/ una reseña de Mariano Martín Isabel /
Estamos ante la segunda novela póstuma de José Antonio Abella. A través de una historia aparentemente anodina van desfilando algunos de los temas que le resultan caros al autor: el amor por los animales, una visión intuitiva de la razón, un realismo poético y un sentido de la realidad donde lo habitual no está reñido con lo insólito. No es realismo mágico, pero la realidad va de la mano de la magia. Y late en todas sus páginas, junto al dolor por el sufrimiento de los animales, el dolor por el género humano.
El doctor Secundino García Villaturiel vive con su esposa, Margarita Martín, y su asistente peruana, Abelarda María de Todos los Santos. El recuerdo de Selma, una perrita a la que ambos adoraban, nubla su felicidad; Selma está enterrada en el patio de la casa. Y un buen día, contra todo pronóstico y contraviniendo las leyes de la naturaleza, la perra resucita. Toda la novela es una controversia entre la fe de Abelarda, que cristaliza en torno al Cristo de Pachacamilla, conocido en Perú como Cristo de los Milagros, y la razón ilustrada del doctor Villaturiel, nada proclive a creer en los milagros.
La acción se enreda cuando aumenta el número de los personajes y con ellos las situaciones rocambolescas. Es una novela de aventuras llena de humor. Con cada giro argumental lo increíble va siendo explicado, inexplicablemente, hasta el final, y el mundo que anda con los pies va siendo colonizado por el que tiene los pies a un palmo del suelo. La pérdida de la fe es la pérdida de la infancia y las realidades nebulosas laten tras del mundo de la luz: que es el de la razón ilustrada.
Esparcidos por todo el relato hay episodios de autobiografía. Casi se podría ordenar cronológicamente la vida del autor. José Antonio Abella estuvo recluido durante su infancia a causa de una enfermedad; entonces leyó a Selma Lagerlöf. (En esta novela se explica que el nombre de la perrita Selma «procedía de una de las escritoras preferidas de su amo»). El joven médico (como el personaje de su novela) se enfrentó al estrés del consultorio, que raramente concluía sin llevarse a casa «alguna duda, el síntoma en que no había reparado, la posible contraindicación de un medicamento prescrito». Uno de sus primeros destinos fue el pueblo de Villamanín, en el norte de León (el doctor Villaturiel también habla de «la mina donde (tuvo su) primer consultorio»). Compró una casa cerca de Santander, donde pasaba las vacaciones con su esposa («les gustaba que» Anselma «los acompañara a la costa cantábrica para que disfrutase con ellos de unos días junto al mar»). Quizá aparezcan lateralmente sus dos grandes amigos, los escritores Ignacio Sanz, segoviano, y Tomás Sánchez Santiago, zamorano, y como en una condensación freudiana, la novela habla de su «amigo segozamorano»; eso después de mencionar a «sus amigos más cercanos», Eulalio y Jeremías, con el nombre cambiado. Finalmente, la jubilación: quizá sobrevuele por su mente el cáncer de colon que se lo llevó a la tumba («la vida», dice, «en sus revueltas, conspira muchas veces contra el tiempo de la felicidad»). Sentimos su despedida en unos versos que mandó repartir el día de su entierro, que contenían la misma frase que se repite en este relato: «la felicidad era eso», esos «pequeños momentos que componen la recta de los momentos felices»; «él y su perra eran dos miguitas de felicidad suprema».
El amor a los animales aparece, de la mano de Nietzsche, a través del episodio del caballo de Turín. Cita, como médico, a Andrés Laguna, y su debilidad por el realismo mágico aparece en la cita que hace de García Márquez. Dickens, Kafka y Stevenson nos enfrentan a una infancia nunca perdida (él mismo es un principito, Saint-Exupéry es otra de sus referencias); en la figura de «un paseante solitario» quizá respire el último Rousseau, pero se aleja de la poesía de corto alcance como la que vemos en Gabriel y Galán. Kepler, científico y poeta, quizá le hable en tono de realismo mágico de «la música de las esferas». Y hay una crítica dolorosa a ese dios implacable empeñado, en Egipto, en practicar «el arte de matar a los primogénitos».
Desde este retrato sentimental el autor se acerca al Perú, la tierra de Abelarda, que es el personaje más importante junto a la perrita Selma. La describe como «india del altiplano, de arrugas nobles y labios orgullosos», devota de Pachacamilla, el Señor de los Milagros cuya historia resume en las páginas 120 y 121, en un país trágico («alto culo y mal asiento tiene la tierra del Perú») donde «la alegría echa sus raíces en la tristeza»; un país en el que «la monotonía» y «el aburrimiento» son para el peruano «una de las cualidades inherentes a la noción de paraíso»: «en todo campesino pobre de los Andes habita un filósofo». La historia se desarrolla en «una ciudad pequeña donde nunca pasa nada»; pero «las ciudades pequeñas duplican en lenguas viperinas a las grandes, proporción que se cuadruplica en los pueblos más alejados de la mano de Dios».
El pensamiento del médico va de los indicios a las hipótesis y de estas a las demostraciones. «La coloración de su piel, la profundidad de sus ojeras, la dirección de sus arrugas, la expresión de su mirada […] [eran] síntomas o signos que ya le sugerían un diagnóstico inicial. La posterior explicación, que hacía siempre de forma muy meticulosa, confirmaba o desmentía su ojo clínico». Descarta las conclusiones mágicas, siempre precipitadas, pero no la empatía («un médico debe sentir el dolor de sus pacientes»). Cuando la novela avanza hacia su conclusión el médico positivista se va rindiendo a las evidencias inexplicables.
