/ por Carlos Alcorta /
Cuando Manuel Rico (Madrid, 1952) publicó Quebrada luz en 1992 y Muro transparente cinco años después, ya tenía tras de sí una obra apreciable y bien considerada por la crítica. Había publicado previamente varios libros de poesía ―Poco importa romper con las alondras (1980), El vuelo liberado (1986) y Papeles inciertos (1991) ― y otras tantas novelas: Mar de octubre (1989), Los filos de la noche (1990) y El lento adiós de los tranvías (1992), título este último que coincide con la publicación de Quebrada luz, por lo que, como el autor supone, y teniendo en cuenta la atención que la crítica dispensa a la novela, muy por encima de la que dedica a la poesía, no es aventurado pensar que una obra opacara a la otra. Otro tanto parece sucederle a Muro transparente, que, a pesar de obtener el Premio Esquío de Poesía en 1996, su publicación se vio precedida por la novela titulada Una mirada oblicua (1995). Afortunadamente, esa corriente poética casi subterránea salió a la superficie con la publicación de La densidad de los espejos, gracias a que fue galardonado con el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez en 1997 y no hubo novela que lo solapara.
Viene este maremágnum de fechas a justificar ―algo que, por otra parte, no es necesario, pues las respectivas obras no han perdido apenas actualidad y se justifican por sí mismas― la reedición en un solo volumen de estos dos títulos, en una esmerada edición, tal y como nos tiene acostumbrados Olifante. Los libros están ordenados en orden inverso a su fecha de publicación. «El volumen ―afirma Rico en la «Justificación»― se abre con el teóricamente más maduro, Quebrada luz […] y concluye con el que, de algún modo, abrió la puerta a la propia reflexión sobre el propio poema y sus vínculos con el mundo y con la memoria, El muro transparente, que apareció en 1992», lo que supone que la reflexión metapoética está fraguada prácticamente desde sus primeros poemas. Continúa afirmando Manuel Rico que ambos libros responden a «un mismo impuso ético y estético, [a] una misma obsesión por hacer de la poesía tierra de reflexión en torno a sus capacidades para explicar las zonas no visibles o solo esbozadas de la realidad». Lo cierto es que ese impulso no se mitigó con la publicación de estos dos libros pues ha sido una constante en toda la obra posterior de Manuel Rico, acaso todavía más explícita si cabe en libros como Cuaderno de Historia, pero analizar ese aspecto es algo que sobrepasa las intenciones de este comentario.
Efectivamente, la luz se transforma en Quebrada luz en símbolo de lo que permanece, de lo que rehúye la oscuridad ―probablemente, una referencia a la «oscuridad» de la época, visibles aún los efectos de la posguerra― y se hace visible gracias a la intermediación de la palabra: «Será la luz la palabra, solo ella/ salvará la memoria. Y ese incendio/ dará luz a las cosas que no existen: / un mundo sorprendido por la llama». La referencia metapoética se enlaza ya desde este primer poema con la rememoración íntima, algo que se repetirá sin interrupción en el resto del libro. La luz, como la existencia es impura, está llena de conflictos, se quiebra ―«Pero la luz quebrada / es el lado imperfecto, la frontera / donde acecha la sombra / que tal vez nos consuele sin saberlo»―y, pese a que «es solo / testimonio o memoria / de una existencia antigua y desterrada» y la sociedad de la época alimentaba más que otra cosa la penumbra, el miedo, la tristeza y la derrota, acaba recomponiéndose gracias al impulso amoroso. El amor logra vencer la miseria de una vida mermada por la desesperanza. El amor forja una argamasa inquebrantable con las aspiraciones éticas y culturales, con el ansia de libertad. Canciones de Brel, de Paco Ibáñez, de Pablo Guerrero ―algo especialmente relevante para quien confiesa que procede de «una calle que jamás tuvo música»―, libros del psicoanalista disidente Wilheim Reich, del psicoanalista y psicólogo Erich Fromm, de Marx, entre otros, conforman el ideario de la militancia. Sobre esos cimientos se levanta el refugio ético e ideológico, y, también, la «habitación prestada» en la que el amor cumple sus rituales. La recreación de episodios de la infancia y la juventud en poblaciones del extrarradio, poblaciones que carecían en algunos casos de los más elementales servicios, aparece difuminada en algunos poemas. La paulatina opresión del tiempo inútil, el desaliento al ver que las cosas no cambian, se traslada incluso a la fidelidad que ha mantenido siempre Rico hacia las palabras, hasta el punto de definirlas en un poema como «viento innecesario». Con ese regusto amargo nos quedamos antes de internarnos en El muro transparente, colocado a continuación en este volumen, a pesar de haberse publicado varios años antes.
Unos versos del poeta norteamericano William Carlos Williams preludian los poemas de la primera parte. Si antes el símbolo era la luz, ahora lo es la transparencia, concepto que parce guardar cierta relación con el Juan Ramón de «la trasparencia, dios la transparencia/ […]/ en el mundo que yo por ti y para ti he creado», un mundo creado con palabras: «¿Quién nos dice/ que un muro de palabras/ oculta o desmorona/la realidad que nace/ del aceite menguado o de la luz/ estrecha?»., se pregunta Rico, pero ese muro representa la esencia del misterio, un misterio que la transparencia desvela, en una evidente oposición de contrarios. El libro está dividido en seis extensos «cuadernos» y en ellos se desarrolla una travesía vital que se remonta al comienzo de su interés por la escritura: «Doce años tan solo/ era tu edad entonces», cuando escribía «torpes imitaciones,/ [e] intentabas el robo de la luz/ a la palabra ajena sin acierto». Este joven Prometeo tenía claro el empeño de reflexionar sobre su existencia con palabras desde muy temprano. Pero el fervor por la palabra no deja de ser compartida por la naciente pasión erótica: «Así tu carne,/ flor extensa, sometida/ al maleficio torpe de mis manos…», una pasión que, por las circunstancias sociales de la época, es casi clandestina. Los lugares propicios para el amor son también una reivindicación de la añorada libertad: «Desde el cuarto que acoge/ mi soledad, desde la cueva/ que me oculta del aire, te propongo/ vivir en la intemperie,/ vocear la pasión,/ hacer de la escritura/ tierra que te descubra/ tu complicada condición». Volvemos al poder de la escritura para convertir el tiempo muerto de la espera en tiempo vivo. El poema, aunque rebose intimidad, no se construye fuera de la historia, está imbricado en la realidad: «Es el poema/ la secreta ventana/ que hará nuevo, inmortal, no destructible,/ lo que solo sería en otro caso/ mortal alarde o gesto condenado».
En ambos libros respira un mismo aliento, a veces nostálgico, pero siempre esperanzado. La vinculación entre la vida vivida y la vida escrita, como no podía ser de otra forma en un poeta de predisposición ética y moral, incluso didáctica en ocasiones, es constante. El lenguaje es la única herramienta de la que dispone para desvelar los misterios de la existencia, para recuperar la memoria de unos años, las décadas de los cincuenta, de los sesenta y de los setenta primordialmente, oscurecidos por el miedo, por la falta de futuro.
Selección de poemas
Preámbulo
Un hombre avanza contra el cielo. Observa
la luz que tiñe el horizonte. Tiene
su moribunda claridad el tono
cárdeno o gris de todos los inviernos.
En esa luz de muerte un niño tiembla.
Y un joven conocido se dibuja
más acá de las nubes, mancha el aire.
Tiene miedo a las sombras.
Huele a musgo y a niebla y a hojarasca.
Él bien sabe que en la ciega trastienda
de la luz, en la noche que amenaza,
encontrará un refugio para el sueño.
Y soñará la luz que ha claudicado.
Y en la turbia conciencia de las sombras
verá crecer cuanto veló el olvido
regresando a la casa de otros días.
Volverán los sabores que hace tiempo
buscaron el amparo de la nada
y pasillos antiguos, mal tapiados,
recibirán de nuevo al visitante.
Será luz la palabra, solo ella
salvará la memoria. Y ese incendio
dará luz a las cosas que no existen:
un mundo sorprendido por la llama.
Donde asoma la tarde: en la ventana.
O en el vaso de whisky, en ese engaño
que te aguarda en la mesa o te vigila.
En la piel que es temblor cuando los dedos
tocan los signos de la edad, tantean
territorios ocultos. En la ropa
tendida al sol que alguna vez fue tuya.
En la arena de agosto. En una playa
descubierta en Pavese aquel verano
de fiebres y lecturas. En la calle
del barrio que ya no nos espera.
En la lengua cortada en aquel tiempo
de la niebla. En la hora más triste, herida
de domingos. En los ojos del padre,
sembrados de hospitales y de muerte.
Siempre acecha esa luz que no prescribe.
