Laberinto con vistas

La plaza vacía

«La apuesta posmoderna por el relato en detrimento de la verdad y su igualación a la baja de las opiniones propicia la difusión, por todo género de canales, de un cúmulo de estulticias». Un artículo de Antonio Monterrubio.

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En Facticidad y validez, Jürgen Habermas ve el espacio público como un terreno intermedio entre Estado y sociedad en el cual los ciudadanos formarían opiniones y voluntades. Medios de comunicación con vocación didáctica y redes sociales que democratizaran el intercambio de pareceres deberían jugar en él un papel de primer orden. Pero según comprobamos día tras día, los primeros han devenido herramientas de propaganda ideológica sin pretensión alguna de verdad u objetividad; y las segundas, nidos de víboras que emponzoñan cuanto tocan. Todo mayoritariamente escorado hacia los extremos más neoliberales en lo socioeconómico, y más ultraconservadores en lo político.

«El alma vulgar, sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho a la vulgaridad y lo impone por doquier», dice Ortega y Gasset en La rebelión de las masas. Es la continuación lógica de lo que las voces autorizadas le han venido enseñando; es la herencia de sus mayores. «El oficial dice: ¡no razones, adiéstrate! El funcionario de Hacienda: ¡no razones y paga!, el eclesiástico: ¡no razones, ten fe! […] Por doquier encontramos pues limitaciones de la libertad», escribe Kant en ¿Qué es la Ilustración?

La apuesta posmoderna por el relato en detrimento de la verdad y su igualación a la baja de las opiniones propicia la difusión, por todo género de canales, de un cúmulo de estulticias. Convencer a cualquier ignaro de que cuanto sale de su caletre es tan valioso y digno de elogio como el producto de una profunda reflexión es una grave ofensa al pensamiento y la lógica. «Aunque el logos es común, la mayoría vive como si poseyera uno particular», decía Heráclito.  

El irracionalismo se hace pasar por razón o, peor aún, la desdeña y ultraja. Pero la razón debería cultivarse con mimo, poniendo a disposición de todos unos instrumentos que permitan construir juicios bien fundamentados. Este es el terreno sobre el que crecería y se desarrollaría un debate plural y enriquecedor en el ágora. Las ideas podrían enfrentarse, complementarse, colaborar, transformarse: vivir, en suma. Pero actualmente los media y las TIC son instrumentos políticos, no de información, y menos de debate. Y puesto que tienen detrás importantes intereses económicos, no cabe duda de hacia qué lado van a inclinarse. La discusión pública queda agostada desde el momento en que la mayoría se alimenta de valoraciones prefabricadas. En España esto es lo que hay, dado el color del monopolio informativo. De ahí que la política de las emociones sea muy peligrosa. El fascismo se mueve en ella como pez en el agua.

La reacción política, periodística, social y económica está lejos de ser un tigre de papel. Siempre saca de su chistera estrategias de recambio que le faciliten seguir controlando el cotarro. Y para distraer a una opinión pública adocenada por el espectáculo, ha encontrado un nuevo filón: las guerras culturales. El ruido y la furia evitan que la ciudadanía se fije en el evidente fracaso de la utopía neoliberal. La provisión cada vez más insuficiente en cantidad y calidad de servicios sociales sería preocupante si no se consiguiera enmascararla. De modo que se convierten en temas de vida o muerte el feminismo devastador, la transexualidad borradora de identidades, las migraciones invasoras, el Gran Reemplazo, el buenismo de las ONG o la crisis de la nación y las conjuras de los rompepatrias de rigor. Se va subiendo la apuesta con necedades ininteligibles como las batallas decisivas contra molinos de viento de cartón de falla. Cualquier excusa vale con tal de que no se hable de una crisis social prolongada que beneficia a unos pocos y hunde a los más, o de sus complicidades políticas y mediáticas.

