/ por Belén Suárez Prieto /
Fotografía destacada de Andras Stefuca
En pleno contento precario, en plena falsa tregua, tendí la mano y toqué el ovillo París, su materia infinita arrollándose a sí misma…
(Rayuela, Julio Cortázar).
Así es cómo París nos destruye despacio, deliciosamente, triturándonos entre flores viejas y manteles de papel con manchas de vino, con su fuego sin color que corre al anochecer saliendo de los portales carcomidos
(Rayuela, Julio Cortázar).
… para darme ese aplazamiento de París con todo lo que París era entonces para mí (con todo lo que París no era entonces para mí).
(62/Modelo para armar, Julio Cortázar).
El tópico cursi dice que París es la ciudad del amor. París es la ciudad del amor, como cualquier otra ciudad. Hay amor en las ciudades y desamor y violencia y basura y ratas y belleza y París lo tiene todo en cantidades enormes, porque París es la ciudad infinita, es la ciudad que supera la definición de ciudad, la engulle en un abrazo apasionado porque, atendiendo al tópico cursi, sí, París es la ciudad del amor, entiéndase el amor en la palabra sin encorsetar, en el contenido que le queramos dar, pero incluyendo siempre amor, sexo, soledad, necesidad, frío y canciones, repartidos estos elementos del modo y en la cantidad que sean.
Porque París es la ciudad del amor de la Maga y Horacio, de Horacio y la clocharde, de Miles Davis y Juliette Gréco, de Juliette Gréco y Serge Gainsbourg, de Serge Gainsbourg y Brigitte Bardot, de Serge Gainsbourg y Jane Birkin, de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, de Marguerite Duras y Yann Andréa.
Da igual que estos hombres y estas mujeres hayan escrito novelas, ensayos, poemas o hayan interpretado las palabras ajenas o estén en las palabras ajenas. Sus historias de amor, de sexo, de soledad, de necesidad, de frío y de canciones son en París y la ciudad que es París está construida por esas historias de amor, y por tantas otras, tantas más, pero estas son las escogidas aquí.
Eros y Tánatos, en el viaje a París hay que visitar los cementerios, Père-Lachaise, claro, pero también Montparnasse y Montmartre, visitar los cementerios, allí están las lápidas, los huesos y los gusanos de quienes construyeron la ciudad con sus historias de amor, la ciudad de la que les hablo, y de tantos y tantas más, de tantos más como Jim Morrison, que se pudre en Père-Lachaise, después de morir en París, en donde se había refugiado —porque París es ciudad refugio— de su vida en Estados Unidos, de su vida genial y excesiva, de su personaje de icono sexual y lisérgico, y donde encontró acomodo en el barrio de Le Marais, el barrio judío parisino, con calles estrechas y restaurantes hebreos casi ya desaparecidos, pasto de la gentrificación y en donde se halla uno de los lugares más bellos de la ciudad, su plaza más antigua, dicen, la Place des Vosges, lugar en que vivió Victor Hugo.
