/ por Mariano Martín Isabel /
Un crítico es el que valora una novela, la disecciona «con una minuciosidad de entomólogo» y es, por eso, un «forense» literario. José Ignacio García dice de sí mismo: «este forense literario rubrica autopsias críticas»; en eso consiste «mi yo forense», el cual «descuartiza los libros, los tortura y subraya, se cuelga medallas si captura alguna errata, busca la excelencia en cada frase» y sobre todo «no debe desenmarañar los entresijos argumentales de la novela que está desentrañando».
A veces hay que entregarse a un «silencio compasivo: el que merecen los libros a los que no quiero hacer más daño del que les han causado sus propios autores al escribirlos»; y «mi yo forense […] ese que tanto presume de su espíritu crítico», en el fondo se siente retratado en ellos cuando confiesa que tiene «celos de la genialidad de Llamazares». 26 soldaditos de plomo es una recopilación de críticas literarias escritas por José Ignacio García en dos periódicos: La Nueva Crónica de León y el suplemento literario del ABC. Él es escritor, y quizá por eso se reúnen aquí tres dimensiones que se completan: la del lector, la del escritor y la del crítico (entendiendo por crítico algo así como un lector especialmente atento). Si nos centramos en lo que dice de cada uno de los autores, nos encontramos con opiniones autorizadas expresadas con rotundidad (y con belleza). Pero de una lectura atenta se puede entresacar también una teoría literaria a salto de mata. Veamos algunos conceptos que pueden servirnos de ejemplo.
Trama. Un texto narrativo, como cualquier texto, es como la trama que urden los artesanos para fabricar las telas, con un hilo principal del que salen otros secundarios. Hace falta «que las piezas encajen con una precisión de esmaltador de soldaditos de plomo»; que no sobre nada, que todo esté en su sitio; cuando sobran hilos, cuelgan y afean la superficie como hilachas; y cuando faltan, la trama no se sostiene; de ahí que toda trama arranque con una pregunta y avance sabiamente no solo hasta «alcanzar su desenlace», sino para alcanzarlo: desde el principio, cuando arranca y sale, ya sabe adónde ir; y pocas veces es como los ríos, que no saben por dónde van a pasar hasta que el terreno les facilita el paso o se lo impide.
Argumento. Un argumento es «un eje conductor» capaz de «avivar la llama de una intriga creciente»; viene a ser lo que da «sentido y musculatura a la novela», «el tirante que sustenta la historia». Si crear es manejar los argumentos y los tiempos (p. 48), entonces habrá que «penetrar en [el] argumento» como un «zapador». Y si unos argumentos atrapan, otros rebosan y algunos no rebosan solamente de «erudición […], juicio, valoraciones sobre la política, la literatura, la sociedad o la religión», como dice José Ignacio García a propósito de Agnus diaboli de José Antonio Abella, sino que rebosan como novela: llenan el espíritu y se desbordan, hasta tal punto están llenos de filamentos y sugerencias.
Planteamiento, nudo y desenlace. Todo «cuentista de músculo […] arranca las historias con potencia, incrementa el tono conforme avanza la trama y esprinta en unos desenlaces explosivos».
Caracteres. «Concebir a los personajes es profundizar en los estratos más abismales de su psicología», dice el autor a propósito de Alberto Torices (El trabajo está hecho). La distancia entre el narrador y el personaje suele estar impresa en las voces que elige el autor, aunque no existen reglas universales: a veces hay ambivalencias porque, por tomar solo un ejemplo, el narrador en primera persona puede dar un toque intimista o, por el contrario, ser «un notario imparcial» y «no un juez tendencioso».
Entretenimiento. El entretenimiento y el interés surgen cuando, como le sucede a José Ignacio García atado a una sonda por un dolor de riñones, logra dejar de sentir dolor inesperadamente: «me olvidé de que tengo riñones; y, en mi estado, eso era síntoma de que estaba disfrutando de un libro tan interesante como ameno».
Exigencia. Pero hay novelas que no atrapan al lector desde el principio, que «ni siquiera con una sobredosis de protector gástrico se podrían digerir a lomos de una hamaca en la playa»; resulta, ahora, que el atractivo y el gancho no son las sacrosantas señas de identidad de una buena novela, puesto que hay novelas buenas que no tienen gancho. A veces la calidad (Ceniza en la boca puede servirnos de ejemplo) no lo tiene: Brenda Navarro nos brinda aquí una «maravilla narrativa».
