Narrativa

Silenciosa esgrima de texturas y sonidos

Un poeta y un gato llamado Koro viven en un piso. Dentro de él, se miran, se cuidan y se enseñan algunas cosas importantes del mundo. Pero, ¿qué sucede afuera?

/ una reseña de Bethania Guerra de Lemos y Pigno /

Cuando entras a la casa de un gato, debes hacerlo con mucho respeto. Bueno, en todas las casas hay que entrar con respeto, por supuesto, pero si hay un gato debes agudizar tus sentidos, instintos y percepciones, porque el dueño de la casa hará lo mismo contigo. Debes dejarte oler, y, si él permite, puedes olerlo también.  El segundo paso, si él quiere, puede ser acariciarlo: notarás la suave textura de su cuerpo y puedes incluso probar tocarle el lomo con extremo cuidado. Hazlo… las yemas de tus dedos sentirán unas pequeñas pelusillas que quizás no esperabas encontrar.

Este gato en concreto (animal y libro) es blanco y negro. Dice Gastón que son «como pingüinos solemnes marchando hacia la punta de un risco». «Gato con smoking» como las páginas y las palabras que escribe. Ah, sí, los gatos escriben, escribieron siempre a lo largo de la historia, esa que muchos humanos en su infinita arrogancia quisieron creer que pueden contar solos.

Felizmente otros humanos han entendido ciertas cosas. No todas, pero algunas muy importantes. Y una de ellas es la más obvia: compartimos casa, espacios, universo con otros seres no-humanos y nuestra insistente manía de superioridad es también nuestro martirio y desgracia. Cuando finalmente lo vemos, ah, qué ventanas se abren. Hay gatos en los tejados, hay mirlos y grajillas en los árboles. Entrar en esa casa que es Diario de Koro, pidiendo permiso a Koro y a Gastón (humano con quien comparte la vida) ha sido para mí un doble viaje. Primero en la casa construida en Chile, hermosa y rara morada, la soñada, la primera. Y por segunda vez en una vivienda ampliada, construida con cuerpo gatuno vivo y renovado.

Como sabemos, no existen retornos posibles, como tampoco existen dos lecturas de un mismo libro. Siempre es otro texto, y en ese caso esta verdad nos lleva al camino de las imágenes, las texturas, los nuevos relatos. Reescrituras y relecturas, ampliaciones, voces, maullidos, complejo génesis. ¿Cuándo se empieza a escribir una obra? ¿Cuándo se termina? Entrar en la casa de Koro y Gastón, su libro, como decía antes, ha sido para mí un viaje y una invitación casi familiar. Cuando convives con gatos perteneces a una extraña secta, públicamente secreta, que intenta convencer a la gente que no convive con ellos a hacerlo para que su vida sea mejor. Somos raros y a veces molestos, aunque tengamos razón.

Conocía yo algunas estrategias de escritura de Koro, porque Pigno —el gato blanquinegro con el que comparto piso— también escribe a veces. Pero nunca las había visto forjadas de esa manera tan fluida, natural y poética como en el Diario. «Koro me enseña a desaprender a escribir», se nos dice aquí. El error como destreza, traspié verdadero de la escritura o de un plato de loza azul que es la imitación de la imitación frente a la falsedad de lo perfecto: «esa desfiguración quizá es su forma real». El lenguaje se desfigura para proceder a una nueva figuración, a una nueva posibilidad que dibuje (y no solo escriba) la soledad, el encerramiento, la angustia y también el consuelo y la esperanza. Desde la casa chilena pasean por el libro-casa-piel de gato las menciones a escritores, pintores, pinturas, ideas, patitas, lecturas hechas o pendientes, símbolos, cuerpos vivos y cuerpos desaparecidos, dolores, sonrisas, formas, lenguas. Pensamientos alrededor de poemas sobre gatos, aunque «quizás haya demasiados». En la reescritura de la versión que tenemos entre manos se desplazan sutilmente las referencias a obras y autores, ya que ganan terreno los cuerpos y los afectos.

