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El puño alzado de Trump y los medios

Jacopo Di Miceli escribe sobre el intento de asesinato de Donald Trump el 13 de julio de 2024 y los peligros de un pacto involuntario de satisfacción de la agenda trumpista entre el Partido Republicano y los medios de comunicación precarizados y necesitados de lectores.

/ por Jacopo Di Miceli /

Artículo originalmente publicado en Iconografie, traducido del italiano al castellano por Pablo Batalla

Imaginémonos que el sábado 13 de julio, en la palestra de Butler (Pensilvania), hubiera estado Joe Biden en lugar de Donald Trump. Nadie hubiera apostado razonablemente por que, rozado por una bala en la oreja, Biden tuviera los reflejos de agacharse, la sagacidad de pedir ir a recuperar sus zapatos extraviados y el vigor adrenalínico de cerrar y alzar el puño e incitar a la pelea, mientras los agentes del Servicio Secreto lo arrastrasen a regañadientes a un lugar seguro.

Este escenario alternativo, que pasó por la mente de todo el mundo en aquel momento, es quizá la mejor clave interpretativa para atribuir un significado preciso a la ya memorable toma de Evan Vucci, fotógrafo de Associated Press: una composición perfecta, impecable artísticamente, cuyas implicaciones profundas parecen no comprenderse cuando se participa de la teatral excitación de asignarla a los libros de texto del futuro: no transmite a la posteridad una instantánea de un momento decisivo de la historia, sino que se limita a reverberar involuntariamente la estética del mediocre debate mediático de nuestro tiempo.

No hay en estos hechos nada nuevo en lo que respecta a la violencia de la política estadounidense: en poco más de dos siglos, cuatro presidentes han sido asesinados y tres han sufrido un intento de asesinato durante o después de su mandato. Tampoco hay nada nuevo en las oscuras motivaciones que llevan a un joven solitario a disparar: apenas unas horas después del atentado contra Trump, Estados Unidos retomaba la normalidad de los tiroteos masivos cuando cuatro personas morían en un club nocturno de Birmingham (Alabama). Y no hay, sobre todo, nada nuevo en el victimismo del Partido Republicano, que difícilmente capitalizará electoralmente el ataque a Trump más de lo que ha capitalizado hasta ahora las teorías de la conspiración sobre el voto robado de 2020, el relato pseudoberlusconiano de la persecución judicial o la guerra cultural contra el fantasma del comunismo en Estados Unidos. Esos pocos milímetros que salvaron la vida de Trump, y al mundo la incertidumbre de su muerte en directo, probablemente no alteren el curso de las cosas.

La primera reacción de los primeros espadas del trumpismo fue rabiosa. J. D. Vance, que figura como vicepresidente en el ticket electoral republicano, se negaba a enmarcar el intento de asesinato como un «incidente aislado», declarándolo consecuencia de la retórica de Joe Biden. El excandidato en las primarias Vivek Ramaswamy decía que no le sorprendía, porque Estados Unidos estaba inmerso en un «clima tóxico» comparable a un «reinado de brujas». Y la congresista qanonista Marjorie Taylor Greene declaraba que «los demócratas son el partido de los pedófilos, de los asesinos de niños no nacidos, de la violencia y de las guerras sangrientas, sin sentido e interminables». Frases incendiarias, pero quen o difieren demasiado de la retórica habitual del trumpismo, que ya incluye la celebración del intento de golpe de Estado del 6 de enero de 2021, la glorificación del modelo antiliberal de Orbán, los ensueños dictatoriales y las amenazas de encarcelamiento contra opositores políticos, así como de utilizar al Ejército para sofocar las protestas.

