Narrativa

El pueblo de Leandro Liendres

El último libro de Ignacio Sanz contiene trece historias que responden al subtítulo «relatos de la España vacía».

/ una reseña de Mariano Martín Isabel /

Lo verdaderamente popular es Sancho Panza, que es un personaje culto hasta la médula. Sancho se ha formado en el campo, no en las universidades, y encontramos su eco derramado en la literatura de Ignacio Sanz. No todos pueden contemplar el mundo desde fuera y contarlo desde dentro; no todos miran con objetividad destilando sentimiento. Ignacio Sanz es, a la vez, escritor y protagonista («con lo que nos cuesta entrar en ternuras a los hombres de mi pueblo»); y da rienda suelta, como autor, al sentir que se empeña en sujetar como personaje.

Leandro Liendres es el último libro de Ignacio Sanz. Contiene trece historias que responden al subtítulo de «relatos de la España vacía»; se mueve en la órbita de Voces remotas, cuyo relato «Chisqueretas» le salió casi perfecto: el reto estaba lanzado y ahora recoge el guante este libro, que no tiene nada que envidiarle a su predecesor. El primer relato se llama «Leandro Liendres»; su protagonista, aparentemente un explotador sin escrúpulos, resulta ser un hombre desgraciado que está en la ruina y es maldecido por todos. Los testimonios de sus vecinos son un entrecruce de perspectivas que huye de maniqueísmos y estereotipos; el resultado es un cuadro de contrastes, tan complejo como la vida misma, en el que vemos dibujarse la vida de un hombre que pudo ser bueno, pero al que cambió el mundo. Leandro Liendres es una metáfora trágica del pueblo de Valdepinos; que, con su correlato Cantalpino, quizá sea el verdadero protagonista de esta obra.

El libro se cierra con «La planta de biogás», un proyecto que se abre ante los vecinos como una panacea; los liberará de purines convirtiéndolos en energía eléctrica, la cuadratura del círculo; el problema es que tendrían que soportar un olor nauseabundo que haría la vida irrespirable. Entre la producción de cerdos, que genera basuras, y su transformación en electricidad, que genera también olores, Valdepinos vive a través de sus personajes la evocación de un pasado idílico. El autor cita una frase de Jorge Amado: «Si la mierda tuviera valor, los pobres nacerían sin culo». Valdepinos se convertirá en el estercolero de un Madrid que crece a costa de los pueblos, tal es la conclusión lapidaria del autor. Si en «Leandro Liendres» teníamos la metáfora de la España vacía, en «La planta de biogás» tenemos la presencia del resto del mundo.

Entre estos dos relatos se extiende un rosario de historias, pequeñas por su extensión, grandes por su trascendencia. La vida es la manifestación del alma humana moldeada por el medio: la ambición, la inquietud, el exceso, el arte, la venganza, la vida precaria, la soledad; el futuro está en la mujer, y cuando faltan mujeres en los pueblos en la vida no hay futuro; el problema del campo son los hombres solteros.  

Hay un relato central que sirve de metáfora a todo el libro: «Gorgojo». El gorgojo es un insecto que se come el grano y lo vuelve cáscara, un montón de cáscaras vacías; la vida se agusana donde no hay futuro, como si tuviéramos gorgojos en el alma, y eso pasa cuando vivimos en un mundo que se ha agusanado; lo que hay en el campo no son pueblos, sino cáscaras de pueblos. Como un eco del naturalismo decimonónico, el alma humana no puede modelar el medio, sino que el medio la maneja a su antojo; no precisamente haciéndola a su imagen, sino destruyéndola.

Otras dos metáforas expresan la decadencia de los pueblos. Una es el atolladero, cuando el tractor de Leandro se hunde en el barro; Agustín quiere salvarlo y entonces el hundimiento vital es sugerido por los botes húmedos (así es como llaman a las tierras movedizas): «¿te imaginas más de dos horas acelerando para verte cada vez más hundido?». También está el hundimiento de los pueblos en el perro de Goya: «a cada manotazo que da, se hunde más en la montaña de arena».

Algunos de los personajes son comunes a todos los relatos. Plácido, el alguacil, y Lucho Pascual, y Leandro Liendres, y Celso del Cojo, aparecen en varios de ellos. Es como si estos trece relatos fueran independientes sin serlo, porque los hilos que hay en sus bordes se entrelazan con los de las historias que hay al lado para construir un fresco de Valdespino; como retales que se hubieran cosido para formar un manto y ese manto fuese, desde las historias particulares de cada retazo, la historia conjunta del pueblo.