París es una ciudad con río, el Sena, que la divide en sus orillas y Le Marais está en la orilla derecha, rive droite, mientras que Saint-Germain-des-Prés está en la orilla izquierda, rive gauche («… así íbamos por la orilla izquierda, la Maga sin saber que era mi espía y mi testigo…»)1
Saint-Germain-des-Prés, tumulto existencialista en los años cuarenta de posguerra y en los cincuenta del siglo XX, pero, sobre todo, barrio donde, como en la Clinton Street que Leonard Cohen nos relata en «Famous Blue Raincoat», sonaba la música durante toda la noche, el jazz espléndido narrado por un hombre de jazz y de tantas otras cosas, Boris Vian, que no sobrevivió a su Escupiré sobre vuestras tumbas. Sonaba el jazz en les caves, en los sótanos, y durante todo el día se hablaba en los cafés, se discutía, se escribía y se bebía, y en esa París ciudad del amor, en la orilla izquierda intelectual, alcohólica, cosmopolita, en Saint-Germain-des-Prés, se paseó el amor de Miles Davis y de Juliette Gréco, «Juliette y yo solíamos pasear juntos por las orillas del Sena, cogiéndonos de la mano y besándonos, mirándonos a los ojos… Era como cosa de magia, casi como si me hubieran hipnotizado. No lo había hecho nunca. Estuve siempre tan inmerso en la música que no tuve tiempo para romances de ninguna clase. Juliette fue probablemente la primera mujer a quien amé a un nivel de igualdad entre seres humanos».2 En esa París liberada de la alimaña nazi, orgullosa, metrópoli, culta, la pareja de color diferente, sin embargo, provocó escándalo. La blanca Gréco y el negro Davis, que se besaban a las orillas del Sena cuando pudieron librarse del secuestro de la música, fueron pareja criticada e incomprendida, en un París que no supo sacudirse la garrapata del racismo en Saint-Germain-des-Prés.
Juliette Gréco y Miles Davis eran una pareja imponente en la cave Le Tabou, en el número 33 de la Rue Dauphine, refugio mítico del existencialismo canalla, donde se bailaba y se escuchaba jazz. Las fotos en que aparecen juntos en el sótano, él con la trompeta en la mano, en la mejor tradición de las parejas icónicas, son el mejor repelente contra el prejuicio racial.
Michelle Vian, primera mujer de Boris Vian, secretaria, traductora de novela negra americana con él, pareja factora de Saint-Germain-des-Prés. Amante de Sartre, compañera en las manifestaciones de apoyo a la lucha obrera en el París después del 68. Historias de amor, otras, más, fuera de la norma tácitamente asumida por la convención. Michelle Vian: «Anne-Marie Cazalis y Juliette Gréco habían encontrado en la calle Dauphine un café que cerraba muy tarde […]. Gréco tuvo la idea de pedir la bodega. […] No solo por el ruido, sino porque no había nada. […] Hubo que quitar el carbón, estaba húmedo, desagradable. Cazalis y Gréco llevaron ahí a los primeros que hicieron el Tabou, es decir, Merleau-Ponty y Queneau».3
Miles Davis tocó, también en París, con otro genio, también en París, con Charlie Parker, ligado a la ciudad, ya por sus actuaciones a finales de la década de los cuarenta en la sala Pleyel, rive droite, 252 Faubourg Saint-Honoré, aún abierta, desde 1927, y a la que puso en pie; ya por el retrato en forma de cuento de otro parisino de fuera, Julio Cortázar —sin el que París no se entiende—, ese retrato que es biografía, descenso al infierno, reflexión obsesiva acerca del tiempo y sus formas, reflexión acerca del proceso creativo, «El perseguidor», que puede leerse en la colección de cuentos Las armas secretas. Biografía, descenso al infierno y reflexión acerca del tiempo y del proceso creativo que se pueden leer por separado y que se funden —porque son parte del hombre Charlie Parker, Johnny Carter en el relato, Bird siempre— en la interpretación de «Lover Man», que en la vida fuera de la literatura se grabó en las conocidas como Dial Sessions, en Hollywood, y en la vida real de la literatura, en la reescritura de la vida que hace Cortázar, la canción es «Amorous», el saxofonista es Johnny Carter y la grabación es en París, pero es lo mismo, tan real el hombre Parker como el personaje Carter, ambos igual de reales porque dan igual vida y literatura, son lo mismo, y en Carter sentimos la vulnerabilidad del genio, comido por el alcohol y por la marihuana y por la heroína, delirante, insoportable, abatido por la muerte de su pequeña, sostenido por mujeres que lo cuidan y lo destruyen, revolucionario Parker, perseguidor, «nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tantas cosas…».4
