Almacén de ambigüedades

Cerebro reptiliano

«Una aproximación adecuada a la violencia de género, su génesis, pródromos, síntomas y efectos podría ayudar a evitar posteriores caminos del Calvario». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ Almacén de ambigüedades / Antonio Monterrubio /

Una aproximación adecuada a la violencia de género, su génesis, pródromos, síntomas y efectos podría ayudar a evitar posteriores caminos del Calvario. Verdugos y víctimas son producto de la educación o, mejor dicho, de su carencia. En su día armó gran revuelo en las redes un suceso acaecido en Brasil. En pleno juicio por la salvaje paliza que estuvo a punto de acabar con ella, una mujer se abalanzaba para besar a su maltratador al grito de que le perdonaba porque lo amaba. A continuación, recitaba ante la prensa una balada delirante donde se veía casada con él, en un confortable hogar y rodeada de una familia feliz. Fueron miles los internautas que vieron en eso la confirmación empírica de que a las mujeres les va la marcha y todas anhelan toparse con un varón que las someta. Estamos ante uno de los lugares comunes más asentados de la cultura heteropatriarcal, capaz de colarse en los rincones más insospechados.

El alegato de la comadre de Bath en Los cuentos de Canterbury de Chaucer es, pese a estar escrito por un hombre, un documento acerca de la reivindicación femenina del derecho al placer y la autonomía. La indómita dama, que ha despachado ya a cinco consortes al otro barrio, no renuncia a la búsqueda de un sexto. Y «como no me ando en dengues, seré, cuando sea esposa, generosa en usar mi instrumento […] Y así mi marido dispondrá de él la noche y el día y podrá pagarme su deuda cuando le plazca». Relata con detenimiento el modo en que fue afirmando sus prerrogativas frente a los cuatro primeros, y cómo los manipuló a su gusto en la cama y fuera de ella.

Pero con el quinto cambiaron las tornas. «Fue para mí el peor de todos mis esposos, lo cual experimenté muchas veces en mis costillas […] Sin embargo, era en la cama retozón y alegre y sabía acariciarme tan bien que siempre conseguía mi belle chose, y así, aunque me molía a palos, lograba pronto reconquistar mi amor». Es el eterno estereotipo creado a mayor gloria del macho y repetido aquí y allá por ellos y ellas a lo largo de los siglos. Su versión medieval se encarnó en los fabliaux, los apólogos y los cuentecillos, y su influencia se prolongó hasta más allá de la primeriza pieza shakespeariana La fierecilla domada.

Este era el percal en los círculos liberales en el otoño de la Edad Media, el Renacimiento y aún más tarde. Y no puede extrañarnos, pues en nuestro tiempo donde, en teoría, las mujeres tienen acceso a toda clase de estudios y trabajos y, por ende, a la independencia económica, la ideología imperante sigue manteniendo los mismos prejuicios. Muchos y, lo que es peor, muchas las siguen viendo necesitadas y deseosas de estar bajo la férula de un protector, en el sentido mafioso del término.

En la otra orilla del río, no pocos se lanzaron a vituperar a la agredida. Vociferaban que todo lo que le ocurriera a partir de ese momento sería de su entera responsabilidad y lo tendría bien merecido, incluso si acababa engrosando alguna lista macabra. Sería bueno pensar en lugar de dejar que sea la amígdala la que redacte el discurso. El proceso que lleva a tal grado de despersonalización y pérdida de la autoestima no puede deberse a un accidente genético. Es la mala educación familiar y escolar, la presión social y mediática lo que termina produciendo resultados tan nocivos.

En ese engranaje están implicados elementos aparentemente inocentes. Como en su día escribió un católico tradicionalista, quien «quiera encontrar […] la sumisión más absoluta ante la violencia y el orgullo varoniles, lo encontrará siempre en las novelas rosa» (Chesterton: Ortodoxia). El creador del padre Brown tenía un exquisito olfato para detectar el origen del mal. Hoy vemos en la cresta de la ola de una boyante popularidad culebrones descaradamente patriarcales y machistas. Sin embargo, sobre esa lacra social que perpetúa estereotipos aberrantes no recae el descrédito que está pidiendo a gritos.

