Swirling red and brown storm patterns on Jupiter's surface
Laberinto con vistas

En el principio era el caos

«No iba desencaminado Nietzsche con aquello de que el caos puede engendrar una estrella danzarina». Un artículo de Antonio Monterrubio.

/ por Antonio Monterrubio /

La gran Mancha Roja de Júpiter fue durante un tiempo uno de los misterios mayores de la cosmología. Se trata de un «óvalo colosal y girante, semejante a una tempestad titánica, que jamás se desplaza y jamás se debilita» (Gleick: Caos). Para explicar esa turbulencia gigantesca, localizada y permanente, se elaboraron teorías, algunas razonables, otras fantasiosas, que se fueron desmoronando sucesivamente.

En 1978, las imágenes y datos proporcionados por la Voyager 2 permitieron un estudio pormenorizado del fenómeno. Se comprobó que el enorme planeta era en realidad una masa de fluido en movimiento, y que la Mancha Roja era un remolino imperturbable y constante. Varios científicos estadounidenses y británicos fueron encargados de modelizarla. Fue Philip Marcus el que llegó a la conclusión de que era un megacaso de autoorganización. Este proceso venía siendo analizado desde que Prigogine lo dio a conocer, tras detectarlo en situaciones en las que un sistema abierto se aleja del equilibrio hasta alcanzar un punto crítico, y a partir de ahí crea configuraciones y comportamientos nuevos. Introdujo el concepto de estructuras disipativas «para enfatizar la relación íntima, al principio paradójica […] entre estructura y orden por un lado y disipación por el otro» (Prigogine, Stengers: Order out of chaos).   

Marcus se dio cuenta de que estaba ante un sistema complejo en el que coexistían turbulencias y coherencia. La esquiva Mancha era una muestra de tamaño cósmico de caos estable. Este estimulante descubrimiento fue posible gracias a lo que algunos considerarían un caos hermenéutico y epistemológico. En efecto, exigía mezclar herramientas procedentes de saberes distintos, a veces alejados entre sí. Astronomía, dinámica de fluidos, matemáticas aplicadas, teoría de sistemas complejos constituían un torbellino teórico y experimental que requería estabilidad para dar su fruto.

«En primer lugar existió, realmente, el Caos», nos dice Hesíodo al comienzo de su Teogonía, inmediatamente después de la invocación a las musas. Pero el Caos griego no es sinónimo de confusión o desorden, sino «el hueco del bostezo, una especie de vacío primigenio» (Jenny March: Diccionario de mitología clásica). De él nacen Erebo (Tiniebla) y la negra Noche, de cuyos incestuosos amores proceden Éter (la Claridad, personaje masculino) y Hémera (el Día, personaje femenino). Una vez más, nos sorprende la habilidad del entramado mitológico para apuntar en el centro de la diana y abrir caminos a la reflexión profunda. De la más sombría oscuridad nace el resplandor más patente y potente.

La ciencia de la complejidad demuestra que, por paradójico que parezca, hay orden en el caos. Este «impone límites fundamentales a la predicción, pero también sugiere relaciones causales donde nadie las había sospechado» (Complejidad y Caos, monográfico de Investigación y Ciencia). Sistemas complejos muy dispares son regidos por leyes comunes que permiten «describir fenómenos tan variados como las selvas tropicales, las mutaciones víricas, los hormigueros, la evolución biológica […] la estabilidad de los ecosistemas o la dinámica del cerebro».

Los sucesos emergentes generan un mundo nuevo presidido por unas leyes nuevas, el todo es más que la suma de las partes. Conforme rezaba el título de un influyente artículo de Philip W. Anderson, «más es diferente». El punto de vista holístico que aporta este conjunto de explicaciones puede ser muy útil a la hora de tomar conciencia de las conexiones entre cosas y hechos que se suelen considerar realidades independientes y estancas. Abre asimismo una interesante perspectiva de los sistemas vivos. Y como señala Fritjof Capra en The Web of Life, «para recuperar nuestra plena humanidad, debemos reconquistar nuestra experiencia de conectividad con la trama entera de la vida».