El libro defiende la «bondad esencial de los perros» y precisa que «las cosas esenciales se aprenden sin maestros». Decía Kant que la razón profunda de las cosas desemboca en contradicciones, lo que de verdad importa no se entiende. José Antonio Abella pone la preeminencia de la fe sobre la razón en boca de sus personajes más candorosos (Abelarda, el padre Rigoberto Candelaria), mientras que el doctor Secundino acaba dudando de la razón. «No se llega a la fe a través de la razón», dice lamentándose, «es un don del cielo que yo tuve, y que perdí»; «agnóstico melancólico, me llamó en cierta ocasión un profesor de filosofía […] Agnóstico […] el que no cree, pero le gustaría creer»; Francisco Miró Quesada, que decía profesar un ateísmo nostálgico, había dicho antes que Dios no existía, pero le gustaría que existiera. El pensamiento es curvo, la naturaleza caótica, y la historia sólo en la mente de los historiadores es una línea recta de causas y consecuencias.
El dolor de los animales se muestra en aquel perrillo que «había sido tirado al río, dentro de un saco, como se hacía en aquellos días crueles». La paradoja es que los perros, seres no humanos, han de ser protegidos de los «seres humanos: con frecuencia los seres más inhumanos de la creación» (obsérvese esta dilogía). Todo se reduce a «un problema de óptica, no de ética, porque siempre se ve mejor lo que está cerca que lo que está lejos»; pero el autor insiste en sentir también el dolor que no vemos y concluye, citando a Nietzsche: «no os aconsejo el amor al prójimo: yo os aconsejo el amor al lejano». Y, juntando en una misma frase a Saint-Exupéry y a Jesús: «nadie que haya matado al niño que tuvo dentro entrará en el reino de los cielos».
Al cuestionarse el papel de la razón, los recursos expresivos abundan en los territorios de la duda: paradojas, antítesis, ironía, dilogías y juegos de palabras. Paradojas: «la luz de la sinrazón» o el «diario sin días»; el autor no deja de acordarse de los límites borrosos donde la gente miente sin mentir o el verano se vuelve «otoñizo». Antítesis: el «jardín sin pretensiones de una urbanización pretenciosa» o la naturaleza diabólica del inquisidor que combate al diablo cuando «el mundo parecía más grande porque las casas eran más pequeñas». Juegos de palabras: «escrivientre», «corazones sin coraza», el juego ortográfico entre «¡ay, Dios!» y «¡hay Dios!» o el uso humorístico de los deícticos: «cada uno va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío». Dobles sentidos, como el eco del silencio. Alguna sinestesia («sordo de ojos»). Los límites de la razón donde la realidad se vuelve contradictoria tienen tintes de humor, como el conocido chiste de «aquella señora de culo enorme, que se fue a cagar al campo y cagó fuera».
La razón ilustrada aparece caracterizada por «una luz en la frente, al modo de las linternas que utilizaban los mineros»; el mundo de la ciencia separa lo claro de lo oscuro y es un mundo de contrastes, todo puede ser diseccionado por el bisturí del médico. Pero la fe nos asoma a un mundo oculto y se retrata en la metáfora de las chicharras. «Existe bajo la tierra […] una especie de chicharras que aguardan durante diecisiete años en una vida latente. Pero una noche ascienden a la superficie, escalan la corteza de los árboles cercanos, cambian de piel, abren sus alas, vuelan, cantan, se buscan, se aparean, mueren. Su vida fuera de la tumba solo ha durado cuatro semanas». A veces lo que tenemos dentro está negro… «los negros intestinos del alma»; los perros maltratados «llevan en su corazón cicatrices ocultas».
La razón del bisturí abre el mundo para ver lo que hay dentro, pero hay pieles que no se abren con un bisturí; en el mundo íntimo las entrañas son un misterio aunque se vivan a flor de piel (lo más profundo es la piel, dice el autor citando a Mauriac en otra de sus novelas). Cuando se tambalean nuestras certezas somos sabios «con las neuronas invadidas por el virus de la fe». El mundo de la razón lógica se mueve empujado por los deseos, pero ahora «para mover el mundo no bastan los deseos, se precisa una palanca y un punto de apoyo lejano, ¿en Dios, en el sol, en una estrella?». El espíritu es, lo mismo que los libros, una chicharra con vida latente; «los libros […] solo viven cuando son leídos. Se saben cadáveres dormidos en tumbas de papel». La razón científica a veces cae en la estupidez (acordémonos, con el Quijote, de los curas y barberos: «la estupidez humana no conoce fronteras»). Pero la razón poética, la de la fe, no siempre se apoya en Dios y a veces, como en Nietzsche, tampoco cree en el más allá: sobreviene entonces el absurdo; «el dolor […] cubre las tierras y los mares» y «no existe otro mundo y la vida, en este, no merece la pena ser vivida»: la gente muere sin ser feliz, decía Camus por boca de Calígula, y esto es absurdo. En su agnosticismo melancólico se asoma José Antonio Abella al mundo absurdo de Camus.

José Antonio Abella
Valnera, 2026
340 páginas
20 €

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).
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