Creación

Fin de año

«El vidrio de la ventanilla se empañó con su respiración. Sus ojos negros, profundos, dos abismos insondables, me miraron fijamente». Un relato de Fernando Prado Eirin.

/ un relato de Fernando Prado Eirin /

Hacía más de veinte kilómetros que la luz de la reserva se había encendido y me estaba poniendo de los nervios. La niebla llenaba el parabrisas de gotas diminutas que me obligaban a accionar constantemente la palanca situada a la derecha del volante para que las escobillas limpiaran el agua. Las curvas se sucedían una tras otra de forma interminable, comenzaba a notarme verdaderamente cansado. Nunca me gustó conducir, pero hacerlo en esas condiciones era un suplicio. De pronto apareció el rótulo luminoso de una gasolinera por encima de la copa de los árboles y fue como ver una señal divina que anunciaba un milagro inminente.

Paré el coche al lado de uno de los dos surtidores y apagué el motor. Cuando abrí la puerta y me bajé del vehículo me sorprendió un silencio inaudito, profundo e hiriente que se traducía en un pitido agudo en mis oídos. La carretera desaparecía a ambos lados devorada por la frondosidad del bosque contenido a duras penas por el asfalto. Entré en la tienda y le pedí al dependiente que me abriera el surtidor para llenar el depósito. El tipo me miró por encima de las gafas de pasta empañadas y me explicó que debía indicarle un importe. << ¿Cuánto quiere poner, señor? ¿Veinte, treinta, cuarenta euros?>>, me preguntó, impaciente, al ver que no le contestaba de inmediato. Lo observé, dubitativo. Tenía dos bolsas negras debajo de los ojos acuosos y vestía un polo azul celeste que le iba pequeño, el logo de la empresa petrolera, bordado en el lado izquierdo del pecho, estaba deshilachado. <<Cuarenta>>, le contesté, al fin, para que dejara de dar golpecitos con el dedo índice en el mostrador.

Coloqué la manguera en la boca del depósito y apreté el gatillo, o como sea que se llame. El combustible comenzó a manar movido por la acción de una bomba que sonaba a viejo y se detuvo cuando los números digitales de la pantalla llegaron a 40,00. Me urgía ir al baño, así que entré de nuevo en la tienda, un pequeño local atiborrado de cosas en el que apenas había sitio para caminar entre las estanterías sin tropezar. El urinario estaba asqueroso y casi desbordado, así que meé en el lavamanos para evitar salpicarme los pantalones. Luego pulsé el grifo temporizado y un fino hilo de agua salió del caño. El dosificador colgado de la pared expulsó un pegote de jabón que parecía esperma. Me lavé las manos con ese líquido pastoso que apenas hacía espuma y olía a suavizante de ropa barato. En la pared contraria estaba colocado el secador de aire, pero salí sin secarme las manos porque consideré que utilizar aquel ruidoso y oxidado aparato sería insoportable. El dependiente seguía impasible detrás del mostrador repleto de chicles y chocolates.

Me subí al coche y continué la marcha carretera arriba. La niebla parecía más espesa. Los árboles se fueron haciendo más pequeños y raquíticos a medida que avanzaba adentrándome en la montaña hasta que sólo quedaron arbustos y piedras cubiertas de musgo y liquen esparcidos por el paisaje ondulante, la blanca y potente luz de los faros los alumbraba. Casi sin darme cuenta comencé a descender, mi humor mejoró al instante. Después de un par de horas conduciendo por aquella carretera infernal sentí que mi cuerpo se relajaba. Suspiré aliviado.

Mi hermano me había dado ciertas indicaciones a tener en cuenta en caso de no poder usar el GPS. No había ninguna necesidad de alquilar una casa en un lugar tan recóndito, inaccesible y alejado de la civilización para recibir el año nuevo. El pueblo más cercano con servicios, farmacias, hospital, estaba a unos setenta kilómetros. Las probabilidades de morir antes de que llegara una ambulancia eran altas. Pero se les antojó salir de la ciudad, hacer algo diferente, que los niños estuvieran en contacto con la naturaleza, algo que me preguntaba cómo iban a hacer siendo mi hermano y Susana, su mujer, tan sobre protectores. Nuria y Hugo, mis sobrinos, son como figuritas de adorno. Sus padres siempre están detrás de ellos: cuidado, no mires, no toques, no comas, no bebas, deja esto, no hagas aquello. Una negación constante. Levántate del suelo que vas a manchar la ropa, lávate bien las manos mil veces al día, antes y después de todo.

