/ un relato de José Manuel Ferrández Verdú /
Calverio no confiaba en nadie. Ni siquiera en sí mismo. Continuamente daba giros bruscos para ver si lograba sorprenderse a sí mismo haciendo alguna barbaridad y, como se sorprendía haciéndola, desconfiaba. O se vigilaba a través de varios espejos para ver qué se le ocurría hacer. En alguna ocasión, al verse a sí mismo espiándose a sí mismo se sobresaltó y apartó rápido la mirada, incómodo y ruborizado.
Ya no sabía qué hacer. Estaba nervioso y tenso. Alguien le recomendó que contratase a un detective para que lo vigilara y evitarse así tener que hacerlo él mismo.
Calverio acudió a un detective llamado Charlie y lo contrató para que lo vigilara y le informase periódicamente de sus movimientos.
—Deseo ser vigilado por usted —dijo Calverio.
—¿Cuál es el problema? —dijo Charlie—. ¿Acaso se engaña a sí mismo con alguien?
—Me engaño a mí mismo conmigo mismo. Sospecho que tengo gato encerrado. A veces me da la impresión de que disimulo y quiero hacerme creer cosas que no son.
—¿Y no sería mejor acudir a un psiquiatra? —dijo Charlie—. Pienso que es lo más adecuado para usted.
—Tal vez. Pero necesito en todo caso informes acerca de mi propia persona y de mis actividades y movimientos más habituales. Me gustaría saber lo que hago a lo largo del día y de la noche. Cuando lo sepa, puede que entonces vaya al psiquiatra. Cuatro ojos ven más que dos.
Charlie aceptó en principio someterlo a vigilancia para mantenerlo informado acerca de sí mismo. Comenzó a espiarlo sin que Calverio se diera cuenta. Al cabo de varios días le envió un primer informe de sus actividades y movimientos durante ese tiempo:
«El lunes salió temprano de su casa después de tomar unas rebanadas de pan tostado con aceite y tomate y café con leche y sacarina. Fue hasta la estación de ferrocarril, donde tomó un tren que acababa de llegar, por lo que se bajó inmediatamente. Después de exponer sus quejas en facturación, ya que habían extraviado sus maletas, que aparecieron en Singapur dos horas después, recibió un guantazo de una empleada por obligarla a cantar la Valquiria.
Después de eso acudió a un detective y contrató sus servicios de espía titulado para que vigilara sus pasos. A las dos regresó a su casa. Comió arroz con albóndigas turcas de renacuajo y luego se echó una siesta de aquí te espero. Por la tarde estuvo viendo la tele hasta que se le pusieron los pelos de punta y por la noche se acostó a dormir.
El martes estuvo haciendo el idiota entre las ocho de la mañana y las doce del mediodía. Luego almorzó con una antigua novia que tenía una piragua a la que no veía desde hacía más de tres lustros.
Esa misma tarde estuvo en el parque persiguiendo a las estatuas hasta caer rendido. Luego fue a tomar unas copas al bar de Godofredo y cogió una kurda a base de cerveza de Kurdistán.
El miércoles fue al banco a pedir un crédito por importe de un céntimo. Al salir del banco el céntimo se le cayó en el interior de una caja de cartón y lo abandonó a su suerte».
Cuando Calverio leyó este extraño informe, llamó por teléfono a Charlie para preguntarle qué era aquello de que había contratado los servicios de un detective para ser espiado.
—En su informe habla de que yo contraté un detective el lunes —dijo Calverio.
—Así es —dijo Charlie.
—Hágame el favor de averiguar quién es el detective que he contratado —dijo Calverio y colgó el teléfono.
Charlie se quedó pensativo. Luego se sirvió un trago de ginebra y descolgó el teléfono.
—¿Carlos? —dijo.
—Sí, dime.
—Tengo un trabajo para ti.
—¿De qué se trata?
—Tienes que averiguar a qué detective ha contratado un tal Calverio. Vive en Hot Avenue, 69.
—¿Quién es ese Calverio? —dijo Carlos.
—Un tipo bastante idiota. Me contrató para que lo vigilara, porque no se fiaba de sí mismo. En mi informe le hacía saber que había contratado un detective. Ahora quiere saber quién es el detective que contrató. Quiero que lo averigües.
—Está bien —dijo Carlos—. Voy a ponerme a trabajar ya mismo.
—Me pondré en contacto contigo —dijo Charlie.
—Vale —dijo Carlos, y colgó el aparato.
