Mirar al retrovisor

La mentira piadosa del gas natural

Joan Santacana escribe sobre las mentiras propagadas para hacer pasar un producto por lo que no es, poniendo el ejemplo del adjetivo «natural» en «gas natural».

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Estudiando antropología en mis años de juventud, analizábamos la posibilidad de que existiera una cultura cuya base en las relaciones sociales fuera la mentira. Todos suponíamos que, en ese caso, el grupo en cuestión viviría en la violencia y el caos permanente. Pero no era así, como se nos demostró aludiendo al caso de cierto pueblo de Nueva Guinea. Resulta que, si cada individuo espera de los demás que le engañen, porque engañar al otro es una hazaña, y sabe que todo cuanto le cuenten puede contener mentiras, no será fácil que crea a nadie, y solo confiará en aquello que realmente ha comprobado que es cierto. Recuerdo al ilustre catedrático de antropología Claudio Esteva i Fabregat (1918-2017) haciéndonos profundizar en este tema, cuya conclusión era que, en nuestra cultura occidental, es mucho más fácil que triunfe la mentira que entre el grupo humano anteriormente aludido, dando que para nosotros la verdad es una virtud y, por lo tanto, no esperamos que nos mientan.

Efectivamente, la evolución de nuestra sociedad evidencia que cada vez más vivimos instalados en la mentira. Las fake news hoy triunfan en las redes sociales mucho más fácilmente que hace dos décadas; hoy muchísima más gente es susceptible de ser engañada que antes. Vivimos tiempos en donde la verdad suena a falsedad y las falsedades se convierten en verdades. En una charla de café, escuché a un joven loar las virtudes del gas natural, que tenía instalado en su casa. Para él era una energía limpia, porque esta era la información que le llegaba: afirmaba que con razón se llama gas natural.

Recordé las lecciones de mi profesor de antropología. Lo que llamamos gas natural es una mezcla de hidrocarburos, es decir, moléculas formadas por átomos de carbono e hidrógeno, entre los que predomina el metano. Por lo tanto es una energía fósil sin más, como el carbón o el petróleo. Cualquier estudiante que conozca los rudimentos de la química orgánica o que haya cursado el bachillerato debería saberlo. Además, suele ir asociado con dióxido de carbono y nitrógeno. Conscientes de ello, las compañías comercializadoras lo rebautizaron y obviamente no quisieron llamarlo metano. El nombre elegido fue gas natural. El adjetivo natural escondía la mentira y hoy muchos ciudadanos lo consideran una energía limpia, como el incauto contertulio del café de mi pueblo, que se fue convencido de consumir algo que no contaminaba. Es lógico que fuera engañado, dado que los mensajes publicitarios hablan, por ejemplo, de autobuses que funcionan con gas natural que son «sostenibles» y «ecológicos». La piadosa mentira ahorra el mal sueño de ser un individuo que ayude a la contaminación global. Yo quise decirle: «No se engañe usted, que su cocina es tan contaminante como la mía». La única diferencia no está en el grado de contaminación, sino en creerse o no la mentira piadosa.

Mediante millones de mensajes publicitarios, se ha convertido una mentira en una verdad, como aquel vendedor de jabón de una feria que a voz en grito anunciaba: «¡Jabón, señores! ¡Jabón hecho en casa! ¡Nada de química, todo natural!», desconociendo probablemente que el jabón es el resultado de una reacción química entre un álcali (hidróxido de sodio o bien de potasio) y un lípido. Siento hoy no poder recordar el nombre del grupo humano de Nueva Guinea que había hecho de la mentira la mejor virtud, impidiendo así que nadie de los suyos pudiera ser engañado. En todo caso, merecerían figurar entre los pueblos sabios de la Tierra, y nosotros deberíamos aprender de ellos.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.


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