Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (62)

Del murmullo del mundo rescata en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago una conversación de una familia de campesinos o un verso de Margarita Ferreras.

textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Fuentes)

PREVIO AVISO

Discúlpense las credenciales de julio. No tengo otras. Mes de lenguas de bronce esta vez, con la misma severidad de sartenes enloquecidas por el hervor encabritado del aceite. Fui pisando sobre sus días y sobre sus noches con los ojos abiertos y espantados. Casi nunca las hebras de los sueños soltaron algo de compasión. Y rodando con la metodología minuciosa de una expulsión por un itinerario de oboes mustios, he llegado aquí, a las afueras peladas de este mes de cacería devastadora, que partió nombres en dos y desamuebló un poco más mi corazón.


Siempre ocurre así con el dolor de lo inmediato ido. Aún no tiene tratos con el alma. No es creíble todavía, no le ha dado tiempo. ¿Qué es lo que ha sucedido?, nos preguntamos ante la desaparición del amigo a quien tanto queríamos. No acertamos a saber. Aún no se ha dañado la costumbre de no tenerlo entre nosotros en los primeros días del duelo y nada nos lleva a asomarnos a ese vacío irrestañable. La voz llena de arañazos de quien se acaba de ir suena todavía entera en la memoria; sus gestos, sus palabras precisas, sus convicciones, sus últimos recados flotarán en el recuerdo como una sopa cada vez más fría. José Antonio Abella.



En las preguntas de los niños cuelga a menudo el mismo calambre que encontramos en las grandes cuestiones de los filósofos. Lo que en estos es necesidad de indagación es en aquellos puro asombro, desconcierto ante la vida que va cruzando sin avisar por delante de ellos. Recuerdo ahora aquel libro de última hora de Francisco Pino —otro niño travieso— lleno de preguntas: ¿Y por qué? Así se titulaba.


Se vislumbra al vecino a través del cristal enturbiado de la galería de la cocina. Lo veo moverse borrosamente entre operaciones domésticas. Vive solo. Y siempre, aunque no piense salir de casa, va vestido de calle: camisa blanca, pantalón planchado. Es como si esa manera de vestir estuviese convocando a una visita. Él, que nunca recibe a nadie. Pero entonces, ¿qué visita es esa? No quiero suponerlo en este mes de manotazos ciegos.


Conversación de una familia de campesinos. Están hablando de la plantación de colza de uno de ellos, que aún no han podido cosechar. Es entonces cuando una de las mujeres dice: «Como den en abrirse, se pierden». Y es esa expresión, «dar en…», la que me arrebata la atención. ¿Quién más habla así ahora, con esas fórmulas ajustadas y llenas de viveza y exactitud? Aún no se ha perdido del todo el sabor popular de la lengua, que atesoran sin saberlo gentes apegadas a la tierra como esta mujer que saca las palabras con golosa naturalidad de su boca.



En la residencia de ancianos, una mujer camina a duras penas arrastrando el andador por el pasillo. En voz bien alta, va preguntando a quien se encuentra: «¿Está por aquí el camino para irme a mi casa?». La oigo una y otra vez preguntar lo mismo. Es atroz. La vida, ese juego de extravíos continuos, aquí termina así, en el extravío supremo. Se lleva a los ancianos a morir a un sitio ignoto de donde no han de saber salir nunca. No viven: solo duran. Se les alimenta, se les limpia, se les cuida, se les cura, se les atiende. Pero no se les deja salir y terminan por morir allí. Ese es el trato. El edificio que los acoge forma ya parte de su intemperie. ¿Era esto lo que anunciaba el secuestro terrible de Hansel y Gretel en el cuento?


Ya no vienen los nombres a tiempo. Agazapados en las bodegas de la memoria se burlan de nosotros, no acuden enseguida a nuestra llamada, asoman el hocico de alguna sílaba y vuelven a su oscuridad fetal. Son las primeras travesuras de otra edad donde empieza a dominar el destiempo, esa palabra que contiene sombras y el olor dulzón de las primeras claudicaciones.



Un cirujano portugués da cabida a la poesía en las lecciones que imparte a futuros médicos. Elige ciertos poemas para abordar asuntos propios de la profesión: el dolor, la muerte, el alivio, la esperanza, el fracaso. Qué lección para todos: inmiscuir la poesía en la médula de la vida y no hacer de ella materia inane de mero alcance académico o cultural, como ocurre entre nosotros. Cuándo se hará aquí lo mismo en la enseñanza, en ese tramo delicado de la adolescencia y la juventud en el que ellos y ellas nos van preguntando con los ojos llenos de desconcierto dónde está la vida y de qué está hecha.


El cielo abierto y azul, de una nitidez insuperable. En la parte baja un mar de nubes. Parece una flota de naves lentas dispuestas en algún orden parecido a un cerco, como para evitar que algo escape en el altiplano celeste. Nosotros las vemos desde el coche, que avanza de frente hacia ellas por la carretera, y no sabemos qué decir ante ese ensamblaje de vellones que tanto se parece a una muralla burbujeante, muy enjabonada.


Tentativa irresoluble: me busco a mí mismo para estar solo.


Ese verso de Margarita Ferreras, la poeta zamorana del 27 nacida en Alcañices a la que ahora se atiende con devoción justificada: «La Palidez me tendió un velo». ¿No parece haber sido dicho por la misma Emily Dickinson?



Álex encuentra en medio de la acera pública una dentadura postiza con sus falsas encías rosadas y la cremallera siniestra de su sonrisa suelta. Me enseña la foto en el móvil. Es lo más parecido al paraguas de Lautréamont en la mesa de disección. La brusca aparición de signos íntimos en la vida colectiva provoca un desbarajuste entre el estupor y la gracia. También ayer oí que en Pamplona, en plenos sanfermines, se había entregado en la oficina de objetos perdidos una urna con cenizas humanas. Al parecer, alguien quiso correr delante de los toros abrazado a los residuos de un ser próximo. Debió de perderlos y ahora están entre gafas, monederos y llaves; fuera de sitio, como la dentadura bailando en el pavimento.


Está convencido de que duda de todo. Ya quisiera uno tener al menos esa única certeza.


Sigue siendo como siempre lo vi. Alguien a quien solo interesan las fotografías por su negativo; alguien que entra en las pescaderías y pregunta por las espinas, no por el pez; que en las frutas se apura por llegar cuanto antes al hueso; que en medio del resplandor da enseguida con la mancha; que en el beso solo encuentra el hueco, no la luz de los labios. Nunca practica la indulgencia. Su desdichado reino es una fiscalía siempre de guardia. En verdad, es un apóstol de la contrariedad. Un aguafiestas.



Días penosos de julio. Corazón tan cansado. ¿Dónde apoyar tu sombra?


La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es p6170193-2.jpg

Tomás Sánchez Santiago nació en Zamora en 1957. Sus últimos libros de poesía son El que desordena (2006) y Pérdida del ahí (2016). En prosa es autor de las novelas Calle Feria (2006) y Años de mayor cuantía (2018). En 2019 ha aparecido su escritura de diarios y anotaciones reunida en El murmullo del mundo. Es coautor, junto a la fotógrafa Encarna Mozas, de Interior Acuario (2016), y miembro del Seminario Permanente Claudio Rodríguez, con sede en Zamora.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

0 comments on “Los cuadernos pálidos (62)

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo