/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /
Hay películas a las que uno siente siempre la necesidad de volver. Será porque en ellas encontramos un consuelo, respuestas a algunas preguntas, un paisaje familiar, o se parecen mucho a un lugar donde ser felices. Nos hacen latir más fuerte el corazón, nos acompañan y nos gustaría quedarnos a vivir en ellas. Igual que en ciertos libros. A mí eso me ocurre con el cine de esa especie de Chaplin moderno llamado Aki Kaurismäki. Quizá sea por esa facilidad que tiene para conmover y decir tanto con tan poquitas cosas o por su habilidad para contarnos historias universales y necesarias de una manera sencilla, clara y hermosa. Estamos hablando de un pesimista alegre, como lo describió una vez uno de sus actores; alguien que muestra con mínimos gestos el mundo despiadado en que vivimos y que, a pesar de lo engañosamente austero que puede ser su cine, siempre consigue sacarnos una sonrisa con su humor socarrón y su ternura. De entre todas las maravillas que ha rodado, hay una por la que tengo especial predilección. Se titula Le Havre y, por si no la han visto, solo les diré que va de la relación entre un limpiabotas que trabaja en el puerto francés, antaño escritor bohemio que hizo un libro de culto, y un niño africano que ha llegado de manera ilegal al país y al que busca la policía. Nada más. Personajes que se cuentan entre los desheredados y los parias y que, sin embargo, encarnan lo poco que queda de humanidad en una civilización como la nuestra. A pesar de la derrota y el fracaso, la utopía y cosas tan valiosas como la solidaridad, la amistad y la compasión permanecen, nos incitan y reclaman. Esto puede parecer simple idealismo, pero recordar y plantear algo así en los tiempos que corren es, si no revolucionario, al menos una lección moral que deberíamos defender con uñas y dientes.
Me he acordado de la película de Kaurismäki después de oír los últimos debates sobre la inmigración que ha habido en nuestro país y de ver titulares y encuestas que dicen que esta se ha convertido en la mayor preocupación de los españoles. Como si no tuviéramos otros problemas que nos acucian mucho más. Hay que ver con qué facilidad se relegan los debates importantes y se instalan nuevos miedos en la mente del ciudadano. Ya decía Martínez Sarrión que es preciso tomarse la política relativamente en serio, aunque solo sea para que ella no nos tome absolutamente en broma. A la miseria moral e intelectual de muchos que desvirtúan lo que es en realidad un drama humanitario, que difunden bulos, fomentan el odio y demonizan sin contemplaciones al otro les vendría bien echarle un vistazo a la preciosa película del director finlandés o tal vez hacer un poco de memoria, eso que se nos da tan mal, y recordar nuestro pasado de emigrantes. Para eso, nada mejor que las obras que escribió hace unas cuantas décadas Víctor Canicio, autor del que hoy nadie habla ni se acuerda, pero cuyos libros sobre los españoles que trabajaron en Alemania en los sesenta se deberían leer y releer, aunque solo sea con el fin de limpiarse la rebaba venenosa de tantos lenguajes que llaman al linchamiento, el rechazo y la confrontación.
Se nos ha olvidado, pero hace no mucho este fue un país de emigrantes. Y no hablo de la época de la crisis de hace unos años, sino de unas cuantas décadas más atrás, cuando más de dos millones de españoles salieron hacia Francia, Países Bajos, Suiza y, sobre todo, Alemania. A principios de los sesenta, el Gobierno alemán solicitó a toda Europa mano de obra para aumentar su industria. A los que llegaron los llamaron Gastarbeiter, «trabajadores invitados». Nadie hablaba de inmigrantes. Un buen negocio que permitía intercambiar mano de obra por divisas. Las agencias se encargaban de hacer los contratos y miles de españoles, agradecidos porque Franco les había dado un pasaporte que solo costaba los primeros ciento cincuenta marcos del sueldo que iban a percibir, salieron de los rincones más pobres del país para matar el hambre. Muchos habían recibido carta de un paisano o de un familiar que les contaba que allí uno podía mejorar su vida o se habían creído los eslóganes de las agencias que decían que aquello era Jauja. Y así, a la aventura y tras haber dejado a la mujer y al niño de pocos meses llorando en el andén de la estación, veintitantas horas en tren o en autobús silbando «El emigrante» de Valderrama, arrastrando maletas de cartón atadas con cuerdas y disimulando entre el equipaje los chorizos y el tabaco de más. Otros, los más audaces, cruzando a nado el Rin o escondidos en los camiones de mercancías. A unos los paraban en la frontera porque les faltaban papeles, no pasaban el reconocimiento médico o porque con el aspecto que traían nadie les creía eso de que entraban en el país como «turistas». Los que sí conseguían llegar a Alemania se encontraban con un panorama bien distinto al que imaginaron. Se pueden imaginar el choque cultural. El azul prusiano no estaba por ningún lado. En los sesenta, la ley alemana garantizaba seis metros cuadrados de espacio mínimo para cada perro, pero los trabajadores italianos, turcos y españoles tenían que dormir en los barracones o sótanos que les alquilaban las empresas. Trabajaban el doble y ganaban la mitad y cualquier protesta era cortada de raíz. Si no estás contento, ya sabes cuál es el camino de vuelta a tu tierra. Ciudadanos de segunda clase, obligados a la disciplina y al silencio, incapaces de integrarse porque llevaba mucho tiempo aprender la fecunda lengua de Goethe y porque pagaron el rechazo de la sociedad local, que los acusaba de quitar el trabajo y bajar los precios. Qué poca distancia hay entre hostis (huésped) y hostes (enemigo). Ahí tienen ustedes explicado el famoso milagro alemán, la historia de aquella opulenta Europa del desarrollo.