Algunos de los máximos logros de la creatividad y la imaginación humanas han sido realizados muy lejos del equilibrio. Escritores, músicos o artistas han trabajado al borde mismo de la boca del volcán, acosados por demonios interiores o exteriores y movidos por insobornables convicciones éticas y estéticas. La combinación en divina proporción de caos y estabilidad supone un pacto, por precario que sea, entre obra y vida, de modo que no haya que dar a ninguna de las dos por perdida. El empeño de caminar sobre el filo de la navaja es duro y azaroso. Con frecuencia, la temporal y frágil entente estalla en pedazos y el creador acaba, como Empédocles, arrojándose al corazón del Etna.

Llena de callada fuerza, la gran naturaleza
abraza al que vive presagiando;
para que evoque su espíritu, lleva
en el pecho pena y esperanza el hombre;
de su más honda entraña asciende el poderoso anhelo.
Y es capaz de muchas cosas y espléndido
es su decir, transforma el mundo.

(Hölderlin: Empédocles)

Así sucumbe sin estrépito a la autodestrucción, la locura o la muerte, si bien queda su obra para traernos luz en las tinieblas, «pues por una vez, ciegos, / tuvimos necesidad del milagro». En ocasiones, el torbellino se disuelve porque la estabilidad gana la batalla al caos, encerrándolo en una oscura estancia de polvo y olvido. Y al desaparecer este, el genio se evapora con él. Asistimos entonces al triste espectáculo de la decadencia del creador, de su progresivo hundimiento en la ciénaga de la banalidad. Puede que haya salvado su vida o su razón, y eso es bueno, aunque en el envite ha perdido su alma. O se ha contaminado de la vulgaridad del mundo hasta tal punto que la ha vendido sin darse cuenta.

Todo esto no significa, desde luego, que no puedan realizarse magníficas gestas permaneciendo más cerca del equilibrio. Ejemplos históricos no faltan. Pero no pocas veces, quienes no se arriesgan a salir del salón-comedor espiritual se contentan con exprimir su talento para gustar —incluso a generaciones futuras—, renunciando al tormento y el éxtasis. Sin embargo, las obras condimentadas con sangre, sudor y lágrimas están dotadas de un plus de vida que les permite escalar cimas inaccesibles al común de los mortales. En esas alturas el aire resulta irrespirable a quien no está habitado por la voluntad de romper todos los límites para ir más allá, más lejos.

No iba desencaminado Nietzsche con aquello de que el caos puede engendrar una estrella danzarina (Así habló Zaratustra). Uno de los elementos más icónicos de la teoría del Caos es la representación gráfica de los llamados atractores. Algunos dan imágenes mágicas que a unos recuerdan las alas de una mariposa y a otros los ojos de una lechuza. En todo caso, revelan la sutil estructura que se esconde en una serie aparentemente desordenada de datos (Gleick: o. cit.). Reflejan la trayectoria de un sistema que nunca se repite de modo exacto y que, en consecuencia, jamás se corta a sí misma. Describe curvas sucesivas, sin límite en el tiempo. Se diría un torbellino que nos invita a conocer su fondo, como le ocurre al protagonista de Un descenso al Maelström de Poe. Estéticamente fascinantes, su misterio cambiante es inagotable. Cada cual, científico o no, es muy libre de ver en ellas lo que quiera. A mí me traen a la mente el efecto siempre renovado de la gran atractora con la que comparto vida y milagros.


Antonio Monterrubio Prada nació en una aldea de las montañas de Sanabria y reside en Zamora. Formado en la Universidad de Salamanca, ha dedicado varias décadas a la enseñanza. Es autor de la trilogía La verdad del cuentista, Almacén de ambigüedades y Laberinto con vistas (Semuret, 2022), Al revés te lo digo (Trea, 2024), La primavera y el titán (Marciano Sonoro, 2024), El serano (Castilla Ediciones, 2025), Antígona viveEl tiempo en llamas y Una época formidable. Publica textos en El Cuaderno y escribe artículos en Nueva Tribuna, Nueva Revolución y Diario del Aire. Colabora con la revista El Viejo Topo.


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