El París de Johnny Carter es, cómo de otro modo, el de Saint-Germain-de-Prés y el del barrio vecino del Odéon, rive gauche, el del Café de Flore, 172 Boulevard Saint-Germain, aún abierto, escenario de otra de las historias de amor nada al uso de las que aquí se cuentan, de otra de las parejas que construyen el París que aquí se puede contar, de esos amores que se escapan al tópico de ciudad del amor complaciente e irreal, en el Café de Flore pasaron horas larguísimas Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, dos de los pilares del pensamiento occidental del siglo XX, relación intelectual y amorosa, en que nunca compartieron vivienda, nunca dejaron de tratarse de usted, nunca dejaron de tener sexo con otras personas, nunca se dejaron, hasta la muerte de Sartre, cuyo deterioro físico y fallecimiento cuenta De Beauvoir en La ceremonia del adiós. No esperen romanticismo en el relato ni emoción a la vista ni fallas conmovedoras, salvo de modo muy excepcional y al final, sino la narración precisa y cercana al testimonio frío de los últimos años en la vida del hombre que casi vivía en el Café de Flore, leyendo, escribiendo, hablando, impartiendo magisterio. Y, aunque rechazaron vivir en el mismo acomodo, hubo de ser la muerte la que hizo que esa convivencia se diera al fin, pues ambos comparten tumba, esta vez, en el cementerio de Montparnasse, en el 3 del Boulevard Edgar Quinet.
En el barrio de Montparnasse, cerca de Saint-Germain-des-Prés, en el 102 del bulevar del mismo nombre, está La Coupole, brasería, que también frecuentaban Sartre y Beauvoir, iban a comer allí cada domingo. En ese barrio, vivieron separados, murieron separados, están enterrados juntos.
Otro lugar frecuentado por la pareja, en el Odéon, otro histórico, el restaurante La Palette, en el 43 de la Rue de Seine, calle que tanto nos conducirá por Rayuela.
Hay más en Saint-Germain-des-Prés, hay más habitantes de Saint-Germain que se vuelven desecho en el cementerio de Montparnasse, hay más habitantes de Saint-Germain que vivieron el amor ajeno a la sociedad biempensante. Marguerite Duras, escritora del arrebato, de la enajenación, del silencio, de la soledad, escritora de la enfermedad del amor, hija de la metrópoli, vivió en el número 5 de la Rue Saint-Benoît durante la mitad de su vida, desde 1942, y habita el cementerio de Montparnasse desde 1996, y no se ajustó al esquema del amor edulcorado que la propaganda ligera extiende sobre París. Marguerite Duras vivió los dieciséis años de su vida antes de su muerte con Yann Andréa, cuarenta años más joven, compañero, amante, secretario, asistente, criado.
Amores muchos, hermosos, carismáticos, exhibicionistas, escandalosos fueron los de Serge Gainsbourg, nacido Lucien Ginsburg, judío, hijo del convulsísimo siglo XX europeo, por la biografía de su padre y de su madre, uno de los parisinos más geniales de la centuria, tímido, solitario, autodestructivo y destructor, corredor hacia delante para huir de su fealdad desde niño, otro perseguidor adicto, cruel a ratos, amante y autor de canciones enormes, llenas de inteligencia, que usan el idioma con toda la elasticidad que este permite. En el número 5 bis de la Rue de Verneuil, otra vez al lado de Saint-Germain-des-Prés, en el Barrio Latino, vivió y murió Gainsbourg, muy cerca había vivido Juliette Gréco, en el 33 de la calle, y allí, tras pasar una noche en casa de ella, el apasionado Gainsbourg escribió «La javanaise», una de sus más conocidas y mejores canciones, inspirado por la imponente Gréco, y se la dio y Gréco canta «La javanaise» como se acaricia el terciopelo, tan bien encajada en su voz como los vestidos negros encajan perfectamente el cuerpo de Gréco, tan sensual, canción al amor de quien elige vivir sin amor, que en condena por la decisión se le castiga a que el amor dure lo que dura una canción, el tiempo de una canción, aunque quizá más que condena sea premio, para evitar la monotonía y la huida del deseo, quizá el tiempo de una canción sea la medida de todas las cosas, la medida de lo que debe durar el amor.
