Narrativa

Sueños y pesadillas de la cordura durmiente

Lorenzo Luengo reseña una antología de los cuentos más bellos del romanticismo alemán, de E. T. A. Hoffmann a Novalis, pasando por Schiller o Tieck.

/ una reseña de Lorenzo Luengo /

A grandes rasgos, es posible considerar el Romanticismo como una recuperación del territorio que la razón conquistó a expensas del sentimiento de lo maravilloso, por definir muy sucintamente ese vasto universo de la imaginación en que los límites de lo real no solo se difuminan sino que también se ven inundados por un torrente de posibilidades fantásticas. Aún estaba por llegar la luz eléctrica. Pero una electricidad distinta recorría los bordes de la experiencia cotidiana, separándola de esa otra cara de la realidad —a imitación de la luna y su envés— donde tenían lugar las aventuras, muchas veces desconcertantes pero siempre incomprensibles, de un milenario teatrillo grotesco. La antigüedad de ese drama que se ponía en pie cuando la vigilia echaba el telón una vez más, o cuando una mente puesta al cuidado de una jaula colmada de excrementos se volvía a desatar, se remontaba a las primeras ansiedades del hombre, a la soledad de un ser sintiente en una inmensidad inconcebible, al terror a la muerte inesperada y a esa catarata de sangre que llegaba con la vida que surgía de un vientre, al animal que nadie había visto pero que acechaba en unos bosques mucho más espesos y oscuros de lo que hoy podemos imaginar. En esa remota noche de nuestra historia colectiva empezaron a poblarse de fantasmas las cavernas de un cerebro que lo percibía todo, deslumbrado por la luz de un universo con los colores aumentados. Lentamente, esas cavernas fueron arrinconadas por un proceso civilizatorio sobre cuyos adoquines se levantaron las formas armoniosas del orden y la belleza, expresiones abstractas de las leyes que interpretaban los misterios del universo. Pero era inevitable que siguiéramos adentrándonos en ellas. De allí trajimos un barroco bestiario de ángeles y demonios que aparecerían más tarde en los márgenes de los libros medievales, en las gárgolas de las catedrales europeas, en los huertos de los conventos y de las posadas alejadas de los caminos, en los senderos despoblados de la madrugada, en los cantos de los juglares y en los rincones de los castillos abandonados a su suerte. ¿Pero esos seres existían realmente, o eran proyecciones de una mente que no había olvidado su más antiguo terror? El Siglo de la Razón dio una respuesta categórica a esta pregunta: todas esas criaturas monstruosas formaban parte de una trama de supersticiones que el hombre debía erradicar para alcanzar su destino prometido, un destino que aguardaba entre las estrellas, pero que siempre le rehuiría si se obstinaba en arrastrar esa bola de condenado que le ataba todavía a las cavernas. El Romanticismo entendió, sin embargo, que el hombre no iba a trascender este mundo si no lo hacía en compañía de los seres extraordinarios que embrujaban quizá algo más que su imaginación. De hecho, ellos eran sus alas.

Una carta escrita en la primavera de 1793, después de una visita a los bosques de Frankenwald, recoge este sentimiento:

«Y fue entonces (al escuchar una noche de luna el lejano sonido de un cuerno de caza) cuando sentí como si fuera capaz de ver a los espíritus que aquel prodigioso y maravilloso sonido hacía salir de las nubes y flotar sobre las lejanías, y yo mismo sentí que un encantamiento me había sacado fuera de mí […] Una vez que se deja atrás Ebermannstadt, se va cabalgando todo el tiempo por un valle de lo más romántico… Es una comarca que invita a mil ensoñaciones, que tiene algo sombrío y melancólico sin dejar de ser por ello extremadamente amistosa. ¡Oh, la naturaleza es de una belleza inagotable!».