Gastón reflexiona sobre palabras, términos, el plano cartesiano de la página, expresiones, piensa sobre libros: «Halfon de nuevo […] Llovizna ronroneaba sobre las tejas […] Pienso sobre la personificación o animalización más bien de la llovizna (que no alcanza a ser lluvia)».  Koro, a su vez, enseña a Gastón una esgrima de sonidos y de sombras. Le muestra que hacer cosas con palabras no es superior a observar las formas de las sombras del gato y del humano, sino complementario. Y nos lo recuerda con la entrada del día MLLD: «Existimos en la medida en que podemos “soñar juntos”, principio de unión o cooperación». El gato sobre el teclado marca el ritmo de los tiempos, y letras repetidas y aleatorias nunca están realmente elegidas al azar, aunque desconozcamos sus propósitos.

Todos los que tenemos la suerte de convivir con un gato sabemos que los riñones son sus órganos más sensibles, que nos da pánico dejar la puerta abierta y le pase algo y que los hilos de lana y las cajas vacías son mucho mejores que las invenciones humanas por las que hay que pagar un dinero. Koro lo refuerza en estas páginas, exigiendo atención con «chillido agudo, como el de un niño cantor de Viena». Y la lana cortada se esparce tras el juego por el piso en forma de X, como las X de la malla de la cortina de la casa del poeta. Forma de X tiene también la trama del texto, que es cortina y lana de juego gatuno y el título de entrada del diario en el día equis, equis, equis, equis, equis, equis, equis.

Así, el texto urdido por gato y poeta se va conformando como experimento, iniciación, hechizo, medicina, vacuna, duda, migración, pluralidad, respuesta a días y noches pandémicos, de revuelta, ruptura o reacercamiento a uno mismo y al otro (tiempo blanquinegro como gato o tablero de ajedrez). El regalo se completa con las fotos de Gastón y Laura y las ilustraciones de Jordi, que nos trasladan a espacios difícilmente identificables con el lenguaje limitado de la geografía humana común. Tal vez solo una geografía maleable y felina pueda entender el hermético diálogo entre texto hecho con signos gráficos y texto compuesto de otras materias; entre el ser forjado de ronroneo, pelitos y verdades y el ente constituido de pregunta y poesía.

Mi invitación y mi alegría es compartir hoy este paseo por las luces de ambos seres, que se nos presentan hechas libro. Libro distinto, porque pertenece a la estirpe de esas obras que nos hacen pensar que todo tiene sentido, incluso aquello que nunca tendrá. Recuerdo que en una lejana tarde de mis infantiles siete años me abracé al árbol plantado en la acera delante de mi casa y grité a los señores que venían a talarlo. Aunque solo pude aplazar el acontecimiento, me sentí la mayor de las ecologistas en aquel momento. También le retiré el saludo a dos primos porque mataban caracoles del jardín. En las casas de mi infancia puede convivir con la tortuga Gabriela; las lagartijas Emengarda y Filomena (que mi hermana eternizó en un tatuaje); los peces suicidas (eso es una triste historia); la gallina Pretinha; el gallo Piu-piu; el loro Nestor (hincha del Vasco da Gama) que vivía sin jaula y un día se marchó;  la gata Mel, mejor amiga del perro Bob que era el mejor amigo de toda la calle; el gato Sarney (que tenía el mismo nombre del presidente de la república en aquel entonces); la gata Morgana (maga y hechicera que cuidó a mi madre hasta el final y luego se fue también), entre tantos otros felinos (catorce incluso, de una sola vez). Y hoy, 14 de enero, era y es el día del cumpleaños de la persona que me enseñó el amor a los gatos. No es una casualidad. Agradezco a Koro y a Gastón por formar parte, ahora, de ese bestiario insólito y maravilloso que es mi vida, que es la vida. El día HFFMNN nos dice: «Pantalla con polvo, piel muerta, pelos y sudor. La pátina de lo que somos, una cáscara o superficie leve que se esfuma en un soplido. Pasar un paño hasta verme reflejado, borro esas impresiones de mí para que aparezca otro yo. Es Koro el que se refleja». Leamos pues, con atención, silencio y dulzura, este que es uno de los libros más delicados que nos brindó Comisura en 2024. Si es posible, recomiendo hacerlo junto a un gato. Pigno se divirtió mucho viendo mi confusión cuando en la página 79 intenté limpiar la hoja de los pelitos entre las letras (al pensar que eran de los suyos y no hechos de tinta). Mientras escribíamos esa presentación me ha pedido que os traslade su crítica: le ha encantado el libro.