Quebrada luz Nunca fue intacta, pura.
Fue un claroscuro, una ciudad mellada,
una botella a medias, unos ojos abiertos
contemplando la muerte,
un recodo del parque, sus bancos sometidos
por viejos y memoria.
Llama iluminadora
de la sangre o la nieve, lupa
que te deforma,
luz que se prostituye, incierta luz
quebrada por la vida.
La luz tiene la noche
en su reverso. El diamante,
la densidad del luto o la antracita.
Y en tus ojos,
bañados todavía por luz adolescente,
la claridad de todos los otoños, el desierto
de los días difíciles
juega a la oscuridad, te enseña
esos dientes de niebla
de un animal que bien conoces:
el viejo mensajero
de la desolación o la derrota.
I
Lo que es exactitud. Lo que perdura
entre el fárrago eterno de las horas,
lo que queda, en su brillo, en la mirada
en declive del hombre.
Su sonido
ya nunca intercambiable,
grabado en la palabra
con dolor construida, tal vez única
en su significado.
La mañana
o la tierra. Los ecos
de lo que no retorna, los ojos de otros ojos,
evocados con el temblor
de quien inventa
la nueva realidad, lo que es tangible
ya solo en el papel por tinta herido,
al fin otra materia, trascendida
de la efímera hazaña del objeto
que observas a la luz de la mañana
con mirada común.
El viejo robo
de oficiantes sin nombre permanece
con intacto sentido, con idéntico azogue,
desde tiempos remotos. El mismo
esfuerzo siempre, el mismo empeño
que constituye el acto que eterniza
el segundo que muere entre tus dedos.
II
Y la memoria. El vino
donde la vida encuentra
pruebas de lo que muere,
briznas de la distancia
que hace de nuestros actos
oficio en despedida, zanja
donde la noche se hace omnipresencia.
Así también sorprende la palabra
la luz que recupera
de lo no perdurable, de lo ajado,
el súbito destello, la conjura
que atenúa el desastre
que el tiempo nos concede
trocando en vida intensa fotogramas
de todo lo que huye.
De nada sirven los relojes
cuando la vida encuentra
la contención del arte,
cuando las letras alzan
la dimensión de lo que anduvo
condicionando el gesto en otros años.
Juega con la memoria.
Tal vez inmortalice su oleaje.
III
El reverso del aire. El fulgor sometido
al vaivén que lo enmarca
o aclara. No es el verso
o el arte oficio oculto. Vive y nace y mantiene
su poder y su aroma
si sorprende la llama
en su fugacidad y la eterniza.
Quién podría, decidme,
arrancar de la vida y de su estela,
del caz contradictorio de unos hombres concretos
en un aire concreto
el acierto o la queja?
El poema tan solo.
Esa luz donde el arte
de la luz se apodera.
IV
Escrita, nocturnidades al margen,
en los algo prosaicos —y medibles—
impulsos materiales.
Así desde el principio
de los siglos —si es que hubo
principio vez alguna—,
la pasión que transforma
lo visible tal vez en advertencia,
en percepción o música, en baranda
de contemplar el mundo en su reverso.
Por ello es el poema
la secreta ventana
que hará nuevo, inmortal, no destructible,
lo que solo sería en otro caso
mortal alarde o gesto condenado.
V
Hay visiones que tienen
huecos inaccesibles,
esperas y recodos
ocultos, pliegues intuidos
de paso, rayas, sombras,
maleficios, ecos
de otras horas.
Es oficio del lápiz y su asedio
sorprender sus hogueras clandestinas,
su ansiedad o su noche amenazada.
Venga del hombre o venga
del vacío o la piedra la amenaza.
VI
Lo que huye. Lo que ya no prescribe
a pesar de la huida. Lo atrapado.
La mesa o el jarrón, el labio o el diente,
la cabeza de ajo,
los ojos del terror y la amorosa
entrega de otros ojos. La ceja
enarcada de pronto, sorprendido gesto que remata
la duda indefinida.
La mano que te toca. También la que te palpa
las ropas interiores. La lluvia.
Los abrigos sombríos de la duda y del miedo.
Ese tren que atraviesa
la noche indiferente, tantas noches
también indiferentes.
El poema.
El arte.

Manuel Rico
Olifante, 2024
168 páginas
15,60 €

Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como Clarín, Arte y Parte, Turia, Paraíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel Puente, Marcelo Fuentes, Rafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.
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