El runrún interior

El runrún interior (159)

Pablo Batalla escribe en su dietario sobre una inquietante pregunta que debemos hacernos con respecto al fascismo, las aventuras de Albert Rivera o la lectura de 'La morera de Jerusalén', de Paola Caridi.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (158)

Lunes, 22/9/2025. Me topo con un meme que pasa revista a las incoherencias de algunos líderes de la ultraderecha europea, y de los propios partidos y bases electorales que los ensalzan: Reconquête está liderado por un judío argelino (Éric Zemmour); el SPD checo, por un inmigrante japonés, Tomio Okamura; Alternativa para Alemania, por Alice Weidel, una lesbiana casada con una inmigrante de Sri Lanka; y Advance UK, por un musulmán pakistaní, Ben Habib. Podríamos añadir a Vox, cuyo caudillito es un divorciado que no hizo la mili, aunque ahora haga footing con una camiseta del Ejército de Tierra. Pero ¿y qué? Los fascistas son así. Incoherentes y eficaces. Como señalaba Stuart Hall, la ideología no es un constructo racional al que haya que apretarle bien todos los tornillos, porque si un tornillo está flojo, se puede venir abajo el mecano entero. Sino un sueño (o una pesadilla).

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Menudean los reconocimientos diplomáticos de Palestina como Estado. A buenas horas. Son valiosos (al menos, más valiosos que su ausencia), pero tienen un aire a extremaunción.

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Empiezo La morera de Jerusalén: una historia de la guerra y la resistencia en Palestina y Oriente Próximo contada a través de los árboles. Un libro muy bonito y, por supuesto, muy triste. Su autora es la periodista e historiadora italiana Paola Caridi. Hay capítulos dedicados a los naranjos de Yafo, a los sicomoros de Gaza… pero el título proviene de un árbol concreto sobre el que versa el primer capítulo; una morera —tut en árabe— que fue la última que quedaba de las varias que había habido en una casa de Jerusalén que, en 1948, el naciente Israel le arrebató a una familia palestina, como tantas otras. Caridi se alojó en esa casa en 2009 y conoció al padre Jean Manuel, que había vivido en ella antes de la Nakba. Tantos años después, y ya anciano, aún recordaba con viveza aquellos árboles de la niñez: «Eran siete las moreras. Cuatro con moras blancas y tres con moras rojas. Mi madre usaba las moras para hacer mermelada». En 2009 quedaba solo una. Y diez años después, la talaron. Caridi vio el muñón, de unos cincuenta centímetros de alto. Y el desconsuelo se apoderó de ella, aunque puede «deducir, con bastante seguridad, que las raíces continúan ahí abajo, vivas, [… porque el] tronco está fuerte y sano, el memento de un árbol de más de cien años de vida. Probablemente un siglo y medio». Una metáfora de la propia Palestina, maltratado y resistente árbol.


Martes, 23/9/2025. Una palabra a guardar, que me encuentro en La morera de Jerusalén: «escolasticidio». Israel lo ha perpetrado en Gaza, junto con todos los otros -cidios. Gaza es —era— una ciudad culta, con varias universidades que alojan —alojaban— un porcentaje de población con estudios superiores idéntico al del Reino Unido. Israel las ha bombardeado, las ha destruido con minas y ha asesinado a miles de profesores y estudiantes. Y lo ha hecho igual de deliberadamente que el Dáesh dinamitando Palmira. Escolasticidas, sí.

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Me encuentro, también en La morera de Jerusalén, un comentario sobre el asesinato, en un ataque con drones, de veinticinco miembros de una misma familia gazatí, los Samouni. Y eso me hace pensar en una manera de hacerle ver a gente que no lo cree todavía que lo de Gaza es un genocidio. Casi no hay nadie en Gaza a quien no le hayan matado a uno o varios familiares de la misma exacta manera que casi no hay un judío que no los perdiera en la Shoá. Han perecido clanes completos, igual que los Samouni. Y genocidio no es matar al último individuo de una determinada etnia: eso no ha pasado nunca. No pasó en Armenia, no pasó en el Congo, no pasó con los judíos de Europa. Es mata a una cantidad descomunal y desarraigar al resto, arrasar su paisaje, sus anclajes sentimentales y materiales, anularles la libertad y cualquier perspectiva de futuro. Y eso está pasando con Palestina como pasó con el judaísmo europeo.