Texto revisado de presentación del libro Diario de Koro, de Gastón Carrasco (Librería Tipos Infames, 14 de enero de 2024).


Fragmentos de Diario de Koro

ZZZZZZZ

Se las ingenia para meter la pata entre mis manos. Sé que lo hace por colaborar. La Z sostenida en casi dos páginas. Conciencia del sueño sobre el teclado. Patas negras sobre teclas negras. Sus pelos blancos y negros como extensión de una página posible.

Luego duerme holgadamente. Quisiera pensar que en el sueño escapa a nuestra realidad inmediata y se vuelve el líder de una colonia. Un rey de la sabana. Encima de la cama están Nuestra parte de noche de Mariana Enriquez y El nervio óptico de María Gaínza. Koro opta por el primero para dormir sobre él. Yo me ovillo a su alrededor. Koro no es un gato romano.

***

QWERTY

Lo conocí a un mes de nacido. Lo fui a buscar a la casa de la cineasta Tiziana Panizza en La Reina. Zafira, la madre de Koro, se veía cansada, pero a la vez satisfecha de la camada que había encontrado hogar en distintos puntos de Santiago. Me lo traje en una caja de zapatos, a un departamento en Estación Central que soporta una metáfora análoga: caja de fósforos. Me vine conversando con él todo el camino. Primero micro, luego metro. Cada vez que me callaba volvía a maullar, por lo que tuve que contarle historias e improvisar sobre el camino. Le causaba gracia a la gente cuando sacaba la cola de la caja para conectarse con el mundo. Me pedían que les mostrara esa combinación de carne, huesos y pelos que tendí dentro. También podría ser el cordón de un zapato perdido.

Esto no es un diario. No estoy midiendo los días. No llevo la cuenta de mis fallas.

***

BFD

No está mi lenguaje partido en dos, adapto mi lengua a la suya. Escritura asémica en mi pantalla, como la de místicos o esotéricos. Abreviaciones, palabras parciales, atisbos, afán por lo incompleto. El teclado disponible todo el tiempo. No tengo que hacerme un arnés como Droguett y cargar con la Remington y la Olivetti. Llevo una máquina de escribir en el bolsillo. Koro es el secretario que pone un paño sobre el teclado para escribir a ciegas.

***

SVNH

Un amigo me dice como despedida: respira. Mismo consejo que me dio arriba de un cerro mientras intentábamos, fallidamente, hacer cumbre. Volver a lo básico y tomar consciencia de ello. Sigo la respiración de Koro con mi mano.

Para Koro el territorio es la noche y yo soy una extensión de sus tierras, deposita sus pelos como colonos en tierra fresca. Cada vez que me muevo al baño lo despojo de su suelo. Pierde el país al cual se aferra como un tigre agitado a una rama.


Diario de Koro
Gastón Carrasco
Comisura, 2021
176 páginas
22 €

Bethania Guerra de Lemos es doctora en literatura hispanoamericana y profesora permanente en la Universidad Complutense de Madrid. Sus publicaciones y líneas de investigación transitan el diálogo entre la ecocrítica y las relaciones entre literatura y naturaleza; la historia y las representaciones de la clase, la raza y el género en escritoras de América Latina y Caribe; y el impacto de la guerra civil española en la literatura latinoamericana. Ha traducido al castellano varias obras de autores afrobrasileños, como Machado de Assis y Solano Trindade.


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