Wilhelm Wackenroder tenía veinte años cuando escribió aquellas líneas a su amigo August Ferdinand Bernhardt, durante una larga excursión a caballo junto a Ludwig Tieck a la Fränkische Schweiz, la «Suiza francona», vertebrada de ruinas de iglesias y castillos que inundaron a los dos amigos de una feliz melancolía. Se suele situar el nacimiento del romanticismo en esos días en que Wackenroder y Tieck se dejaban arrebatar por la naturaleza, la dulzura de los campesinos y los pastores católicos y todos esos recuerdos de la pasada gloria de los hombres bajo la forma de unas murallas desdentadas. Rüdiger Safranski, sin embargo, lo sitúa en 1769, exactamente en el viaje que Johann Gottfried Herder hizo por mar en dirección a Francia, «adonde llegó tras una precipitada travesía, al modo de un fugitivo, harto de la vida opresiva de Riga». Los pensamientos que escribió a bordo de ese barco que le llevaba a una tierra distinta de la suya, donde «tenía que discutir con los ortodoxos, y verse envuelto en enojosas contiendas literarias», inspiraron más tarde a Goethe, y dieron impulso a esa corriente artística que arrasaría el continente bajo el estandarte en llamas del Sturm und Drang. Pero independientemente de dónde pongamos la baliza, bien sea en el mar o en la montaña, no hay duda de que el romanticismo apareció en un momento clave en que la historia a punto de bascular inflamó con un nuevo tipo de claridad al hombre temporalmente apartado de la civilización y sometido a los elementos.

La recopilación que, con un criterio exquisito en las tareas de selección, ha llevado a cabo la germanista Helena Cortés Gabaudan —que ya se ha encargado de cuidar, con idéntico buen gusto, algunas obras de Goethe y Hölderlin para La Oficina—, es sin duda la mejor muestra de ese estilo apasionado que abrió sus brechas entre el bosque y el mar y se prolongó hasta la muerte de ese «soñador escéptico», en palabras de Safranski, que fue E. T. A. Hoffmann. Si la detallada introducción, a la que se suma un amplio retrato biográfico de los autores seleccionados, vale por sí misma como un fascinante ensayo acerca del arte romántico y su rápida expansión por Europa (con un necesario y preciso comentario acerca de la diferencia entre die Romantik y lo que ese término significó en los demás países arrasados por su ola), el ajustado aparato de notas y comentarios ayuda a enmarcar los relatos y sus ediciones originales sin nada del peso muerto académico con que todos esos apoyos pueden llegar a lastrar la lectura de unas obras pensadas, no hay que olvidarlo, como piezas vivas y no como artículos de museo. Las anotaciones deben tener el valor de la cera que abrillanta las hebillas o el de las suturas que reparan un roto —a veces el costurón que separa un concepto de un significado olvidado, o al que no permiten llegar las barreras idiomáticas—, pero nunca deben estar tan presentes como para entreverarse al tejido. Esto es algo que Helena Cortés entiende perfectamente y su deferencia con el lector —y digo «deferencia» porque su conocimiento de los cuentos, del idioma y del contexto histórico le alcanzan sobradamente para demorarse en las minucias académicas— permite una lectura de los relatos en la que las anotaciones tienen (arte sin duda difícil) la presencia exacta.

Acerca de los escritores románticos, Colin Wilson escribió algo que puede ser válido para esta recopilación:

«En los tiempos de la Grecia clásica, al romántico se le hubiera considerado un individuo perverso y peligroso. Y eso porque un instinto nacido en lo más hondo le dice que el hombre no es un mero insecto, una “criatura”, sino, en un sentido que no carece de relevancia, un dios. Los griegos llamaron hibris a este pecado, y era castigado con la muerte y la locura. Motivo por el cual el destino de tantos de los llamados románticos parece dar la razón a los griegos en que tales individuos eran perversos y peligrosos. Si pensamos en ello, la lista de hombres de genio que murieron locos, o en accidentes, o de tuberculosis, o que se suicidaron, es tan terrible como impresionante. Shelley, Keats, Poe, Beddoes, Hölderlin, Hoffmann, Schiller, Kleist, Nietzsche, Van Gogh, Rimbaud, Verlaine, Lautréamont, Dowson, Johnson, Francis Thompson, James Thomson… La lista podría seguir y seguir a lo largo de numerosas páginas. Y estos solo son los más conocidos. ¿Qué habrá sido de todos esos aspirantes a poetas y artistas que nunca consiguieron el éxito y murieron ignorados por el mundo en alguna sucia casa de huéspedes?».

