Texto leído por Antonio Ortega en la presentación de Pequeños relojes blancos, de Francisco Taboada, el 26 de febrero de 2025 en Enclave de libros (Madrid).
Porque sabe que el pensamiento es lenguaje, y por tanto la escritura y el pensamiento del poema solo pueden surgir del cuestionamiento de la lengua, del planteamiento recurrente de preguntas, que no de respuestas, pues ya sabemos que la certeza es el peor de los pecados, nace propia la escritura de Francisco Taboada. Y también por su manera propia de hacer patente el cuestionamiento de la identidad y de la linealidad del tiempo, de la busca de la posibilidad de los otros, de la incertidumbre del paso del tiempo y de los espacios múltiples de la existencia y de la memoria, de las contradicciones de la vida y de sus abandonos.
Francisco Taboada sabe que el tiempo sucede, y a ese suceso se enfrenta. Aunque, sin embargo, no sepamos cómo decir lo que es el tiempo. Agustín de Hipona lo intentó y dijo que «si no me preguntan lo que es el tiempo, lo sé; si me lo preguntan, no lo sé, pero mi alma arde porque quiere decirlo». (Libro XI de sus Confesiones). Y en ese querer decir se anuda la escritura de este libro que hoy presentamos. El tiempo que pasa es, entonces, un extraño acontecimiento que, como reconoce Agustín de Hipona, «viene de lo que aún no existe, pasa por lo que carece de espacio, y va hacia lo que ya no existe». Y si en ninguno de estos momentos se puede medir el tiempo, ni en lo que existe ni en lo que carece de espacio, entonces no es posible el paso del tiempo sino en el lenguaje del poema y en el espacio singular de los objetos, es decir, en un espacio propio donde conviven las cosas y el hombre, y donde la palabra es la encargada de establecer una relación entre ambos. Dice de nuevo Agustín de Hipona: «La sensación que en ti producen las cosas que pasan y que permanecen cuando han pasado, es lo que yo mido como presente. No mido las cosas que han pasado para causar esta sensación. Cuando mido el tiempo, mido esa sensación. Luego, o esta sensación es el tiempo o yo no puedo medir el tiempo». Y ahí, en esas sensaciones, están los poemas de Pequeños relojes blancos, en su política del tiempo.
El poema, como el lugar donde se produce la temporalidad esencial o, dicho de otro modo, como el único lugar donde se puede dar el tiempo humano. Un planteamiento que toma en consideración la experiencia existencial del tiempo, capaz de una doble valoración, pues si en algunos casos se percibe el tiempo como carencia o imperfección, finitud que ha de ser superada en otro tipo de realidad más plena, en otras ocasiones, por el contrario, se llega a considerar que el tiempo posibilita el despliegue y el movimiento de lo existente, su misma actividad, su naturaleza abierta y móvil. Cuando un poeta se enfrenta con el tiempo, no se trata de afirmar ni de negar, sino de volver a preguntar, de establecer preguntas, querer saber qué pregunta nos plantea el volver a pensar el tiempo. Esto es, cuál es la pregunta que vuelve a hacer el tiempo. O, dicho de otro modo, qué pregunta es ahora el tiempo. Si la existencia no puede darse si no es como temporalidad, entonces la pregunta acerca del tiempo se nos perfila como la misma pregunta sobre y por el sentido de la existencia, pero de una existencia que no tiene nunca asegurado su sentido, porque se vuelve de nuevo interrogación, porque siendo tiempo, en cada instante se despliega de nuevo. La vida entre paréntesis, como así dice y muestra el poema que cierra este libro y recorrido por la escritura de estos poemas.

Francisco Taboada
Dilema, 2024
122 páginas
10 €
Texto de presentación leído por Francisco Taboada el 26 de febrero de 2025 en Enclave de Libros (Madrid).