Carlos era agente secreto y tenía muchos amigos en la cárcel y en el cementerio. Tenía una amiga que trabajaba en el cementerio como enterradora y que se llamaba Alisia. También era experta en averiguar quién había hecho qué cosas con quién.
En el siguiente informe que Charlie envió a Calverio le comunicaba que había recibido una llamada suya el miércoles para preguntarle por el detective que había contratado. Charlie le informaba también de que había hablado con un agente secreto para que llevara a cabo esa investigación.
Pero Carlos vio algo extraño en el asunto, por lo que, para no mancharse las manos, le explicó a Alisia su punto de vista y le propuso que hiciera ella el trabajo de averiguar quién era el detective contratado por Calverio.
—No me gusta este asunto —dijo Carlos.
—¿Por qué? —dijo Alisia.
—Un tipo llamado Calverio que se está haciendo espiar por un tal Charlie.
—¿Y qué? —dijo ella.
—Que Calverio, cuando recibió el primer informe, llamó a Charlie para que investigara quién era el detective que lo estaba siguiendo.
—¿Y qué? —dijo ella.
—Que Charlie me llamó para endosarme el asunto.
—¿Y qué? —dijo ella.
—Que no he entendido bien lo que me ha dicho Charlie.
—¿Y por qué no le dices que te lo explique mejor? —dijo Alisia.
—Todo esto me huele mal. Ese Charlie es un tipo de cuidado. Seguro que oculta algo que no me ha dicho. Quiere que yo averigüe a qué detective contrató Calverio. ¿No te parece raro?
—Bastante —dijo ella—. ¿Has hablado con Calverio?
—No —dijo Carlos.
—Puede que sepa algo de Charlie ¿qué tal si voy a su casa y hablo con él? —dijo ella.
—Puede que sea lo mejor.
Alisia, que se hacía llamar Carla y a veces Lola en sus ratos libres, fue a casa de Calverio.
Toc.
—¿Quién es?
—Soy Carla.
—Adelante.
Calverio estaba sentado leyendo la Biblia.
—¿Quién es usted? —dijo dejando a un lado la Biblia.
—Ya le he dicho que soy Lola.
—¿Y qué quiere de mí?
—Vengo por lo de Charlie.
—Ya —dijo Calverio—. He recibido un par de informes. Dice que he hablado con un detective para que me vigile. ¿Qué le parece eso?
—Raro —dijo ella.
—¿Para qué me viene con eso a mí?
—No lo sé —dijo Lola.
—Ese Charlie habla demasiado. Sus informes son incomprensibles. Le he dicho que averigüe quién me vigila.
—¿Y qué le dijo él? —dijo Carla.
—Que iba a ponerse manos a la obra. Pero no he vuelto a tener noticias suyas. ¿Pero cómo sabe lo de Charlie? —dijo Calverio.
—Un tal Carlos me ha hablado de él.
—¿Y quién es Carlos?
—Un amigo. Me llama a veces, cuando tiene problemas.
—Ya, ¿y a qué se dedica ése amigo suyo?
—Es agente secreto. Le gusta espiar.
—En tal caso dígale que me gustaría hablar con él.
—Se lo diré —dijo Carla.
A los pocos días Calverio se entrevistó con Carlos.
—¿Qué pasa con Charlie? —preguntó Calverio a bocajarro.
Estaban en un restaurante junto a la playa, sentados a una mesa, frente al mar. Carlos miraba el oleaje.
—¿Es usted Calverio? —dijo Carlos.
—Eso dicen —dijo Calverio.
—Charlie se ocupa de lo suyo —dijo Carlos.
—¿Y qué es lo suyo? —dijo Calverio.
—Lo de usted. Charlie está vigilándolo.
—Eso ya lo sé. Me envía informes sobre mí. No me creo nada de lo que dice. Cuenta cosas bastante inauditas, como que yo he contratado a un detective.
—Lo ha contratado a él —dijo Carlos.
—¿Cómo lo sabe? —dijo Calverio.
—Charlie me lo dijo —dijo Carlos.
—Está bien —dijo Calverio—. Supongamos que Charlie tiene razón. ¿Por qué intenta ocultármelo?
—Eso pregúnteselo a él —dijo Carlos.
Después de estas conversaciones entre Calverio, Carlos y Lola, todos se fueron de vacaciones durante unos días. Pasaron el fin de semana fuera de sus respectivos domicilios.
Calverio se trasladó a vivir a un caserío en las afueras de Badajoz y Charlie fue a vivir a Chicago. Carlos y Lola se marcharon a un pueblo de la Alpujarra almeriense.
Al cabo de varios meses una mañana Calverio recibió una carta. Decía lo siguiente:
Estimado señor Calverio:
Ha estado usted haciendo tonterías durante varias semanas. Cuando me fui de vacaciones dejé encargado a un colega para que no le quitara hojo. Ahora lo sé todo. Es usted idiota.
Afectuosamente, Charlie.
Calverio telefoneó inmediatamente a Carlos para explicarle lo de la carta. Carlos y Carla fueron a verlo hasta Badajoz. Calverio estaba sentado en una terraza tomando un Martini cuando vio llegar a la pareja. Les mostró la carta de Charlie y después de leerla ambos se pusieron a discutir sobre algo que no entendieron en absoluto.
—Está bien —dijo Calverio—. ¿Qué es lo que está pasando?
—Esto está mal escrito —dijo Carla.
—Eso ya me lo veía venir —dijo Calverio—. Últimamente estoy pasando una mala racha.
—¿Por qué?
—Ya veo a dónde quiere ir a parar.
Después de esta conversación con Carlos y Carla, una tarde Calverio recibió una llamada de teléfono de Charlie.
—He conseguido que Calverio me conceda una entrevista —dijo Charlie a Calverio por teléfono— la semana que viene. Le pondré al corriente de lo que averigüe.
—Pues ha tenido bastante suerte —dijo Calverio por teléfono.
—¿Dónde está usted? —dijo Charlie.
—En mi casa de Badajoz —dijo Calverio.
—Yo estoy en Chicago.
—¿Qué hace en esa ciudad?
—Estoy con lo suyo. Quiero verlo venir.
Calverio se trasladó esa misma semana a vivir a una chabola en las afueras de Badajoz. Allí transcurrían los días mejor o peor, pero sin grandes sobresaltos.
Un par de alguaciles aparecieron una mañana con una orden severísima que lo obligaba a instalarse en un lujoso edificio y hacer del mismo su nuevo hogar. Su sistema nervioso se alteró ante la presencia de los representantes de la ley. Intentó averiguar las razones por las que deseaban que tomara tal decisión pero no obtuvo respuestas claras.
—Parece que hay instrucciones bastante complejas que lo obligan a residir en aquel chalet de lujo. Los detalles los irá conociendo con cuentagotas —le dijo uno de ellos.
No obstante se negó a dejarse conducir hasta aquella casa y fue hecho prisionero. Al final logró escabullirse de sus apresadores. Entonces comenzó a pensar que tal vez le convendría alejarse de aquel lugar y buscar otro menos habitado. Así fue como salió al campo y después de andar por montes y riberas durante una temporada logró por fin encontrar un pueblo antiguo y vacío, al que sus habitantes habían abandonado para ir a vivir a otro pueblo aún más abandonado.
Se dispuso a vivir allí, y se instaló en una casa vieja y llena de estilo agrario. Pero al cabo de varios días le llegó una carta de un modo sorprendente, ya que no había visto a nadie hacérsela llegar, pero el caso es que la tenía en sus manos y no tuvo más remedio que abrir el sobre. Era un recibo de suministro de agua potable e iba firmada por el mismísimo emperador. En el propio recibo se le explicaba, mediante razonamientos aristotélicos y silogismos en bárbara y en barroco, que el suministro de agua corriente era condición sine qua non para la felicidad y que la felicidad era obligatoria para todos los lugareños. Además se hacía hincapié en que el servicio de agua potable formaba parte de la naturaleza humana hasta el punto de ser uno de los rasgos definitorios del Homo hidrófilus potabilisque.
No tuvo más remedio que quedarse la carta y ponerla junto a otras pertenencias.
Durante algún tiempo su vida transcurrió tranquila. Pero un día apareció una joven muy guapa que llamó a su puerta y le aseguró que deseaba hablar con él muy detenidamente.
No le pareció mal del todo lo de hablar con aquella joven, por lo que comenzó a preparar la conversación. Cuando lo tuvo todo listo ella le dijo que le había sido impuesta una multa por vivir allí solo. Entonces él se conmovió enormemente y le rogó a la hermosa que le explicara aquello con más palabras.
—Bien —dijo ella—, lo cierto es que desde hace tiempo le hemos observado desde el ayuntamiento y no estamos seguros de qué es lo que usted busca.
—Yo no busco nada —dijo él—, pero no sabía que en este pueblo hubiera ayuntamiento, si tenemos en cuenta que aquí solo vivo yo .
—Eso no es ningún obstáculo. Que en este pueblo viva solo usted no significa que no exista ayuntamiento. Está formado por un alcalde, treinta concejales y cincuenta consejeros.
