Estudios literarios

La literatura de José Antonio Abella: un intento de sistematización

Mariano Martín Isabel glosa la obra del recién fallecido autor de 'Aquel mar que nunca vimos', 'Agnus diaboli' y 'Cáncer Imperator'.

/ por Mariano Martín Isabel /

La literatura se divide, por la organización de la sintaxis, en clásica (es decir, sencilla) y barroca (ampulosa, complicada, retorcida). Por el tema que desarrolla puede ser realista (es decir, que forma parte de la experiencia habitual de las cosas) o fantástica (si se centra en experiencias límite). En cuando a su enfoque, puede ser externo (o sea, fotográfico: cuando cuenta, como si miráramos por una ventana, lo que pasa a nuestro alrededor) o interno (cuando el narrador cuenta introspectivamente, como si mirara en un espejo, lo que viven sus personajes). Y por otro lado el escritor puede escribir desde la distancia (escritura clínica) o desde la proximidad con lo que cuenta (la empatía es propia de la escritura lírica). Las distintas combinaciones son, entonces, las siguientes:

Clásico-barroco.

Realista-fantástico.

Fotográfico-especular o de interior. (Ventanas-espejos).

Clínico-lírico.

José Antonio Abella

La literatura de José Antonio Abella se enmarca dentro del clasicismo: al contar cosas de la realidad externa (siempre cuenta lo que pasa a nuestro alrededor) es una literatura de realismo fotográfico, y al hacerlo con un lenguaje sencillo, mesurado y sin estridencias, se acerca a la forma de expresarse propia del clasicismo grecolatino: hablaremos, pues, de clasicismo realista. Su forma de expresarse, siempre lírica, lo convierte en poético, pero puede adjetivarse de diversas maneras; el realismo clásico de Abella abarca, pues, una pluralidad de enfoques:

Realismo poético. Agnus diaboli. La sonrisa robada. Aquel mar que nunca vimos. El hombre pez. Yuda.

Realismo fantástico. El corazón del cíclope.

Realismo bárbaro. Trampas de niebla.

Novela de aventuras. La llanura celeste.

Realismo fotográfico. Cáncer imperátor. Crónicas de Umbroso.

Podemos intentar hacer un enfoque sistemático de lo que precede. Toda la producción literaria de José Antonio Abella comparte tres rasgos fundamentales: es fotográfica en el fondo, clásica en la forma y poética en el enfoque; su clasicismo realista es también un realismo poético, y esto pasa con todas sus obras. 

Sobre estas tres constantes se pueden establecer algunas diferencias. Unas veces los temas de sus novelas hablan del mundo de todos los días, y otras el autor se interesa por lo insólito, lo que escapa a lo habitual: a veces busca historias fantásticas (El corazón del cíclope), incluso bárbaras, primitivas, de las que se pierden en la noche de los tiempos (Trampas de niebla); otras prefiere historias de aventuras (La llanura celeste); otras, en fin, elige retratos del mundo que ejecuta en tono clínico, pero siempre desde la sobriedad poetizante que se acerca  al realismo poético, aunque tengan una intención didáctica (Cáncer imperátor); o rasgos costumbristas (Crónicas  de Umbroso); cuando hablamos de realismo bárbaro y fantástico, novelas de aventuras y realismo clínico, no estamos hablando de tres estilos diferentes: el estilo siempre es el mismo, a un tiempo clásico, realista y poético; lo que hacemos es mencionar distintos temas que interesan al autor, desde lo cotidiano hasta lo insólito; pero interesarle a uno temas diferentes no quiere decir escribir en cada uno de esos temas con diferente estilo, como si fueran tres autores entre los que no hay ninguna unidad. No. Repito que la unidad estilística y literaria de José Antonio Abella se mueve entre el clasicismo realista y el realismo poético: nada más.

Etapas en la producción literaria de José Antonio Abella

Los rasgos centrales de este estilo se manifiestan desde 1992 con su primera novela (Yuda) y persisten explícitamente, de manera casi ininterrumpida, desde 2010 hasta 2022. En Crónicas de Umbroso (2002) hay ficción autobiográfica, humor compasivo, sencillez expresiva, ironía, delicadeza, belleza, realismo insólito y casi mágico, un mar que nunca vimos, una candidez en tono bárbaro, amor, más que al terruño, a la tierra, la infancia como patria de los apátridas, el sufrimiento de los animales, un mar que nunca vimos y, siempre, una inquebrantable voluntad de esperanza; rasgos todos ellos que aparecerán diseminados en su narrativa posterior.  

Entre 1992 y 2010 el autor ha explorado diversas formas de expresión (novela de aventuras, fantasía barroca, realismo fotográfico) generadas a partir del clasicismo realista y del realismo poético que lo caracterizan, muchas veces en clave de humor; tal vez esta aparente dispersión tenga que ver con la militancia del autor en defensa del paisaje urbano; una militancia que ha comprometido su doble faceta de escritor y escultor, volcándose activamente en la mejora de la ciudad de Segovia. La dispersión del hombre comprometido suele ir en detrimento (pienso en Vargas Llosa) del desarrollo verdaderamente fecundo de la creatividad literaria; Perú perdió un presidente, pero ganó un escritor; Segovia ganó un defensor del paisaje con José Antonio Abella, pero esta defensa se enriqueció cuando la introspección literaria sustituyó a la acción ciudadana.

Desde 2010 el clasicismo, realista y poético, de José Antonio Abella alcanzó su plenitud a través de varias vías expresivas:

Primero con la ficción testimonial que aparecía en Yuda. Ahora se pone en marcha con dos obras de madurez: La sonrisa robada y Aquel mar que nunca vimos. Estas novelas son también la culminación, en calidad y profundidad, de Crónicas de Umbroso. Lo que importa aquí es la historia que se cuenta, y cada relato es la convergencia de una narrativa fotográfica de hechos históricos, una narrativa fabulada de los hechos que no están documentados, y la narración también fotográfica (poética, clásica y realista) de la propia investigación que da lugar al relato.

Se intercala entre medias la razón ilustrada, que se pone en marcha con El hombre pez y Agnus diaboli. La historia que se cuenta es, en este caso, el medio que se ofrece a las ideas de la razón para que puedan desenvolverse; la razón avanza desde la compasión dolorosa por el sufrimiento humano, pero también desde el amor por los animales, hacia la búsqueda de un futuro redentor donde cualquier sufrimiento ya no sea posible. Yuda comparte este deseo utópico con la narrativa, a un tiempo fotográfica y fabulada, que le caracteriza.

Y vuelve al realismo fantástico que, explorado en su momento con La esfera de humo (a la que me he atrevido a llamar fantasía barroca), alcanza sus máximas cotas de profundidad, con una calidad abrumadora, en Trampas de niebla y El corazón del cíclope. Sigue tratándose de un clasicismo realista; clásico por la sencillez y el equilibrio de su expresión; realista por el interés, compasivo y misericordioso, hacia la historia reciente de España. Pero ese realismo adquiere tintes fantásticos al involucrar numerosos destellos insólitos que suelen salpicar la realidad cotidiana; se trata de unas experiencias que no por insólitas dejan de ser reales, y nos envuelven en una atmósfera legendaria cuyos componentes inverosímiles buscan ser explicados con ayuda de la razón, y especialmente de la ciencia. No olvidemos que José Antonio Abella, al tiempo que escritor, es también médico.

Cuando escribo esto, en 2024, José Antonio Abella tiene pendientes de publicar otros tres libros: Todas las muchachas serán tuyas, donde recrea su lejana adolescencia en un idealismo tan ingenuo como sincero (el idealismo de la época hippie); Santa Selma, donde el amor por la literatura deja paso al amor a los animales (Selma Lagerloff iluminó su infancia y por eso Selma fue el nombre de una perrita a la que siempre recordará); y Dos novelas cortas, dos relatos largos. Los retazos de memorias contenidos en Un sujeto afortunado no verán la luz, porque a su autor no le queda tiempo para prepararlos.

Todo estaba prefigurado en su primera época

 En algunos de sus relatos José Antonio Abella se acerca al romanticismo; un romanticismo tranquilo al estilo de Lamartine («Le lac»), de ninguna manera estridente como el que encontramos en Espronceda; pienso, por ejemplo, en Unas pocas palabras verdaderas (relato de corte romántico que, significativamente, da título al libro de un autor que sin embargo se reconoce como realista). Es un libro de relatos cortos. En unos la precariedad del escritor nos acerca a La bohème (El ladrón y la llave); en otros, cierto realismo sórdido nos recuerda a Maupassant (Miga de pan, Las palomas carnívoras); en otros es una fantasía descarnada (Alma errante, El escultor de almas, Piernas); en otros late un aliento donde se encoge el corazón, melancólico y romántico (el ya citado Unas pocas palabras verdaderas y Escrito en el barro), unas veces rozando la perspectiva de lo fantástico (El fin de las palabras) y otras con tintes autobiográficos (La fosa común); en otras late su persistente preocupación por la guerra civil (Juan, hijo de Juan); y en otras, una ironía crítica que hace de él un Larra de nuestro tiempo (La ceguera del escribano, La última lección de Germán Bueno).

