El runrún interior

El runrún interior (134)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre un paseo por Madrid o la lectura de 'El tiempo perdido', de Clara Ramas.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (133)

Miércoles, 8/5/2024. Publica El Mundo una entrevista espantosa a los dos integrantes del Dúo Dinámico, convertidos últimamente en adalides de la versión más imbécil del discurso de ultraderecha. El titular es: «El llamado cambio climático por culpa de los humanos es el timo más universal jamás perpetrado». También vomitan unas cuantas perlas contra el feminismo: «A las mujeres no les hace falta el empoderamiento. Desde tiempos inmemoriales tienen el mando a distancia para controlar a los hombres y todos sabemos cuál es. Dicho esto, no podríamos vivir sin ellas». Todo así. Y lamentable. Pero debiéramos tener claro que lo grave-grave no es que este par de cultivos octogenarios de meningitis suelten semejante sarta de paridas, sino que El Mundo les regale un altavoz.


Jueves, 9/5/2024. Rechaza alguna gente que se llame genocidio a lo que Israel está haciendo en Gaza. Unos, por proisraelíes; otros, por un más socorrido prurito de no frivolizar con las palabras dramáticas. Personalmente creo que para que algo sea un genocidio no hace falta matar a todos los miembros del pueblo en cuestión, ni tan siquiera a la mayoría. Eso nunca se logra: aun en los peores casos (Shoá, Ruanda, etcétera), siempre acaba habiendo muchos supervivientes. No: basta con destruir sus casas y hospitales, sus templos y sus colegios, con masacrar un número elevado de familias enteras, con desarbolar irreversiblemente su vida. Si además hay figuras relevantes de la potencia exterminadora explicitando el deseo de serlo (he ahí a gente como el siniestro Ben-Gvir, ministro de Seguridad Nacional de Netanyahu), no sé qué duda o titubeo puede caber a la hora de emplear la palabrita. Ciertamente no hay que frivolizar con ella, pero no frivolizar no es no usarla jamás, ni convertirla en un tabú.

*

Empiezo Todo era para siempre hasta que dejó de existir: cómo vivía, qué creaba, de qué se reía y con qué soñaba la última generación soviética, un libro de 2005 de Alexei Yurchak, traducido y publicado ahora por Siglo XXI. Comienza así:

«“Jamás se me pasó por la cabeza que las cosas pudieran cambiar en la Unión Soviética. Mucho menos que [la URSS] pudiera desaparecer. Nadie se lo esperaba. Ni los niños, ni los adultos. Teníamos la impresión de que todo era para siempre.” Eso dijo el famoso letrista y músico Andréi Makarevich en una entrevista televisada (1994). Más tarde, Makarevich recordaría en sus memorias que, al igual que millones de ciudadanos soviéticos, él siempre había sentido que vivía en un Estado eterno (vechnoe gosudarstvo). La posibilidad de que el sistema socialista quizás no durara para siempre se le ocurrió por primera vez hacia 1986 o 1987, cuando las reformas de la perestroika (reconstrucción) ya estaban en marcha. Muchos otros han descrito una experiencia similar acerca del profundo sentimiento de permanencia e inmutabilidad del sistema soviético y de lo absolutamente repentino e inesperado que fue su colapso. Y, sin embargo, Makarevich y sus compatriotas soviéticos no tardaron en descubrir otro hecho peculiar: pese a lo abrupto del derrumbe, estaban preparados para que ocurriera. En aquellos años se puso en evidencia una singular paradoja: si bien la caída del sistema era inimaginable antes de que comenzara, no sorprendió a nadie cuando sucedió».

El fin era inimaginable, pero no fue sorprendente. ¿A nuestro orden liberal y capitalista le pasará lo mismo?