Las guerras culturales representan el colmo del travestismo teórico. El varón blanco heterosexual aparece como víctima de una conspiración orquestada por feministas, antirracistas y colectivos LGTBI. A pesar de su palmaria falsedad y falta de sustancia, tal doctrina cala en un amplio sector de la sociedad, lo cual solo es explicable por la existencia de una audiencia intelectualmente desarmada y éticamente jibarizada. Esto, a su vez, es consecuencia de una hegemonía ideológica incontestada. Gramsci define el concepto como «el poder adicional del que goza el grupo dominante para hacer coincidir sus intereses con el interés general». Con ese fin utilizará con profusión el arsenal del que dispone, y hoy las guerras culturales son un arma notablemente eficaz en sus manos.

La intelectualidad progresista que aún aguanta no puede caer en la trampa de limitarse a repudiar sin más planteamientos perversos, y menos a intentar silenciarlos. Habría que enfrentarles argumentaciones contundentes, debate abierto y profundo, defensa firme de la razón y la lógica y grandes dosis de persuasión. Se impone volver a la plaza pública, elaborar un discurso meditado y convincente, independientemente de que el antagonista vocifere consignas sin sentido y balbucee frases deslavazadas. A la vulgaridad, la banalidad y la desfachatez debe oponerse una ética, pero también una estética de la resistencia. El barro siempre favorece a las posiciones reaccionarias, justamente porque no son ideas: son guantes de boxeo. No hace falta echarle bilis al asunto, sino logos, repoblar de vida esa ágora que han transformado en un desierto. Aun con la incomparecencia de la otra parte o su presencia ectoplásmica en forma de ruido bullanguero y vacío, es necesario recuperar el buen uso del discurso político e intelectual. Pues la alergia al compromiso de presuntos progresistas se une a la caída en el fango de muchos conservadores, con protagonismo destacado de aquellos conversos que quieren hacerse perdonar veleidades ya caducadas.

En tiempos de hiperindividualismo, no está de más recordar con el Aristóteles de la Ética a Nicomaco que la autarquía de una existencia plena es comunitaria: «Por autosuficiencia no entendemos el vivir para sí una vida solitaria, sino también para los padres y los hijos y la esposa, y en general para los philoi y conciudadanos, puesto que el ser humano es por naturaleza político».

En el campo de las batallas culturales, no hay que perder de vista su función de tapadera de la injusticia social; por ende, el apoyo a los colectivos agredidos debe acompañarse de la denuncia de aquella. En cuestiones sociales y políticas, es esencial conservar la cabeza fría, por más caliente que esté el corazón.

La agresividad de las ofensivas culturales y su profusa repercusión mediática conllevan otro efecto colateral nocivo: la repetida condena de una polarización o crispación inexistente. Pues si los monopolos magnéticos parecen entes esquivos, la violencia del discurso es ciertamente monopolar. Defenderse de los ataques irracionales e injustos es un derecho y también un deber. Hablar de polarización en la insurrección del gueto de Varsovia sería poco sostenible.

En Elegía del buen gobierno, Solón, político y uno de los Siete sabios, afirmó que «Disnomia —ley injusta— acarrea males sin cuento a una ciudad, mientras que Eunomia —ley justa— lo hace todo ordenado y cabal». La idolatría de una falsa concordia y armonía universal basada en la injusticia equivale al deseo de que las cosas sigan tal y como están para siempre. Ya Heráclito sabía que el equilibrio solo puede mantenerse a través del contraste entre opuestos. En Ética eudemia, Aristóteles recuerda que el filósofo de Éfeso critica el verso «Ojalá que la discordia desapareciera de entre los dioses y los hombres», arguyendo que no habría escala musical sin notas altas y bajas, ni animales sin macho y hembra. La cuestión es regular los conflictos, canalizarlos por cauces pacíficos y constructivos, pero de ninguna manera negarlos o taparlos.

Un problema que se plantea es el de los límites. Una sentencia de Voltaire reza: «La tolerancia no ha provocado jamás una guerra civil, la intolerancia ha cubierto la tierra de matanzas» (Tratado sobre la tolerancia). Si la segunda parte de la frase no tiene vuelta de hoja, la primera es discutible. Una excesiva condescendencia con los intolerantes puede conducir no solo a la guerra civil, sino a la dictadura y el totalitarismo. Burlarse de las normas de convivencia y pisotearlas a placer asfalta la senda hacia el infierno. «Allí donde acaba la ley y el derecho, empieza la tiranía» (Locke: Ensayo sobre el gobierno civil).