Este libro viene después de la trilogía poética titulada Animal vestido de conocimiento, compuesta por Palabras dactilares, Frontera de carne y Nunca llegaré al horizonte, que me ocupó una década larga. Yo la resumía con la metáfora del Pantano, un lugar donde se forjan las ideas en las que hago pie, un breve instante, ya que apenas son formuladas comienzo a hundirme y debo dar el siguiente paso y buscar una idea nueva que me sustente. Es una sensación intensa y angustiosa que me acompañó durante mucho tiempo. Estos tres libros seguían mi trayectoria vital: primero yo salía de un penoso enclaustramiento de años, luego cruzaba por un laberinto de sentimientos confusos y al final desembocaba en la realidad de los demás, en la lengua común. El camino, por lo tanto, conducía a un encuentro humano. Y también al acatamiento resignado de que la herramienta de que dispongo para expresarme no me pertenece, es heredada, y a la vez que utilizo la lengua debo cuestionarla, llevarla al límite, buscar nuevas posibilidades. De eso trata la poesía, creo yo. Y, como es inagotable, con cada libro se multiplican los interrogantes.
En cierto modo, cuando llegué a Pequeños relojes blancos estaba bastante cansado de mí mismo y lo único que quería era huir del solipsismo autoflagelante. Comenzar a buscar la maravilla de lo cotidiano, porque la escucha y la atención a la vida son muy gratificantes, porque hay alegría en el pensamiento. Digamos que después de construir el Ego, un ego torturado, tocaba la siguiente fase: destruirlo. El único problema era perder el control y quedarme sin sujeto. Como dice Maite Larrauri en Anarqueología, «la formación del sujeto consiste en la configuración de un lugar a partir del cual se puede sostener el discurso». La búsqueda de ese lugar concreto, sólido, tan diferente del Pantano anterior, pero con una menor implicación personal directa, sería por tanto el objetivo del poemario. Deseché todos los poemas que escribí después de la trilogía en los que aparecía yo, al menos ese yo impertinente que buscaba el protagonismo. También incluí en el libro ese proceso de apartamiento. Solo me faltaba escoger un tema lo suficientemente amplio, o apabullante, para así mantenerme centrado. Nada mejor que el Tiempo. Sustituir mi angustia vital por la angustia temporal que aqueja a todos los seres humanos, y más a los que ya hemos cumplido años suficientes para ver que «la cola hacia el abismo es cada vez más corta», como digo en un poema del libro.
Pequeños relojes blancos, como es mi costumbre, toma su título de un verso del libro anterior, ya que cada nuevo poemario surge para responder al precedente, o, más en concreto, para ampliar las preguntas que se formularon en él. Como en este poemario todo gira alrededor del tiempo, se plantean diferentes preguntas lógicas: ¿Qué hago en el tiempo? ¿Por qué tengo desde siempre la sensación de que el tiempo se me escurre entre los dedos? Y, sobre todo, ¿escribo poesía porque creo que es algo que me ocurre al margen del tiempo, que detiene mi tiempo? Muchos autores afirman que la poesía rompe el curso del tiempo y Paul Ricoeur, en Tiempo y narración, llega a decir que la escritura se hace verdaderamente humana cuando se articula en modo poético. En otras palabras, lo que yo intento en este libro es que los poemas le den cuerda al tiempo, a su propio tiempo.
A diferencia de mis poemarios anteriores, este es un libro muy abierto, más narrativo, en tres de sus cuatro partes y, para contrastar, su parte final es más oscura, más hermética. El estilo es el mismo de mi poesía anterior, de tipo esencialista, intimista, con escasa presencia de la realidad exterior. Con un pensamiento filosófico flexible, nada académico, centrado en las posibilidades de la lengua para esclarecer, más que resolver o responder, las preguntas que se van planteando según avanza el libro. A fin de cuentas, girar alrededor del tiempo es casi un juego de palabras. Un juego circular que se muerde la cola. De entrada, el poema que da título al libro parece aportar algunas pistas y añadir algunos interrogantes. Es este:
Si aquí al menos estuviera yo
aparte de lo indeciso
la idea titubeante
lo callado que reclama
pero no hay cura para mí
aquí
solo viento simulado
que arrastra
a ráfagas cortas
pequeños relojes blancos.
