Laberinto con vistas

El tiempo del sueño

Antonio Monterrubio escribe sobre la infancia, su paraíso perdido, los equívocos de su nostalgia del tiempo «sin preocupaciones, responsabilidades o temores, [donde] todo era nuevo y mágico».

/ Laberinto con vistas / Antonio Monterrubio /

Cuando el niño era niño
[…] quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente
y este charco fuera el mar.
[…] Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, con suerte, solo en ocasiones.
Imaginaba con claridad un paraíso
y ahora apenas puede intuirlo.
Nada podía pensar de la nada
y hoy se estremece ante ella.

(Peter Handke: «Cuando el niño era niño»)

La infancia es el prototipo de paraíso perdido, años de omnipotencia e inmortalidad en los que nada podía pasar y la existencia discurría como un largo río plácido y cantarín. Sin preocupaciones, responsabilidades o temores, todo era nuevo y mágico, se vibraba con la armonía del universo y la música de las esferas. Protegidos y mimados, nos manteníamos a salvo de los avatares del mundo.

Esta bucólica imagen tiene no poco de artificial. Lo que el adulto añora no es la niñez, sino su fantasma. Abrimos el baúl de los recuerdos y nos invade la nostalgia de los días alciónicos que se fueron para no retornar jamás. Evitamos visitar el doble fondo donde permanecen olvidados desengaños y sinsabores, agarrándonos a un mito ardiendo desmentido implacablemente por la realidad cotidiana. Que hay infancias globalmente felices es indudable, pero también las hay de lo más parecido a una temporada en el infierno. Y abundan las sencillamente soñadas. Tal vez lo que nosotros llamamos niño no es lo que ellos llaman así. 

Aptitudes y actitudes primigenias naufragan tempranamente entre los escollos de la vida adulta, y esa pérdida es irreparable. «¡Benditos seáis, sueños de la infancia, / me ocultabais la miseria de la vida! / Vosotros habéis engendrado los gérmenes del bien en mi alma, / me dabais los dones que ya nunca más conquistaré», exclama Hölderlin en su juvenil A la naturaleza. La intensidad de aquellos sentimientos y emociones se echa de menos en la edad madura. La cualidad más envidiable de la época genial es la curiosidad, esa capacidad de asombro, de maravillarse, que lleva a descubrir el mundo y todo cuanto contiene. Lugares, hechos y palabras brillan nuevos e impolutos, destinados a nosotros y solo a nosotros. Como la shakespeariana Miranda, musitamos: «O brave new world, that has such people in’t» (La tempestad).

Ese anhelo de novedad, ese afán de acceder a lo desconocido perdura en artistas y científicos. Quizás el genio sea la prolongación de la niñez por otros medios. El poder de sentirse deslumbrado ante la belleza del universo es una herencia bendita de aquel entonces. Conservar el espíritu lúdico en medio de nuestras tribulaciones es otra. El juego sin fin ya no es posible, pues la vida aprieta con sus exigencias insoslayables. Pero la persistencia de su ardiente deseo es una prueba irrefutable de dicha. Los restos de infancia son un salvoconducto en tiempos de oscuridad y silencio.

Cuando el niño era niño,
como alimento le bastaba una manzana y pan
y hoy sigue siendo así.
[…] En cada montaña ansiaba
la montaña más alta
y en cada ciudad ansiaba
una ciudad aún mayor
y aún sigue siendo así.
[…] Era tímido ante los extraños
y aún lo sigue siendo.
Esperaba la primera nieve
y aún la sigue esperando.
[…] Tiró una vara a modo de lanza contra el árbol
y aún hoy sigue ahí, vibrando.

La infancia es el reservorio de la felicidad, el reino del apego inquebrantable y la invulnerable seguridad. La miramos con indisimulada melancolía y regresamos mentalmente a sus espacios y horas en busca de no se sabe muy bien qué. Es la nostalgia de la edad de la inocencia, pero en especial la de un gozo que no requería reflexión ni autoengaño, que venía de serie con la propia vida. Y si su recuerdo despierta un cierto pesar, es porque se ha evaporado. Para muchos, es la edad de oro a la que poder huir recreándola con ayuda de las reminiscencias y, sobre todo, de la imaginación. Se asemeja al tiempo del sueño de los aborígenes australianos: se trata de un ciclo espiritual más real que la realidad misma, que discurre paralelamente a su cotidianeidad. La infancia añorada es un mundo de ensoñaciones donde se cumplen siempre todos los deseos.