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Los árboles pueden ser arrasados, pero también pueden arrasar. Caridi habla de las plantaciones emprendidas por Israel tras su nacimiento; frondosos bosques nuevos —sobre todo de pinos— hechos germinar allá donde, antes, no había habido árboles, sino pueblos palestinos. Entre 1947 y 1950 se plantaron más de cuatro millones de árboles nuevos, con el objeto de esconder la guerra y lo que había causado, y también de prevenir el regreso de los refugiados. Desaparecieron 91 pueblos en total, y muchos de ellos se sumieron en un olvido casi total. Pero en 2021 hubo un gran incendio en los alrededores de Jerusalén y Galilea que hizo aflorar las ruinas de muchos de ellos, como esos cadáveres de un antiguo crimen perfecto, que de pronto se imperfecciona.

Caridi también habla de cierto greenwashing del conflicto palestino. Hay dos plantas salvajes, el akoub y el za’atar, que la cocina tradicional palestina usa mucho, pero cuya cosecha está prohibida ahora, porque las autoridades israelíes las han incluido en la lista de especies en peligro de extinción. Los palestinos denuncian que se trata de un colonialismo verde; de una excusa ecológica para la desposesión. Los genocidios son un abanico de ataques que va de lo brutal —el puro asesinato de familias completas— a lo sutil: que en Israel, por ejemplo, la manera de referirse a los palestinos sea aravim, «árabes», negando su especificidad a los habitantes vernáculos del Estado, de los que viene a decirse —a veces lo dicen literalmente— que bien podrían largarse a Kuwait o a Marruecos, porque todo es un poco lo mismo. Los palestinos no son más árabes que lo que nosotros somos «latinos» o algo así. Y su desposesión y exilio no son más tolerables que enviar a un español a vivir a Italia o a Rumanía, con sus hermanos romances.

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Me quedo prendado de esta anécdota que leo hoy, y que nos habla de una ética sideral, interplanetaria: cuando la sonda Cassini, enviada a Saturno y sus satélites, agotó su combustible, se planificó —leo— su destrucción, para evitar que, dejada a la deriva, pudiera ocasionar contaminación biológica o radiactiva en Titán o Encélado, satélites con altas probabilidades de albergar vida. El viernes 15 de septiembre de 2017, se le hizo entrar en Saturno, donde la presión atmosférica del planeta la desintegró.


Miércoles, 24/9/2025. Javi Poves y Elisa Mouliáa en la tele (qué inmensa mierda de tele padecemos), perorando sobre chemtrails y otras cucú-teorías. Veo ahí, quiero verla, una historia de amor en ciernes. Dos almas solitarias e incomprendidas unidas por la chifladura, como Iker Jiménez y Carmen Porter.

Nos fumigan, dicen. Y lo malo no es que nos fumiguen: es que no nos fumigan. Deberían fumigarnos a base de bien. Estamos como burros. Bill, fumíganos.


Jueves, 25/9/2025. España ofrecerá amparo militar a la Flotilla de la Libertad de Gaza, para evitar que Israel la ataque o hunda. Este Gobierno —el más digno de Occidente— tiene, básicamente tres tipos de enemigos: malvados, mezquinos e incautos (por no usar una palabra más ofensiva). Y los que no somos ninguna de las tres cosas tenemos que protegerlo como oro en paño.

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Ayuso se reúne con la encargada de negocios de la embajada de Israel para «manifestar su rechazo al señalamiento o persecución de origen judío o israelí en la capital y trasladar su condena a las protestas» de la Vuelta. Es realmente espeluznante pararte a pensar que la capital de tu país ha votado en masa para gobernarla a una psicópata que apoya diaria, incansable, ruidosamente y sin reservas a gente que mata a niños de hambre de forma deliberada, cuando hasta su partido toma distancias. Y lo más espeluznante es que, si hay elecciones mañana, seguramente vuelva a ganar.


Viernes, 26/9/2025. Condenado el bufete que despidió a Albert Rivera a pagarle 1,3 millones de euros, por incumplimiento de contrato y daños morales. Me quito el sombrero ante este hombre. Al césar lo que es del césar. Esta capacidad formidable para vivir del cuento, para monetizar tu propia holgazanería, uno solo puede admirarla sin reservas. Million Dollar Cantamañanas.

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Cavafis escribió aquello de que, por más que trates de escapar de ella, «la ciudad irá tras de ti. En sus calles pasearás, / las mismas, y en los mismos barrios envejecerás, / se te verá en estas casas acabarte. / Y siempre llegarás a esta ciudad». Hoy descubro un poema de Ferrater que expresa la visión opuesta: el amor a la ciudad. Dice:

LA CIUDAD

Llena de calles por donde he cruzado
por no pasar por sitios que ya me conocían.
Llena de voces que me llamaron por mi nombre.
Llena de habitaciones donde adquirí recuerdos.
Llena de ventanas donde vi alzarse
los montones de soles y lluvias que se me hicieron años.
Llena de mujeres que seguí con los ojos.
Llena de niños que solo sabrán
cosas que sé, y que no quiero decirles.