Los poetas recogidos en estas páginas quizá no murieron necesariamente en una «sucia casa de huéspedes», pero algunos acabaron locos y otros olvidados, a veces ambas cosas. Unos tuvieron una vida inmortal gracias a las legendarias páginas de esa Infernaliana que fue leída cierta noche de verano en una no menos legendaria villa suiza («Amor mudo», de Johann Karl August Musäus), y otros se dejan querer aunque sólo sea por haber ideado una deliciosa españolada que se adelanta a los clásicos de Potocki, Irving et al. («Un crimen precede a otro», de Carl Grosse). La ambientación no se limita tan solo a lo que hoy conocemos como Alemania y sus territorios periféricos, sino también a enclaves escogidos por el color asociado a un nombre y por el puro pintoresquismo, como la Dinamarca de «El rey serpiente» de Enrst Moritz Arndt o la Venecia de «La mandrágora. Un relato sobre el «hombrecillo» del patíbulo» de Friedrich de la Motte-Fouqué. «Los elfos» de Ludwig Tieck podría tener lugar en cualquier parte, precisamente porque no sucede en parte alguna; no, al menos, una por nosotros conocido. Otro cuento de Tieck, «La montaña de las runas», acerca de una mujer de sobrenatural belleza, es una de las primeras obras del Romanticismo alemán, pero su influencia se remonta posiblemente a la primera noche del mundo y llega hasta nosotros: Bécquer recuperará a esa mujer en «Los ojos verdes», y aparecerá más tarde en la piel natural de Ayesha y en la artificial de la Eva Futura y la María de Metrópolis, regresando de este modo, a través de un paraje lateral, a la Alemania de Tieck. Gustav Meyrink seguramente encontró una retorcida inspiración en el relato «La noche de Walpurgis», esa maravilla con gotitas de ocultismo de Heinrich Zschokke.

Helena Cortés ha extraído del inmenso mundo de lo Romantik a los inevitables nombres conocidos pero también a muchos, si no desconocidos, por lo menos sí largamente desatendidos en nuestro idioma. No faltan, por supuesto, Goethe y E. T. A. Hoffmann (el primero con un relato casi de formación, «El nuevo París», concebido a los catorce años y dos más, «La serpiente verde» —es verdad que similar a un pasaje posterior de Novalis— y «La nueva Melusina»”, sobre un tema que pasará también de La Motte-Fouqué hasta Ewers, ya entrado el siglo XX), pero igualmente encontramos nombres olvidados como el del mencionado Grosse, o nunca traducidos como el de Karl Immermann. Oscuridad, en efecto: nota dominante entre los autores recogidos en Los cuentos más bellos del romanticismo alemán, y no solo porque todos ellos frecuenten, más o menos, cementerios y lugares encantados. Entre tantos nombres perdidos incluso para los propios alemanes, la bella selección de Helena Cortés representa un medio ideal para acercarnos a un mundo y unas obras que, a juzgar por las páginas que con tanto amor se ha encargado de rescatar de la usura del tiempo, desde luego no se merecían ese olvido.


Los cuentos más bellos del romanticismo alemán
Helena Cortés Gabaudan (ed.)
La Oficina, 2024
840 páginas
49 €

Lorenzo Luengo (1974) ha publicado las novelas La reina del mediodía (Fundación José Luis Cano, 2002), El quinto peregrino (Pre-textos, 2009), Amerika (Algaida, 2009), Abaddon (Algaida, 2013) y El dios de nuestro siglo (Seix Barral, 2017), la colección de relatos El satanismo contado a los niños (Tropo, 2014), y dos estudios críticos (traducción, edición y notas): Diarios de Lord Byron (Alamut, 2002; Galaxia Gutenberg, 2018) y Diarios en la vieja rectoría (Siruela, 2022). Es colaborador habitual en la revista literaria Zenda y el suplemento Abril de El Periódico de España, donde escribe reseñas y artículos.


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