A mí no me apetecía nada ir. Mi hermano y sus amigos se habían encargado de organizarlo todo, así que rodearme de familias idílicas con hijos inteligentísimos y repelentes me daba mucha pereza. Finalmente decidí que era mejor no ausentarme porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y porque insistió tanto que haberme negado habría conllevado tener que soportar sus continuos reproches y una campaña de acoso y difamación en las redes sociales. Subiría fotos del sonriente grupo de cuarentones con un reguero de niños a sus pies, me etiquetaría en todas y cada una de ellas y se referiría a mí como “el ausente”. Era insoportable cuando se ponía así, como un púber despechado.

Ellos tenían unos protocolos no escritos para cada situación. Si uno quería evitar ser criticado y excluido debía cumplirlos. Yo iba con las manos vacías, lo cual ya era motivo de agravio. Pensé en comprar algunas botellas de vino en la gasolinera, pero nadie se bebería esos caldos mediocres excepto yo, tal vez, cuando la estancia se volviera insoportable, algo que probablemente ocurriría al poco de llegar. En cualquier caso, me daba lo mismo. La cuestión era que yo seguía haciendo kilómetros y el desvío no aparecía. Saqué el móvil del bolsillo y desbloqueé la pantalla para comprobar si había cobertura. La desconexión me provoca una sensación de desamparo tremendamente incómoda. Apareció una rayita. Busqué el nombre de mi hermano en la lista de llamadas recientes y pulsé el icono de llamada, pero no dio timbre. Solté el teléfono de mala manera en el asiento de al lado. Las ganas de dar media vuelta cobraron tanta fuerza que regresar a mi casa no me pareció una opción descabellada. A la mierda mi hermano y mis sobrinos de porcelana y sus amigos de portada de revista del corazón y el fin de año.

Entonces algo apareció cruzando la carretera a toda velocidad. Pisé el freno, apreté los dientes, tensé los brazos. Una fracción de segundo después escuché el impacto seguido inmediatamente de un quejido animal. Los neumáticos chirriaron sobre el asfalto y perdí el control del vehículo, que acabó deslizándose por una suave pendiente y deteniéndose entre los arbustos y las zarzas. Traté de encender el motor girando la llave con la mano derecha, que se movía de forma espasmódica debido a un temblor incontrolable que nacía en la muñeca. No dio resultado. La respiración desbocada se hizo omnipresente y ocupó el silencio del habitáculo, el corazón latía de prisa y con una fuerza olvidada en el pecho. Miré a todas partes intentando localizar al animal con el que había impactado; debía estar tumbado en algún lugar, moribundo, pero la oscuridad era tal que no se veía nada más allá del haz de luz de los faros del coche atrapado entre la maleza. Solté el cinturón de seguridad y busqué el móvil, que había ido a parar al suelo del vehículo. No había cobertura, por supuesto. Emití un grito gutural, desesperado, que me provocó un molesto picor en la garganta. Tosí repetidamente, todo mi cuerpo temblaba como una gelatina fuera del molde.

Quise bajar la ventanilla, pero me detuve al ver dos puntos amarillos brillando en el exterior del habitáculo, pequeños y vibrantes. Se acercaron despacio, como si flotaran, con un movimiento casi imperceptible. De las sombras surgió la silueta de un animal que poco a poco cobró nitidez y reconocí como un ciervo. El vidrio de la ventanilla se empañó con su respiración. Sus ojos negros, profundos, dos abismos insondables, me miraron fijamente.


Fernando Prado Eirin, nacido en Caracas (Venezuela), siempre ha sentido la necesidad de expresarse a través de la escritura, la música o el dibujo. Ha participado en varios experimentos musicales. Observador nato. Actualmente es colaborador de la web boreal.com.es.


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