Sábado, 27/9/2025. Leo que Israel va a pedir reparaciones multimillonarias a España por la expulsión de los judíos en 1492. Algo me dice que los muchachotes de Vox, tan españoles ellos, tan enemigos de la Leyenda Negra, que hasta publican libros defendiendo que la expulsión de los sefardíes era necesaria, no se van a enfadar con su ídolo Netanyahu por pedir trillones de perras como con López Obrador y Sheinbaum por pedir una disculpa.

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Escribía ayer sobre Albert Rivera. Ahora veo que lanza un «Tren de las Ideas». El vídeo promocional empieza con él perorando esto en un asiento de tren: «La creatividad, para mí, es innovación, es genialidad, es la capacidad de crear y de pensar ideas nuevas. Creo que el mundo de las ideas necesita gente creativa y a mí me encanta compartir con gente mejor que yo, con gente que sabe crear ideas y que te sorprende siempre desde otro ángulo, con una visión innovadora». Mientras lo dice se le escapa una sonrisita. Luego aparecen otros tipos y tipas soltando la misma cháchara vacua. En serio: lo de este tío es espectacular. Admiración absoluta. Nunca ser humano varón alguno se rascó los huevos tan fuerte, su rostro es de un material cuya dureza carece de parangón en el sistema solar. El Michael Jordan de la vagancia, el Scottie Pippen de la ergofobia (fobia al trabajo: se llama así), el español definitivo, rey de los pícaros, quijote indesmayable de su propia galbana.

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Le leo a Gregorio Luri, en Twitter, una historia que no conocía, y que me sorprende. Hermann Göring tuvo un hermano pequeño antinazi: Albert, que utilizó su apellido para liberar a judíos de los campos de concentración de Dachau y Theresienstadt. Dirigía la fábrica de armamento Škoda en Checoslovaquia, donde el saludo hitleriano estaba prohibido. Tras la guerra, los americanos, desconfiando de su apellido, lo encarcelaron junto al hermano. Les costaba aceptar que hubiera un Göring bueno. Fue condenado, y solo salió de prisión después de elaborar una lista minuciosa de las personas a las que había salvado la vida. Al salir de la cárcel se encontró en la más absoluta pobreza. Su apellido le cerraba todas sus puertas, pero no se lo cambió. Sobrevivió gracias a la comida que le mandaban sus amigos judíos y se suicidó en 1966. El Estado de Israel tiene inscrito ahora su nombre en el memorial del Holocausto, donde figura como Justo entre las Naciones. No hablaba mucho de Hermann, pero una vez confesó: «Como hermanos, nos queríamos». La endiablada complejidad de todo lo humano…

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Publicamos en El Cuaderno un artículo cojonudo, traducido por mí, de un anónimo activista antifascista de la Costa Oeste de Estados Unidos, que prefiere no revelar su identidad por lo que pueda pasar (así están las cosas). Moriche descubrió su blog y a él en Twitter —donde solo tiene veinte seguidores— y le sorprendió la calidad de sus textos. El sorprendido, después, fue él, cuando le escribimos proponiéndole traducírselos. Este se titula «¿Va Estados Unidos hacia un “horizonte de sucesos” fascista?». Y en él se incluye este comentario sobre el Partido Demócrata, que convendría enviarle a tanta gente en la izquierda española: «La polarización, la galvanización, la vehemencia…, todo eso es mentar la bicha para un partido que solo busca detener el reloj, en lugar de trazar un camino diferente hacia delante».


Domingo, 28/9/2025. Me habla Moriche de una metáfora que usan en Italia y que me parece deslumbrante: el «muro de goma», que no es violento, que no te destroza cuando chocas con él, pero es infranqueable. Así es nuestro mundo hoy, así son sus problemas, así es nuestra impotencia para cambiarlo y evitar la catástrofe.