*

Una y otra vez veo pasar esa idea de que la Historia —ese nuevo dios justiciero, ese nuevo Juicio Final— nos condenará como generación por dejar pasar lo que hace Israel. Y no. No podemos tener ese consuelo. En el futuro podrán condenarnos por dejar morir a Palestina, por no apoyar a Israel lo suficiente o por nada en absoluto. La historia no es un tribunal, no dicta sentencia, no hace justicia, es un show que sigue, una catástrofe que crece, un zombi sordociego, la escriben los vencedores aun cuando la escriben los vencidos, porque lo que estos cuentan, aunque sea injuriosamente, es que aquellos vencieron.

*

Cuenta Yurchak que Mijaíl Suslov, secretario de Ideología del Politburó, disponía de un archivo de miles de citas de Lenin, que utilizaba para justificar cualquier decisión; una cosa y la contraria, e incluso decisiones paralelas y aparentemente contradictorias. El cambio, así, se enmascaraba como continuidad; y la novedad, como reproducción del pasado. Fue así como el orden postsoviético germinó dentro del soviético, protegido por su carcasa, por su retórica, por su imaginario. Pasa siempre en la historia: lo último que cambia son los imaginarios, los dioses. Decía aquel que mientras no cambien los dioses, nada habrá cambiado, pero no es así. Las cosas cambian y cambian profundamente bajo el amparo de los dioses viejos, y solo cuando han terminado de cambiar cambian los dioses. Vuelvo a hacerme la misma pregunta: ¿a nuestro orden liberal y capitalista no estará pasándole lo mismo? La democracia iliberal de Orbán y compañía, ¿no es exactamente eso?

Esto otro también es interesantísimo. La estandarización de las representaciones de Lenin y la taylorización de su fabricación:

«[D]esde los años cincuenta en adelante la forma y el estilo de la propaganda visual [soviética] se estandarizaron y centralizaron cada vez más. La imagen de Lenin es un claro ejemplo. Hacia finales de los años sesenta, durante la campaña para preparar el centenario de su nacimiento en 1970, los artistas del KZhOI tuvieron conocimiento de una circular enviada por el CC de Moscú en la que se afirmaba que muy pocas personas recordaban personalmente a Lenin y que, por lo tanto, había que retratarlo “como un símbolo heroico antes que como un hombre común”. En consecuencia, Lenin fue retratado como un personaje más joven, más alto y más musculoso, con un estilo fácil de imitar, en pocos contextos y poses, con menos técnicas, materiales, colores y texturas, y respetando ciertos elementos fijos de estructura visual de una representación a otra.

El nuevo estilo se normalizó, la cantidad de posibles representaciones visuales de Lenin disminuyó, y a cada una de las imágenes formalizadas le fue asignado un nombre en el discurso artístico. “Nuestro Ilich” (Nash Il’ich): Lenin como una persona común y corriente; “Lenin de ojos entrecerrados” (Lenin s prishchurom): un Lenin sagaz; “Lenin con niños” (Lenin i deti): un Lenin doméstico, amable; “Lenin el Líder” (Lenin vozhd’): un Lenin sobrehumano; “Lenin en la clandestinidad” (Lenin v podpol’e): un Lenin revolucionario. Debido al estilo rígido y a la cantidad limitada de estas imágenes, los artistas las identificaban —entre ellos y en su jerga profesional— por el número asignado a cada cliché: “Era habitual escuchar: ‘Acabo de terminar un cinco [piaterochku]’. También había imágenes de Lenin escribiendo: Lenin en su oficina era un seis [shestërka] y Lenin en una oficina verde era un siete [semërka]. En el seis está sentado en una silla y en el siete sobre el tronco de un árbol”.

[…] Al igual que la redacción de discursos, la pintura propagandística organizada como una línea de montaje se volvió cada vez más colectiva y anónima. Yuri, un artista de distrito, explica: “Había una gran demanda de retratos de Lenin para diferentes institutos, plantas fabriles, escuelas y demás. Por esa razón, era habitual que los artistas hiciéramos cinco o seis retratos de Lenin a la vez. Primero se montaban las telas en los marcos y se hacían bocetos idénticos a lápiz en todos, al día siguiente se dibujaban los contornos [obshchaia propiska] en cada tela, al otro día se pintaban las caras de Lenin, después sus trajes, luego sus corbatas y así sucesivamente”. Este tipo de técnicas acotaron todavía más la especialización de los artistas, que ahora no solo se dedicaban a un determinado tipo de retrato de Lenin, sino también a detalles concretos de su imagen: por ejemplo, un artista se especializaba en trazar grosso modo los rasgos faciales de Lenin, otro era un maestro a la hora de pintar la nariz y las orejas, un tercero se ocupaba exclusivamente del traje y la corbata, etcétera.