Este poema refleja claramente un desengaño, como lo era todo el libro anterior (Nunca llegaré al horizonte), porque a mí la poesía no me sirve de consuelo y, aunque me proyecte en ella, hay al escribir un evidente extrañamiento, me alejo de mí mismo, intento en la medida de lo posible verme desde fuera. «No hay cura para mí aquí»…
Lo que sí hace este poema es conectar lo onírico y lo simbólico. Esos pequeños relojes blancos, sin manecillas ni números, tienen forma de registradores de tiempo, pero no lo registran: solo son conceptos arrastrados por un viento que ni tan siquiera existe. Un viento simulado. De hecho, el primer título de este libro fue Simulacro. En el sentido que le da Baudrillard, de reemplazar la realidad por su representación, como si la realidad no fuera necesaria. Por eso en todo el libro voy creando un escenario con las condiciones necesarias para que se desarrollen los poemas y hagan su aportación. A diferencia de la trilogía anterior, basada más en la improvisación, en los poemas crudos que pasan casi íntegros, que sobreviven dentro del conjunto, en Pequeños relojes blancos hay mucho trabajo de montaje, de mezcla, es mucho más frío. En algunos momentos puede resultar duro, implacable. Como si las palabras hubieran llegado a este libro heridas, machacadas, incluso agotadas y sin ganas de hacer concesiones. Puede que no fueran las mejores condiciones para abordar algo tan resbaladizo como el tiempo…
Lo expresa con más claridad Cioran, en su libro La caída en el tiempo: «Inútil intentar asirme a los segundos, los segundos se escapan: no hay uno que no me sea hostil, que no me rechace y haga patente su negación a exponerse conmigo. Inabordables todos, uno tras otro proclaman mi soledad y mi derrota». Quizá por eso, el libro comienza con una cita de Jim Harrison, en Regreso a la tierra: «No se le puede decir nada al tiempo, porque nunca ha querido saber nada de nosotros simplemente pasa dejándonos abandonados». De manera que el tiempo, en este libro, no es un interlocutor. No se dialoga con él. Se lo trata con despecho, sin ningún respeto, o sea, con el miedo que corresponde.
El poemario se divide en cuatro partes, que se correspondencon cuatro tiempos: El personal, el colectivo, la vejez y las voces del futuro.
Primera parte: INSTANTE
Se compone de 29 poemas, es la más larga del libro, y refleja ese estado de soledad y derrota, el punto de partida que engarza con los libros anteriores. El que habla, el yo poético, es un yo despersonalizado, o que busca deliberadamente la despersonalización: el alejamiento suficiente para que la palabra no quede lastrada por tener que expresar mis sentimientos, para que se universalice y tenga más peso. Como si tuviera la impresión de que mi poesía anterior, de tanta introspección, hubiera dejado a la palabra exhausta, hubiera calcinado el pensamiento. Una sensación de extrañamiento, igual que cuando repites demasiado una palabra y entonces pierde el sentido. Eso me hace buscar de nuevo la voz perdida en el proceso. Me sitúo así en los primeros versos de Matar a Platón, de Chantal Maillard: «Un hombre es aplastado / en este instante / ahora». Y, como ella dice, el poema puede sugerir ese instante, y en ese instante está el universo entero. Eso es demasiado para mí, siempre he tenido problemas con el instante… Quizá por ello, estos poemas son tristes, pero con un punto de dramatismo impostado, lo que antes llamaba el Simulacro. Que sea un simulacro me protege, funciona como una coraza. Más que retratarme, lo que me interesa es reflejar o desvelar lo humano que hay en mí. Ese dolor que experimento como propio pero que es el dolor de todos. Sin embargo, no debo de tener una buena impresión de lo humano, ya que lo proyectado es ligeramente depresivo, constructivamente depresivo, espero, al modo de Cioran.
