Los cuadernos pálidos

Los cuadernos pálidos (78)

Del murmullo del mundo rescata Tomás Sánchez Santiago en esta ocasión litigios invisibles en la negrura de los árboles, una performance en la estación o el terrorismo verbal de alguna gente.

texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Hoyos)

Últimos pájaros del atardecer. Litigios invisibles en la negrura de los árboles. Luego ya el silencio. Y la amarga puntualidad del vacío. Sale de la primera oscuridad aliento a tierra rendida. Puentes húmedos. Aire bravo. Letreros rupestres en las fachadas con palabras descoloridas del verano. Perros que se sacuden contra la noche y tienen el olor de los abrigos mojados. Es noviembre. Y la carne del mundo se enfría.


La suavidad que se ha ido perdiendo en el uso del idioma, sustituida por maneras montunas en las relaciones sociales inmediatas, la han traído de nuevo consigo los inmigrantes de América. Es la camarera que avisa con dulzura («Permiso…») de que va a retirar el servicio de la mesa; o la doctora que intenta envolver en palabras de complicidad casi maternal («Esto va a sonar feo ahora, ya lo sé; le voy a hacer un poco de daño; tendrá que aguantar y perdonarme») la agresión inevitable para curar… Sí, la lengua del alma vuelve a aflorar con ellos. Nosotros les dimos entonces un idioma sin cepillar y ellos nos lo traen ahora con el temblor de quien enfunda las palabras en una gamuza delicada, que a menudo choca con esas otras palabras —hirientes, burdas, cabrías— que salen directamente del estómago y hacen de lo dicho mera regurgitación. Acaso también ellos hayan venido a advertirnos de eso: de la necesidad de desbastar el idioma voraz de las palabras puntiagudas. Gracias, gracias.



«Evite hablar con otros usuarios», se lee en la cabecera de un letrero del autobús. Un paso más sobre aquella orden de «Prohibido hablar con el conductor». No deja de ser inquietante que se propugne así el silencio en un país invadido de ruido por todas partes. Bien pensado, ambas alternativas no son más que dos versiones de la tendencia a la incomunicación que nos va llevando a la calcinación del verbo.


Una mañana nublada y lluviosa. Los árboles de La Candamia presentan ese aspecto de oro viejo con las hojas ya oxidadas, resistiendo aún los envites del aire y del primer frío. Es el momento esperado: escuchar el adagio de esa quinta sinfonía de Chaikovski, como cada año por estas fechas. Mi manera de acompañar al cortejo del otoño.


Todavía quedan personas de esa generación anterior cuya relación con las cosas que trajo el progreso se basa en la desconfianza. Cierran con fuerza innecesaria las puertas de los coches al salir de ellos y aprietan las teclas de un teléfono o de un ordenador hasta hundir los dedos. No son cosas de su mundo y creen que deben forzarlas para que cumplan su función, tal como cuando debían hincar el azadón en la tierra seca. En cambio, toman una simple patata entre las manos para mondarla o acarician de pasada el hocico de un animal —nada de mimos pamplineros, desde luego— y qué vinculación delicada y segura con eso que pertenece a lo profundo de ellos mismos, a esa alianza instintiva y cruda con los reinos de la naturaleza.



No había sabido hasta ahora todo lo que puede caber en una nariz. Caray, es increíble. Desde luego, más que en muchas cabezas que conozco.


PERFORMANCE EN LA ESTACIÓN 

El viento ha metido en la estación de autobuses un buen número de hojas, que ahora ruedan sin norma por el suelo como si también ellas buscasen la taquilla precisa para sacar el billete de su viaje. Es una escena llena de esa autonomía imprevista que la naturaleza aún consigue en las ciudades. Como la vida, el otoño no es limpio, pero tiene latido, un latido vital que entra en nosotros sin saber por qué, igual que estas hojas de colores quemados han invadido la estación y crujen, camino de quién sabe dónde, bajo los pasos descuidados de los viajeros. No es un lamento el suyo; es el acto supremo de toda compañía: la entrega.