La literatura se encargó de recoger buena parte de aquellas experiencias, tanto en novelas y cuentos como en poemas, ensayos e incluso tebeos. Me acuerdo de dos libros de Ángel María de Lera Hemos perdido el sol y Con la maleta al hombro, sendos encargos del periódico Abc sobre la situación de los españoles en Alemania que se publicaron a finales de los setenta, y de una notable novela como Equipaje de amor para la tierra, de Rodrigo Rubio, con la que este ganó el Planeta en 1965. Los dos autores, sin embargo, escribían desde España según los testimonios que les brindaban otros, a menudo rozando el estereotipo y bordeando como podían el mensaje propagandístico del franquismo, que quería frenar la salida de más españoles de la cuenta y difundía con todo descaro los tópicos del desarraigo y la nostalgia de la madre patria que sentían los emigrados. Como en España, en ningún sitio: eso que tan bien quedó reflejado en una película de muchas lágrimas y topicazos folklóricos como ¡Vente a Alemania, Pepe! Al régimen no le importaba agasajar al turista que llegaba a Barajas y hacía el millón de visitantes. Se le daba una medalla, un ramo de flores y alojamiento gratuito en hoteles de lujo. Pero nadie se acordaba de lo que les ocurría a los que estaban diseminados por toda Europa. Estos eran malos españoles que habían ido a ganar en otra parte lo que aquí se les negaba. En realidad, habían resuelto un problema. Lo explicaba con ironía la revista Triunfo en 1972: con ellos se había construido una España mejor «porque aquí sobraban y de allí mandan dinero».
Frente al de Lera y Rubio, el caso de Víctor Canicio es muy distinto, ya que, sin ser un trabajador, sí se encontraba en el país cuando empezaron a llegar los primeros españoles. De ahí, su lucidez crítica. Él mismo era un emigrante, puesto que a pesar de haber nacido en Barcelona en 1937 e iniciar estudios de farmacia y medicina en la Universidad de Zaragoza, se había ido a Alemania en 1960 y allí compaginó el trabajo en una fábrica de conservas con la carrera de Lengua y Cultura Alemana en la universidad de Heidelberg. En Alemania terminaría haciéndose profesor de español, traductor y guionista de programas de radio y televisión. Suyas son algunas traducciones de las obras de clásicos alemanes y contemporáneos como Heinrich Böll, Peter Härtling, Günter Grass, y Peter Handke. En el único encuentro que tuvieron dos gigantes como Ernst Jünger y Borges en Alemania en 1982, cuando todo el mundo tenía en las quinielas para el Premio Nobel al argentino, él hizo las labores de intérprete. Allí, por cierto, también estaba otro emigrante: el escritor y periodista onubense Ricardo Bada, quien contaría años después que Borges no solo quedó encantado con el autor de Radiaciones, sino también con la casa de la Selva Negra en la que hicieron la entrevista: «¡Qué linda casa, che, huele a madera y a libros!». En los años siguientes, cuando el tema de la emigración ya se había diluido y eran otras las preocupaciones literarias y políticas, Canicio se dedicó al ensayo, la poesía, los libros infantiles y de viajes, siempre con la mirada puesta en las tierras del Ebro donde había pasado su infancia y juventud. Escribió unas memorias llenas de humor y tituladas Con quien paces. A su muerte en 2019, dejó quince libros inéditos.
