Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (70)

Del murmullo del mundo rescata en esta ocasión Tomás Sánchez Santiago el piar desafiante de un pájaro, el valor del detenimiento o la soledad de un zapatero.

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Pliegues)

¿Y cómo reconocer esa bisagra a partir de la cual se deja de vivir, se empieza a durar?


El zapatero del barrio trabaja en soledad. Se le ve siempre así, la cabeza baja y embutido en lo próximo como si el mundo terminase para él en el encastillado del calzado pendiente de arreglar. Los zapateros siempre trabajaron en silencio, solo con el ruido macho de los golpes insistentes en la clavera; por eso, muchos tenían consigo una jaula con un canario, sustituido luego por un transistor, que los acompañaba. Al igual que los sastres, los zapateros sabían tasar el mundo sin salir de su reducto, ahí donde los sentidos imponían su vigor frente a la asepsia general de esos otros oficios tan alejados de las cosas.



«Buenos días. Soy la vecina del segundo. Es usted el presidente, ¿verdad? ¿Ha visto usted los cartones que hay en el porche de la entrada al portal? Alguien ha dormido ahí esta noche, y tiene intención de seguir haciéndolo porque no los ha quitado así que voy a hacerlo yo ahora mismo, ya me he traído estos guantes. Tengo dos hijos pequeños y no estoy dispuesta a que vean lo que no hace falta ver nada más salir a la puerta. Había pensado decirlo a la policía pero prefiero hacerlo yo, no siendo que tarden en venir y ocurra como pasó con el que nos plantó la tienda de campaña ahí afuera y se tiró meses viviendo allí. Por eso quería informarle a usted de lo que voy a hacer, voy a quitar esos cartones para que le quede claro a quien ha dormido que se busque otro lugar. Gracias y adiós».


VOCES BLANCAS

I

Están hablando los dos amigos. Ya son mayores; tienen una edad, como se suele decir. En el cruce de sus conversaciones saltan palabras vivas: nombres de enfermedades, órganos gastados, sabrosas comidas ya improbables… «Aún podemos disfrutar de la vida aunque hayamos entrado ya en agujas», dice uno. «Eso es. Omeprazol y carpe diem», contesta de inmediato el otro.

II

«No sé si me dé». Eso dice dubitativa la señora a la dependienta que le está ensalzando unos lomos de bacalao. «No sé si me dé»: hay música en esa secuencia monosilábica (una especie de do-re-mi-fa-sol) que achucha hasta el extremo de la síntesis verbal lo que se quiere decir. Una lección simultánea de música y economía verbal… y de la otra (al final, la pieza del bacalao era demasiado cara y la señora no la llevó).

III

«Sí le, no le, sí le, no le…». A la puerta del quiosco del barrio, donde entro a comprar cromos para Álex, hay unos cuantos niños celebrando el ceremonial del intercambio. Les oigo cantar así la salmodia de los hallazgos y las decepciones («sí le, no le; sí le, no le»), que es como ellos distinguen los cromos que poseen de los que les faltan. Por un momento vuelve a gotear la infancia dentro de mí. Qué irresistibles ganas de desencamisar los cromos que he comprado, entrar yo también en el juego de esas transacciones y cantar la salmodia binaria («sí le; no le»), un conjuro inútil para quien ya tiene repetidos todos los cromos de la vida.



Es en las pescaderías y en los quirófanos donde se practica con más dedicación el ars cisoria. En ambos espacios se pone escrúpulo y ensimismamiento mientras se manejan herramientas glaciales. En ninguna de ellas se habla con los pacientes mientras se trabaja en su entraña. Los pescados están muertos y los enfermos se han entregado a la quietud indefensa de las anestesias. Luego, si los enfermos salen adelante, ven de nuevo a los cirujanos, que a veces no acaban de entender que ese ser humano, recompuesto por ellos y listo para vivir, vuelve a ser algo más que un espectacular entramado orgánico. Y si les enseñan su corazón, ellos siguen viendo nada más un músculo que retumba. Qué pobreza. Ni siquiera los pescaderos pierden la compasión por sus víctimas y hasta he visto a alguno hablarles a los pescados con algo parecido al candor; en cambio, sé de una cirujana de excelente reputación quirúrgica que sin embargo no sabe hacer el itinerario que va desde las vísceras hasta el alma humana, como si su carácter se hubiese contagiado del frío de los bisturís. Carlos Boyero a su lado no dejaría de ser un amoroso osito de peluche.



Han llegado ramos de flores. Tulipanes amarillos, rosas, claveles, azucenas y el travieso encanto de las flores secas con su discreta iluminación deshidratada. La casa se llena de rincones donde brilla ese dulce estrépito, el de la vida que aún se impone a los desastres y las inclemencias.


En la pared de una calle de la ciudad aparece este recado escrito a mano, casi sangrado, y con un número de teléfono como último remedio desesperado:

Profesor jubilado busca señora de alrededor de 80 años, que de jovencita trabajaba en taller de modistas de la calle Cascalería de León.

El aviso ha alcanzado ubicuidad viral (viral viene de virus); miles de personas lo leyeron, hicieron comentarios compasivos o sarcásticos convirtiendo la súplica desazonada en pasto envilecido por unos y otros (seguramente también por mí, por esta misma anotación improcedente). En mayor o menor grado, todos hemos violado la intimidad de esas palabras. Según han dicho, la destinataria no llegó a saberlo.



Soñé con él. Llevaba tiempo en algún lugar indeterminado y me llamó desde allí por teléfono. Su voz era la de siempre, rasposa y como con hilillos de manteca. ¿Estás bien?, le pregunté. Sí, se me hace un poco largo esto y además estoy engordando, me contestó. Luego la voz desapareció en la imagen y la imagen en el sueño y el sueño también se desvaneció. Antes nos dijimos adiós. José Antonio Abella.


Ya ha florecido el almendro del camino del río. ¡Y cómo! Lo miro desde lo alto y parece un animal tentacular, desmelenado y lleno de brío blanco; una criatura radiante que no perteneciese a ninguno de los órdenes de la naturaleza. Su pujanza excesiva y repentina es otra invitación a confiar ahora en la vida y en sus recodos imprevistos.


El detenimiento. Eso es lo que exige toda obra de creación. Siempre es preciso detenerse ante una escultura o una fotografía expuesta en un museo, ante un poema o ante un monumento que nos sale al paso. Se genera entonces un pacto distinto con el tiempo. Lo que exigía urgencia u obediencia al vértigo queda anulado en la ceremonia de suspensión que es entregar los sentidos, la conciencia y la memoria a lo que estamos contemplando o escuchando en absoluta soledad, al igual que ocurre con los procesos de meditación y con las experiencias religiosas (en nuestro mundo laico y descreído solemos entrar en las iglesias simplemente a eso: a detenernos). Por eso, el arte, la religión y la quietud están proscritos en un mundo donde la contemplación, el silencio o la oración son riesgos inaceptables contra la dictadura de la prisa y el ruido.



En la desapacible tarde de marzo, el piar desafiante de ese pájaro en la rama mondada del árbol solo está impugnando una y otra vez la desmesura del invierno.


El horizonte aparece cercado de nubes. Altocúmulos castellanatus. «Mañana lloverá». Ella lo dice con inapelable convicción, como debían de proclamar sus augurios los profetas antiguos. Al día siguiente llovió.


Escribir poesía. Agarrarse a las palabras como quien se agarra con todas las consecuencias a un cable pelado. Cosa de riesgo, operación donde se traspasan todas las protecciones para aguantar el calambre último del lenguaje.


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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