Y es que la calidad tiene dos caras: atractiva a veces, como sucede con Alicia Sandoval («Animales hambrientos me ha hechizado sin dejarme tomar un respiro a lo largo de ciento cuarenta páginas intensas») y otra exigente (En el desván de las caracolas de Jesús Salviejo «es una novela muy exigente […] Muchos necesitarán darle tiempo y confianza para engancharse»).
Lo comercial. Si un libro comercial es «un best seller», un gran éxito de ventas, «habitualmente aligerado de pensamiento y de literatura», suele ocurrir que lo comercial sea literatura fácil y muchas veces no es ni siquiera literatura. Por eso lanza un imperativo que es al mismo tiempo un anatema: «echar abajo las puertas de […] la narrativa acomodada y comercial que tanto se estila últimamente».
El éxito. «No existe un brebaje para que una novela tenga el éxito garantizado, entendiendo por éxito hordas de lectores que compran el libro». A veces se dan conjuntamente el éxito y la calidad y eso es lo que le ha sucedido a José Antonio Abella: «El corazón del cíclope es una novela fabulosa».
Gancho, gusto y calidad. Por eso frente a los «juntaletras que, por mucho que publiquen, nunca escribirán una novela», José Ignacio García reniega de todo lo que puede oler a «novela a la antigua usanza, descrita con un lenguaje más que asequible, que se (digiere) con mucha facilidad»; una «novela ideal para llevarse de vacaciones, a una isla desierta». Algunas novelas necesitan «vocación de zapador» para entrar en ellas, como sucede con Brenda Navarro en Ceniza en la boca; «solo podrá con este purasangre novelesco el lector perseverante […] Para el resto de lectores, esos que buscan novelitas refrescantes y ligeras, que no le hagan hueco en la maleta».
Técnicas narrativas. La brújula estropeada, la técnica del milhojas, de la matrioshka, el escape room, la novela coral, los cómplices necesarios, las historias paralelas, las historias colaterales para los matices; las personalidades desconocidas, los trampantojos, los espejos perversos, las numeraciones solapadas, las entradillas que preceden a los relatos, los capítulos independientes, los puntos de encuentro, trivializar lo fundamental, convertir lo habitual en extraordinario; el biopic, los finales sangrantes para cada capítulo, los capítulos con líricos arranque y los cierres herméticos, soltar carrete y recoger sedal… José Ignacio García nos da una panoplia de técnicas de la que se puede echar mano cuando faltan las ideas; especialmente en los momentos de sequía.
Estilo. El estilo tiene que ver con el uso personal que hacemos del lenguaje. Hay que huir del lenguaje «ampuloso», de las descripciones «atiborradas de enredos», de las metáforas recargadas y de las «frases adjetivadas e interminables»: de todo aquello de lo que huyen, por ejemplo, Marcelo Luján (La claridad); Pero Mar Sancho, en un estilo distinto (La insensata vida de los santos), no obstante su «lenguaje ampuloso, casi culterano», tiene una «prosa exquisita, elegante y sutil» por «su particular forma de narrar, siempre en un párrafo continuo y sin embargo nada agobiante».
Para concluir
Todas estas consideraciones salen de 26 soldaditos de plomo (Valladolid, Castilla Ediciones, 2023). El título alude a los veintiséis caracteres de nuestro idioma que, en las imprentas de antaño, estaban hechos de plomo. Quien desee ponerse al día de lo mejor que se ha publicado en Castilla y León en lo que va de siglo (también de los premios más dignos y las editoriales más solventes) no tiene más que acercarse a estas páginas.
José Ignacio García es un crítico sensible, agudo, su trabajo es fruto del buen gusto y de sus lecturas voraces; trata muy bien a sus autores (a los que no le gustan, simplemente, no los reseña). Su expresión, lejos de todo academicismo, es profundamente vital y eso convierte a sus críticas en pequeñas piezas de creación literaria. En este libro se contiene una información valiosísima; su sobriedad y su solvencia dan fe del exquisito gusto de su autor, sensible y exigente al mismo tiempo. José Ignacio García es también una de las voces de nuestra literatura; sus obras son dignas de aparecer en cualquier antología que se precie.

José Ignacio García
Castilla, 2023
320 páginas
18 €

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).
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