Víctor Canicio fue un testigo privilegiado de aquella exportación de mano de obra barata a Alemania y uno de los primeros en dar cuenta de la vida cotidiana que llevaban los obreros. Según contaba, llegó al tema por casualidad, poco después de publicar un cuento titulado «El españolito bueno» y con el que ganó un premio en Colonia. Luego, nada más comenzar la década de los setenta, vendría su trilogía sobre el fenómeno de la emigración: ¡Contamos contigo! Krónikas de la emigración, Pronto sabré emigrar y Vida de un emigrante español. Por lo que se ve, ningún sello ha tenido a bien recuperarlos. Cosas del mercado editorial, que suele preferir endosarnos literatura consoladora y que no duela. Los dos primeros son obras inclasificables que tienen un tono casi documental, a medio camino entre la crónica periodística, el apunte y el retrato directo de muchos protagonistas. Todo ello combinado con la inclusión de cartas, artículos periodísticos, entrevistas, fragmentos de diarios, informes estadísticos, juegos de palabras entre el idioma alemán y español (el «espalemán» o el «alemañol», como ustedes quieran) o las ácidas viñetas y caricaturas del gran Perich, como aquella en la que se presenta la postal de un pueblo fantasma, Villaseca del Secano, y debajo un cartel que reza: «2.000 almas (los cuerpos están en Fráncfort)». Un humor negro que escuece y duele y que está más cerca del esperpento que del costumbrismo que gustaba al régimen.
Vida de un emigrante español, en cambio, es una especie de biografía novelada del emigrante Pedro Nuño, nacido en León y con una infancia de hambre y miseria a sus espaldas que recuerda a la de Antonio Bayo, el Ruso, el hombre sin suerte que protagonizaba el estremecedor relato de Ramiro Pinilla. Aquí la ironía y el sarcasmo han desaparecido. Pedro Nuño narra su historia, comenzando en los momentos previos a la partida, la vida posterior en Alemania y las conclusiones de la experiencia, que no pueden ser más pesimistas:
«Durante muchos años he sido el clásico ciudadano de segunda clase. No he tenido derecho a voz ni a voto. He sido discriminado y marginado por una sociedad que no me admitía, que no me daba posibilidades de integración […] Yo a la emigración no le veo futuro, ni para vosotros, los mayores, ni mucho menos para los jóvenes que empiezan a vivir».
Los tres libros, y más allá de sus diferencias formales, son un documento imprescindible para cualquiera que desee comprender las vivencias de los españoles en el extranjero. También un modo excelente de combatir la amnesia. Aquí no hay alardes ni artificios retóricos, sino el testimonio duro y directo, ese que no aparecía en el NO-DO y en la prensa española, apoyado en todo momento en la ironía y en un humor lapidario. La historia contada por los de abajo, sin trampas ni maquillajes. Así se ve en los pasajes donde se describen las condiciones de trabajo en las fábricas, las jornadas maratonianas, las dificultades de integración, las viviendas precarias o el celo y el control que ejercían los jefes sobre los trabajadores migrantes, siempre sospechosos de cualquier hurto. En este punto, y aunque Canicio se centra en el contexto de los hombres, no se elude la más difícil situación que vivieron las mujeres. Muchas de ellas, llegadas más tarde que sus maridos, eran inmigrantes clandestinas, obreras y empleadas domésticas que no tenían modo de protestar por los abusos a los que eran sometidas. Injusticias que se repetían en el hogar, pues el emigrante, desposeído de todos sus derechos en un país del que no conocía costumbres ni idiomas, «solo dispone de un sitio para demostrar que es el jefe: su casa». No falta espacio tampoco para mostrar las actitudes de superioridad y desprecio de los alemanes, que rayaban en el racismo más absoluto, y que quedaban compensadas cuando la selección española o el Real Madrid conseguía vapulear a los equipos locales. Un modo de recuperar la honra perdida. Y, por encima de todo, la nostalgia, una borrachera de melancolía y añoranza del país de origen. El aburrimiento de las tardes de domingo recluidos en casa o matando el tiempo en los Centros Culturales, procurando ahorrar para enviar dinero a la familia y hacerse con un televisor, un magnetofón o el mayor de los deseos, un coche con el que volver a casa. Un regreso que, por más que se anhelara, estaba lleno de incertidumbre. Volver a un país en el que también a uno lo verían como un intruso, culpable de quitar el trabajo a otros y donde los hijos, criados fuera y adaptados a otras costumbres y otra lengua, serían percibidos como extranjeros. Los hubo que se quedaron para siempre. Otros regresaron al cabo de unos años. Por encima de las dudas, pesaba otra cosa, según dice uno de los protagonistas de ¡Contamos contigo!: «el miedo a seguir toda la vida siendo un extraño».
Leer los libros de Víctor Canicio deberían ser un eficaz antídoto contra algunas de las pulsiones de nuestro presente. Un modo de recordar algo que un poeta tan inmenso como Claudio Rodríguez resumió en unos versos memorables: «¡En cualquier tiempo y en cualquier terreno/ siempre hay un hombre que/ anda tan vagabundo como el humo,/ bienhechor, malhechor,/ bautizado con la agria/ leche de nuestras leyes, y él encuentra/ su salvación en la hospitalidad».

Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.
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