Mijaíl describió como sigue a la brigada de creadores que trabajaban en el taller del artista jefe Latochkin en Leningrado: “Todos eran profesionales de primera categoría y podían dibujar o esculpir cualquier imagen de Lenin con los ojos cerrados. Para entretenerse, a veces hacían apuestas para ver quién dibujaba mejor de memoria una determinada región de la cabeza, la nariz o la oreja izquierda de Lenin desde cualquier ángulo”».

*

Uno de los protagonistas del día es un diputado de Vox cuya novia ha roto con él por sus infidelidades y su doble vida. Tenía una relación estable con otra señora. Se llama Coco Robatto o mejor dicho lo llaman, porque su nombre completo es Jacobo González-Robatto Perote. Como dice Oyente de Cope, la desternillante cuenta de Twitter, «si te llamas Coco Robatto, la verdad es que solo puedes ser o mascota del Mundial de Italia, tipo un macarrón con jersey a rayas, o uno de Vox que engaña a al mujer».

Lo de Vox y la onomástica de sus figuras es espectacular. El que no tiene nombre de subsecretario de Agricultura del Tercer Reich lo tiene de sobrino del conde-duque de Olivares; y el que no, de nombre falso que se pondrían Joey Tribbiani o Barney Stinson para ligar. No te encuentras un solo Juan Fernández ni por casualidad. Me imagino a la gente yendo a afiliarse a su sede y a un funcionario tipo Isla Ellis en 1910 cambiándole el nombre para voxificarlo:

—¿Cómo se llama?

—Pedro García.

—A partir de ahora, Cayetano Münchhausen. Circulando. Que pase el siguiente.


Viernes, 10/5/2024. César Rendueles: «Cuando tenía diez años mi abuela, que trabajaba en Correos, me abrió una cuenta en Caja Postal. Nunca me he cambiado de banco y, absorción tras absorción, he acabado en el BBVA. Si la competencia no importa y el monopolio no es un problema, ¿para qué necesitamos la banca privada?».

*

Llego a Madrid, me monto en el metro. Sentada a mi lado hay una señora mayor con un libro abierto del que no puedo ver la portada, pero sí fijarme en los pasajes que está leyendo: cómo controlar la ansiedad. Seguidamente, se monta un hombre que se presenta a voces como peruano sin techo y que necesita ayuda. Antes, en la Estación de Chamartín, subiendo por las escaleras mecánicas, he tenido delante a una chavala de la que me he fijado en los parches que llevaba en la mochila: uno decía en inglés algo sobre héroes caídos, el otro era una versión española de la bandera estadounidense de la Blue Thin Line, una cosa trumpista, de enaltecimiento de la Policía. Más tarde, paseando por la Gran Vía, veo a un hombre pidiendo con el cartel en inglés, explicando que tiene «mental health problems» y que cualquier dinero será «deeply appreciated»: la mendicidad gentrificada. En la Puerta del Sol he visto antes a una gente rezando con banderas rojigualdas con el Sagrado Corazón de Jesús sobreimpreso y una pancarta que decía «ROSARIO – ROS RY» (se le había caído una A). En Tirso de Molina, me he topado a un borracho durmiendo la mona dentro del típico tubo de parque infantil. Y poco después me he cruzado a una marabunta de chulapas (es San Isidro estos días) cantando Que viva España.

El Madrid ayusista. Me encanta esta ciudad, pero para venir dos días, ver a mis amigos, alguna exposición, etcétera. No viviría aquí ni amarrado.


