Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas

El pez, el mar

Al hilo de la polémica que envuelve al obsceno Premio Planeta, Alberto R. Torices escribe sobre el mar de la literatura y los peces y pececillos que en su interior aletean.

/ Cisnes, cañones, hidras de siete cabezas / Alberto R. Torices /

Fotografía destacada de Thiago Pentagna

Con estupor, desdén y unas gotitas de ira, asistimos a la repetición cíclica de fenómenos que pretenden iluminar un espacio de nuestras vidas y en realidad le añaden otro poco de oscuridad; vienen supuestamente a enriquecer un ámbito de lo común y lo empobrecen todavía más; dicen que suman y amplían, pero lo cierto es que restan y reducen.

Cumpliendo fatalmente su ciclo anual, como tantas cosas que no tienen remedio, reaparece el premio llamado «Planeta», que ya puesto y dada su condición podría llamarse premio Galaxia, o premio Universo, total… Por muy ajeno que uno viva a estos ciclos, lo cierto es que de alguna manera acaban alcanzándole. Es realmente difícil conseguir que no se interponga en tu camino un telediario, un grueso titular, una polémica en las redes. Y así rebrotan con el planeta nuestro estupor, nuestro desdén y nuestra ira, en proporciones que tampoco cambian, apenas. Sorprende y repugna, claro, la renovada ceremonia de la corrupción, la obscenidad de las cifras, la impostura de los discursos, la medrosa y vil complicidad de autores, periodistas y autoridades en esta celebración de la estafa, este carnaval de la mendacidad y el mal gusto. Sorprende y asquea que participe de la farsa, que la sostenga y la engorde nada menos que la televisión pública, que se dice comprometida en combatir los bulos. No alcanza uno a imaginar los estómagos de esos miembros del jurado, esas tragaderas de acero, y hablando de estómagos, también los de la corte jubilosa que asiste a la gala, todos esos que apuran las últimas cucharadas del postre mientras se desencadenan los aplausos y el ganador alza su estatuilla. Quizá sea cosa nuestra, pero nos parece que en la foto siempre hay algún rostro incapaz de disimular la mala conciencia, la náusea inminente, la profundísima vergüenza. Por si fuera poco tragar, en esta farsa también hay que abrir la boca al argumento de que esa es la literatura «popular», la que de verdad interesa y gusta a la gente, la auténtica literatura. Ciertamente, pueden hacernos creer cualquier cosa: Donald Trump es un heraldo de la paz, la Unión Europea es el jardín de la justicia y los derechos humanos, los palestinos a los que matan cada día, con tregua y sin ella, militares y colonos israelíes son peligrosos terroristas, y el Partido Popular es la medicina que nos curará de la corrupción del PSOE. Claro que sí, lo que sea.

Con todo, lo que más estupor, desprecio y mala uva nos provoca no es toda esta miseria compartida, esta galáctica deshonestidad, esta universal pestilencia. No es tanto eso como el modo en que el marco nos priva del paisaje, cómo lo que se muestra es realmente lo que se oculta. La imagen más socorrida, cliché ya insalvable pero todavía enternecedor, es la del iceberg: lo que vemos es solo una pequeña parte de lo que verdaderamente es. Pero no se ajusta, no nos sirve: el planeta no es ni eso, ni mucho menos. Podemos plantarnos ante un iceberg y creer que el iceberg es lo que vemos, pero esta medida (nueve partes sumergidas de cada diez) queda muy lejos que representar el tamaño de nuestra ignorancia. Imaginémonos más bien en una playa, paseando la orilla mientras las olas lamen graciosamente nuestros pies. Pensemos que la literatura es como el mar, porque ciertamente lo es. Podemos decirnos que el mar es lo que tenemos delante, lo que vemos: esa superficie brillante, rizada de espumas, en la que chapotean los bañistas y boga un pintoresco velero. Podemos decir incluso que hemos visto el mar. Pero igualmente podríamos decirnos que el mar es una superficie infinitamente más extensa que la que vemos desde nuestra playa, y que es también y sobre todo esa inabarcable, inconcebible R E A L I D A D que no vemos porque la oculta su superficie, ese fondo que la superficie nos impide ver y en el que evolucionan criaturas innumerables e inagotablemente diversas, ese fondo de valles y montañas, y precipicios, fosas insondables, volcanes que vierten su entraña incandescente en la negrura más densa, más toda la flora y la fauna maravillosas que el plácido observador ignora desde la playa, allí donde termina el mar. Podemos pensar que la literatura es lo que sale por la tele, de cuando en cuando, esas glamurosas ceremonias anuales, esos postres y premios; esforzándonos un poco más, podemos pensar que la literatura es lo que sale en los suplementos, en las revistas del asunto; esa veintena de autores de las que hablaba un infatuado plumífero; o lo que se presenta ante nuestros ojos cuando nos plantamos frente al escaparate de una librería; incluso podemos pensar que literatura es lo que dicen los tratados, manuales e historias de la literatura, esa solemne y sesuda criba, esa decantación a la que llamamos canon. Bueno, allá cada cual, allá penas. A nosotros nos parece que el ignorado pececillo que nada bajo la superficie, con su corta vida, con su supervivencia esforzada y fugaz, sabe del mar bastante más que el distraído veraneante, que siempre encuentra el agua un poco fría, un poco caliente, un poco esto o lo otro para su sensibilidad exquisita. El pececillo morirá sin dejar rastro, pero el mar es él, punto y aparte.