A veces el paraíso perdido tiene menos de lo primero que de lo segundo. Uno de los peligros que rondan al niño es el de ser absorbido por un triángulo más temible que el de las Bermudas: el edípico. En contra de lo que sostiene el dogma psicoanalítico, este no es para todos los bolsillos. De marcado componente civilizatorio, habitacional y de clase, sus efectos pueden ser tremendamente corrosivos. En el guiñol familiar, presentamos al personaje del Padre. «El primer Paraíso, Odetta, era el del Padre. / Había una alianza de los sentidos en el hijo / […] / debida a la adoración de algo único». La ilusión pronto se desvanece y llega el desengaño. El Padre no es omnipotente, «el regazo de aquel Hombre / […] / se convirtió en un oscuro fondo de pantalones». Aparece en escena una nueva figura, llena de comprensión y amor: es la Madre. Pero la simbiosis con ella es de corta duración. «Y el Primer Padre nos expulsó también del segundo Paraíso. / Dos son pues los Paraísos que hemos perdido». Este planteamiento deja víctimas si los sujetos no son capaces de tomar su destino en sus propias manos. Porque «te has identificado con cada uno de ellos, / […] / ¿Qué debería valer más: tu identificación o tu ser?» (Pasolini: Teorema).

Hete aquí el núcleo duro del problema. Es necesario asaltar los cielos de las mayúsculas para traerlos a la humana dimensión de las minúsculas. Solo degradar sin cargo de conciencia al Padre a padre y a la Madre a madre permitirá al prisionero salir del atolladero. Lo demás es o quedarse dentro del triángulo, o seguir atado a él de por vida. El psicoanálisis postula como elementos básicos para la reducción del Complejo una fase de represión de la libido y la sublimación de la imagen paterna. Esto se traduciría en «dos instancias permanentes [del psiquismo]: la que reprime se llama superyó, la que sublima ideal del yo. Ambas representan la culminación de la crisis edípica» (Lacan: La familia). Si esto lleva a una socialización adecuada y a entablar vínculos emocionales robustos, bienvenido sea. No obstante, en ocasiones no pasar de ahí es abandonar toda esperanza de librarse de ser el vértice débil del triángulo isósceles.

¡Qué lejos estás, paraíso perfumado,
donde bajo el claro azul solo hay amor y alegría,
[…] donde en pura voluptuosidad el corazón se anega!
[…] Pero el verde paraíso de los amores infantiles,
las carreras, las canciones, los besos, los ramilletes,
los violines vibrando detrás de las colinas,
[…] el inocente paraíso, lleno de placeres furtivos.

(Baudelaire: Moesta et errabunda)

La capacidad de sentir en esos años primeros, su inmensa potencialidad de emocionar, se va diluyendo con rapidez. O no. Ninguna ley prohíbe conservar la pureza de alma del niño cuando se ama. Eso sí, quienes lo hacen asumen riesgos considerables, incluyendo el de toparse con una peligrosa asimetría. Ahora bien, su deleite será incomparablemente mayor que el de los amores cicateros, ávidos de establecer el balance de pros y contras. Las relaciones sometidas al escrutinio de la Oficina Internacional de Pesos y Medidas y pendientes de la libreta de ahorros no están hechas para ellos. Solamente entienden una estrategia: poner su corazón encima de la mesa, apostándolo todo en ese envite.

«Se estrecharon con fuerza en aquel momento brillante y portentoso, en la isla mágica donde el mundo estaba en calma […]. ¿Y quién dirá […] que podamos olvidar alguna vez la magia, o que podamos despreciar alguna vez, en esta tierra de plomo, el manzano, la canción, el oro? […] eran jóvenes y no podían morir. Esto perduraría».

(Wolfe: El ángel que nos mira).

Ese Paraíso queda grabado en la memoria del cuerpo. Puede que lo creamos lejano en el tiempo, sucedido casi en otra vida. A veces persiste solo el recuerdo, y aun eso ya es mucho. Otras, está al alcance de la mano, como para mí mientras escribo o quizás para ti que ahora me lees. Los amores de espíritu infantil nunca mueren. Son los más fieles paraísos, los únicos que permanecen, los verdaderos. «Almas cantarinas, noche tras noche, enlazadas en la brisa primaveral» (Ikkyū: Kyonshu).


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía de La verdad del cuentista (La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas) (Editorial Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Ediciones Trea, 2024), El serano (El Viejo Topo, revista de Ediciones de Intervención Cultural), La primavera y el titán (Marciano Sonoro Ediciones, 2024) y Antígona vive (una invitación a la tragedia ática). Publica textos en El Cuaderno digital, escribe artículos en el diario Nueva Tribuna y colabora con El Viejo Topo.


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