Creación

¡Plop!

El espejismo de la mujer intelectual y al mismo tiempo femenina, guapa, con un aire burgués se desvaneció de pronto, una pompa de jabón que se deshace en el aire, ¡plop!

/ un cuento de Fernando Prado Eirin /

Él mira por la ventana entreabierta. El vidrio mojado por la lluvia reciente, las cortinas descorridas ondeando suavemente con la brisa húmeda. Entra una luz violácea que atraviesa la cama deshecha y llega a sus pies desnudos. El suelo está ligeramente frío, pero la sensación es agradable. Mueve los dedos, largos y delgados, y los observa con curiosidad, como si no fueran suyos. Está sentado en una vieja butaca, más bien hundido en ella. Su cuerpo desprende un olor agrio, penetrante. La ropa cuelga de cualquier manera de los brazos y el respaldo de la silla; los zapatos están tirados debajo de ésta, el nudo de los cordones sin deshacer. El mundo es una fosa, solo los pájaros, que cantan y trinan eufóricos, rompen el silencio lóbrego del alba. Se incorpora de un salto, se palmea los brazos y las piernas como un nadador a punto de lanzarse a la piscina. Abandona la habitación y atraviesa el pasillo oscuro, fijando la mirada ciega en las paredes mientras intenta recordar las fotos enmarcadas que cuelgan a ambos lados. En la cocina todo permanece igual: los platos sucios en el fregadero, las copas manchadas en la encimera, dos botellas de vino vacías, servilletas arrugadas, restos de comida y migajas desperdigadas por la mesa redonda, la puerta del frigorífico mal cerrada dejando escapar una delgada línea de luz amarilla. Llena un vaso con agua del grifo. Bebe y escupe enseguida, disgustado por el sabor metálico. Comienza a abrir puertas y cajones. Encuentra una cafetera italiana impoluta.

Ella cierra el grifo de la ducha, algunas gotas siguen precipitándose al vacío y golpeando sus pies —cuánto detesta que eso ocurra—, se seca y se enrolla en una toalla que anuda por encima del pecho. Se sitúa delante del espejo empañado y se aplica crema hidratante recorriendo con sus dedos cada ángulo, cada redondez, cada arruga de su rostro azulado. Se siente cansada, nota un regusto amargo en la boca pastosa y un ligero ardor en el estómago. Se cepilla los dientes sin mucho esmero y se enjuaga con un buche de colutorio fucsia. El vapor suspendido se revuelve cuando abre la ventana y se escapa sin prisa. Pasa una mano por el espejo, ahora se ve mejor, pero aun así su imagen continúa siendo borrosa, distorsionada. El cabello empapado cae sobre sus hombros descubiertos, mojándolos. Escucha ruido al otro lado de la puerta. Se apoya en el lavamanos, niega con la cabeza y emite un bufido. Sale del baño y se va caminando de puntillas a la cocina. Se arrima al marco de la puerta y espera una eternidad hasta que él se percata de su presencia.

—¿Dónde está el café?

—No hay.

Debería haberse ido mientras ella se duchaba. Pero ahí está, en su cocina, la cafetera en una mano, el pene flácido colgando entre las piernas peludas. Es un hombre, ahora que lo contempla, raquítico, sin mayor atractivo que una cara peculiar y unas manos bonitas. Su respuesta le molesta, se da cuenta, pero opta por la indiferencia.

—Puedo bajar a comprar el desayuno.

Ella se acerca al frigorífico y cierra bien la puerta con un gesto incómodo y brusco.

—Necesito trabajar.

Él deja la cafetera sobre la mesa. Levanta los brazos como si lo apuntaran con una pistola y retrocede. La oscuridad líquida se diluye de prisa y los colores comienzan a cobrar vida. Se ve desnudo y por instante se avergüenza. Hace una mueca que pretende ser una sonrisa amable y sale de la cocina con parsimonia. Regresa a la habitación. Se viste: el slip, el pantalón vaquero gris, la camisa blanca, los zapatos marrones de ante. Se siente un poco objeto desechable, pero no vale la pena insistir. Recorre de nuevo el pasillo, las fotos aún no se distinguen, y continúa hasta la cocina donde la luz es cada vez más diáfana.

Ella sumerge una bolsita de té en una taza humeante, el movimiento mecánico, el ceño ligeramente fruncido. Se muerde el labio inferior y da golpecitos impacientes en la mesa con las uñas de gel. Él asoma la cabeza, nos llamamos, pregunta afirmando, pero no recibe más respuesta que un dudoso gesto de confirmación consistente en una mirada esquiva. Ella permanece inmóvil. Él espera, esto es humillante, piensa, sin embargo, escribe su teléfono en la esquina de uno de los papeles sujetos por imanes a la puerta del frigorífico, después se da media vuelta y se va sin decir nada.

