Narrativa

Una novela póstuma de José Antonio Abella

Mariano Martín Isabel reseña 'Todas las muchachas serán tuyas', una autobiografía novelada de los años de pubertad del autor segoviano, recientemente fallecido.

/ por Mariano Martín Isabel /

Todas las muchachas serán tuyas (Menoscuarto, 2025) es la primera obra póstuma de José Antonio Abella. Se trata de una autobiografía novelada de sus años de pubertad, con algunos brotes de infancia que hacen alusión a las Crónicas de Umbroso (otra de sus obras anteriores). «Umbroso» es el nombre ficticio de un lugar de cuyo nombre no quiere acordarse (la ciudad natal es «donde nací al amor, que no a la vida»). También es un canto al amor: la atracción volcánica por su profesora de inglés; el amor triste de una chica buena; Beatriz y Marimar, dulcineas idealizadas por el adolescente; y finalmente, el único verdadero amor de su vida: el que profesaba por su adorada esposa, María Jesús, convertida ahora en su viuda.

El título tiene que ver con una novela de Hermann Hesse, El lobo estepario. «Elegir es renunciar», se dice en esa novela, «y la adolescencia […] no es territorio de renuncias […] Todos los caminos son posibles, todas las muchachas pueden ser tuyas porque a todas las amas, porque todas podrían amarte». Aunque «en mi vida», dice inmediatamente, «hubo solo una mujer pero en ella estaban todas las del mundo».

El principio de su adolescencia estuvo marcado por la mentalidad hippie, que le hizo emprender un viaje a Ibiza: allí buscaba la paz, el amor, las chicas que hacían el amor en la playa meciéndose en una barca. Un hippie es un adolescente tan puro como ingenuo; Abella lo identifica con la Era de Acuario, canción de los años sesenta interpretada por 5th Dimension; en ella se dicen cosas que él no acaba de creerse, pero que estaba muy necesitado de creer: «estábamos entrando en la Era de Acuario», dice, y «un amor que no podía ser libre no podía ser amor […] ¿Habría sido posible aquella locura maravillosa?». Acuario es el banderín de enganche de unos jóvenes idealistas que van a Ibiza, mochila al hombro y zamarra de pastor, como otros iban a buscar la libertad por los caminos de Katmandú. El violinista en el tejado le brinda la imagen de esa bohemia buscada: «no había en el mundo lugar más placentero que el tejado de la buhardilla de mi amigo», con una guitarra, una chica enamorada, una mirada a las estrellas y muchas ganas de soñar).

Tras las ilusiones que se desvanecen están las creencias sólidas, y esas forjan el carácter; sus paladines son Don Quijote, Martín Fierro, Gustavo Adolfo Bécquer, el doctor Zhivago y el lobo estepario. Pensamos en Don Quijote cuando leemos que «el amor a la justicia es también parte del amor», lo que es inseparable de algunas briznas de locura (somos «cabezas enloquecidas por el ansia de vivir»).  En este libro los curas y barberos son los «amencistas» («para prosperar no hay mejor fórmula que decirle a todo quien esté por encima de ti: amén, amén, amén»); los malos maestros («el profesor era uno de esos que oscurecen lo que quieren aclarar»); y los perezosos («lo fácil solo tiene interés para los torpes y los abandonados»; por eso hace suyos unos versos de Cervantes: «mis arreos son las armas / mi descanso el pelear»).

El joven Abella es un idealista, más que en busca de un amor, en busca del amor, de un amor apasionado: «el aleteo de una mariposa en tu jardín puede provocar un tsunami en el Pacífico. Y cualquier sueño de amor tiene la fuerza de mil mariposas»… En esa pasión platónica, y lejos de las discotecas, se reconoce discípulo de Gustavo Adolfo Bécquer («¿alguien puede hablar de Platón o recitar a Bécquer en una discoteca?»). Es aquí donde se enfrentan dos fuerzas antagónicas: la fuerza del carácter (Don Quijote) y la ternura del amor (Bécquer); tensión insoportable que se resuelve en Martín Fierro, porque «también Martin fierro sufría, y qué forma varonil de sufrir […] Hombres así queríamos ser. Duros y sentimentales […] No éramos príncipes azules», dice, «pero sí reyes de la pampa». Martín Fierro es esa síntesis de contrarios que en un principio parecía imposible.

En este libro se contienen referencias a algunas de sus obras anteriores: Aquel mar que nunca vimos («ver el mar, para los que somos de tierra adentro, es siempre una fiesta»); Agnus diaboli («un hombre que me pareció la encarnación del diablo, envuelto en sombras, se acercó a mi saco de dormir y lo empujó suavemente con el pie»); El corazón del cíclope (las locomotoras apuntaban a la sombra «con su ojo de cíclope»); también, cómo no, al que fue su sello editorial, La Isla del Náufrago («no se ven islas bajo la luna» y «todos en la adolescencia somos náufragos»).

No faltan notas de humor en esta novela: el camarote del barco huele «a tigre de Rajazstán» y la gente habla «una especie de italiano cocinado con macarrones crudos»); pero también hay huellas de aliento poético: «árboles todavía sin hojas, grajos ateridos que acuchillaban el aire con un escalofrío de plumas negras». Todo cuaja en los epítetos en los que se reconocen estos idealistas. El joven Abella se siente «un lobezno estepario» desgraciadamente «crecido cara al sol y brazo en alto, un soñador furtivo que imaginaba en el viento de levante oscilaciones de una barca varada». Y «todos los lobos esteparios somos caballeros antiguos. Una especie en extinción. El pelo enmarañado, el aire taciturno y los dientes afilados no son sino el disfraz de nuestros corazones de amapola. En el fondo, todos desearíamos ser corderos». Que cuando viajan en tren son también «jinetes de hierro, poetas del viento». Bienvenidos sean esos jinetes que se asoman a la vejez: donde los ojos se abren a la memoria y escudriñan el infinito.


Todas las muchachas serán tuyas
José Antonio Abella
Menoscuarto, 2025
232 páginas
19,90 €

LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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