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Hace una semana me compré en Cercedilla un librito que leo hoy: Sobre sus corazones, caminaron. Es un fotopoemario con imágenes de Moayed Abu Ammouna y poemas de Jehad Arbou, dos gazatíes, que siguen en Gaza. Arbou es licenciada en arte y tiene 25 años; Ammouna, licenciado en Radio y Televisión, dedicado a las artes visuales y el cine. Ana Mattioli Aramburu les ofreció publicar sus trabajos en España, a fin de recaudar fondos que enviarles. Los veinte euros que cuesta cada libro van íntegros para allá. Me lo compré por solidaridad y esperándome poemas sentidos, duros, conmovedores, pero no demasiado buenos. Sin embargo, lo son. Este, sobre todo, me noquea:

EL MAR

El mar me rodea.
Estoy entre esas olas,
lavando mi cuerpo con sangre de guerra.
¿Espero algo?
Me sumerjo en el dolor de mis recuerdos.
Cuando era pequeña, le tenía miedo al mar.
Mi padre me cargaba en su espalda
y me llevaba hasta la orilla.
Todos los peces me recibían,
como si fuese una sirena.
Me apoyaba en las olas.
No me daba miedo caer,
porque estaba sobre los hombros de mi padre.
Ahora mi padre ya no está.
La guerra mató a mi padre.
Todos los peces están muertos
y yo estoy sola en la orilla.

Qué importante leer estos textos que le ponen rostro y nombre al sufrimiento individual de los palestinos. Incluso los defensores de Palestina solemos ignorarlo; lo disolvemos en el ácido del número, del colectivo. Alzamos la voz por una masa anónima, no por una serie de individuos que tienen, cada uno, su propia personalidad, y su propia historia. «No soy anónima. / No soy solo un número», dice Arbou —nos lo dice a nosotros— en uno de los poemas. Dice en otro: «Escribo mi nombre en mi cuerpo, / y así cuando una bala de la ocupación me mate, / y una parte de mí sea encontrada en bolsas azules, / leerás mi nombre. Me reconocerás». Y qué decir de este:

DE LAS HISTORIAS DE HOY SOBRE UNA MADRE

Su hijo siguió atrapado bajo los escombros de su casa
durante un año entero después de la guerra.
Tras la retirada de las fuerzas de ocupación,
después de anunciada la tregua,
logró llegar a la zona
donde se habían asentado los colonos.
Después de que el ejército se retirara,
pudo ir a la casa
y cavar hasta encontrar a su hijo.
Al final, después de un año,
¿qué encontró de él?
Lo halló descompuesto,
sin nada más que su cráneo y unos pocos huesos.
Lo abrazó, lo besó
y luego fue a enterrarlo,
como si lo hubiera encontrado entero.

*

¿Realmente «nos veremos en el campo de concentración»? Se ha vuelto habitual espetárselo al otro, cuando dos personas de izquierdas discuten por lo que sea. Si nos dividimos, nos derrotarán, etcétera. A mí me lo dicen hoy en una discusión sobre el feminismo. Mi interlocutor dice que el maximalismo y la insolencia de las feministas contemporáneas está ultraderechizando a los chavales, y acaba espetándome eso cuando rechazo sus argumentos: nos veremos en Auschwitz, nos veremos en Albatera, nos veremos en Argelès. Pero ¿y si no? ¿Y si no nos vemos en Auschwitz, sino en la Braunes Haus, la sede del NSDAP? Cuando pensamos en el fascismo, nos gusta imaginarnos como héroes, mártires o al menos víctimas; gente a la que el fascismo odie con toda su alma y quiera eliminar. Nunca como cómplices, a pesar de lo fácil que la historia nos dice que es convertirse en uno. Poca gente tiene madera de mártir. Somos débiles, somos acomodaticios, somos cobardes, siempre existirán excusas para procurarnos una autoprotección egoísta: la «obediencia debida», la ignorancia, la protección de los nuestros, que todos lo hacían… Y si el fascismo vuelve, habrá muchos izquierdistas, incluso muchos izquierdistas que hayan sido radicales cuando era fácil serlo, que amagüesten (¿que amagüestemos?) con él, que acepten (¿aceptemos?) aquella colaboración que el franquismo ofreció a Miguel Hernández: pon tu innegable talento a nuestro servicio y la gélida celda en la que te hemos metido se convertirá en poltrona, aprecio, fama, agradecimiento. El fascismo no es rencoroso, o no siempre lo es. Puede estar perfectamente dispuesto a salvar a sus enemigos, si dejan de serlo, si firman el pacto fáustico que les ofrezca. El poeta oriolano se negó, y por eso murió en la cárcel. Pero ¿quién más se negaría? No vivimos, precisamente, en una época de hombres y mujeres de acero, como era aquella. ¿Te negarías tú, lector? ¿Me negaría yo? Me encantaría estar seguro de responder que sí. Pero no lo estoy.

El runrún interior (160)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleNueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).


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