—Pero yo no he visto a nadie por aquí.
—Porque venimos por la noche y hacemos las reuniones a puerta cerrada, para no alterar su vida de usted. Al otro día nos marchamos.
—¿Y qué hacen en esas reuniones?
—Hablar de usted. Estamos todo el tiempo hablando de su vida y sus costumbres así como de la mejor manera de convertirlo en un hombre feliz. De hecho tenemos un plan para que ello suceda. Se nos ha ocurrido a nosotros solos. Vamos a hacer que lo investiguen a fondo y luego, con arreglo a lo que hayamos averiguado, lo someteremos a una serie de pruebas antropométricas y psicofisiológicas con el objetivo de convertirlo en alguien totalmente satisfecho del mundo y de la vida.
—¡Basta! —dijo Calverio dando un manotazo a una esfinge en miniatura que había sobre una mesa de madera de pino internacional.
La joven del ayuntamiento rompió a llorar y se quebrantó su ánimo y se recostó en un sofá desvencijado que había por allí desde la época de la invasión turca de Lisboa. Lloró amargamente durante varias horas y Calverio estaba deshecho de pena al verla llorar tanto y con tanto moco.
—Venga, vamos, no se ponga a llorar ahora que me va a poner nervioso —dijo—, señorita… como se llame.
—Me llamo Carola pero mis amigos me llaman Timotea Alejándrovna Praskovia Verhóvenska, por eso no tengo amigos. Además no me he puesto a llorar ahora sino que llevo varias horas seguidas llorando. Estoy seca. ¿No tendrá algo de whisky por ahí?
Al día siguiente Calverio fue al viejo inmueble del ayuntamiento, en cuyos soportales había alguien sentado en un poyo de piedra y fumando una pipa digna de Sherlock Holmes. Al verlo Calverio reconoció a Charlie, quien hojeaba la prensa escrita con gran emoción.
—¿Qué hace usted aquí?
—Tenemos una reunión.
—¿Qué clase de reunión?
—Le ruego que no se ponga nervioso, no es nada serio, solo queremos discutir un poco acerca del ser humano. Los concejales tienen varias hipótesis para explicar la conducta de algunos individuos muy individualistas.
—Bueno, siendo así, pero no me gustaría tener que hacer nada de lo que luego deba arrepentirme.
—Pues no lo haga.
—Eso es fácil decirlo, pero lo cierto es que ya no estoy seguro de nada. Ayer recibí la visita de una tal Carola que afirmaba llamarse de una manera horrorosa, ¿qué opina de eso?
—No sabría decirle. He oído que hay una tal Carola por ahí que es gimnosofista. Tenga cuidado con quién se relaciona.
—Para eso lo contraté, no me venga ahora con el cuento de que no conoce a la gente. Su obligación es vigilarme.
Entonces se abrió la puerta del ayuntamiento y apareció Carla con un botijo en la mano. Tomó un largo trago y luego lanzó el botijo contra la pared blanqueada de cal. Al romperse en varios trozos apareció una fotografía que al parecer estaba dentro del botijo, en la que figuraba ella misma con Charlie en una cafetería de Londres, muy acaramelados los dos. Cuando Calverio vio la foto rompió a llorar de vergüenza. Al poco tiempo de estos sucesos se supo en el Ayuntamiento que Calverio había prescindido por completo de los servicios de Charlie para unirse a una cofradía de semana santa que hacía una procesión muy bella entre dos pueblos de la provincia de Badajoz. A partir de entonces, cada vez que sentía la necesidad de ser espiado, Calverio se limitaba a dar un largo paseo por el camino que unía ambos pueblos con un espejo en la mano, y al doblar cada recodo del camino miraba hacia atrás a través del espejo por si volvían a aparecer Charlie o Carla.

José Manuel Ferrández Verdú (Orihuela, 1953) es escritor y dibujante. Ha trabajado como escribiente durante treinta años y ha ganado un premio de cuentos cortísimos acerca de las costumbres secretas de los irlandeses, titulado O’Connor y publicado en esta misma revista. Así mismo, ha publicado relatos en las revistas La Lucerna y Empireuma, es colaborador habitual de la revista El Murmullo, que dirige Manuel Susarte, y ha escrito la novela La Torre de los Músicos, publicada en formato digital en Scribd, así como el libro Doce novelas imposibles, inédito, siguiendo el modelo de las novelas ejemplares de Cervantes, admirable poeta español de los siglos XVI-XVII.
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Gracias Dex Ter por tu elogioso comentario. Me alegra que te guste el cuento. Tus palabras son muy alentadoras.