Sábado, 11/5/2024. Sigo leyendo Todo era para siempre… Una de las cosas que en el libro se cuentan es que la última generación soviética fue la primera que no se configuró en torno a logros epocales, y por lo tanto tuvo que configurarse en torno a gustos y preferencias, singularmente la afición al rock y otros géneros occidentales. La anterior todavía había tenido el orgullo cosmonáutico que así expresaba Victor Pelevin: «Esta fue la generación que […] eyaculó el primer Sputnik —ese espermatozoide del futuro con cuatro colas que nunca partió— en el oscuro vacío del espacio cósmico».

*

Una pancarta en Las Ventas: «Urtasun, nos vas a comer los huevos por detrás». Hay más y peor ganado en las gradas que en la arena de la plaza.


Domingo, 12/5/2024. Hay un Israel que empieza en con el triunfo raudo de la guerra de los Seis Días, que convirtió en celebridad internacional a Moshé Dayán, que se termina ahora, con la victoria lenta y sucia de Gaza, cuyo rostro cara al mundo no es ahora un adusto y brillante general, sino una marabunta de febriles carniceros anónimos. Si uno piensa en la guerra de los Seis Días, la imagen-relámpago que se le viene a la cabeza es de los tanques moviéndose grácilmente por el desierto, en movimientos veloces, quirúrgicos. Cuando en el futuro uno piense en la guerra de Gaza, solo le vendrán los niños masacrados. Con esto no digo que el Israel de la guerra de los Seis Días fuera bueno y defendible. Me refiero a la imagen internacional proyectada, al marketing de la marca Israel por así decir, a qué te asocia el mundo, y a cómo eso llevaba tiempo cambiando y ahora ha terminado por cambiar del todo. Eso significa perder unos clientes: liberales de izquierda que siempre fueron muy filoisraelíes y ahora dejan de serlo. Consigues otros, claro: los posmofascistas del mundo entero, sedientos de pulsión de muerte y que ven en Netanyahu a su campeón. La pregunta es si les compensa. Quizás les compense, no sé. Quizás no. Lo iremos viendo. En todo caso, lo que ya se puede es constatar el fin de una era y el principio de otra.

*

Elecciones en Cataluña. Vox —leo— pide al Hotel Palace que le permita salir al balcón, pero la dirección del establecimiento se niega, básicamente porque no dispone de un balcón. Lo de esta gente son los chistes de Lepe hechos partido.


Lunes, 13/5/2024. Ángel Munárriz: «Sabemos qué murió ayer en Cataluña, pero no qué ha nacido».

*

En el Parlament de Catalunya habrá dos partidos de extrema derecha: una españolista, Vox, y la otra catalanista, Aliança. En lo que a mí respecta son igual de fascistas e igual de preocupantes, pero hay una cosa que tiene Aliança y que no tiene Vox: el respeto de una izquierda que marca distancias con ellos, pero con guante de seda y suma cortesía, o insistiendo mucho en que el problema no es Aliança, sino solo o muy principalmente Vox. Lo estoy viendo en amigos indepes o en este tuit de Albano Dante-Fachín, comentando una perorata racista de Sílvia Orriols: «No quiero ofender a nadie. Solo quiero opinar en libertad y respetuosamente. Y opino, sinceramente, que esto no ayuda en nada a nuestro país. Al contrario. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso y quería compartirlo. Buenas noches». ¿Por qué tanta prudencia?

*

«My rozhdeny, chtob skazku sdelat’ byl’iu», decía una popular canción soviética: «Nacimos para convertir en hechos los cuentos de hadas». Hoy hay quienes trabajan duro por convertir en hechos los relatos de terror.

*

El otro día escuché decir a un amigo: «Nunca he sido propalestino, pero están masacrando ciudades enteras, familias, niños». Y ahora pienso que hay quien bien podría decir: «Nunca he sido proisraelí, pero están masacrando ciudades enteras, familias, niños». A vote for Israel is a vote for cruelty.

