscado conexiones hasídicas y cabalísticas, o paralelos con relatos talmúdicos. Pero al margen de sus orígenes o influencias, el interés versa sobre su significado. Ha surgido una pluralidad de interpretaciones, a veces compatibles, otras contradictorias, y a menudo delirantes. Tratándose de una fábula tan icosaédrica, atenerse a una sola no puede ser sino reduccionista. La observación de cada cara, amén de revelar facetas nuevas, cambia la perspectiva sobre las demás.
En Kafka, Pietro Citati resume algunas. «La puerta de la Ley está abierta: la Ley es accesible a todos, como piensa el hombre del campo [que] ha llegado a la puerta que le estaba destinada y era esperado; el centinela, pues, lo ha engañado prohibiéndole entrar». Reflexionemos un poco y enfoquemos el asunto desde otro punto de vista. «El hombre del campo no tuvo bastante fe: debía entrar sin preguntar […]. Por tanto es culpable, el centinela no lo engañó». Ah, bueno, en ese caso… Caramba, también es una forma razonable de entenderlo. Sigamos con nuestras pesquisas. «Si no entró es porque respetaba la palabra de los medios y de los centinelas de Dios […] a los que debía venerar. Por tanto, es inocente». He aquí el sempiterno problema con los gestores del Discurso irrefutable: cuesta distinguir entre la voz que dicen transmitir y la suya propia. Bien, a este paso el jurado va a tardar más tiempo en alcanzar su veredicto unánime que el pobre campesino en no entrar en el recinto privado de la Ley.
La Ley, presentada como ineludible en el plano simbólico, te incluye obligatoriamente en el campo de lo imaginario mientras te excluye en el de lo real. Nacemos, crecemos, amamos, vivimos y morimos dentro de una arquitectura social, política, económica y psicológica construida por —y para— otros. Nuestras opciones de autonomía resultan drásticamente limitadas por el estrecho corsé con el que tradición y estructura nos ahogan. Otros deciden por nosotros, y no queda más remedio que apechugar con sus decretos. Controlados en cuerpo y mente por normas opacas e instituciones coercitivas, llevados de la mano por la mentalidad reinante, se hace difícil optar por cualquier sendero que no sea la ciega aceptación de lo existente. Nuestros esfuerzos, no ya para transformar la realidad, sino para comprenderla, caen en el vacío. Los gritos de protesta se pierden en la inmensidad desértica del entramado de puertas. La resignación y su corolario, el asentimiento acrítico, impiden considerar la posibilidad de alternativas.
La soledad del individuo ante el umbral, con su derrota y muerte inevitables, sugiere que no existe solución personal, que solo en lo común se hallará una salida. Por otro lado, hay una evidente laguna en los intentos del campesino. En ningún momento se cuestiona la legitimidad de la Ley. Y esa es la clave. ¿En nombre de qué o de quién se le niega toda esperanza? ¿Por qué se le ha asignado un papel al que no puede renunciar, y cuyo guion y diálogos son tan rígidos que no cabe alterar ni las comas? Nada cambiará para él mientras no denuncie como ficticio el Edificio desde el cual lo reclaman a la vez que se le veta la entrada.
Lo que es válido para la Ley lo es para el Paraíso, sobre todo en su versión capitalista. Pues muchos son los llamados y pocos los elegidos. La mayoría permanece disciplinadamente en la puerta, separados de uno en uno, alimentando en vano la ilusión de ser admitidos. Año tras año la ansiada plenitud no llega, la felicidad prometida se hace de rogar. Y cuando, exhausto, el sujeto comienza a interrogarse acerca de lo que ha hecho con su vida, adquiere consciencia de la estafa. La única receta para que esa entelequia no nos ciegue y nos destruya es negarla en redondo. Quizás la mejor moraleja de la parábola kafkiana sea esta: «El hombre del campo está perdido porque no ha osado poner su ley personal por encima de los tabúes colectivos cuya tiranía personifica el guardián» (Marthe Robert: Seul, comme Franz Kafka).

Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Recientemente se ha publicado en un volumen la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) en la editorial Semuret.
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