Y Gréco y Gainsbourg se convirtieron, de nuevo, en otra de las parejas anómalas que pueblan y que levantan este París que se narra aquí. La blanca Gréco y el negro Davis, antes; la bella Gréco y el feo Gainsbourg, ahora. Otra vez los comentarios. Otra vez las decisiones para unirse de seres libres y poderosos y con talento infinito. Y Gainsbourg llenó a Gréco de canciones compartidas y llenó París de canciones compartidas, que empezaron a gestarse en la Rue de Verneuil y se esparcieron por París, por los escenarios, otra vez, para llenar de música toda la noche, todas las noches, para llenar nuestras noches de canciones, de deseo, de desesperación, da igual si abandonamos o si nos abandonan.
Serge Gainsbourg siguió viviendo historias de amor poco convencionales en París y siguió componiendo canciones hasta su muerte, en el número 5 bis de Rue de Verneuil, dónde si no, en marzo de 1991. Escribió canciones para sí, para sus mujeres, para sí y para sus mujeres. Y pobló París de la expresión del placer con sus amantes, con «Je t’aime… moi non plus», cuya primera versión, con Brigitte Bardot, fue censurada por esta. Mujer casada con el millonario Gunter Sachs, se rindió Bardot al seguro escándalo que la canción provocaría y rehusó hacer pública la declaración de amor que en forma de narración sexual Gainsbourg había escrito para ella. Pero llegó Jane Birkin a la vida de Serge, joven, inglesa, bella también y con talento también, y la canción se recuperó y el placer de Bardot fue sustituido por el placer de Birkin y hubo escándalo y Gainsbourg siguió construyendo París en el amor, en el deseo, en la desinhibición y en la provocación.
Otro de los imprescindibles de Saint-Germain-des-Prés, desde antes de la segunda guerra, imprescindible en las letras francesas, fue Jacques Prévert, autor, con Joseph Kosma, de una de las canciones más prolíficas del pasado siglo, «Les feuilles mortes» (Feuille Morte es el nombre de un personaje del París de 62/Modelo para armar, del París cortazariano, del que no habrá más remedio que hablar).
Prolífica no solo por haber sido cantada por las más grandes voces de la música en francés; prolífica no solo por haber dado una versión en inglés, «Autumn Leaves», que Frank Sinatra hizo definitivamente enorme; prolífica no solo por ser esta un clásico ya del jazz, interpretada, entre más, por el hombre que solo vivía para la música, Miles Davis, por Chet Baker, otro trompetista genial y atormentado. Prolífica porque parió «La chanson de Prévert», otra vez Gainsbourg, canción de canción, metacanción, que iguala, de nuevo, el tiempo de una canción con lo que dura el amor o, más precisamente aquí, el olvido del amor. Canción hija llena de imágenes magistrales, al menos, tan grande como la madre.
Para estas líneas, la novela de París es Rayuela, del argentino, aunque nacido en Bélgica, Julio Cortázar, de nuevo Cortázar. También Rayuela es Buenos Aires, pero Rayuela es, sobre todo, la novela de París, la ciudad que se sitúa por encima de sus personajes, la ciudad que acoge a un grupo de perdedores, que los acoge, los observa, los vapulea. París es la ciudad narrador dios que, con distancia algo cínica, no pierde de vista a esas personas expatriadas, solas, tantas veces desgraciadas, amantes, envueltas en las discadas de jazz del Club de la Serpiente.
Pero después de Rayuela está 62/Modelo para armar y en el viaje a París es imprescindible ir a la cremería restaurante Polidor, en el número 41 de la Rue Monsieur-Le-Prince, en el barrio del Odéon, aledaño de Saint-Germain-des-Prés, casa fundada en 1845, abierto todos los días.
62 nace del capítulo 62 de Rayuela, que es de los capítulos prescindibles, «de otros lados», que podemos leer si elegimos la lectura del relato principal trufado por las reflexiones de Morelli, trasunto teórico de Cortázar, y por alguna cosa más. Nace de unas notas sueltas que se transcriben en ese capítulo acerca de qué libro pensaba en escribir Morelli, «las conductas standard (incluso las más insólitas, su categoría de lujo) serían inexplicables con el instrumental psicológico al uso. Los actores parecerían insanos o totalmente idiotas. […] Todo sería como una inquietud, un desasosiego, un desarraigo continuo…».5 Y en el libro anotado por Morelli que finalmente escribió Cortázar están «la ciudad» y Londres y Viena, pero está, por encima, de nuevo, siempre, París. Porque quien lee 62 y logra que la novela le succione en el viaje a la ciudad tiene que ir a comer al Polidor, prueben los caracoles, esperen su turno, compartan mesa, beban una botella de Sylvaner, deambulen, como Juan en Nochebuena, como Hélène inalcanzable, por el Barrio Latino, por la Rue de l’Estrapade, en cuyo número 4 vivía Berthe Trépat, la pianista solitaria de Rayuela; por la larguísima Rue de Vaugirard, hasta llegar al restaurante. Esperen encontrar allí al comensal gordo que pide carne sangrante en una Nochebuena solitaria y abandonada al comienzo de 62/Modelo para armar.
Disfruten del Canal Saint-Martin, distritos 10 y 11.
«Polanco les había prestado su departamento hasta que Austin encontrara trabajo en alguna de esas boîtes del barrio latino donde un laúd podía ser escuchado sin demasiados bostezos».6
Y, en el Barrio Latino, en el Boulevard Saint-Michel, el Café de Cluny, donde los personajes de 62 se encuentran.
Transiten por la Rue du Cherche-Midi, donde Boris Vian atribuye el nacimiento de Saint-Germain-des-Prés como barrio de agitación intelectual: «Debemos ir a buscar el rastro del Gran Movimiento hasta los orígenes remotos de la rue du Cherche-Midi, en el carrefour de la Croix-Rouge. Allí, en la acera de los números impares, se levantaban tres establecimientos importantes […]:
- Le Sacre du Printemps, donde vendían música en todos los formatos […].
- La Boutique de Pierre Charreau, decorador.
- La Première Galerie Jeanne Bucher…».7
Vayan a La Closerie des Lilas, en el 171 del Boulevard de Montparnasse, cuyas lámparas «seguían siendo las más dulces de todos los restaurantes de París».8
Dice uno de los personajes de 62, Polanco, argentino en Europa: «Vos […] armás motores imponderables, agitás aguas inconsútiles. Sos un inventor de nuevas nubes, hermano, injertás la espuma propiamente en el cemento vil, llenás el universo de cosas transparentes y metafísicas».9
Y esto es lo que provoca —armar motores imponderables, agitar aguas inconsútiles, llenar el universo de cosas transparentes y metafísicas— ver y escuchar a Miles Davis arropar el paseo extrañado y angustiado de Jeanne Moreau / Florence Carala en la película imprescindible, de 1958, la primera de un Louis Malle de 25 años, Ascenseur pour l’échafaud. El paseo de Moreau por las calles parisinas, por el Boulevard Haussmann, bajo la trompeta de Davis, negando con la cabeza lo que parece evidente, la traición de Maurice Ronet / Julien Tavernier, su huida con una chica joven. Llenar el universo de cosas transparentes Miles Davis con su trompeta sin partitura, sin partitura porque Miles improvisó basándose en unas pocas anotaciones que antes le había hecho Malle, no escribió partitura alguna, miró la pantalla por donde deambulaba el perfil de Moreau, absorta, desesperada, Miles Davis, el que no había tenido tiempo para el amor, porque solo era la música, hasta que conoció a Juliette Gréco, mirando fijamente la pantalla, sin partitura, haciendo la música que agita aguas inconsútiles, haciendo salir de la trompeta las únicas notas que están a la altura de Jeanne Moreau, con unas pocas indicaciones previas, sin escribir una partitura, miró la pantalla, vio a Jeanne Moreau, que, además, acariciaba un Dauphine, e injertó la espuma en el cemento vil.
