Mirar al retrovisor

La triste historia de la División Azul

Sin justificar sus acciones, Joan Santacana escribe sobre el lado humano de la División Azul, cuya historia ilustra perfectamente , dice, hasta qué punto la guerra conduce a un estado de alienación en el cual el entorno social ideológico o geográfico puede ser decisivo para la elección de bando.

Mirar al retrovisor

La triste historia de la División Azul

/por Joan Santacana Mestre/

Me contó un amigo médico que una vez atendió a un paciente, ya anciano, que en sus desvaríos explicaba que él, cuando estaba en Rusia, tenía a dos hermanas lituanas a su servicio con las que hizo el amor durante un cierto tiempo. Mi amigo decía que el pobre hombre contaba aquella historia como algo muy importante, como la cosa más emocionante que le había ocurrido en la vida. Naturalmente aquel paciente era un superviviente de la división 250 de la Wehrmacht, la llamada División Española de Voluntarios, conocida como División Azul.  Poco tiempo después de que mi amigo me hubiera contado esta anécdota, en una librería de libros de ocasión descubrí un libro titulado División 250, cuyo autor era Tomás Salvador (1921-1984). Se trataba de una obra autobiográfica de un soldado de aquella División Azul editada en Barcelona en 1954, es decir una docena de años después del desempeño aquella unidad de guerra.

Esta historia empezó un día de julio de 1941. Los alemanes acababan de atacar a Rusia. El general Franco decidió que España participaría en la guerra mediante una división de voluntarios integrada en el ejército alemán. Y así fue: se la encuadró en el XXXVIII cuerpo del Ejercito XVIII, en el sector de Nóvgorod-Wolchow, para reubicarla posteriormente en el XLIV cuerpo del mismo ejército, en el sector de Leningrado.  La campaña de aquella división duró desde el 12 de octubre de 1941 al 8 de octubre de 1943, en que se la retiró del frente soviético. La División Azul fue disuelta definitivamente en 21 de marzo de 1944.  Sus soldados combatieron en un frente helado durante 24 meses. Nunca supieron qué se escondía detrás la decisión del Estado fascista de Franco. Los que volvieron de esta guerra incorporaron a su lenguaje, de agrio sabor cuartelario, unas pocas palabras alemanas, polacas y rusas, y en su memoria quedaron grabadas las imágenes de aquellas chicas rubias a las que conocieron.

Sobre aquella historia hay muy poco escrito. Para la izquierda española y europea, fueron dieciocho mil fascistas que junto con el ejército nazi coadyuvaron al saqueo, la destrucción y la muerte en el frente del Este, atacando el sagrado suelo de la patria comunista. Para la derecha española, para los herederos del franquismo, aquélla fue una historia que es mejor se conozca poco. Pero, realmente, ¿quiénes eran? ¿Por qué se enrolaron? ¿Qué esperaban? Tomás Salvador, uno de aquellos voluntarios, escribió algunas cosas —las que en 1954 se podían contar— y dejó constancia de la emoción de la partida hacia Rusia, de las canciones que entonaban desde los trenes abarrotados rumbo a la frontera, cargados de coñac, temerosos de llegar al frente cuando la guerra ya estuviera acabada. Sí, ¡tenían miedo de que cuando ellos llegaran la guerra ya estuviera terminada y los rusos vencidos! El contingente de hombres jóvenes que formaba la División era muy diverso, desde falangistas convencidos a aquéllos que buscaban ascenso social o simplemente huían de la miserable posguerra de España, hasta algunos que tenían la esperanza de pasarse al campo soviético, cambiando de bando.

Y mientras los convoyes ferroviarios atravesaban la Península, las multitudes se agolpaban en los andenes de las estaciones; entre agasajos y borracheras miles de voluntarios se dirigían a la frontera de Francia. En San Sebastián y en las estaciones próximas a la frontera se cruzaban con refugiados franceses, con judíos que huían del Holocausto y con las huellas inequívocas de la guerra de España, visibles en los chamuscados muros de las casas de Irún, hasta alcanzar el puente internacional y pisar, quizás por primera vez en su vida, tierra francesa.

Partida de la División Azul

Atravesar la Francia vencida les producía una satisfacción profunda de superioridad, aun cuando se daban cuenta que aquel país era más rico, más educado, mejor organizado que el suyo. Se dieron cuenta de ello tan sólo al cambiar de tren: ¡los vagones de tercera franceses eran mucho mejores que los españoles! En las necesarias paradas, había agua caliente en las duchas, pero en las estaciones francesas no había nadie para recibirles: sólo delegaciones protocolarias. La gente pasaba sin decir nada. ¿Por qué no saludaban a los héroes que iban a luchar por ellos contra el Mal absoluto que era la Unión Soviética? ¡Las francesas ni tan siquiera los miraban a pesar de los piropos!

Aquello era el extranjero, que imaginaban físicamente distinto; y así hasta la tierra prometida, Alemania. Aquí sí, aquí les recibieron con caras alegres. «¡Alemania, chicos! ¡Estamos en Alemania!». La gente aquí sí que sonreía; las chicas les lanzaban miradas furtivas, algunas les alargaban flores, y empezaba el intercambio de emblemas: la cruz gamada por el yugo y las flechas; las boinas rojas por los pañuelos. ¡Qué grande y ordenada les parecía aquella Alemania!