Una suerte grande que tenemos los pececillos del mar profundo y vasto, infinito y desconocido de la literatura, es la de desenvolvernos naturalmente en un medio rico, diverso, innumerable; con facilidad podríamos citar retahílas de nombres y obras que se desconocen olímpicamente en la superficie, en la orilla de las cosas: se trata de nuestros semejantes, de nuestra propia especie y de especies con las que compartimos medio y oscuridad, afanes y adversidades; se trata de los habitantes reales de este mundo real. Es verdad que muchos pececillos se esfuerzan, que nos esforzamos por momentos, en ser vistos, y saltamos y nos postulamos, a ver si el mundo de la superficie repara en nosotros y nos concede su atención. Sus titulares, sus premios, sus reseñas sabatinas. A lo mejor, ay, hasta lo conseguimos, alguna vez. Yo quisiera desearles suerte y larga vida a mis semejantes, suerte para todos, y decirles que si ganan está bien y si no también, que estén tranquilos y que procuren que se la sude todo un poco, que sigan nadando y a lo suyo. Y que no olviden que el mar son ellos, somos nosotros, que no dejemos de serlo cuando salgamos ahí fuera, si salimos.

Vayamos acabando, porque la matera es grimosa y hay asuntos de más enjundia que atender, punto y seguido. Algo que nos angustia a menudo a quienes nos interesamos por la literatura y por los libros es esta incapacidad nuestra, esta imposibilidad de hacernos cargo, en toda su amplitud, de esto que nos gusta y nos interesa; y así nos esforzamos y procuramos leer más y más, y descubrir, estar al corriente de lo que pasó y de lo que pasa, de lo que se escribió y de lo que se escribe. Y sufrimos, nos desesperamos. Compramos libros que no podemos leer porque necesitaríamos vivir novecientos años, o novecientos mil, para leer todo lo que nos interesa, desde el Gilgamesh hasta el planeta dichoso (algo se puede espigar también ahí: Matute, Kurtz, Alós…), pasando por los cantares de Roldán y los de Genji, elevándonos con las místicas, descendiendo con los ascetas, abrazando los duelos, gestas y amores de todos los tiempos y lugares. Como si no fuéramos peces, como si tuviéramos que serlo más intensa y profundamente de lo que ya lo somos. Más atinadamente podríamos pensar que son ellos, los de la superficie, con sus premios planetarios y sus suplementos, sus cribas y sus manuales, sus verdaderamente odiosas tertulias radiofónicas en las que también hay concursos y premios para esforzados pececillos, serían ellos más bien los que no se están enterando de nada, o de casi nada. Ni una décima parte, ni mucho menos. Pero no hay por qué atormentarse. La literatura es ese pececillo desconocido, de vida cortísima, que nada rodeado de semejantes tan desconocidos como él por un fondo igualmente ignorado e infinito. Cualquier día caerá en una red o en el estómago de otro pez o quizá incluso muera de viejo al final de su vida minúscula. El pez morirá y nadie sabrá, pero el mar seguirá siendo un pez desconocido que nada y muere y nadie sabe.


Alberto Rodríguez Torices (Guernica [Vizcaya], 1972) ha publicado los libros de cuentos Yo, el monstruo (2002), Los sueños apócrifos (2009), Trata de olvidarlas (2017) y El trabajo está hecho (2021), y las novelas Piel todavía muy blanca (Premio Tierras de León, 2004), Sacrificio (Premio Fundación MonteLeón, 2015), Como un perro en la tumba de un cruzado (2019) y Desposesión (2024). Ha recibido asimismo el Premio de Narración Breve UNED (2009) y el Premio de Relatos La Puerta de Tannhäuser (2017), entre otros. Fue miembro del equipo editor de las revistas Otras Voces y The Children’s Book of American Birds. Reside en Valdefresno (León) y se dedica a tareas de preimpresión y diseño editorial.


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