En el barrio del Odéon está uno de los parques más bellos de París, el Jardin du Luxembourg, y allí recaló, en la ciudad y en el parque, otro músico de jazz enorme, otro trompetista grande, que encontró refugio, reconocimiento, cárcel y muerte en la vieja Europa, Chet Baker, también lleno de marihuana y heroína, como Charlie Parker, junto al que empezó a tocar. De nuevo, «Autumn Leaves».
En la caja de discos que recoge las sesiones, entre octubre de 1955 y marzo de 1958, conocidas como Barclay Sessions, está una foto en que Chet, trompeta en la mano, trompeta en la boca, toca en una de las sillas del parque, en las que tan bien se descansa. Es un lugar excepcional, hermoso, tranquilo, el Jardin du Luxembourg, para parar, para seguir, para mirar, para leer, para pensar París, mientras se deambula por el Odéon, por Montparnasse, por Saint-Germain-des-Prés, como quienes llenaban estos barrios de música, como quienes habitan 62/Modelo para armar, como quienes transitan Rayuela…
El Barclay no era otro que el Club Saint-Germain, en el número 13 de la Rue Saint-Benoît, llamado así para estas sesiones de Chet Baker.10
En los primeros sesenta, encontramos otra vez a Chet en París, tocando en el número 10 de la Rue de la Huchette, Barrio Latino, en el club Le Chat qui Pêche, con esa insignia en la fachada del gato erizado dispuesto a lanzarse sobre el pez. El guionista Lawrence Trimble cuenta, en el imprescindible y fascinante documental sobre el trompetista Let’s Get Lost, de Bruce Weber, que conocía sus discos, pero nada como lo escuchado en vivo en ese club del Barrio Latino, «tocaba tan rápido y tan nítido…», tocaba tan rápido, tan nítido, tan plácido, besaba la trompeta de ese modo, el enorme Chet Baker, a veces lo hacía en París.
París es una ciudad imponente, cargada de historia, bellísima, con río, con palacios y callecitas, con catedral, con salas de conciertos y restaurantes, capital de un país padre de una literatura espléndida… Pero, para estas líneas, París es la ciudad de Rayuela, otra vez Julio Cortázar.
Rayuela, en su primera parte, por usar términos convencionales que no se ajustan demasiado bien a la novela, heterodoxa, sucede en París, «del lado de allá»; en la segunda, «del lado de acá», en Buenos Aires.