Los comedores alemanes les parecían de otra galaxia; unas chicas también rubias preparaban las mesas, fijándose en que todos los detalles estuvieran en su sitio. Pancartas con letras góticas que apenas entendían; muchos comieron mantequilla por primera vez en su vida. ¡Y las chicas se asombraban de la gran cantidad que ponían encima las rebanadas de pan! Y las mermeladas y las rodajas de salchicha, la cerveza y los cigarrillos… Todo era nuevo y fastuoso. ¡Se notaba que eran los vencedores! Hasta que finalmente llegaron al campamento, en un lugar para ellos extraño, Grafenwür. Todo estaba ordenado; extraños les parecían los complementos, los cepillos de dientes (¿para qué, se preguntaban?), las marmitas, las botas, el uniforme, tan distinto del español, con aquellas guerreras de paño verde, muy bueno y resistente. Y un escudo de seda en tres franjas, con el nombre «ESPAÑA» pegado en las mangas. De esta forma aprendieron a ser soldados alemanes, a limpiar sus botas como si fueran espejos, los uniformes impecables. Eran una marea verde de 18.000 jóvenes desfilando bajo la esvástica.

Ellos, orgullosos del nuevo uniforme, esperaban recibir el material propio de una división acorazada. Ya se imaginaban montados en las terrible maquinas de guerra, batiéndose en el frente ruso. Pero no fue así: los españoles no formarían una división acorazada. De los trenes militares sólo se descargaban cargamentos de carros y armones con su clásica lanza de tiro: ¡iban a ir con mulos y caballos! Fue la primera decepción. Los españoles no sabían de mecánica, no había suficientes carnés de conducir, y por ello irían con tracción caballar. Pronto los soldados empezaron a oler a caballo y las chicas alemanas, cuando se acercaban a ellas, se reían y se marchaban rápidamente. Y así hasta el 24 de agosto de aquel año, cuando entraron en lo que había sido antes Polonia. Atravesaron ciudades fantasma destruidas, llenas de hostilidad ambiental hacia ellos y de tristeza en las miradas furtivas. Allí vieron por primera vez a prisioneros y a judíos a los que forzaron a descargar la artillería, pero el clima era ya distinto. Se acercaban a la guerra que vivirían en Nóvgorod. Este lugar era una síntesis de la guerra rusa: inmensos montones de ruinas; palacios incendiados; una catedral desolada y semiderruida; la plaza con la estatua de Lenin derribada; los muros agujereados por la metralla; las planicies heladas; agrupaciones de casuchas, casi todas incendiadas; pero ahora era la ciudad de los españoles. Lo fue durante muchos meses. Ninguno de los que sobrevivió olvidó este nombre, como el viejo del hospital, que añoraba a sus dos chicas rubias a las que obligaba a copular. Porque para ellas había o bien la cama de algún español o la muerte lenta de hambre en medio de un frío terrible, como aquellas familias que a menudo descubrían en sus camas, muertos todos de hambre y frio.

La batalla de Krasny Bor, retratada por Augusto Ferrer-Dalmau.

Pero el soldado no sabe qué es lo que se decide en los Estados Mayores de los ejércitos. Ellos sólo estaban semienterrados en trincheras de hielo, escudriñando las largas noches y soportando una lluvia cada vez más intensa de metralla. Sólo sabían que las noticias del frente de Leningrado no eran buenas; abundaban las alarmas y empezaron a recibir noticias desmoralizadoras; sus uniformes ya no parecían lo que habían sido; las botas ahora estaban destrozadas y las cabezas envueltas con mantas. Y la retirada a pie, por carreteras heladas, azotadas por el viento. Los rusos civiles asistían a la retirada de tropas, atemorizados de la venganza, de las destrucciones finales, de las violaciones sin tregua ni concesiones. Además, los partisanos crecían en los alrededores de la ruta de evacuación. Así salieron de Rusia, atravesando Estonia. Allí la situación de los soldados mejoró, igual que la comida, la población civil y el ambiente. Pero era claro que la 250 División iba a ser desmantelada, disuelta, y que, en el mejor de los casos, volverían a España no como héroes victoriosos. En las tierras rusas quedaron unos cinco mil cadáveres suyos. Los que volvían intentaron llevarse de la guerra lo único que apreciaban: las chicas rusas de las que se habían enamorado; chicas a las que no entendían dado que ni ellos hablaban ruso ni ellas español. Algunos las vistieron de soldado y con ellas atravesaron media Europa hasta que en alguna frontera las descubrían y las deportaban a algún campo de refugiados: nunca más sabrían nada de ellas ni ellas de ellos.

Ésta fue la historia de aquella división. Sólo les quedó la rabia. Y como otros tantos miles de jóvenes —los que décadas después estuvieron en Corea, Vietnam, Afganistán o Irak—, volvieron a su tierra, donde fueron olvidados rápidamente. Nadie escribió sus glorias, ni se celebraron sus luchas: sólo les quedó el recuerdo de las chicas rubias del anciano paciente de mi amigo el médico.

No se trata de justificar sus acciones: fueron violentos, ocuparon pueblos e incendiaron sus casas, mataron sin compasión y con odio hacia gente que no les había hecho nada. Algunos estudios recientes, como el de Boris Kovalev, profesor de la Universidad Estatal de Nóvgorod, han puesto en evidencia la naturaleza de algunos de aquellos divisionarios. Pero su historia ilustra perfectamente hasta qué punto la guerra conduce a un estado de alienación en el cual el entorno social ideológico o geográfico puede ser decisivo para la elección de bando.


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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