Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (86)

La presencia caníbal del calor, de pronto; el misterio del hipo o el de un establecimiento de insondable función, llamado Bodhi Medical Luxury: Tomás Sánchez Santiago registra el murmullo del mundo.

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez

Desde tan pronto, la presencia caníbal del calor. Entra en las piernas y allí se queda clavando sus colmillos de animal caldoso, una compañía que forra el alma con todos los modos de la desgana. Es Madrid y es julio, hay adelfas que lloran en los jardines lamentables.


Huésped saltarín, ¿qué recado te traes contigo que nunca nos acabas de contar? Lo empiezas y ya te marchas ocultando tu cara. Y no te das a ver. De ti solo conocemos una nuca nublada y el estallido fugaz de los conatos. Como quien anuncia una visita inminente, sale tu gemido de una hondura sin dueño. Pero enseguida te escapas. Estás hecho de la misma sustancia de los arrepentimientos. Y ya te dábamos por perdido y aún vuelves, vuelves con tu saludo escaso a acuchillar el aire. Eso es todo. Hasta que al fin te entierras en tu bodega oscura. Pero nunca te despides para siempre, nunca hay una última vez. Adiós, hasta otra ocasión. Así es Su Alteza el hipo.



Es una conversación de paso. Oigo lo que oigo. Palabras intermedias. Pero llego a saber algo de lo que la mujer está contando a otra. Se trata de unas inminentes vacaciones de su familia, que al parecer le ocupará por un tiempo la casa sin misericordia: «Es que no puede ser, María, se me plantan en casa los cuatro sin poner ni esto (la mujer adelanta la mano con ese gesto de pellizco apretado entre el pulgar y el índice), así que se tiran en casa todo el mes de gonorreo». La palabra me salta en los oídos pero no me escandaliza ni me parece un disparate. A fin de cuentas, se trata de una infección familiar.


Lo peor de decidir vivir en la seguridad es que ya no queda lugar para el asombro.


Alrededores ferroviarios. Prima el abandono. Andurriales cazcarrientos donde prospera una alocada vegetación espontánea entre vagones exhaustos, pintarrajeados con grandes signos cuyo significado son esas propias formas extrañas. Y hay pequeñas edificaciones solitarias con letreros amputados, fuera de uso («Materiales móviles», «Visitadores»). Son los museos muertos de las inmediaciones, yacimientos donde aún respira lo que un día perteneció al progreso. Es la dignidad de lo vencido por el uso. Es la belleza rebelde de lo que ya no cuenta en el mundo útil pero sigue ahí cerca, latiendo como una advertencia que a todos nos concierne.



Mientras dura la película infantil, la sala deja de gotear seriedad. Risas imprevistas, aplausos, palabras desbocadas que salen solas al aire oscuro, sin la cautela de las convenciones. Y todavía dentro de mí siento que se remueve un niño. He vuelto a vivirlo.


De buenas a primeras, han talado el gran abedul frente a casa. Taimadamente. No se sabe cuándo, no se sabe cómo ni por qué. Probablemente por razones de malevolencia urbana: penetrarían las raíces en los garajes subterráneos, justo debajo de él, o quitaría vistas a los vecinos. Quién puede saberlo. Lo cierto es que ha desaparecido ese árbol tan acogedor y lleno de gracia temblona en sus hojas. Para el mundo antiguo, el abedul era un árbol sagrado y nadie podía hacerle daño: eso sería afrentar a una divinidad. Pero en nuestra época, en que lo sagrado se ha convertido en algo ridículo o en asunto ilusorio de mentes timoratas, no habrá habido razones suficientes para impedir esta tropelía. Ni siquiera ecológicas. El ecologismo del siglo XXI se sigue deteniendo ante el bienestar embrutecido. Con ira lectora, vuelvo a aquel libro de Aníbal Núñez —Naturaleza no recuperable— donde el poeta animaba, allá por los años setenta del siglo pasado, a las fuerzas naturales a tomarse la revancha contra las directrices de la civilización: «Chaparrón, suelta prenda / diles torrencialmente lo que han hecho […]».



(sueño de una noche de verano)

Este es el día en que nadie va a padecer. Habrá palmadas blancas y jícaras rebosantes. Y el compás garboso de las juergas gitanas. Ni llorarán los árboles ni obedecerán los niños. Y nadie repondrá hoy el orden sumiso de los deseos maniatados. Los huesos saltarán de las frutas y caerán del aliento pedazos sin rumbo de plegarias perdidas. Las evidencias se harán añicos. No se maquillarán los amos para parecer otros. No se esconderán de su nombre los cobardes. Entrarán juntos los amantes en la profundidad incierta de los espejos y no regresarán jamás a la corteza triste de lo real. Nadie humedecerá vendajes, nadie oreará sudarios. Se encenderán solas las primeras hogueras de la mañana y cuando llegue el hambre ya estará esperando el pan. Pediremos que llueva y lloverá. Querremos oír de nuevo las voces blancas de nuestros muertos y ellas nos llegarán por el aire volado de los tejados. Y nunca más será amargo el sabor a humo de lo fallido. Y por fin tendremos derecho a no despertarnos de este sueño de chispas que restallan bajo sábanas inmensas como blancas banderas de nadie.


Entra un pájaro en el interior de la ermita visigótica de San Pedro de la Nave y se posa en el antepecho de una de las ventanas; se deja ver así, al trasluz del alabastro, con una claridad legañosa. Un sobrecogimiento empapa el corazón a los dos visitantes. La espesura del tiempo dominaba a su manera este lugar cebado de siglos y ahora que ha entrado el pájaro hay una extraña convergencia entre dos magnitudes contrarias e igual de poderosas: el trueno del pasado y el vuelo pasajero del pájaro, con levedad de instante, sorteando los relatos antiguos de los capiteles.



BODHI MEDICAL LUXURY. Así se llama el establecimiento. Tal cual. Uno lo mira estupefacto desde la acera de enfrente sin saber qué podría caber ahí adentro. Al fin me animo a cruzar aun a riesgo de encontrarme un laboratorio o un lupanar. Entonces leo ese otro rótulo del escaparate, pretendidamente aclaratorio: «Centro de Suplementación Ortomolecular». No me hago idea de por dónde irá el negocio. Alcanzo a ver en el interior amazonas con batas blancas que se mueven con inquietante soltura y muebles de lacas gélidas donde podrían celebrarse sacrificios humanos. Todo me recuerda aquel ambiente de La mosca, la película de David Cronenberg. Por si acaso (o sea, por si las moscas), paso de puntillas ante el establecimiento y me alejo a toda prisa en busca de la protección del cercano kiosco de churros, con la seguridad de que allí habrá alguna boca de la que aún salgan chorreando viejas palabras vivas.


¡Cómo se embolsa el sol caníbal cada tarde entre límites rojos! Es la despedida a regañadientes de los crepúsculos de julio, cuando la luz se detiene y empieza a trazarse un suntuoso desangramiento diario. Muy poco a poco, el sol desaparece y al fin se pierde tragado por la garganta costosa de la noche. Hasta mañana. Aquí te esperamos. Volverás a clavarnos aquellos colmillos de animal caldoso de los que antes hablábamos…


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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