A veces un personaje sirve para marcar el paso del tiempo. Si en «Leandro Liendres» Puri es la alcaldesa, en «La planta de biogás» el alcalde es Arturo. Entre un relato y otro, aunque el lector los perciba como piezas sueltas, ha transcurrido el tiempo. Con esos dos relatos se abre y se cierra el libro y entre ellos hay una continuidad que aquí no se hace patente, porque el libro no cuenta una historia de historias, sino que retrata a un pueblo a través de sus historias: por eso su continuidad cronológica nos resulta indiferente.

Otras veces en un mismo espacio se reencuentran todos los personajes: es el bar de Morroñas, que aparece en casi todos los relatos; nos hace pensar en Astérix cuando se reúne toda la aldea, después de cada historia, en un banquete. El bar de Morroñas es el banquete de Valdespino.

Si el peligro está en el ambiente, quien quita la ocasión quitaría el peligro; pero el diablo también está en ti y ocurre, como le ocurría al buscón don Pablos, que no nos irá mejor si cambiamos de sitio sin cambiar de condición. «Todos vamos por el mundo con alguna hipoteca a la espalda». En esa hipoteca está nuestra alma, pero también nuestro pueblo, desparramado en sus costumbres. El cuadro de costumbres desemboca en la modalidad literaria del costumbrismo. Si algo de eso hay en el realismo rural de Ignacio Sanz no sería un costumbrismo acomodaticio como el de Mesonero Romanos; sería un costumbrismo exigente, desengañado y crítico, como el que podemos encontrar en Larra.

La España invisible está vacía. «Plácido marchó de joven a Bilbao, siguiendo el rastro de sus hermanos mayores». Por eso dice el alcalde: «vamos hacia abajo […] esto no hay quien lo pare; ya lo ves: otra casa que se cierra». Y cuando se cierran las casas, se estropean. Una casa vacía son unas tierras sin labrar. Solo los tontos se quedan en el pueblo. «No has acabado en Madrid», dice uno de los personajes a otro, que le contesta: «el más tonto de la familia, fíjate lo que te digo. Alguien se tenía que ocupar de las cuatro tierras que nos dejaron mis padres». También se quedan en el pueblo quienes se han jubilado y vuelven del lugar adonde emigraron.  

Nos queda sólo el paisaje.

«Asomarme por la galería y ver allá lejos, en medio de la llanura, un tractor que remueve la tierra seguido de unas cuantas cigüeñas, o un rebaño que regresa a la cija al atardecer. Y claro que se puede vivir, estaría bueno; allí vivieron mis antepasados y para mí, tanto el pueblo como el paisaje que le rodea están cargados de resonancias. Supongo que el paisaje, de alguna manera nos marca, nos deja una huella».

Nos vamos de Valdepinos porque no hay progreso. Prosperar es «dejar atrás la vida de pobre» y todos aspiramos a salir de la pobreza: por eso queremos salir del pueblo. Si en el pueblo hay atraso y el progreso está en la ciudad, está claro que los pueblos entran en decadencia. El superlativo de la decadencia es la ruina.

Y si Valdepinos representa lo auténtico, Cantalpino es el progreso: pero no es posible Valdepino sin Cantalpino, hace falta prosperidad para disfrutar de lo auténtico pero dejamos de ser auténticos cuando la vida es próspera: es la paradoja del progreso. Ignacio Sanz la convierte en la paradoja del cerdo: «estos torreznos tan golosos vienen de las naves gorrineras» y «sin naves no habría torreznos»; o sea, que habrá que cargar con los purines si queremos disfrutar del cerdo. Entre vivir o sobrevivir, ¿cómo ser felices?

«La felicidad es una liebre esquiva que pasa delante»; estamos ahí, pero «se nos escapa». La felicidad está en el pueblo del que huimos, somos emigrantes y nuestro pueblo es el paraíso perdido. «Apenas cinco o diez minutos de carrera apacible atravesando primero tierras de labor, algunas recién removidas por el arado»: esa es la portada del libro; asomarnos a sus páginas es recordar que, tras el pueblo que nos llena, siempre hay un pueblo que se vacía.


Leandro Liendres
Ignacio Sanz
Valnera, 2025
272 páginas
20 €

LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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