Porque la ventaja y la desventaja de hablar del instante, de lo inmediato de un modo literal, es que uno queda totalmente expuesto. Al descubierto. En el instante se actúa por instinto, no hay tiempo para reflexionar, hay que confiar en que uno estará preparado y no fallará. El instante es una prueba. Y una trampa. Un examen concluyente. Sabes cómo eres por tu modo de actuar en cada instante. Y, si el resultado no es satisfactorio, se busca explicación o justificación en el pasado. Se huye hacia el pasado. Pero la memoria no es fiable, está falseada para acomodarla a nuestras necesidades, para mantenernos equilibrados. No hay huida posible. Vivir es vivir el instante, y aceptar las consecuencias… en el instante siguiente. La naturaleza nos ha arrojado al tiempo, desnudos, y para cubrirnos solo tenemos pensamientos torpes, confusión, harapos cosidos apresuradamente. Cuando la poesía habla del instante, no contiene la profusión abierta de la vida sino la contundencia cerrada de la muerte: es árida, despojada, como si de los cuerpos, de las cosas y del todo solo quedara su sombra, una sombra que ha olvidado de dónde procede.
En este primer bloque de poemas, se parte de una caída, una caída que afecta al todo: personas, animales, objetos… Ya que, para avanzar en la vida, para efectuar el movimiento necesario que pone en marcha el tiempo y provoca un cambio, es inevitable una lucha constante con la realidad, con el mundo: solo así el individuo confirma su singularidad. Ser uno mismo, existir, es vencer a la nada, pero el precio a pagar por la victoria es la vida misma. Esta paradoja se puede afrontar desde la ansiedad, la angustia y el desequilibrio, o bien eludir cualquier enfrentamiento con uno mismo asentándose en la duda. El estado dudante permite mantener la lucidez, no caer en el espejismo de las apariencias, que el yo no naufrague en las certezas.
Después de la caída, sin certezas que aprisionen, es fácil acabar en la indiferencia y concebir la realidad como una condena. Esconderte entonces en tu propio interior y utilizar el conocimiento como mecanismo de compensación. La soledad es el riesgo, o la recompensa, eso depende de la disposición de cada cual. (Por cierto, ya no utilizamos apenas la palabra solitud, soledad positiva, como nos recuerda Juan Gómez Bárcena en su último libro, Mapa de soledades, y eso significa que la sociedad no desea personas solas pensando por su cuenta, y, como precaución, anula esa posibilidad borrándola del diccionario por obsoleta). Lo gregario se ha impuesto y estar sin los demás se nos presenta como un padecimiento que lleva al desequilibrio. Como consecuencia de todo esto, el elemento que nos une, la lengua, se puede convertir en una jaula para el pensamiento. Entonces, la palabra esclava termina convertida en grito. Los poemas de esta primera parte intentan matizar el grito para sanar el instante. Buscan desesperadamente una tregua. Un tiempo muerto, un receso, un paréntesis, que todo se detenga para poder pensar con más calma. Como muestra, dos poemas:
He intentado dibujar
con precisión caligráfica
el plano de lo perdido
un mapa de las ausencias
detalle a detalle
circunstancia a circunstancia
buscando mis ubicaciones
dónde fui y dejé de ser
dónde enterré mis sucesivos
esqueletos, carne de mí,
cuerpos abandonados
creencias extintas
amor caducado
en fin, todos los finales
y después de mirar esas derrotas
he visto mi cara y su mirada
estos ojos, las arrugas, el gesto
amargo del tiempo transcurrido,
de la existencia que se consume
en sí misma, y qué breve,
qué breve ha sido la caída
escueto el paso, insignificante
la trayectoria, nulo del todo
el valor de lo cogido y lo dejado,
inútil el transcurrir, baldío
el paisaje, el territorio desierto,
mi plano casi en blanco, un mapa
cuyas débiles líneas
se borran al mirarlo.
No puedo olvidar que me miro
me contemplo desde una distancia corta
me reconozco por el hábito de verme
y me extraño por la incertidumbre
que contiene el aliento de cada instante.
Me agobia sentirme tan próximo
con los ojos atentos en lo que hago
preparado para seguirme, obedecerme
y a la vez rebelado, insumiso
dispuesto a que una sorpresa me transforme.
Me pesa esta cadena recibida
la mano que sujeta la correa
lanzar la piedra y recogerla
ladrarme para correr, morderme
y refrenarme, y estarme quieto.