«Se me han terminado las existencias», dice un hortelano en el mercadillo de los sábados. Las existencias, qué término más gracioso empleado así, con alcance estrictamente comercial y en plural siempre, como un desafío metafísico. No hay mejor manera de nombrar sin nombrar. En el mundo del comercio son únicos en designar así, con palabras de borrosa exactitud. «Hoy tengo muy buen género», «Vendí ya aquel artículo»… Género, artículo, existencias… Léxico borroso y elusivo que habla de lo suyo sin que los nombres concretos rocen siquiera lo dicho. También a eso aspiran algunos poetas.


Tras el adormecimiento para la prueba médica, esa sensación de impuntualidad al despertar, como si los demás hubieran vivido un poco más que tú durante ese tiempo y te hubieses quedado atrás. Es algo parecido a emerger confusamente de esos sueños profundos que nos han invadido por completo: ¿Dónde estuve? ¿Qué hicisteis vosotros mientras?


El exceso de saber: otra versión del fracaso de acercarse a las cosas demasiado y sin miedo. Pero al fin es eso lo que te aleja de ellas.



«En aquellos entonces». Leo esta expresión nebulosa. Y, como siempre me ha ocurrido con estos borrosos indicios temporales, me deja literalmente encantado. Es ese tiempo incierto en que nada puede imaginarse como era (en su novela Los hijos de Jonás, Avelino Hernández se remite una y otra vez con locuciones parecidas a esa mítica temporal). Frente a la dictadura de calendarios y relojes que nos sujetan a la exactitud y a la inmediatez, existen en las lenguas —menos mal— estas maneras enigmáticas de saltar por encima del tiempo: «de vez en cuando», «de un tiempo a esta parte», «acto seguido», «esporádicamente», «érase una vez»…


Encuentro de narradores portugueses y españoles en unas jornadas sobre el Poniente. Se habla mucho del lugar, nada de patrias ni de provincias. El lugar. Por encima de fronteras y lenguas y divisiones administrativas. Trás-os-Montes y la alta Sanabria presentan aún una porosidad geográfica y emocional que permite considerarlos como una unidad consecutiva. Como un mismo lugar. De ello habló largamente Miguel Bermejo, el autor de esa narración imprescindible del profundo Poniente: Todos los colores del negro. Cuando no se cree en el concepto impuesto de patria, es el lugar al que uno pertenece el que da sentido y color al alma. Y vuelvo a citar aquello que decía Valente, y que cobra más sentido en esta época de grandes banderas como sábanas y reivindicaciones patrioteras de todo calibre. «Habría que ser más lugareños y menos patriotas». Eso decía el gran poeta.


Una y otra vez va desollando todos los recuerdos que aún aletean en su memoria. Y pasa lista cada día a su propio pasado. Poco a poco, se está convirtiendo en un viudo de sí mismo.


«¿Cuántos años me echa usted?», pregunta el hombre. Y yo calculo a la baja para no defraudarle. Sabemos cuál es el umbral de la ancianidad cuando la coquetería última de la edad ya no supone quitarse años sino presumir de que se tienen más de los que se aparenta. He llegado lejos, parecen querer decirnos los ancianos con sus juegos de la edad tardía. Son las últimas travesuras, es la última vanidad…


Terrorismo verbal: invocar a las claras y con peligrosa desmesura, haciéndolo pasar todo por un ejercicio de libertad de expresión, palabras que aún hacen daño al estallar: «guerracivilismo» [sic], «dictadura», «tiro en la nuca», «fosa», «golpismo»… Hay, desde luego, un interés exacerbado en regresar a cualquier precio a lo más negro de nuestra historia común. Se empieza por probar estas palabras lamentables. Ellos lo saben.



Llega él y se viene todo abajo: la fiebre lenta de las frutas, el paso adormecido de un reloj, la quietud doblada de los manteles, el orden militar de los abecedarios, la sucia discreción de la tierra en las minas… Y se desquician los sueños y flota la sangre del pasado en las despensas de la memoria. Echo de menos su irrupción, su manera masiva de entrar por las grietas a revolverlo todo. ¿Cuándo vendrás? Allegado silencioso. Poesía.


Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).

Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.


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1 comment on “Los cuadernos pálidos (78)

  1. Precioso comentario sobre la dulzura del idioma recuperada por nuestros paisanos latinos. Me sumo a su gratitud.

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