Ya en Yuda (y Yuda es su primera obra) se despliega en su plenitud todo el andamiaje del realismo poético. Después vinieron en 2010 Unas pocas palabras verdaderas, donde, desarrollando los destellos de Crónicas de Umbroso, se contiene en germen toda la obra del autor, como semillas de todas las novelas que José Antonio Abella escribirá después. El realismo poético, que creció sobre el esqueleto del clasicismo realista, no lo abandonará jamás. Vayamos por partes:

El clasicismo realista aparece prefigurado en un par de historias que tienen por protagonistas a los propios escritores: El ladrón y la llave (donde se vierten críticas a las grandes editoriales) y La ceguera del escribano (una denuncia acerada de los amaños literarios y lo que el autor llama «literatura de hamburguesería»). Piernas es, en otro ámbito, un nuevo ejemplo de clasicismo realista. El tono poético tiene aquí una menor presencia, pero se despliega en el resto de los relatos hasta alcanzar su máxima expresión en unas historias que se salen ya del realismo: Unas pocas palabras verdaderas es, como hemso visto, de un romanticismo nostálgico y misterioso, de una belleza inenarrable y una tristeza indescriptible; Escrito en el barro tiene también esa belleza emotiva que se sale de los márgenes del realismo.

Realismo fotográfico. Fiel retrato de la realidad cotidiana, el relato adquiere tintes tétricos en Las palomas carnívoras, y en La fosa común se tiñe de tintes cientificistas; su pesimismo descarnado lleva este retrato casi a los niveles de un análisis clínico.

Una variante de esta forma de realismo es la ficción testimonial. Hay un par de relatos donde se manifiesta como crítica social: en La última lección de Germán Bueno reafirma su fe en la educación, muy a pesar de la realidad educativa; y en Miga de pan adquiere tonos casi clínicos. En Juan, hijo de Juan, se interesa por la guerra civil y es un interés que se desarrollará, mucho después, en Aquel mar que nunca vimos y Trampas de niebla.

Mención aparte merece la razón ilustrada. La vemos desplegarse en Memoria de la materia; en Alma errante nos lleva directamente al cientificismo y en este último relato, desconfiando de la ciencia y de la técnica, desembocará en una crítica a la sociedad de consumo. Esta fe en la razón es el eje que vertebra otras dos obras de madurez: Trampas de niebla y Agnus diaboli.

El realismo fantástico, finalmente, es otra variante del realismo (cuando, partiendo del retrato de la realidad cotidiana, se complace en retratar las situaciones insólitas). Lo vemos en El fin de las palabras, precursor de El corazón del cíclope, prefigurado ya en un relato de juventud: La esfera de humo. En El escultor de almas hay un enfoque truculento, derrotista y sórdido, que abraza un realismo clínico y fantástico a la vez.

A modo de conclusión

 Estos vaivenes se explican porque José Antonio Abella no defiende una razón ilustrada estrechamente cientificista; su racionalismo, como una medalla, tiene una doble cara: por un lado aflora la razón discursiva; por otro, esa otra forma de razón, inaprensible para el discurso, que podemos llamar intuición o corazonada. Por eso su producción es comparable a un collar que tuviera cuentas de dos colores: la visión fantástica y la fotográfica (esta última en su doble aspecto de ficción testimonial y razón ilustrada); el hilo que sostiene estas cuentas está hecho de tres finos hilos entrelazados: el clasicismo, el realismo y la lírica. A intervalos alternos José Antonio Abella escribe literatura realista y fantástica sin traicionarse nunca a sí mismo. La coherencia de su estética es de una fortaleza estremecedora.

Por eso en el año 2024, cuando ya las fuerzas le impiden, por culpa del cáncer, embarcarse en proyectos de largo aliento, se emplea en escribir relatos cortos. En el último de ellos emprende un regreso al realismo fotográfico, esta vez de corte didáctico: Cáncer Imperátor. La seriedad de su propuesta nunca podrá decepcionarnos.

José Antonio Abella acaba de morir.


LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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1 comment on “La literatura de José Antonio Abella: un intento de sistematización

  1. Álvaro Acebes

    Maravilloso homenaje para un excelente escritor. Muchísimas gracias por este texto.

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