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El fuego y el Bosco

Un artículo de Javier Pérez Escohotado al calor infernal de los incendios de este verano, con la mente puesta en el autor de 'El jardín de las delicias'.

/ por Javier Pérez Escohotado /

El verano pasado, este mismo Cuaderno digital publicó «El fuego y Miguel Delibes». Al autor de la novela El hereje le habría interesado leerlo para estar de acuerdo. Entonces pedía la dimisión de unos políticos que, por lo que veo en la tele, no siguieron mi consejo, ni me leyeron (perdonadme, yo nací en edad de solidaridades y antes de las redes sociales), y como, además, les falta la vergüenza exigida a un cargo público, no dimitieron ni por vergüenza torera, ese arte que tanto subvencionan para asegurarse un buen rabo de toro. Este verano se les vuelve a quemar la casa, la escuela, el monte, el municipio, y arde el bosque por cuatro costados. Bueno, no arde, vocea, o sea, Voxea.

El síndrome del gataflorismo

La gestión de algunos partidos políticos, de cuyo nombre no quiero acordarme, recuerda aquel dicho obsceno de la fruta insatisfecha; no, mejor, cumple el dicterio argentino de la gata Flora, que «cuando se la ponen grita y cuando se la sacan llora». A eso le llaman síndrome de gataflorismo, justo lo que padecen esos partidos de cuyo nombre no quiero acordarme, que cuando les pones a huevo un pacto nacional maúllan, y cuando les sacas una votación a mano alzada, con dos bemoles, se esfuman. Lo de la gata Flora aplicado a la política es efectivamente para gritar y llorar.

Pero El Bosco, o sea, Hieronymus Bosch (1450-1516), es otra cosa y, en este caso, el bosque en llamas no nos deja ver El Bosco. Para ver El Bosco en directo sólo hay que desplazarse al Museo del Prado o escribir con un dedo sobre la pantalla «El Bosco+imágenes». Si leéis lo que os dice el Modo IA, que a veces viene por defecto, no sirve de mucho porque no ha conseguido la suficiente credibilidad científica, al menos para ciertas consultas. Incluso Sam Altman, director ejecutivo de Open AI, ha advertido recientemente de «atrofia cognitiva» por el uso de estos utensilios, también llamados adminículos. En algunos temas, cualquier enciclopedia, incluida desde luego la Wikipedia, es más fiable. El ente que sube los contenidos no es míster Algoritmo, constructo que debería pedir excusas a la clásica Nous y a la olímpica Inteligencia. El responsable no es ese señor Algoritmo, sino ese otro Algo o ese indeterminado Alguien que decide los contenidos, que selecciona y destaca la primera oferta y que adjunta una ridícula bibliografía y un pequeño esquemita para que no nos perdamos en el laberinto de la información. ¡Ah, Minotauro! Copio lo que me propone esa IA como significado de la actitud de la gata Flora: «Insatisfacción, contradicción e indecisión»; y añade: «se usa para describir a una persona que se queja de todo, nunca está conforme con nada y rechaza tanto una situación como su opción contraria». O sea.

Los fuegos infernales del Bosco    

El Bosco está muy bien representado en el Museo del Prado, incluso tiene una sala propia (56 A. Edificio Villanueva). Se trata de la mayor colección del mundo, sobre todo porque le interesó a Felipe II, quien se empeñó en esta y otras adquisiciones, junto a reliquias menos dignas de mención. Siempre que uno contempla los devastadores incendios que verano tras verano vamos sufriendo como un anticipo fantástico se impone el recuerdo de esos fondos en llamas de algunos cuadros del Bosco, sobre todo en sus famosos trípticos El jardín de las delicias y El carro de heno. Hay algunos otros, pero los «infiernos» de estas dos obras pueden servir como símbolo y anticipación de los incendios que vemos todos los días en el primer plano de la televisión y que, en los cuadros del Bosco, siempre aparecen al fondo, en el horizonte alto de la obra, como la final y fatal consecuencia de una mala vida. El Bosco todavía aprende a pintar y pinta en la tardía Edad Media, y su trabajo suele incluirse en la corriente neogótica, que se produce en el último cuarto del siglo XV, en una Europa que ya ha comenzado el camino del Renacimiento.

