/ una reseña de Lorenzo Luengo /
De Jesús Palacios he escrito y hablado en otras ocasiones, pero tenía el deseo de hacerlo especialmente sobre esta obra, Satán en Hollywood, que concentra y sintetiza sus inmensos conocimientos acerca de lo que podríamos llamar la verdadera realidad del (sedicente) mundo real. A Palacios muchos lectores le deben sin saberlo una parte importante de su formación: sus selecciones para Valdemar, sus prólogos y antologías, han ido descubriendo a lo largo de los años un fabuloso venero de obras y autores que ya formaban parte del espectro invisible de Excalibur —el fanzine que comenzó a publicar, si no recuerdo mal, mientras cumplía el servicio militar en Mallorca—, y que difícilmente hubieran hallado acomodo en cualquier otra editorial que no fuera la que se ha convertido por derecho propio en el templo de la literatura fantástica en España. Parte de su erudición se la debe Palacios a su padre, por cuya intervención se rescató a un medio olvidado Carrère de ese tren de la carne a medianoche que se lleva a quienes tantas veces las modas, los caprichos o la simple ignorancia descuidan injustamente. Por suerte hay subversivos que ponen barricadas en las vías y consiguen recuperar a quienes ni estaban muertos ni destinados a yacer eternamente. Joaquín Palacios fue uno de esos subversivos —véase la Antología de poesía macabra española e hispanoamericana que preparó para Valdemar, biografía espiritual de un lector que llenó todo un continente lingüístico de maravillosas barricadas—, y su hijo Jesús, una especie de Gavroche que amplió a su manera el campo de batalla.
Con esta presentación quiero resituar, primero, a Jesús Palacios en el lugar que justamente le corresponde, pero creo del mismo modo que debería haber un acercamiento sin prejuicios a la llamada literatura de género por parte de críticos y lectores para entender que Palacios no es simplemente un especialista de un género periférico, sino un inmenso conocedor de muchas literaturas —que él ha atravesado con una lanza barroca, forjada de tradiciones ocultistas, esoterismo y otras ciencias afines, para extraer lecturas paralelas de materiales a priori divergentes— a las que lleva años observando, como una especie de ornitólogo, desde el ángulo que mejor define nuestra (solo aparentemente) indescifrable realidad. Resalto esto último en cursiva porque, si una de las premisas del arte es expresar lo que permanecía oculto, tan importante habrá de ser para nuestra salvación el significado sentimental de la frase de Vinteuil como lo que nos esconde la trama eléctrica de La Eva futura, o la fachada misteriosamente iluminada —con su interior juego de colores cambiantes— de la casa de Malpertuis. Y eso por no hablar de la ciudad escondida bajo la corteza de Madrid, cuyo misterio, lo sepamos o no, nos afecta a todos.
En Satán en Hollywood, Palacios adopta el punto de vista —absolutamente certero— de los menonitas y escribe una apasionante biografía sobre el cine mágico para presentarnos la pantalla de cine como en realidad es: una puerta abierta al infierno, y una grieta por la que pasan a nuestro mundo los ángeles caídos como si se les acabara de ofrecer una nueva escalera de Jacob. Sé que esto son palabras mayores, pero también son palabras con las que coincidiría cualquier director consagrado por su talento. Kubrick, Hitchcock y Bergman —por citar tres directores a los que nadie puede reducir a la categoría de artistas de un género pobre— no trabajaban con arquetipos y símbolos del inconsciente por cumplir con una suerte de retórica de las imágenes tradicionales ni por enriquecer el contenido estético de la escenografía. Todos ellos eran plenamente conscientes de que el cine no era sino la última encarnación de una larga historia de invocaciones que inició su andadura en el agua cristalina, la continuó en las joyas y los espejos mágicos y empezó a adquirir una consistencia inquietante a través de la fotografía. Una cantidad nada desdeñable de los mejores relatos de Robert Bloch —a quien Hitchcock no solo se encargó de llevar a la pantalla en Psicosis (1960), sino también a las páginas de la revista que se publicaba bajo su nombre y a varios capítulos de la serie Alfred Hitchcock presenta (1955-1965)— giran en torno a Hollywood como un enclave mágico en particular, y al cine en general como una fuerza de pura hechicería con la que hay que mantener un trato cuando menos cauteloso. Charles Beaumont escribió también algunos relatos y guiones inspirados en la misma idea (que posiblemente tenga un origen profano en la figura de Scott Fitzgerald y de tantos de esos escritores vampirizados por la naciente industria cinematográfica), uno de ellos Reina del Nilo (1963), pieza fundamental que engarza a Egipto —y a la bella y terrible Ayesha de Ridge Haggard— con esa tierra habitada por una nueva casta de dioses que por la noche levantaba pirámides y obeliscos para hacerlos arder a la mañana siguiente. Más tarde llegaron Parpadeo (1991), de Theodore Roszak, y, siguiendo la estela de esa novela a la que es preciso arrancar a la fuerza de las estanterías asignadas a los libros insuficientemente leídos bajo la categoría de obras de culto, títulos afines como Experimental Film (2015), de Gemma Files (y su relato colindante «La iglesia en la montaña»), así como la sorprendente antología Found: an anthology of found footage horror stories (2022), una maravilla inesperada que nunca me cansaré de recomendar. Dentro del cine actual, por cierto, una recomendación segura es David Robert Mitchell con esa obra de verdadero genio, no sé si menospreciada o simplemente ignorada, que se titula Under the Silver Lake (2018). Mitchell pisa con honores las huellas que dejaron Bloch y Beaumont en el territorio del relato y los jóvenes faraones de la edad dorada del cine en la pantalla de plata.
Entendiendo el cine como lo que es, un gran misterio, Jesús Palacios publicó la primera edición de Satán en Hollywood en 1997, no sin invitar a su mesa a Kenneth Anger —que tiene una historia personal cuando menos rocambolesca, más allá de ser el autor de Hollywood Babilonia, a la que rozan los asesinatos cometidos por la familia Manson: de todo ello nos habla, naturalmente, este libro—, y con un sentido del humor tan negro como el del propio Anger, y una habilidad asombrosa para trazar líneas de convergencia entre elementos aparentemente dispares, se dedicó a relatar todo cuanto el autor de Hollywood Babilonia adivinó pero, por una cuestión de mera mortalidad, no tuvo ocasión de conocer. Adelantándose a esa biblia sobre la mayor conspiración en el mundo del espectáculo que es Weird scenes inside the Canyon (David McGowan, 2014), y casi en paralelo a las labores de recuperación de James Shelby Downard por parte de Feral House y a las investigaciones lisérgicas de Adam Gorightly, con quienes Palacios comparte una manera de mirar y de explicar el mundo, Satán en Hollywood reordenó las piezas de la cultura pop del siglo XX y obligó a que sus lectores se enfrentasen a una reinterpretación, bajo criterios mágicos, ocultistas, y en muchas ocasiones hasta satánicos, de sus principales protagonistas. No, Dalí no era sólo un pintor que junto a Mia Farrow se alimentaba en sus ratos muertos de mariposas. No, los Beatles no eran sólo unos músicos extremadamente talentosos que por pura casualidad colaron a Crowley en algo más que la portada de un disco. No, William Gibson no se dejó amedrentar por Eric Gullichson (a quien, por cierto, podía haber condenado a una vida de pesadillas bajo la furia de los loas). No, no podemos decir a ciencia cierta que Zeena LaVey no haya prestado sus genes —si es que no se trata de una sustracción, y no de un humilde préstamo— para levantar esa bonita estatua de 1,80 llamada Taylor Swift. Pero hay algo que, parafraseando la legendaria cita de Donald Rumsfeld, sí podemos decir: en la Meca del Cine, hay cosas que sabemos que sabemos, cosas que sabemos que no sabemos, y cosas que no sabemos que no sabemos. Palacios se encarga de desenterrar las cosas que no sabemos que no sabemos y de extenderlas sobre la arena como cadáveres a los que se ha concedido una nueva vida. Los harapos de Manson siguen siendo los mismos, como la barba apolillada de Timothy Leary o la mirada perdida de Nico horas antes de morir en Ibiza. Lo que ha cambiado es nuestra manera de mirarlos. Ahora todo ello parece formar parte de un museo variopinto que encierra en el interior de vitrinas de cristal a quienes, fueran conscientes de ello o no, se organizaron bajo el albur de no sabemos qué estrellas para iniciar una conspiración contra la raza humana. La conspiración sigue su curso, ahora revestida de otros disfraces posiblemente menos atractivos, y en muchas ocasiones mostrando abiertamente los rostros de los conspiradores…, aunque dentro de poco ni siquiera podremos estar seguros de ello. Como el propio Palacios afirma en el capítulo que cierra esta fundamental edición actualizada del que, por lo menos a mi juicio, sigue siendo su mejor libro:
«Sin duda, el Hollywood de antaño ha muerto, pero el nuevo estará tan lleno de magia negra, gurús, cultos extraños, delirios místicos, fenómenos paranormales, dioses y diosas paganos, fantasmas (digitales en lugar de analógicos y de celuloide, pero fantasmas al fin y al cabo), conspiraciones falsas o reales, misterios sin resolver y quizá hasta inteligencias artificiales embrujadas, como lo estuvo el viejo. Y Satán sabe, quizá más por diablo que por viejo, que en Hollywood, de vez en cuando, todo debe cambiar… para seguir igual».
¿De qué pantalla es deudora esta clase de vida cada vez más extraña? Inteligencias artificiales embrujadas, pieles digitales creadas con tecnología faceswap, máquinas que hablarán para otras máquinas, que alguna vez se imaginaron como individuos de carne y hueso (otras de esas cosas que no sabemos que no sabemos…) La pregunta, cuando el hombre sea ya solo un pobre recuerdo titilando en un holograma perdido en el vacío y el mundo que hemos conocido se haya convertido al fin en una inmensa invención de Morel, quizá sólo pueda formularse de un modo: ¿igual con respecto a qué? Me figuro que la única respuesta posible será un aliviado fundido en negro.

Jesús Palacios
Valdemar, 2024
384 páginas
15,80 €

Lorenzo Luengo (1974) ha publicado las novelas La reina del mediodía (Fundación José Luis Cano, 2002), El quinto peregrino (Pre-textos, 2009), Amerika (Algaida, 2009), Abaddon (Algaida, 2013) y El dios de nuestro siglo (Seix Barral, 2017), la colección de relatos El satanismo contado a los niños (Tropo, 2014), y dos estudios críticos (traducción, edición y notas): Diarios de Lord Byron (Alamut, 2002; Galaxia Gutenberg, 2018) y Diarios en la vieja rectoría (Siruela, 2022). Es colaborador habitual en la revista literaria Zenda y el suplemento Abril de El Periódico de España, donde escribe reseñas y artículos.
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«desde el ángulo que mejor define nuestra (solo aparentemente) indescifrable realidad»
«Entendiendo el cine como lo que es, un gran misterio»
Yo creo que no hace falta exagerar, es decir, que ni el cine es tan misterioso ni la realidad tan descifrable como le parecen al autor de este erudito artículo
De lo contrario parecería que el cine posee un misterio superior a la realidad, lo cual me parece, como digo, exagerado, por mucho que al autor le guste el séptimo arte
La exageración también puede llegar a ser un arte, y, como tal, desafiar a la lógica y lo razonable.