Pero si París es la ciudad de Rayuela, para estas líneas, Rayuela es la novela de París, porque Rayuela es la historia de amor de la Maga y de Horacio, que asoma por encima del resto de las historias de amor, y es las discadas del Club de la Serpiente, que solo pueden ser en París, es el tránsito constante por el Barrio Latino, por los puentes, por las librerías, por los rincones insólitos, es la clocharde…
«¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua».11
Este magnífico principio es el comienzo de la novela, si se comienza por el capítulo 1. También puede hacerse por el 73:
«Sí, pero quién nos curará del fuego sordo, del fuego sin color que corre al anochecer por la rue de la Huchette, saliendo de los portales carcomidos, de los parvos zaguanes, del fuego sin imagen que lame las piedras y acecha en los vanos de las puertas, cómo haremos para lavarnos de su quemadura dulce que prosigue, que se aposenta para durar aliada al tiempo y al recuerdo, a las sustancias peligrosas que nos retienen de este lado, y que nos arderá dulcemente hasta calcinarnos».12
Créanme si les digo que tengo la certeza de la admiración rendida y en tantas ocasiones acrítica, la certeza de profesar la fe ciega en la biblia Rayuela, la certeza de que la mejor herencia de la invención para los sótanos y para el jazz de Saint-Germain-des-Prés es el Club de la Serpiente, en el Barrio Latino, en Saint-Germain, que todas esas caves han existido para llegar al Club de la Serpiente: «… el Club de la Serpiente se fue formando en las noches de Saint-Germain-des-Prés».13
La sede del Club de la Serpiente es la vivienda-taller de Ronald y Babs, pareja amiga de Horacio y la Maga, que leen a Henry Miller y a Raymond Queneau, que viven en la entrega «al jazz como un modesto ejercicio de liberación…».14 En este lugar, el grupo de perdedores que vive Rayuela se reúne para escuchar vinilos de jazz, de 78 revoluciones, para beber vodka malo, para charlar, para llorar, para reír, para dormir, para escuchar, para fumar, para enamorarse y lo contrario. En este lugar, se celebra la liturgia de las discadas y allí, mientras se riega concienzudamente la borrachera, Bix Beiderbecke, Lionel Hampton, Eddie Lang, Kansas City Six, «Jazz me Blues», «Save it, Pretty Mamma», «Four o’Clock Drag»… Bessie Smith, «Empty Bed Blues», «Baby Doll».
Dizzy Gillespie, compañero, amigo y socorredor de Charlie Parker en tantas ocasiones, que Horacio desprecia, «yo no vengo más al Club si aquí hay que escuchar a ese mono sabio»;15 y Ronald le replica: «Al señor no le gusta el bop».16
Y, sobre todo, sobre todo, para Julio Cortázar, Louis Armstrong, «Yellow Dog Blues».
En este lugar, en que la púa —la aguja— crepita sin piedad mientras lee los discos.
Louis Armstrong da un concierto en París el 9 de noviembre de 1952, en el Théâtre des Champs-Élysées, en el 15 de la Avenue Montaigne, elegantísima calle de la orilla derecha, junto al río. La sala es más que centenaria, pues vive desde el año 1913.
En la publicación Le Théâtre des Champs-Élysées est ouvert, se cuenta (la traducción es propia): «En fin, el público está literalmente fascinado por las grandes figuras americanas del jazz, que a partir de entonces visitan regularmente el Teatro (Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Oscar Peterson…)».17 El «entonces» se refiere a la década de los cincuenta del siglo pasado. Otra vez, París, a ambos lados del río, lleno de jazz; otra vez, los genios americanos en la ciudad.
En estos días del cincuenta y tantos, que es la fecha vaga que en la propia novela se da para datar el amor de Horacio y la Maga en las calles de París.
Cortázar, en La vuelta al día en ochenta mundos, en el capítulo titulado «Take it or leave it», cuenta de modo muy divertido cómo un crítico de jazz de Uruguay comprobó el poco rigor de los datos discográficos que el autor da en Rayuela:
«Así fue cómo estaba yo en la cama absorbiendo espíritu rioplatense con loable dedicación, hasta llegar el momento en que se demostró que no he sabido nunca de qué conjuntos formaban parte Zutty Singleton y Baby Dodds, junto con otras abominaciones por el estilo. Fue penoso para mí atardecer al hecho de que ni Ronald ni Oliveira ni Babs ni Wong habían sabido gran cosa de lo que estaban escuchando, ángeles de amor».18
Esta es la elección hecha aquí, esta es la ciudad de París que hemos elegido, la de los amores nada convencionales, la de la música en sótanos y templos, la de la literatura, que es la vida, siempre la de Gainsbourg, la de Horacio y la clocharde, siempre la de Rayuela.
La del tiempo delicuescente.
