/ Mirar al retrovisor / Joan Santacana /
Que el proceso iniciado en Estados Unidos desde que Trump inició su mandato es similar, salvando distancias, al del acenso de Hitler a la cancillería del Reich es una evidencia y no se necesita detallar los pasos para quien conozca la historia. Entonces se demostró que el paso de una democracia avanzada como era la de la alemana República de Weimar a una dictadura nazi era relativamente fácil y rápida. Mucha gente en Europa no podía creer cómo la culta Alemania había elegido para canciller a un patán; muchos creían que no haría lo que había prometido, pero lo hizo: cumplió al pie de la letra sus promesas.
De todas las acciones políticas iniciadas por la actual administración norteamericana me fijaré solo en dos: las que afectan a los museos y las que afectan a las universidades. Puede que a algunos de ustedes les parezca esto anecdótico, pero les aseguro que no lo es. En 27 de marzo de 2025 Trump ha firmado una orden titulada Restoring Truth and Sanity to American History («Restaurar la verdad y la cordura en la historia de Estados Unidos»), que le permitirá hacer cambios en los grandes museos del país; el instrumento utilizado es la financiación de estos. Así, poderosas instituciones como la Smithsonian, con sus museos, se verán afectadas; deberán modificar su discurso, aceptando los dogmas de la nueva administración que no es necesario repetir aquí. Asimismo, J. D. Vance será el encargado de supervisar la aplicación de la orden presidencial ya que forma parte de la junta de regentes de la institución museística. Y en la Smithsonian hay museos que no gustan a los nuevos mandarines: así, por ejemplo, ¿qué le ocurrirá al Museo de Historia de la Mujer, el de las Culturas Afroamericanas o al Museo Americano de Arte, que se hallan en el mall de Washington? Todos ellos forman parte de la Smithsonian. Como puede intuirse, el control ideológico se extiende desde la alta política hasta las más recónditas células de la cultura, como son los museos.
Esto mismo está ocurriendo en las grandes universidades norteamericanas, de Harvard a la neoyorquina Columbia. Restricción de créditos, corte del grifo del dinero e introducción de un comisario en sus claustros para intervenir en las ideologías no deseadas por la nueva administración.
Cuando leo estas noticias y las contrasto con las de los años treinta y cuarenta en Alemania, la verdad es que no veo grandes diferencias entre las listas de autores (artistas, arquitectos, escultores, etcétera) llamados Gottbegnadeten, es decir «los que tienen inspiración divina», de los «degenerados» que elaboraban los políticos nazis con las listas que hoy elabora la nueva administración norteamericana. Releer hoy cómo Himmler se apoyó en personajes oscuros como Karl Maria Wiligut para dirigir el departamento de Prehistoria e Historia Arcaica es como contemplar el modelo actual que impone Trump; en el caso alemán se trataba de proporcionar cobertura científica al mito de la raza aria; en el caso americano se trata de la Gran América (refiriéndose, claro está, a la del Norte). Para lograr estos objetivos se removieron también cátedras universitarias, como Herman Wirth, que fue promovido a catedrático de la Universidad de Berlín. Desde aquel momento, numerosos historiadores se volcaron a legitimar la teoría racial y ello les condujo hasta la implementación de los campos de exterminio y los modelos anatómicos judíos de la universidad de Estrasburgo. Cierto que el racismo alemán afectaba a los judíos, pero no solo a ellos, mientras que el norteamericano tiene un amplio espectro que va desde los musulmanes hasta los africanos y quizás asiáticos, pero la raíz es la misma.
Cuando, después de la segunda guerra mundial, la gente se preguntaba cómo pudo haber sucedido lo que aconteció en Europa y las familias del lejano Oeste norteamericano contemplaban en las pantallas de sus recién estrenados televisores las atrocidades cometidas en Alemania, pensaban que los alemanes habían sido estúpidos por elegir a semejantes monstruos para dirigir el país; y con razón afirmaban que no era posible para un ciudadano del Tercer Reich desconocer lo que estaba ocurriendo. Hoy está ocurriendo exactamente lo mismo. Noventa años después del inicio del Holocausto en Europa, vuelve a ser útil releer las reflexiones sobre la ética de la ciencia que autores como Joan Manuel del Pozo sintetizaron en nuestro libro titulado Arqueología del Diablo: una aproximación a la ética de la ciencia, cuando para dar una respuesta a cómo y por qué pudo ocurrir entonces y cómo se vuelve a reproducir hoy el mismo mal, nos da las claves de aquel tiempo que siguen siendo válidas: la verdad despreciada, la ciencia manipulada y el auge del pensamiento totalitario. Léanlo, por favor. Cuando lo escribimos, nunca pensé que un análisis histórico sería hoy tan actual

Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.
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