No hay paz alguna, no estoy contento,
la tensión de tenerme encima siempre
no dejarme tranquilo y a mi antojo
hacer tribunal de cada gesto:
ser reo, testigo, juez, y parte.
Segunda parte: MOMENTUM
He titulado así, en latín, la segunda parte del libro, porque los romanos dividían cada hora en 40 momentos. Un momento es por lo tanto minuto y medio. Etimológicamente momentum viene de movere y movimentum, y es una palabra que también se usa en física (significa masa x velocidad) y en el ámbito financiero para referirse al indicador bursátil que mide la velocidad de variación de los precios: tasa de crecimiento y ritmo de variación. Me interesaba esta última acepción porque asocio demasiado la sociedad actual con la economía, economía en el sentido más siniestro. Otro sinónimo habitual de momentum es «impulso». Se supone que un momento, al durar más que un instante, permite una cierta reflexión, no es solo instinto, pero la realidad nos demuestra que más tiempo incrementa la posibilidad de cometer más errores, y además a conciencia. Esta segunda parte es, por lo tanto, la más crítica del libro, crítica también de crisis a todos los niveles. Quizá porque ese encuentro tan deseado con los demás, como dice Antonio Méndez Rubio, hoy en día ha cambiado mucho, se da desde casa, es virtual, «y cada vez nos falta más la gente, la gente real… por el tema de la falta de aire, la falta de espacio, la falta de tiempo… Una especie de pobreza o precariedad que se está volviendo constitutiva». De este modo, el encuentro con los demás últimamente decepciona, se pierde naturalidad. Lo mismo pasa con la lengua, que suena a eco de sí misma, a lengua desvirtuada.
Esta segunda parte se centra en el tiempo colectivo, común, algo que hoy en día los sociólogos califican como frenético, comparándolo con el pasado. Parece ser que el siglo XXI, influido por la tecnología e internet, ha provocado una aceleración del tiempo con desastrosas consecuencias, que se puede resumir en la falta de un correcto afianzamiento de las ideas. Cada vez dedicamos más tiempo a desmentir mentiras, nos cuesta pensar, y si nos preguntan nuestra opinión sobre cualquier tema es fácil que respondamos por negativas: sabemos mejor lo que no pensamos que lo que pensamos. Algo va mal. Da la sensación de que la realidad está a punto de venirse abajo en cualquier momento.
Giorgio Agamben define al ser humano contemporáneo como Inactual, en el sentido de que no coincide a la perfección con el tiempo que le ha tocado vivir. No encaja. Es capaz de percibir y sentir el mundo, pero de un modo asincrónico. Es decir, que estamos pero no estamos. Y quedamos raros, extraños, como cuando en una película no coincide el movimiento de los labios con la palabra escuchada.
Los poemas de esta segunda parte hablan por tanto de la prisa. Del pensamiento humano bloqueado, pensamiento en barbecho y con riesgo de que no haya nueva plantación ni nueva cosecha. De una vida tergiversada hasta resultar irreconocible. Donde no se avanza mucho más allá del deseo. No hay continuidad. Todo nace y muere casi en el mismo gesto. Hasta los objetos sufren las consecuencias de esta falsa vida, la vida acelerada. Ya hay todo un movimiento a nivel global para recuperar objetos, para no tirarlo todo a la basura de inmediato, para que las cosas duren más, y no solo es por ecología sino por nostalgia: sin nuestros objetos estaremos todavía más solos. Es triste que las fotos de la realidad tengan más importancia que la realidad. Baudrillard, de nuevo, ahora con aire profético. Thomas Bernhard, que consideraba la fotografía, el cine, la televisión, como engendros que perjudicaban la comunicación humana, se escandalizaría viendo lo que la Imagen está haciendo con la sociedad.