En ocasiones, sin embargo, la ley y el derecho son ya tiranía. Sabemos lo fácil que es retorcer una legislación hasta acomodarla al despotismo. Cómo olvidar esas instantáneas de jueces alemanes, brazo en alto, en los mismos inicios del régimen nazi. De ahí a la proclamación de la palabra del Führer como fuente de Derecho, había un minúsculo paso que no tardó en ser franqueado. Ya lo dictaminó Carl Schmitt: la soberanía corresponde a quien puede decretar el estado de excepción. La única posesión que le queda al ciudadano es una vida nuda, amenazada, según establece Agamben en Homo sacer.

En 1967, Marcuse afirmaba que «podemos convertir el mundo en un infierno, y, como ustedes saben, estamos en el buen camino para conseguirlo, pero también podemos convertirlo en todo lo contrario» (El final de la utopía). El problema no es de tecnología y conocimientos, sino de voluntad política, en sentido amplio. Mientras suceden cosas gravísimas, hay que perder tiempo y energía en rebatir enunciados hueros de contenido, aunque jaleados por politicastros poco escrupulosos y gacetilleros de fortuna. A veces se tiene la impresión de asistir a una puesta en escena hiperrealista de aquella máxima latina contra los aduladores: «Asinus asinum fricat».

El debate político debería confrontar con sosiego posturas diversas y bien articuladas, defendiendo ideas precisas y correctamente estructuradas e intereses concretos y legítimos. En un mundo deseable, eso supondría atender con cabal objetividad los argumentos del adversario, evaluarlos y, en su caso, rechazarlos, aceptarlos o adaptar los de unos y otros con vistas al bien común. Pero el diálogo solo es viable entre partes dispuestas a él. Aquí nos topamos con la cerrazón de unas élites y sus representantes políticos y mediáticos, acostumbrados a hacer y deshacer sin que nadie ose rechistarles. Y llevan así siglos.

Es interesante constatar la creciente aversión que feminismo y ecologismo despiertan entre los sectores reaccionarios. Y contrastarla con el aprovechamiento hipócrita que el capitalismo, incluido el más feroz, hace de esos movimientos. El visceralismo negacionista, indiferente al porvenir del planeta, convive con un descarado greenwashing. El empoderamiento femenino en la publicidad de grandes marcas y el respeto a opciones sentimentales alternativas comparten pantalla con el retorno a primer plano de la falocracia. Para evitar la profundización, nada mejor que convertirlo todo en un espectáculo de fuegos artificiales. Así, evidencias documentadas sobre cambio climático y calentamiento global son sepultadas por un aluvión de necedades y pamplinas envueltas en chascarrillos groseros. La trágica proliferación de machismo agresivo, soberbio y letal a la que asistimos queda diluida por obra y gracia de los viscosos discursos ofendiditos de varones que sienten tambalearse su virilidad, y de mujeres que, imperturbables, continúan buscando a Jacq’s.

Una de las funciones atribuidas por el Tinglado al Nuevo Salvajismo es hacer que las corrientes innovadoras, ante tal amenaza, se vean obligadas a refugiarse bajo su manto protector. Su designio es gobernarlo todo sin admitir competencia. El Pensamiento único sigue siendo su divisa y su horizonte. Pero «la condición humana de pluralidad es la condición sine qua non de la […] esfera pública. Por eso querer desembarazarse de esta pluralidad equivale siempre a querer suprimir la esfera pública» (Arendt: La condición humana). La defensa de la crítica y la disidencia se vuelve ineludible necesidad y esperanza.

Como afirma Philipp Blom en Lo que está en juego, aún estamos a tiempo de enderezar el timón y poner a salvo el mundo surgido de la Ilustración. Mantener el tipo, arrostrando las tempestades sin desviarse del rumbo que se estima correcto, es a la vez lo más complicado y lo más sencillo. Es labor y acción de un ser humano que pueda presentarse, sin que se arrebolen sus mejillas, como «un hombre/ que alabó lo digno de elogio/ y sembró la acusación contra los malvados» (Píndaro: Nemeas). Recuperemos el ágora, pues pertenece por derecho propio a los devotos del logos.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.


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