Él baja por las escaleras y sale del edificio. Mira a ambos lados de la calle antes de pisar la acera húmeda y echarse a andar; camina erguido, orgulloso, intentando disimular su desconcierto y su rabia, sí, por qué no decirlo, porque nunca nadie lo había tratado de esa manera, con esa indiferencia, ninguna mujer, para ser más preciso, puntualiza, y eso le retuerce aún más el orgullo. No llamará, lo sabe, fue estúpido haberle dejado el número de teléfono. El espejismo de la mujer intelectual y al mismo tiempo femenina, guapa, con un aire burgués se desvaneció de pronto, una pompa de jabón que se deshace en el aire, ¡plop! Además, ni siquiera tuvo buen sexo con ella, piensa ahora, aun sabiendo que no es cierto. Pero toca reafirmarse, no fue por el vino, o por los nervios de estar por primera vez con alguien como ella, estereotipo de femme fatale, mujer terriblemente atractiva y devoradora de hombres. Podría haberle gustado, sin duda. Entra en una cafetería, pide un cortado con leche templada y un cruasán de chocolate a manera de premio de consolación. Come con ansia mientras hojea el periódico en papel, le resulta extraño pasar las páginas, escuchar cómo crujen al ser movidas. Se distrae leyendo la crítica de una película recién estrenada.

Ella se acaba el té y deja la taza encima de la pila de platos que abarrotan el fregadero. En la habitación se desprende de la toalla y se viste con un chándal y una camiseta de manga larga oversized. Se va al salón convertido en estudio, enciende el ordenador y continúa editando las fotos para una campaña publicitaria de una marca de gafas de sol que tiene que entregar en pocos días. No se concentra. Asoma una pizca de remordimiento, después de todo no le costaba nada haber sido algo más amable con él, lo que pasa es que la desquicia tener que estar explicándose constantemente. El rollo depredador no le va, en absoluto, pero era obvio que la cosa iba de follar, nada más. Se conocieron en la inauguración. Él se le acercó, intercambiaron algunas frases banales y varias críticas despiadadas sobre la obra del artista; no está mal, pensó ella, qué mujer, pensó él, y poco después estaban en su apartamento. Hasta ahí todo bien, pero salir de la ducha y encontrárselo hurgando en su cocina y preguntando de forma impertinente dónde estaba el café, no, eso no. A los hombres, reflexiona por enésima vez, hay que explicarles las cosas como a los niños, con tacto y delicadeza, hay que escoger las palabras adecuadas para que no se sientan atacados, heridos, menospreciados. Es agotador.  

Él pide otro café. No le apetece regresar a tumbarse en el sofá y ver cómo nadan obcecados los peces en el acuario de aguas verdosas y burbujeantes. Se siente abatido y algo confuso, pero rememora aquel cuerpo, su fuerza, la piel que lo recubre, el aliento que expulsa, el olor que desprende, la mirada de animal, y lo desea. Le iría bien hacer algo para distraerse, un poco de deporte, dar un largo paseo, pero está cansado, apenas ha dormido y le puede la pereza. ¿Por qué le importa tanto? ¿Por qué no puede conformarse con que fue un buen polvo a pesar de su empeño infantil en negarlo? ¿No debería bastar con eso? Se indigna. Apura lo que queda de café de un trago, cierra el periódico de un manotazo y se levanta haciendo rodar la silla ruidosamente. La chica somnolienta detrás de la barra lo mira, él le sonríe. Decide irse a casa con la esperanza de dormir hasta el mediodía, aunque sabe que será imposible.

Ella cambia el chándal y la camiseta por unos vaqueros negros, un jersey fino de color salmón y unas sneakers coloridas. Sale del apartamento y baja por las escaleras con el móvil en la mano dispuesta a recorrer la ciudad a pie. Le gusta la tranquilidad de las primeras horas de los domingos, el lento despertar de la urbe, la agonía de los que intentan alargar la noche del sábado, los ciclistas y corredores vigoréxicos, las señoras despeinadas que pasean perros pequeños y recogen sus mierdas diminutas, el ruido de los cafés, el tráfico perezoso, el estruendo de las cotorras atravesando el cielo, las campanas de las iglesias llamando a misa, los edredones colgando de las ventanas abiertas, los autobuses que circulan casi vacíos.

Él regresa en dirección al apartamento, no le queda otra opción si quiere tomar el metro. Tiene el pensamiento fugaz de llamar al interfono, decirle algo ingenioso, bonito, al fin y al cabo, es un día festivo y tal vez podrían salir y hacer algo interesante, o divertido, visitar un museo, quizás volver a follar, eso estaría bien. Lo descarta enseguida, es una idiotez. Se la encuentra saliendo del portal, la mirada puesta en el móvil, el cabello cayéndole sobre la cara. Él se echa a un lado para evitar tropezarse, pero sus cuerpos se golpean entre sí aparatosamente y expulsan un quejido gutural por el impacto. Ambos dan un paso atrás, se observan, parecen dispuestos a decir algo. Esta vez el silencio es un abismo insalvable. Se alejan en direcciones contrarias, como lo harían dos personas que no se conocen.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.


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