Otra pata de la chillona indignación de los ultrarreacionarios guardianes de las esencias de la reserva espiritual de Occidente es la aversión a cuanto suena a homosexualidad. Respecto al resto de conceptos que entran en las siglas LGTBQI+, no tienen ni idea de lo que significan. Pero esto no les plantea la menor dificultad, ya que el único interés que los mueve es instaurar un mecanismo totalitario de domesticación de mentes y cuerpos. Su meta es reducir la vida a un desierto donde ni siquiera se críen lilas sobre la tierra muerta, como en aquel cruel abril de T. S. Eliot. No hay que engañarse con ellos —y el pronombre personal abarca a los tres temores—, su objetivo es claro: «No es que no les guste nuestro proyecto político: es que no les gusta cómo somos, cómo vestimos, cómo nos reímos, cómo amamos. Son tan intolerantes como el Estado Islámico y llevan dentro la misma violencia purificadora. Y si hasta ahora han sido un poco más modernos ha sido solamente porque iban ganando» (Alba Rico: Nadie está seguro con un libro en las manos).

El retroceso de la tolerancia y la renovada vitalidad del machismo más cerril es observable en grandes y pequeños sucesos cotidianos. Para no perderse una buena oportunidad de alucinar en colores, basta con examinar las críticas airadas de algunos parroquianos en torno a la lactancia en público. Una muestra de extravío es lo que podemos bautizar —una golondrina no hace verano— como el extraño caso del hombro de la diputada. Tracy Brabin, representante laborista en la Cámara de los Comunes, lee una interpelación. Creyendo ingenuamente que vive en el siglo XXI, no presta atención a los deslices de su escote. ¡Para qué queremos más día de fiesta! Las redes se inflaman de protestas ante este atentado a las más elementales normas de… de… ¿de qué?

Huelga decir que el contenido del discurso de la señora Brabin no tuvo eco alguno. Lo que pasa en el Parlamento se queda en el Parlamento. En cambio, su hombro fue sometido a minucioso escrutinio. Desde los habituales lechuguinos prestos a decir que las instituciones no están para esas cosas hasta los más agresivos y descerebrados misóginos, miles de mastuerzos volcaron su rencor a través de ordenadores y móviles. No dejaron de comparecer los insultos de grueso calibre que tanto gustan a los viriles y aguerridos matahembras.

Los sembradores de cizaña deben de estar encantados del éxito de su gestión. Han conseguido inyectar su maligna droga en el cerebro del paciente de modo que «su capacidad de odiar […] se volverá irracionalmente contra los oprimidos, y él se sentirá satisfecho cuando haya descargado en sus subordinados la ofensa recibida de los de arriba». ¿De quién habla este texto de un venerable escritor italiano? Añadamos unas pistas. «Ofrézcase a algunos individuos en estado de esclavitud una posición privilegiada, cierta comodidad y una buena probabilidad de sobrevivir, exigiéndole a cambio la traición a la solidaridad natural con sus compañeros, y seguro que habrá quien acepte».

Sí, se trata de la descripción de los kapos y demás presos de los campos que colaboraron con los asesinos nazis en su infame tarea. El fragmento procede de Si esto es un hombre de Primo Levi, primer volumen de su demoledora y necesaria Trilogía de Auschwitz. El mecanismo que llevaba a aquellos internos a convertirse en despojos morales es similar al que hace transitar a tantos hacia el odio ahora. Y una vez que la rueda comienza a girar, es posible que no se detenga hasta haber alcanzado las más profundas simas de la abyección.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y ha residido casi siempre en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas), Al revés te lo digo, El serano y La primavera y el titán. Publica textos en El Cuaderno desde 2020, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo desde 2023.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Cerebro reptiliano

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo