Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

Repita conmigo: hi-po-cre-sí-a

«Hagamos cuentas: sesenta mil muertos. De acuerdo, venga, ahora sí. Treinta mil no eran suficientes, con treinta mil todavía se podía comprar y vender armas a Israel, todavía se podía decir que Israel se estaba defendiendo de una organización terrorista, todavía se podía recibir a Israel en Eurovision y en La Dichosa Vuelta». Un artículo de Alberto R. Torices.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

Imagen destacada: un mural propalestino en Barcelona, fotografiado por B. de los Arcos en abril de 2024

Se apela a menudo al «juicio de la historia» como argumento, más bien como palanca para forzar al contrario, al adversario, a desplazarse de su posición, que consideramos inaceptable y escandalosa, radicalmente injusta. La apelación pivota en el sobrentendido de que la historia, ella sí, será justa, de que sus sentencias solo pueden ser certeras y atinadas. A nosotros nos podrán engañar, pero a «la historia» no; la historia verá claro entre las mentiras y las ocultaciones, antes o después su luz disipará la niebla de los intereses de unos y otros, y su dictamen será objetivo, riguroso, imparcial. La historia pondrá a cada uno en su sitio.

Hay muchas formas de alienación, pero el mecanismo fundamental es siempre el mismo. Dios, la ley, la historia; el padre, el partido, el director espiritual; el marido, el amado líder, el autor al que hemos designado como nuestro referente intelectual. Les reconocemos cualidades que nosotros no tenemos, se las reconocemos a ellos en grado absoluto y nos postramos ante su autoridad, nos arrodillamos voluntaria y diligentemente, aliviados de la carga de pensar y, ya puestos, de la responsabilidad de actuar, del mandato de rebelión que pesa sobre toda criatura dotada de conciencia. Confiamos en la historia, en la ley, en Dios. En el padre, el partido, etcétera, y nuestra confianza nos exime de esfuerzos mayores.

Ayusos y almeidas de aquí y de allá, de arriba y de abajo, dicen que no hay genocidio en Palestina, que lo que hay es un país defendiéndose legítimamente del terrorismo, y añaden que quienes critican y denuncian y condenan a Israel son antisemitas y cómplices del terrorismo; por si fuera poco, son también, en muchos casos o en todos, chusma comunista, agitadores violentos y antidemocráticos, perroflautas, podemitas, «gentuza», todo ello junto y ademas idiotas al servicio de los enemigos de Occidente. A los ayusos y almeidas de Madrí y de «el resto de España», de los barrios pijos y de las barriadas, les acusamos, cómo no, de complicidad en el genocidio, de hacerlo posible, de agravarlo y alargarlo con sus palabras y con sus silencios, con sus acciones y con sus omisiones. Muy evidentemente, son copartícipes y corresponsables de la destrucción y de la matanza, y en nuestra desesperación, en nuestra cólera, acudimos a los hechos, a las cifras que recuentan el horror, a los testimonios de quienes han estado allí, pero también a argumentos tan peregrinos como este de que la historia les juzgará. Como si ayusos y almeidas de hoy y de ayer no escribieran la historia, como si la fueran a escribir los niños esqueléticos de Gaza o los muertos aplastados bajo los escombros, como si no hicieran falta décadas o siglos para poner en evidencia los juicios más manipulados e interesados de la historia, como si décadas o siglos después no siguiéramos subrayando y dando por buenos los dictámenes más infumables de la historia.

Se cumplen dos años de los atentados de Hamás, dos años de «respuesta» de Israel, una respuesta que consiste en culpar de esos atentados a toda la población palestina y castigarla mediante el bombardeo, la invasión militar, la destrucción de toda infraestructura, el desplazamiento forzoso y masivo de la población, la privación de agua y alimento, de electricidad y todo tipo de suministros necesarios para la vida. Sesenta mil muertos, incontables heridos e incontable hambre y miedo, incontables traumas físicos y psíquicos, incontables lágrimas, incontable pánico, incontables gritos. Dos años y sesenta mil muertos después, con Gaza convertida en una enorme escombrera, el mundo ha reaccionado, o a empezado a reaccionar, por fin. Las condenas a Israel ya no son cosa de extremistas, comunistas, los de siempre. Los cincuenta o sesenta indignados que se concentraban en las plazas de León hace un año, por ejemplo, que a lo mejor alguna vez llegaron a la centena. Ahora ya sí: La Vuelta, los actores, el presidente del Gobierno de España. Muchos que antes contemporizaban o callaban ahora sí hablan y se desmarcan, ahora son rotundos, ahora sí. En la política, en los medios de comunicación, en la calle. Periodistas, clérigos, cantantes. Con la boca pequeña a veces, con la cara de palo y el cuerpo todo como si les hubieran metido algo por algún sitio, pero acceden, nos lo conceden: venga, de acuerdo, es un genocidio.

Si la historia fuera un juicio justo y no un sucio y apestoso gallinero, si fuera una referencia seria y no una miserable patraña tantas veces, pocos podrían salvarse de una condena por complicidad, por ambivalencia, por indiferencia. Hemos tardado mucho, seguimos tardando muchísimo. ¿Más vale tarde que nunca? ¿Más vale un gesto pequeño que ningún gesto? ¿Más vale una medida parcial que ninguna medida? ¿Dejar de comerciar aunque no sea del todo? ¿Decretar un embargo de armas aunque no se cumpla? ¿Cerrar el espacio aéreo pero no las bases, queridos patriotas, no las vergonzantes bases militares del Imperio, desde las que se sigue brindando cobertura y medios al genocida?

A los políticos, claro que sí, hay que criticarlos, hay que pedirles cuentas y defenestrarlos si no corresponden a la confianza que nos pidieron. Pero el deber ciudadano de criticar, exigir cuentas y quitar de en medio a quien defrauda nuestra confianza no exime al ciudadano de responsabilidad sobre sus actos y sus omisiones, sobre su palabra y su silencio. Al ciudadano, sin embargo, lo vemos instalado muy cómodamente en la actitud de abroncar a unos y jalear a otros; lo vemos pasando mucho de todo hasta que le asalta el vómito rabioso o la mera apetencia de arrojar sus detritos verbales sobre el político de turno, y vejarlo, insultarlo, apedrearlo, escupir inmundicias de la manera más hipócrita y grosera, y quedarse muy a gusto mientras espera la siguiente ocasión de votar PP o PSOE, o peor todavía.

No hay problema político que no sea en primera instancia, en su misma esencia, un problema social. Los políticos son, en gran medida, hipócritas, corruptos, malvados, porque los ciudadanos somos en esa misma medida hipócritas, corruptos y malvados. Los políticos son egoístas, groseros, banales, porque la ciudadanía lo es y lo consiente, lo aplaude, lo alimenta. La política está, en grandísima medida, podrida, porque la sociedad está fundamentalmente podrida, porque tenemos podrido hasta la raíz el poco corazón que nos queda. Todos los días son asesinados palestinos porque los políticos a los que hemos elegido y volveremos a elegir son cómplices, copartícipes y corresponsables del genocidio, por supuesto que lo son, pero también por la cobardía, la hipocresía y la indiferencia que son tónica dominante entre la población y que apenas ahora, apenas un poco, quiere dejar de serlo, o lo será brevemente hasta que se renueven las escaletas de los telediarios, hasta que encontremos otro entretenimiento para los veinte minutos diarios que dedicamos a echar un distraído vistazo al mundo. O diez.

Hagamos cuentas: sesenta mil muertos. De acuerdo, venga, ahora sí. Treinta mil no eran suficientes, con treinta mil todavía se podía comprar y vender armas a Israel, todavía se podía decir que Israel se estaba defendiendo de una organización terrorista, todavía se podía recibir a Israel en Eurovision y en La Dichosa Vuelta. Con quince mil, no digamos, por quince mil irrisorios palestinos muertos no vamos a echarnos a la calle, a pronunciarnos en ningún lado, a llamar genocida a nadie. Los muertos palestinos nos dan la medida exacta y macabra de nuestra «moral», esto es, de nuestra falsedad, de nuestra podredumbre. Una medida precisa y, a la vez, variable, porque nuestro sentido de la justicia no reacciona de la misma manera si los muertos son de aquí que si son de allí, si son judíos o si son árabes, si son blancos o si son negros. En algunos casos, para que nos atrevamos a hablar de injusticia basta un muerto; en otros, hacen falta muchos miles. ¿Dije podrido? Podrido es poco.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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