*

No es que lo que le sigue sea más halagüeño, pero cuánto me alegro de la desaparición de Ciudadanos, esa orgía del Viñarock de jefes de planta de El Corte Inglés y wedding planners, ese averno rafanadalista/peperreinista, ese pauísmo hortera, ese creerse Modern family y ser La que se avecina.


Martes, 14/5/2024. Empiezo El tiempo perdido, de mi admirada Clara Ramas; un libro «contra la Edad Dorada. Una crítica del fantasma de la melancolía en política y filosofía». Leo un apunte muy agudo sobre los rojipardos: cuando ensalzan la República o la URSS, no lo hacen por lo que tenían de especiales, sino por lo que tenían de normales:

«Aunque en España todavía no es un fenómeno relevante, puja así por aparecer, siguiendo tendencias en Europa, una izquierda obrerista conservadora, con un discurso aparentemente comunista o de izquierda dura, para cuestionar el feminismo o el ecologismo y envolver la defensa de valores conservadores en lo ético o moral. Se defienden la época soviética o la República española contra la decadencia de la izquierda post-Mayo de 1968; pero lo que se admira no es lo que de peculiar tuvieron la URSS o la República —por ejemplo, referente a los derechos de los trabajadores o las mujeres—, sino lo que tenían en común con cualquier Estado de los años treinta: estructuras verticales de poder, nacionalismo fuerte u homofobia».

Nunca lo había pensado así, pero redondea la reflexión de que el rojipardismo es un apego solamente estético a ciertos imaginarios. Lo que se admira son los años treinta y, a partir de ahí, cada cual escoge el cosplay que más le gusta. No hay en los rojipardos un fifty-fifty de lo rojo y de lo pardo, sino una fina cosmética roja para un fondo marrón.

*

Veo en Twitter una recopilación de novelas cuyo título es El/La loquesea de Hitler. Veamos: La catadora de Hitler. La espía de Hitler. La mecanógrafa de Hitler. El mentalista de Hitler. El dinero de Hitler. Las arpías de Hitler. Los caballos de Hitler. El Papa de Hitler. Los niños de Hitler. El libro secreto de Hitler. Etcétera. Entre dehitlers y deauschwitzs (otro filón), se abarca la mitad del mercado de la novela histórica trucha sobre el Tercer Reich.

*

Una foto de una charla con Powerpoint en alguna parte. Sale un tipo con una diapositiva detrás que dice: «LÓGICA JAPONESA. Si alguien puede hacerlo, significa que yo también puede [sic] hacerlo. Si nadie puede hacerlo, significa que debo ser el primero en hacerlo. LÓGICA ESPAÑOLA. Si alguien puede hacerlo, que lo haga él. Si nadie puede hacerlo, ¿por qué tengo que hacerlo yo?».

Alexei Yurchak habla en Todo era para siempre… del Occidente imaginario que cautivaba a la juventud de la URSS jrushchoviana y brezhnevista; un «Más Allá interno» de la sociedad soviética que podía tener mucho, algo, poco o nada que ver con el Occidente real. Nosotros tenemos el Japón imaginario y sus mitos idiotas, como ese de que, cuando los japoneses hacen huelga, trabajan más en vez de menos (es mentira).

*

Me está gustando mucho el libro de Clara Ramas. Qué bello y qué cierto es esto: «Guardaremos reservas respecto de toda definición que pretenda situar lo propio de lo humano en el arraigo, puesto que la única meta o arraigo para el ser humano es el camino, la búsqueda».

En otro de los pasajes que leo hoy, Clara argumenta que no hay nada tan posmoderno como la reacción y el tradicionalismo:

«En realidad, los melancólicos son los posmodernos definitivos, pues son ellos los que creen ciegamente en el poder performativo de la re-producción: creen que pueden producir artificialmente lo que una vez fue natural o dado, si es que acaso alguna vez lo fue. Creen que un gesto voluntarista puede sustituir el sedimento decantado de la presunta autenticidad de la tradición. Creen que basta con nombrar muchas veces a la “Naturaleza” para producirla. Creen que la palabra puede producir los efectos que ella nombra. Son ellos, y no Judith Butler, los verdaderos defensores del carácter performativo del lenguaje. Su defensa de la Naturaleza y la Tradición es la performance definitiva. Su obra de arte es la obra de arte más posmoderna posible: la Naturaleza fake, la performance de la Tradición».