Las palabras se esconden, las palabras renuncian a esforzarse. Hay demasiada luz, falta el contraste de la sombra. Todo es tan plano que nuestra existencia se puede reducir a una secuencia muy corta de números: nuestra contraseña y poco más. En esta segunda parte, los poemas huyen hacia el mar, hacia el origen, acorralados por la vida impaciente. Y ya se intuye que el amor, quizá, forme parte del remedio, de la solución. Se ve el amor al final del túnel. Tres poemas:
Nada fragua en este tiempo veloz
que va quemando los actos
uno a uno
cada gesto va trazando su intención
apenas
pero es sobrepasado
anulado en el inicio
se pierde se difumina
solo queda el ánimo de iniciar
dejar huella en el barro
provisional
durante la tormenta
verlo aplastado por los segundos
como gotas
inmisericordes:
ya pasó ya se fue
no queda ni la carne
ni el esqueleto.
Va trenzando la memoria el simulacro
guardando una versión ocasional
lo paralizado en curso
que añade ceniza al hueso.
Se conforma con el fragmento
lo parcial, el recorte, la migaja,
un solo dedo de la huella torpe.
Le empuja siempre lo inmediato
el instante exprimido hasta la hez
hasta el ácido amargo del pellejo.
Nada debe pasar ni extraviarse
nada sin palpar ni oler ni
dejar de ver ni saborear ni
oír, nada debe escaparse del
momento. Nada para el después.
Como seres instantáneos
frotamos nuestros cuerpos
para hacer fuego
y mitigar los temblores
todo movimiento y pájaro
con las manos abiertas
apresando el aire
¡nos esperan tantos besos en los recodos!
te siento como entraña, amor.
Tercera parte: RESIDENCIA
El tiempo a veces actúa de un modo cuántico y conecta mágicamente dos momentos de tu propia historia de manera que parece que han sucedido y están sucediendo a la vez. Recuerdo que mi primer contacto con el tiempo, como concepto, ocurrió cuando era muy pequeño, tanto que todavía no podía ir a la escuela, adonde sí iba mi hermana, dos años mayor, y la echaba tanto de menos que me pasaba la tarde mirando el reloj de agujas fosforescentes esperando que ella regresara de la escuela. Entonces le preguntaba a mi madre: «¿Cuándo?». Y ella me señalaba la aguja grande y me decía: «Cuando llegue aquí». Si no pestañeaba y me concentraba podía ver el lento desplazamiento de la aguja del minutero, y también volverme loco con el sonido del segundero. Tiempo y espera, para mí, surgieron como sinónimos.
Medio siglo más tarde, iba a la residencia a pasear en la silla de ruedas a mi suegra. Cuando hacía buen tiempo salíamos al exterior, pero cuando hacía malo dábamos vueltas y más vueltas por la planta baja, esquivando columnas, cruzando por la sala de la tele, por recepción, por pasillos largos con luces que nos encendíamos y apagábamos los unos a los otros. Parecíamos almas en pena, pero había que pasar la tarde, matar la tarde, hasta la hora de la cena. Muchos de nuestros familiares tenían demencia senil o alzhéimer, estaban anclados en la nada antes de la nada, y el tiempo era para ellos una larga espera sin sentido. «Animales, mucho silencio / animales de la ida y animales de la espera», como dice Eduardo Milán en El poema estaba.
El reloj de mi infancia y los giros interminables en planta baja de la residencia eran una misma cosa que parecía suceder al mismo tiempo. El primero, la espera antes de empezar a vivir, el segundo, la espera ante la muerte, inminente para ellos y como un temblor para nosotros. Esto coincide con el concepto de tiempo de Bergson, ya que su filosofía coexistió con el inicio de la física cuántica. Para mí siempre ha tenido un toque humorístico su definición de tiempo: «Es aquello que impide que las cosas se nos den de un solo golpe». Según él, pasado-presente y futuro son parte de una sola temporalidad que se expresa en el presente. Lo que más me gusta del tiempo de Bergson, e influyó mucho en esta tercera parte del libro, es que para él el ser humano dura porque elabora sin cesar lo nuevo y porque no hay elaboración sin búsqueda, ni búsqueda sin titubeo. El tiempo es precisamente esta búsqueda, cargada de dudas, de espera, de arrepentimiento, de duelo y de melancolía, a las que Bergson llama los afectos. La capacidad de las cosas para afectar y ser afectadas.
Yo me siento, siempre me he sentido, espectador en el tiempo. Espectador expectante, espectador que espera, apenas interventor. Por eso, a la hora de hablar de la vejez, los poemas de esta tercera parte del libro han huido hacia el amor para reivindicar la ternura de lo inmediato. De todos los años de cuidados y de la residencia misma lo único que saqué en claro es que las cenizas del amor sostenían los días. Los ancianos porque se iban y nosotros porque estábamos empeñados en que nunca estuvieran solos, aunque no se dieran cuenta de nada. El contacto de las pieles nos parecía suficiente, quemábamos amor para que todo estuviera iluminado. Nunca he visto un despliegue de cariño semejante al que había en la residencia. La proximidad es una esperanza. Una manera mejor de esperar.
Casi todos los poemas de amor del libro están en esta tercera parte, y los he readaptado a la vejez, para que el amor crepuscular sirva de contraste con una etapa que a menudo se asocia con la soledad y el abandono. La vida y sus fatigas… caricias sin argumento… pasos cansados… pequeñas cosas… la rosa que tú me diste, que era lo único que decía aquella buena mujer con los ojos iluminados, y nos hacía sonreír… El amor como ave fénix. Leeré ahora tres poemas:
De pronto la vejez
aluvión de carne
que se va escurriendo
cuerpo abajo
y deja estrías
como cauces
hacia la tierra,
mar oscuro
que abre la espera
bajo los pies
con olor de aliento
gastado
que surge
de un interior
en retroceso,
uva pasa fermentada
que ha eludido
la cosecha
y qué decir de la piel
dormida
al aire y la caricia,
cuero blando
de color otoño,
ajada, quebradiza,
como idea ya
olvidada.
Y todos estos kilómetros de piel
que tienes extendidos sobre
tu incógnita,
y las yemas lentas de mis dedos
que vagan sin rumbo por
ese territorio extenso
buscando vibraciones,
y el terremoto la ondulación
la súbita vuelta de cara
de espalda de frente de costado
hasta el suspiro que se
entrecorta,
y esta palma al completo
que entonces coge, sujeta,
alza, pronuncia con fijeza
tu nombre,
y todas las palabras de rocío
que iluminan la penumbra
cayendo como en marzo,
de pronto, la primavera.
De tanto mirarlas ya no las ve
consumidas por la presencia,
la lámpara fundida con el techo
el jarrón con la pared, la silla
con la ropa que cuelga, la ventana,
esa única ventana, propiedad
del cielo mitigado por la cortina
cuántas veces suplican sus cejas
elevadas, sus ojos saltones, que
alguien descorra la cortina
pero nadie la entiende
pasan las horas entre manos
atentas que la giran en la cama
le cambian las sábanas, limpian
su cuerpo desfallecido, insertan
comida en su garganta con una
enorme jeringuilla de puré de verduras
y los días, las semanas, un domingo
alguien trajo una flor verdadera
que al menos se va marchitando
ilusiona verla morir poco a poco
pétalo a pétalo cae sobre la mesita
de noche, de día, de noche, de día
hasta que la retiran y vuelven
a repetirse los objetos insistentes
mira mis ojos, mira mis cejas
las manos crispadas, corre la cortina para
que el cielo corra, el cielo, el cielo
¡el cielo en la ventana!
Cuarta parte: BIFURCACIONES
En El mono gramático Octavio Paz, hablando sobre nuevos derroteros para la escritura, dice: «Ese camino es también un lenguaje que se bifurca sin cesar y que no va a ninguna parte, salvo al encuentro consigo mismo. Un lenguaje que se busca y que se pierde, se interroga y se afirma. Se hace, se deshace y vuelve al punto de partida».
También se bifurcan los senderos en Borges.
También los caminos en El camino no elegido de Robert Frost.
Yo creo que si un libro de poemas funciona de verdad, crea un pequeño idiolecto, una lengua propia encerrada entre sus páginas. A Pequeños relojes blancos le faltaba una parte con un lenguaje más emocional y sintético, menos dependiente del significado. Esa era la tregua que yo estaba buscando. Poemas más libres que justifican su existencia solo siendo, perfilando una realidad paralela, con su propio ritmo y su sentir. Teniendo cuidado de que el sentido no se convierta en una jaula. Como ya dije al principio, porque cada libro tiene que formular una cantidad de preguntas que intenta, sin conseguirlo, responder el libro siguiente. En esta cuarta parte es donde se formulan las preguntas más inquietantes, las que luego han dictado mis próximos libros de poesía. La voz que hasta aquí ha hablado tanto, tiene ahora que escuchar el eco de las otras voces humanas para tener esperanza. Tiene que bifurcarse, buscar nuevos caminos, nuevas pérdidas.
Casi todos los epígrafes, las citas de otros autores, se encuentran en esta última parte: Luis Santana, Pilar Adón, Pedro Provencio, Anne Michaels, David Foenkinos, Anne Carson, Ricardo Menéndez Salmón, poetas y narradores que me han acompañado durante la redacción de este poemario y, sobre todo, que me han indicado nuevas posibilidades, otras tentativas que permiten que la voz poética quiera, necesite, seguir hablando. Porque ser, ante todo, lector, como diría Barthes, es la manera idónea de abrir el apetito de escribir. Y ha funcionado, ya hay varios libros de poesía, en fase de montaje, después de este. Porque a veces, para mirar bien, hay que mirar a través de los ojos de otros autores. Si «Vivir / es una huella», como dice Ada Salas, y esa huella es la rodada del camino, leer te permite salirte de tu huella, quizá flotando un poco por encima. «Dame la sed», dice Ada Salas, «Dame, no respirar // Para siempre renuncio a la certeza».
También, por supuesto, en esta cuarta parte hay un deseo claro de concluir, aunque sea aventurando respuestas a preguntas no formuladas todavía. Le debo, por ejemplo, a Menéndez Salmón la expresión que él utiliza en Homo Lubitz, «reloj de carne», porque me parece muy sugerente en un poemario centrado en el tiempo encontrar el concepto de tiempo orgánico, algo tan integrado en la persona que ilustra la idea de Heidegger, en Ser y tiempo, y su ser-en-el-tiempo sería un ser de puro tiempo, que en imágenes sería una calle con personas caminando con relojes por cabeza, relojes diferentes, estrafalarios, disparatados, incluso divertidos e irónicos.
Le debo a Anne Carson, después de haber mencionado yo en este libro a los objetos como seres extraños, y afirmar que «no entiendo el lenguaje extranjero de las cosas», su visión animista de una casa durmiendo, y desde que lo leí imagino con frecuencia a las vigas de mi casa roncando en armonía con mis ronquidos.
Y a Luis Santana le debo haber encontrado en su poesía tuétano una nueva forma de expresión, y a Anne Michaels por resumir a la perfección todas mis tentativas cuando en Piezas en fuga pregunta: «¿Cuál es el verdadero valor del conocimiento?». Y responde: «Que hace que nuestra ignorancia sea más precisa». Para despedirme, leeré dos poemas:
Alumbra el camino la pestaña
adherida al párpado amanece
retiene perfiles y formas
ilumina lo perplejo, dice
y nombra
se abre a lo que incurre
a lo que atraviesa
desafía y trastorna
deja hilo de araña
acero frágil, sendero.
Corta cuando cae, matiza
marca la línea de su sombra
establece el contorno del miedo
por el asombro habla, retuerce
enfoca y desenfoca, se ofrece
acaricia y ciega, sabe también callar
pero siempre estremece
cuida, desgarra, canta, sin tono
aquellos gritos ancestrales.
(Justo aquí, en el interior
de este paréntesis,
todas las voces que han sonado
a lo largo del tiempo largo
permanecen suspendidas en el aire
son aire
y cuando respiras penetran en
tu mente y la oxigenan
la nutren y generan pensamientos que,
si son pronunciados,
quedan a su vez vagando a la espera
de que alguien inspire con fuerza
y se los incorpore
los matice en su interior y
los devuelva modificados
casi iguales pero propios
personales. Suyos, tuyos,
nuestros. Aprovecha.
Di algo.)
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