El Bosco acostumbra a organizar el contenido de sus trípticos en tres niveles o capas, que se diferencian entre sí y suelen tener cierta unidad temática y simbólica en cada uno de los planos. Tanto El jardín de las delicias como El carro de heno, en su tabla derecha, representan un «infierno» que culmina en una pira de fuego, en un descomunal incendio. En nuestra tradición cultural, infierno y fuego van estrechamente unidos, pues el infierno es el lugar donde los condenados, sin consumirse, arden durante toda la eternidad, que debe de ser una larga temporada, de la que algo supo el poeta Arthur Rimbaud. Charles Tolnay dijo que este incendio del infierno de El jardín de las delicias es tal vez «el más hermoso que acaso pueda encontrarse en toda la historia del arte».[1] La Biblia habla de condena a la gehenna del fuego inextinguible (Mc 9, 43), o sea, un estercolero en permanente combustión, aunque nada dice del pestilente olor añadido. Pero no deja de ser irónico que este extraordinario tríptico se haya acabado titulando El jardín de las delicias, aunque también se llamó Las fresas. Pero ¿qué delicias pueden encontrarse en el infierno? En todo caso y al margen de otros usos del fuego en procesos de purificación, el Bosco siempre identifica el fuego con la amenaza de un castigo, que es el resultado último de un determinante itinerario: paraíso, vida e infierno, cuyo refinamiento mayor como tortura es haber pensado en un fuego que no te pulveriza, que no te convierte en ceniza y, a su vez, es inextinguible. En El jardín de las delicias, el nivel más bajo del «infierno» está dominado por la presencia de la liebre, que es, según el mismo Tolnay, «símbolo de lascivia», que, pudiendo ser un placer compartido, puede y suele conducir al desorden o al pecado. El segundo nivel está ocupado por varios instrumentos musicales: el arpa, el laúd, el organillo y la, además, cornamusa, que es «emblema del sexo masculino». El tercero, por la representación de algunos órganos humanos, en el que, por ejemplo, las orejas (el oído) representan «los reveses de la fortuna». En la teoría de Dirk Bass (p. 36), el cuchillo que aparece entre las orejas podría significar una «denuncia del saqueo y el pillaje». En el nivel más alto del «infierno», en plena noche, las muchedumbres se dirigen hacia un incendio total o huyen de él. Hay asimismo una cierta correspondencia entre el panel derecho del infierno y el panel izquierdo del paraíso terrenal, donde, en un «estado de paradisíaca inocencia» previo al pecado (L. Von Baldass, p. 30), aparecen como virtudes lo que en el panel derecho conduce a la destrucción y al infierno, y donde «todas las cosas que sirvieron de instrumento de pecado se tornan ahora instrumentos de castigo», según sostiene Tolnay (p. 22). O sea, todo lo que en un estado de equilibrio y perfección pudo ser bueno, positivo e incluso placentero, en una situación o estado de desorden, desequilibrio, abuso o pecado, se convierte en tortura, condena y destrucción, o sea, en un infierno.

Delitos y pecados

Como aquí ni Dios ni la Conferencia Episcopal actualizan los diez mandamientos ni los pecados después de veinte siglos de hegemonía magisterial, los creyentes Pepe y Voxe, pobres, no tienen referencia religiosa ni moral, y andan como pollo sin cabeza, una variedad de bípedo emplumado que bien pudo imaginar y pintar el mismo Hieronymus Bosch; por eso hay que actualizar unos mandamientos que nos obliguen a todos, seamos de la confesión que seamos, incluso si somos ateos; o sea, incluir en su decálogo el cumplimiento de una Constitución reseteada y actualizada, con su desarrollo correspondiente, que no necesita un Dios dictador, ni un Moisés amanuense y mago, ni mucho menos al hermano mayor o gran hermano Aarón.

Hay posibles actualizaciones y ampliaciones de ese decálogo bíblico, aunque siguen vigentes, en principio, dos que no admiten réplica y generan consenso: «no matarás» y «no robarás». Algunos no se dan por aludidos ni piden perdón, ni en público ni en el privé subvencionado del confesionario, también llamado «retrete de la conciencia», porque dicen que son católicos o alguna de sus variedades, pero no practicantes. ¡Fariseos! ¡Sepulcros blanqueados! Los pecados de hoy se despatarran y desparraman simplemente abriendo el periódico nuestro de cada día: usura, comisiones sobre bienes necesarios, especulación, abuso de poder, prevaricación; violación, abuso de menores y mayores; soborno, fake, contaminación y venta o explotación de seres humanos. Y van diez, ni uno menos. Ninguno de ellos está específicamente nombrado con el mismo peso textual en el famoso decálogo; pero es muy evidente que, para creyentes, practicantes o no; militares, con o sin graduación; clérigos y civiles en general; para miembros de cualquier secta, fariseos y ateos todos, una elemental moral social incluye los citados entre sus más graves delitos y pecados. A todos esos pecadores del pastizal, que no de la pradera, les esperan los castigos imaginados por el Bosco en sus trípticos: el fuego y el infierno. Aunque ya lo dijo aquel: cuando el bosque se quema, a alguien se le quema la casa, el prado y las ovejas. Como deberes para lo que quede de otro verano más en llamas, propongamos un pertinente dilema: ¿el incendiario nace o se hace? ¿Y el que lo consiente?


[1] VV. AA.: El Bosco. El jardín de las delicias, Madrid: Aguilar, 1954. p. 24. Las siguientes citas, en esta misma obra en la página que se menciona. Ver también Stefan Fischer: Hieronimus Bosch: la obra completa, Colonia: Tachen, 2014.


Javier Pérez Escohotado, ensayista, poeta y crítico, es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona. Sus investigaciones se orientan hacia la gastronomía, la Inquisición y la vida cotidiana. Autor de los poemarios Laura llueve (2000), Papel japón (2002) y del experimento textual La vigilancia de los acantos (2017), ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Sexo e Inquisición en España (1998), Antonio de Medrano, alumbrado epicúreo. Proceso inquisitorial, Toledo 1530 (2003), Donjuanes, bígamos y libertinos. El filo de la Historia (2005), Crítica de la razón gastronómica (2007) y El mono gastronómico. Ensayos de arte y gastronomía (2014). Asimismo, ha editado y prologado Jaime Gil de Biedma. Conversaciones (2002); ha colaborado en Poemas memorables: antología consultada y comentada 1939-1999 (1999)  y ha editado Inventario de disidencias, suma de calamidades (2010), sobre la vida trágica de don Santiago González Mateo. Recientemente ha prologado Los santos inocentes y El hereje, de Miguel Delibes. Ha publicado artículos de opinión y crítica en diversos diarios y revistas.


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