1 Julio Cortázar: Rayuela, Madrid: Cátedra, 1984, p. 135.
2 Carlos Galilea: «Juliette Gréco fue la primera mujer a quien amé», El País, 5 de agosto de 1991.
3 Grégoire Leménager, «Mi vida con Boris Vian (por Michelle Vian)», Le Nouvel Observateur, 27 de octubre de 2011.
4 Julio Cortázar: «El perseguidor», en Las armas secretas, Madrid: Cátedra, 1986, p. 179.
5 Julio Cortázar: Rayuela, o. cit., p. 524.
6 Julio Cortázar: 62/Modelo para armar, Barcelona: Bruguera, 1980, p. 233.
7 Boris Vian: Manual de Saint-Germain-des-Prés, Madrid: Gallo Nero, 2012, p. 97.
8 Julio Cortázar: 62/Modelo para armar, o. cit., p. 82.
9 Ibídem, p. 130.
10 Página web de Sam Records: <https://samrecords.fr/produit/chet-baker-and-his-quintet-with-bobby-jaspar-chet-baker-in-paris-vol-3-barclay-1956/>.
11 Julio Cortázar: Rayuela, o. cit., p. 119.
12 Ibídem, p. 544.
13 Ibídem, p. 147.
14 Ibídem, p. 174.
15 Ibídem, p. 178.
16 Ibídem, p. 178.
17 En Internet: <http://fr.calameo.com/read/003045515070cd8851f72>.
18 Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos, t. II, Madrid: Siglo XXI, 2007, p. 170.

Belén Suárez Prieto (Oviedo, 1968) es licenciada en Filología Hispánica y funcionaria del parlamento asturiano, donde corrige y redacta textos en el Servicio de Publicaciones. Ha colaborado y colabora con diversos medios de comunicación: el programa La Ventana de Asturias, de la Cadena SER, Neville, Asturias24, El Confidencial, Drugstore, La Voz de Asturias y Nortes, entre otros. Su página web es <belensuarezprieto.com>. Le gusta hablar de lo que ocurre: literatura, viajes, música…
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Texto tan denso, tan lleno de datos, que es imposible que no haya en él errores. Alguno de ellos vistos tras una lectura demasiado rápida:
«sala Pleyel, rive droite, 2524 Faubourg Saint-Honoré»
La rue du Faubourg Saint-Honoré es larga (2 070 mètres) pero no tanto como para tener más de 2500 números… La mítica Salle Pleyel (en la que se estrenó, entre otras obras de Ravel, su extraordinario «Concierto para piano en sol») está en el 252. Ahora ya no hay en ella conciertos de música clásica (que se han ido a la Philharmonie en La Villette) y está dedicada a los de «Variétés».
«la canción ES «Amorous», el saxofonista ES Johnny Carter y la grabación ES en París, pero ES lo mismo» … la grabación está hecha en París…
«Duras vivió los dieciséis años de su vida antes de su muerte con Yann Andréa, cuarenta años más joven, compañero, amante, secretario, asistente, criado.»
Y homosexual (hecho fundamental en su relación). «Amante» no sé si se puede decir, puesto que sólo lo fueron 2 veces en 16 años – para probar, digamos).
«en el Boulevard Saint-Michel, el Café de Cluny» … que hace muchos años ya que no existe
«la película imprescindible, de 1957 […] Ascenseur pour l’échafaud…» de 1958
Ni que decir tiene, que de ese París mítico descrito en el texto, hoy no queda apenas nada. Muchos de esos lugares están invadidos por los turistas. Hasta en el arco que da al Quai de Conti viniendo de la rue de Seine y que desemboca frente al Pont des Arts, he visto yo a una pareja de españoles con «Rayuela» en la mano discutiendo si era el lugar donde empezaba la novela.
«Chet en París, tocando en el número 10 de la Rue de la Huchette, Barrio Latino, en el club Le Chat qui Pêche»
Ese club de jazz estaba en el nº 4 de la rue de la Huchette, no en el 10.