La foto de Evan Vucci que hemos visto por doquier en los días posteriores al atentado nos muestra otra cosa. Trump provocó durante un breve período en Estados Unidos una sacudida general de orgullo cívico: pensemos en los lemas editoriales del Washington Post y el New York Times «la democracia muere en la oscuridad» (2017) y «ahora todos los días son 6 de enero» (2022). Pero su figura se normalizó rápidamente, siguiendo una tendencia casi ciega a la anestesia y la trivilización. Tras el debate televisivo entre los dos candidatos presidenciales, la periodista Jennifer Schulze se puso a contar cuántos artículos del New York Times hablaban del declive físico de Biden (192) y cuántos del de Trump (92). Todo ello la misma semana en que el Tribunal Supremo, a raíz de un recurso presentado por los propios abogados de Trump, dictaminaba que los expresidentes gocen de inmunidad absoluta en los actos oficiales que entren dentro de su «esfera exclusiva de autoridad constitucional», otorgando, en esencia, un poder absoluto al presidente, que a partir de ahora tendrá la facultad de ordenar un asesinato u organizar un golpe de Estado amparándolo en la apariencia de un acto oficial. En la actual economía de la atención, extremadamente precaria y volátil, el periodismo está estructuralmente regulado para satisfacer una agenda informativa impuesta por otros: las meteduras de pata de Biden, debidas en parte a su declive físico y en parte inherentes a su personalidad, son su pan de cada día.

Con esto no quiere decirse que no sea correcto señalar la fragilidad de Biden. El problema es el relato mediático de la estrecha similitud entre las debilidades de los dos candidatos. La foto de Trump puño en alto tras el atentado se ha tomado como un símbolo premonitorio del resultado de las elecciones de noviembre porque no puede ni contemplarse una narrativa que se aleje del cuerpo de los líderes y del triunfo de la imagen sobre la política. Trump es un «hombre del destino, una figura tocada por los dioses de la fortuna de un modo que trasciende las reglas normales de la política», escribía un columnista del New York Times, y es difícil no encontrar en sus palabras la misma reverencia que cierta prensa ha prestado siempre al hombre fuerte. Suena a déjà-vu de lo ocurrido en junio de 2015, cuando Trump, entonces una celebridad televisiva y empresarial, se presentó a las primarias republicanas.

En aquel momento, la estruendosa entrada de Trump en la arena política fue la tabla de salvación de un sistema mediático en crisis de liquidez, audiencia y lectores. Sin que ninguna de las partes tuviera que hacerlo explícito, se había establecido un pacto impío entre Trump y los medios de comunicación, por el cual estos últimos amplificaban y se beneficiaban de las mentiras del primero. Ese pacto sigue vigente hoy en día, mucho más allá de las fronteras estadounidenses. Lo vemos ponerse en práctica incluso en la superficialidad con la que se tratan las teorías conspirativas sobre el intento de asesinato. Las hipótesis sobre un asesinato premeditado por el Servicio Secreto o un intento de magnicidio escenificado por la campaña de Trump flotan en el debate como divertidas rarezas surgidas del abismo de lo absurdo que es la subcultura estadounidense de Internet.

Esa conspiranoia lleva un decenio siendo el corazón de la ideología republicana y está infectado ahora incluso a votantes demócratas que, viendo la democracia liberal al borde del colapso, temen improbables complots de Putin en Washington, de un modo que recuerda a la paranoia de los círculos anticomunistas de los cincuenta. El repentino interés de los medios de comunicación por estas conspiraciones revela a plena luz su previo desinterés por el complotismo en Estados Unidos: la aburrida conspiración real que acecha en los puntos programáticos del Proyecto 2025 y el plan de la Fundación Heritage para la próxima presidencia de Trump, que se perfecciona en convenciones internacionales de la derecha en Hungría o Florida, y que finalmente se prueba sobre el terreno en mítines y legislaciones locales.


Jacopo Di Miceli es director del proyecto Osservatorio sul Complottismo, donde se atiende al fenómeno de las teorías de la conspiración. Colabora con revistas como The Vision, Left o Tagli Mazine y es autor del libro L’ideologia della paura: come il complottismo ha conquistato l’America e l’Europa (2022).


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