También es muy aguda esta observación sobre la cuestión de género como clavo del abanico de la galaxia reaccionaria:

«Los melancólicos pueden discutir, o incluso renunciar, a una idea de patria; lo hacen constantemente para salvaguardar el capitalismo. Los melancólicos pueden renunciar, al menos discursivamente, a algunas manifestaciones del capitalismo, para defender una idea sustancial de patria o nación. Los melancólicos pueden renunciar, en los tiempos que corren, a valores tradicionales religiosos; se convierten sin despeinarse en posmodernos defensores de la pornografía o la prostitución. Todas esas piezas son móviles, y se van ajustando convenientemente según suenen los cantos dominantes y según se marque el paso en la disputa cultural del momento. Ahora bien. Hay un núcleo diamantino, resplandeciente, intocable e inmóvil que se resiste a ser movido. Es el régimen binario de género y la supremacía masculina. Ha habido reaccionarios que han sido más o menos capitalistas, más o menos religiosos, más o menos racistas, más o menos nacionalistas: pero, desde luego, no ha habido jamás un melancólico reaccionario que haya sido feminista. Es el hueso imposible de roer. Es el único anillo que les mantiene unidos a todos. Es la fe secreta que les vivifica. Es la última trinchera. Es el non plus ultra de la hermandad melancólica».

El runrún interior (135)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

4 comments on “El runrún interior (134)

  1. Pingback: El runrún interior (133) – El Cuaderno

  2. guillermoquintsalonso

    Pablo, la entrevista, un espanto! Menos mal que creo que nadie la ha concluido. Guillermo

  3. Agustín Villalba

    Erratas:

    que engaña a al mujer

    Cuando tenía diez años [ , ] mi abuela [sin la coma es la abuela la que tiene 10 años]

    un Israel que empieza en con el triunfo

    se termina AHORA, con la victoria lenta y sucia de Gaza, cuyo rostro cara al mundo no es AHORA…

    Ciertamente NO hay que frivolizar con ella, pero NO frivolizar NO es NO usarla jamás, NI…

    la imagen-relámpago que se le viene a la cabeza es [la] de los tanques

    solo le vendrán [las de] los niños

    *

    Sobre el concepto de genocidio:

    Genocidio. 1. m. Exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad. (DRAE)

    Hay muchos más muertos civiles y destrucción urbana en Ukrania que en Gaza, y nadie llama genocida a Putin, como nadie se lo llamó durante las guerras de Chechenia.

    Y lo que hace el poder chino con los uigures o los tibetanos es un verdadero genocidio, y nadie lo denunca. ¿Por qué en las universidades americanas o en el Sciences-Po parisino nadie manifiesta contra Putin o Xi Jinping por lo que llevan años haciendo? ¿Por qué Melenchon aplaudió cuando China invadió el Tibet (yo le oí en la TV decir que los tibetanos eran chinos que vivían en la Edad Media a causa de su religión primitiva y que era una excelente idea que China lo ocupara y destruyera su cultura arcaica) y hoy se indigna de que Israël invada Gaza? ¿Por qué la gauche-caviar tiene la indignación tan selectiva?

    Sobre el capitalismo:

    Lo propio del capitalismo es la adaptación a todas las situaciones. Ni siquiera las amenazas de destrucción del planeta parecen detenerlo (hay quien cree incluso que se exageran mucho esas amenazas adrede para redinamizar un capitalismo moribundo – y el ejemplo de los coches eléctricos es muy claro desde ese punto de vista). Lo que hundió al comunismo ruso y está ya comenzando a hundir al chino es la rigidez ideológica aplicada a la economía.

  4. Pingback: El runrún interior (135) – El Cuaderno

Responder a Agustín VillalbaCancelar respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo