/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Al regresar, encontró la puerta abierta. En el salón había una mujer sentada en el sofá, leyendo uno de los tomos de su Enciclopedia Universal.
—¿Quién es usted y qué hace aquí? —dijo.
La mujer se limitó a cerrar el libro y depositarlo sobre la mesa. Luego sacó un puñado de sobres de un bolso de mano rojo y lo dejó caer sobre la misma mesa donde había dejado el libro, delante del sofá.
—¿Qué me dice de esto? —dijo ella señalando el montón de sobres.
—¿Y qué es eso, si puede saberse?
—Lo que está viendo.
Carlos cogió el puñado de sobres y abrió uno. Contenía varias hojas manuscritas en las que no le costó trabajo reconocer su propia letra. Dio un rápido vistazo a las cuartillas antes de leer el contenido más despacio. No tenían firma, pero sí una fecha: jueves, veintiuno de marzo. Entonces, leyó desde el principio. Era una carta en la que, junto a declaraciones de carácter íntimo, se expresaban ciertos comentarios que era incapaz de comprender. Luego abrió una segunda carta y una tercera. Todas parecían escritas por la misma mano y en todas se hablaba de parecidos o iguales asuntos.
Al terminar esta inspección, miró de nuevo a la intrusa.
—¿Qué significa esto?
—Creo que está bastante claro —dijo la mujer—. Todas esas cartas las he recibido a lo largo de este último mes. Por eso he venido, porque fueron enviadas desde esta casa.
—Bueno —dijo él—, reconozco que esta es mi letra, pero me niego a admitir que yo haya escrito estas cartas. Si lo hubiera hecho lo sabría, y esta es la primera noticia que tengo. De hecho, acabo de regresar de Plasencia, donde he pasado varias semanas, porque tenía asuntos que resolver allí. Es imposible que yo le haya enviado las cartas. Pero ¿cómo ha entrado usted en mi casa?
—La puerta estaba abierta… Bien, en tal caso me voy. Puede quedarse con todos esos papeles que no me interesan —dijo la mujer, que era atractiva.
—Está bien —dijo Carlos—, pero no me gustaría que se fuera usted así, sin más explicaciones.
—¿Cómo dice? ¿A qué explicaciones se refiere?
—A las que yo debería darle, ya que esta es mi casa, no sé si lo sabe…
—Puede ahorrárselas —dijo, y salió por la puerta sin más despedidas. Él se quedó mirándola bajar las escaleras y dirigirse andando a lo largo de la calle. Como a unos cincuenta metros, la vio entrar en un edificio de apartamentos, y al cabo de varios minutos escuchó una fuerte detonación, seguida de gritos dramáticos y aullidos de dolor.
Corrió hacia el lugar del disparo. Entró en el edificio, que tenía algunos jardines alrededor con árboles que daban una sombra agradable, pero no vio a nadie. Buscó por los pasillos de la planta baja sin éxito, y volvió a salir al exterior. Se había reunido un pequeño grupo de personas seguramente atraídas por el disparo y los gritos, quienes al verlo salir del edificio se quedaron mirándolo como si fuera sospechoso de algo. Al momento acudió un policía local en moto y la gente le dijo que se había escuchado un disparo y después vieron salir a aquel sujeto por la puerta. El policía le tomó declaración.
—¿Qué hacía usted dentro del edificio? ¿Reside aquí?
Él le explicó la historia de la mujer y le enseñó los sobres que aún tenía en la mano.
—Tendrá que venir conmigo a la comisaría.
El policía cogió los sobres con suspicacia y los examinó superficialmente. En la comisaría, tuvo que volver a explicar a la detective María José la historia de la mujer y las cartas.
—¿Y dónde está esa mujer? —dijo la agente.
—No lo sé. Solo la he visto entrar en el bloque. Luego sonó el disparo y, cuando corrí a ver qué había pasado, no vi a nadie.
—Todo eso es bastante confuso —dijo María José—; tendré que ordenar que examinen el bloque minuciosamente.
Después de un examen exhaustivo del edificio de viviendas, en donde tuvieron que molestar a algunas personas que estaban cómodamente en sus casas, no se encontró a la mujer de las cartas, ni a nadie que hubiera recibido un disparo. La detective le dijo que podía marcharse y él se alejó pensativo de la comisaría. En su casa leyó con detenimiento las dieciséis cartas que le había entregado la desconocida. Todas estaban dirigidas a una tal Dolores y a una dirección de San Clemente, en la provincia de Cuenca. Decidió averiguar quién era la que había recibido aquella misteriosa correspondencia, escrita por alguien con una letra idéntica a la suya y remitida desde su propio domicilio. Viajó hasta San Clemente, pero no sacó nada en claro. La dirección no existía y nadie en el pueblo admitió conocer a ninguna mujer como la que él describía. Regresó a su casa de Toledo, ya que no podía abandonar por más tiempo sus asuntos personales y económicos.
—¿Qué has averiguado? —le preguntó su socio Amedeo, con el que compartía un negocio de compraventa de objetos usados y artísticos.
—Nada.
Al volver a su casa por la tarde, la puerta estaba abierta y la misma mujer se hallaba de nuevo sentada en el sofá. Su sorpresa fue aún mayor que la primera vez.
—¿Qué pasa ahora? —dijo—. Parece que esto es ya una costumbre
—Quiero vivir contigo. Creo que me he enamorado de ti por culpa de esas cartas de mierda —dijo Lola.
—Eso es imposible: ya te dije que yo no he escrito las cartas —dijo Carlos, y a continuación se arrepintió de haberlo dicho.
—Me da igual quién las haya escrito. He dicho que me quedo y me quedo.
—Pero tendrás que darme tiempo.
—Tómate el tiempo que necesites.
—¿Qué pasó en el edificio adonde fuiste el otro día?
Ella lo miró fijamente. Luego sacó un revólver del bolso de mano y lo maniató a la cama. A continuación le leyó el principio de La muerte mística de Mulberg con las manos y los pies atados a los barrotes de su propia cama de hierro antiguo, y después volvió a desaparecer.
Carlos estaba aturdido cuando despertó. Se había dormido después de la sesión involuntaria de literatura con aquella individua que aparecía y desaparecía como si fuera la Virgen. Tardó más de una hora en desatarse.
Al cabo de varios días, llegó a la tienda un paquete con un incensario de bronce plateado. Como no tenían conocimiento del envío, al principio temieron que se tratara de una bomba de segunda mano. Pero al destaparlo y ver el incensario, ambos socios quedaron perplejos.
Lo colocaron en el escaparate y al cabo de media hora apareció por la tienda un anciano de barba blanca y vestido pobre, aunque dignamente. Les ofreció dos mil pesetas por aquel objeto que debía valer más de un millón.
Cuando iban a echarlo a patadas, el viejo sacó una pistola automática y les obligó a venderle la joya por 1837 pesetas y con factura oficial. Luego desapareció igual que lo había hecho la desconocida.
Un par de días después, el periódico daba la noticia del hallazgo de un anciano muerto en un jardín público, al parecer por haber recibido un fuerte golpe en la cabeza con un objeto litúrgico robado que formaba parte de una famosa colección búlgara. Junto al cadáver de la víctima habían encontrado un tomo de La muerte mística de Mulberg manchado de sangre. Carlos leyó la noticia con incredulidad.
—Esta noticia es una solemne tontería —dijo.
—¿Qué te pasa? te noto nervioso —dijo su socio.
Carlos le contó su segunda entrevista con Lola, y cómo lo había atado a la cama para obligarlo a escuchar un largo fragmento de la MM de M.
—¿Y qué piensas hacer?
Por la tarde fue a hablar con María José, la detective. Le contó la segunda visita de Lola y cómo había tenido que escuchar contra su voluntad más de cincuenta páginas de la mejor literatura centroeuropea.
—Según el periódico, un volumen de la MM de M estaba junto al cadáver del viejo, manchado de sangre —y le refirió a María José lo del paquete que habían recibido y cómo la víctima los obligó a vendérselo.
—Es posible que ella intentara leer el libro al viejo y, como este le opuso resistencia, le rajó el cráneo con el objeto contundente que llevaba en la mano. El pobre hombre no intentó defenderse con la pistola o tal vez no tuvo tiempo.
—No tan pobre hombre —dijo Carlos—, pero, ¿no saben quién puede ser esa mujer?
—Nadie la ha visto excepto usted.
—No sé por qué me da la impresión de que es una fanática de la literatura alemana.
—No lo sabemos aún —dijo la agente.
Lola había sufrido un proceso irreversible. Aunque era de rostro agradable, su mirada poseía una intensidad lúgubre. Se había instalado provisionalmente en una casa abandonada que había pertenecido a la familia del anciano muerto, llamado Temístocles Gea. Aún quedaban muebles y enseres suficientes para sobrevivir. Allí convivía con sus propias quimeras, como si no hubiera ocurrido nada en los días previos. Estuvo varios días sola y rondando alrededor de la casa mientras intentaba no pensar demasiado en sí misma.
Amedeo detuvo su automóvil ante la casa y se dirigió a la parte de atrás donde sabía que estaba el seto. Al no encontrarla, subió un poco más hasta donde comenzaban los pinos.
—¿Qué haces aquí? —dijo Lola.
—Tenemos que hablar.
—¿Más? Creo que he dicho todo lo que tenía que decir.
—¿Qué pasó con el viejo?
—Eso es cosa mía.
—¿Por qué te empeñas en leer la MM de M a todo el mundo?
—La gente tiene derecho a conocer ese libro.
—¿No crees que eres demasiado obstinada?
—¡No me digas!
—¿Qué te pasó con Carlos?
—No me fío de él: me da pena
—¿Y Temístocles?
—No tuve otra opción.
—Pero Carlos no te vio salir.
—Yo a él sí.
Aparte del viejo, dos personas más fueron víctimas del atropello y sus cuerpos hallados muertos en dos callejones de la ciudad. Junto a ambos había ejemplares del mismo libro manchados de sangre.
La noticia se corrió como la pólvora. Al cabo de unos días, la ciudad estaba aterrorizada ante la muerte literaria y violenta de las tres víctimas que, supuestamente, se habían resistido a escuchar el comienzo de la enigmática obra literaria. Esto ocasionó que las ventas del libro se dispararan. La gente acudió morbosamente a las librerías para hacerse con un ejemplar y poder leerla oculta en sus casas al abrigo de la asesina del incensario, como ya le llamaban, ya que las tres víctimas habían sucumbido, al parecer, bajo los golpes dados con aquel chisme.
Los críticos de los suplementos literarios se vieron envueltos en un torbellino de opiniones delirantes en torno al significado de aquel turbio asunto. Algunos llegaron a afirmar que su autor, un tal Jonás Papius Bukowski, era sin duda el más grande desde Homero y San Marcos evangelista. Para otros, en cambio, la novela era el mayor atropello cometido contra la literatura desde el Finnegans Wake, y por esa razón las víctimas de los asesinatos debían considerarse mártires de la poesía moderna al negarse en redondo a escuchar aquellos horribles párrafos, aún a costa de sus vidas. Se cruzaron reproches e insidias. Insultos y descalificaciones. En alguna tertulia se llegó a las manos y en dos o tres ocasiones hubo que separar a los contendientes presas de un ruido y una furia desatada.
Mulberg, por su parte, vivía en un apartamento alquilado de un barrio de las afueras. Había conocido a Lola en otra época. Cuando la novela apareció en las librerías, ella lo dejó y se fue con el autor, al cual algunos confundían con el poeta americano del mismo apellido, quizá el más grande de América. Al poco tiempo, tuvo una crisis profunda y, a partir de este episodio, le dio por ir a todas partes con el libro y tratar de convencer a la gente de su indudable valor.
La detective Maria José leyó las cartas con atención después de los asesinatos. En alguna se mencionaba al autor, que se había ido al extranjero. También se hablaba de Mulberg. La detective fue a ver a Mulberg.
—Supongo que sabe lo que pasa —dijo Maria José.
—Algo he oído —dijo Mulberg.
—¿Y qué tiene que decir al respecto?
—No sé nada de esas cartas ni de ese libro.
—¿Quién es esa Dolores y por qué va por ahí obligando a la gente a escucharla?
—Debe de estar loca.
—¿La conoce?
—Fuimos novios, pero hace tiempo que no sé nada de ella.
—Parece que el incensario fue adquirido en una tienda a cuyo dueño también le leyó las primeras cincuenta páginas. Lo curioso es que a él lo dejó con vida…
—Ya le digo que debe de estar como una cabra.
—¿Y no se alegra de que se haya convertido en la novela del año? Creo que le van a dar el premio nacional.
—Me han invitado a dar una conferencia en la Universidad. ¿Qué quiere que le diga? Las cosas funcionan así. Pero yo no tengo nada que ver. Es una simple coincidencia. El autor creo que se marchó al extranjero.
—¿Y qué va decir en la conferencia?
—Lo primero que se me ocurra.
—Lo estaré vigilando.
—Ese es su trabajo.
En ese instante entró Lola en la habitación y los encañonó con una luger. Luego los maniató y procedió a su ritual. Después de eso, se largó de allí y nunca más fue vista.
En la conferencia, Mulberg habló largamente de aquel título, así como de la tradición de escribir obras literarias que por motivos diversos llegaban a alcanzar gran difusión entre la gente. Le preguntaron por los hechos de sangre sucedidos y dijo que no se alegraba de que algunas personas hubieran perdido la vida a causa de la locura de aquella mujer, pero que nadie en el mundo estaba libre de pecado, y cualquier cosa que alguien hiciera o dijera podría convertirse en excusa para acortar la existencia del prójimo.
Poco después de estos hechos, Mulberg falleció de forma incomprensiblemente mística, y se hicieron más de veinte ediciones de la triste novela.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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