Arte

La voz hilada: sobre el arte textil como forma poética

Paula Doce recuerda que «textus» significa en latín «tejido» y los vasos comunicantes entre el arte textil y textual antes de ocuparse de la obra de la artista Louise Bourgeois.

/ por Paula Doce /

Fotografía destacada: Maman, de Louise Bourgeois

Es conocida la razón por la cual, de acuerdo con el mito antiguo, las arañas elaboran sus propios hilos y telares. Ovidio nos cuenta cómo la tejedora Aracne, tras retar a la sabia Atenea y elaborar su tapiz más hermoso, cayó víctima de los celos de la diosa, quien decidió transformarla en araña. Menos conocido quizá sea otro episodio en las Metamorfosis que también involucra el arte textil. Filomela, hija del rey de Atenas, es violada por el marido de su hermana Procne, Tereo. Este, después de su abuso, decide encerrar a Filomela en una caverna y cortarle la lengua para evitar que se lo cuente a su esposa. Aislada y sola, Filomela decide vengarse de su abusador elaborando un tapiz con hilo púrpura en donde narra lo sucedido con la esperanza de que Procne algún día pueda encontrarlo y descubrir la verdad. Tras una serie de hechos terribles, los tres personajes son transformados en aves: Tereo se convierte en abubilla, Procne en golondrina y Filomela en ruiseñor, el pájaro que, como bien nos recuerda Keats, se convertirá desde ese momento en símbolo de la poesía. Filomela, transformada en ruiseñor, se alza con el despertar de la primavera y sobrevuela los campos entonando un canto que recuerda el dolor al que fue condenada. Aunque su metamorfosis le restituye la voz, permitiéndola liberarse de un cuerpo marcado por los signos de la violencia, su canto es un recordatorio constante de su herida, supone la imposibilidad de olvidar.

En el mito ovidiano, poesía y arte textil aparecen unidos como formas narrativas que se complementan: tanto el canto como el tapiz están al servicio de la historia de Filomela, de su venganza, pero también de su sanación, de la restitución de su integridad. ¿Qué nos quiere decir esta relación que establece el mito entre la mudez y el canto? La poesía como oficio de la atención, ejercicio que depara en lo inaprensible, a menudo viene a señalar aquello que, pequeño y fugaz, permanece en el reino de lo silente y, por lo tanto, de lo innombrable. El poema, en su curiosidad, bautiza y constituye, otorga un nombre y una entidad a lo que, de otra manera, escaparía a nuestra vista. Filomela representa ese deseo poético de vencer el mutismo a través de la escritura y de la costura, actividades unidas por su origen etimológico: se sabe que textus, palabra que da lugar a texto, significa en latín «tejer» o «tejido». El arte textual, así como el textil, enhebra y entrelaza. Estas no son artes de la adición, sino de la generación: los materiales de los que se dispone al inicio son aquellos que darán forma a lo sucesivo, el origen está en lo precedente. De esta forma, el resultado es una composición cohesionada, y, asimismo, frágil: el desplazamiento de uno de sus elementos —palabra, hilo— podría vulnerar la entereza del conjunto.

La artista Louise Bourgeois, sin duda conocedora de la tradición mitológica, tituló Maman (1999) a su gran escultura de bronce con forma de araña. Se trata de una alusión concreta a su propia madre, costurera de profesión, y, con ella, Bourgeois representa la complejidad y ambivalencia de las relaciones maternofiliales: la madre protege, abriga, cobija, pero también amenaza, hiere. En su último proyecto, The woven child [La niña tejida, 2022], Bourgeois recupera el armario de su infancia, las piezas de ropa que portaron ella y su familia, y les otorga una nueva función en su proceso creativo. Rasga y deshilacha las telas, utilizando los pedazos restantes como revestimiento para sus esculturas, también elaboradas con materiales blandos, como si fueran peluches. Pese a su aparente suavidad y ternura, las esculturas de The woven child suscitan en el espectador esa sensación ambigua que le hace oscilar entre la serenidad y la aprensión, entre lo que resulta familiar y siniestro al mismo tiempo. Lo blando, vinculado a los acompañantes de la infancia, se erige como símbolo de la protección y la ternura; sin embargo, en la obra de Bourgeois, contrasta con el carácter ominoso de sus esculturas: los cuerpos «de peluche» aparecen desmembrados, desprovistos de movimiento o agencia, y sus rostros evocan tanto dolor como enajenación. Llama especialmente la atención un busto (Untitled, 1998) cuyo revestimiento no ha sido completado, dejando así relucir tras los parches de tela rosa el interior de su rostro, el material que conforma su cuerpo. Su gestualidad muda es elocuente: dice la vulnerabilidad del cuerpo, la herida fundamental que precede a la existencia.

En más de una ocasión, la propia Bourgeois afirmó que su trabajo artístico encontraba su origen en su infancia traumática: como dirá ella misma, «it is really the anger that makes me work» [«es la ira lo que me hace trabajar»]. Al igual que Filomela, Bourgeois utiliza el tejido para narrar su historia. Deshilachando y reutilizando las telas de su infancia, la artista por un lado toma distancia, rompe con su pasado, y, por otro, no se permite nunca olvidar. Los vestidos, aquello que constituye el fundamento material de su creación artística y, por lo tanto, de su proceso de individuación, pertenecen al lugar de la herida. Deshaciendo las telas de su infancia, Bourgeois reelabora con ellas el edificio de su memoria, de la misma forma que Filomela adopta una nueva forma para desasirse de su cuerpo dañado. The woven child es el canto agridulce del ruiseñor, reparador, pero sentenciador al mismo tiempo. Asimismo, mediante la costura, Bourgeois se presenta como su Maman: la araña referencia su propio ejercicio creativo y con ella homenajea y, al mismo tiempo, se venga de la figura materna. La actividad artística le permite erigirse como creadora y, también, matriz de su propia identidad: coser es la re-unión, fusión con el origen de sí misma. Por otra parte, la fragilidad de sus creaciones, las cuales dejan a la vista sus costuras y cuya materialidad las expone al daño y a la desfiguración, dan cuenta de la naturaleza vulnerable y cambiante del cuerpo humano: también a ellas les está destinada la metamorfosis. De esta forma, vida y actividad creativa aparecen unidas por el siguiente motto de Bourgeois: «I do, I undo, I redo» [Hago, deshago, rehago]. La realidad que viene a salvar el poema del silencio es aquí hilvanada, sostenida en la raigambre del arte textil.


Paula Doce González (Oxford, Reino Unido, 1999) es graduada en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Ha ampliado su formación en Estados Unidos e Italia y actualmente realiza estudios de posgrado en la Universidad de Cambridge. Sus intereses creativos y académicos se centran en el diálogo entre la literatura y las artes visuales.


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