textos de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Lumbres)
Bullente la mañana de la ciudad. Menudeo apresurado de gente ya cargada de enseres, vendedores inmigrantes que hacen valer sus mercancías con calculada obstinación, tortillas tempranas crepitando en los bares, conversaciones de hombres entre visajes en un idioma con aristas. Desde muy temprano ya, la fuerza indefinible del amor. Del amor a la vida. He vuelto al norte.
¿A quién están esperando los taxis, fríos como caballos adormecidos, agazapados en la oscuridad pública con sus luciérnagas verdes? ¿A quién esperan los pájaros de diciembre, saltando con tanta viveza entre las frondas de los jardines? Y las cartas arrojadas al corazón amarillo de los buzones helados, ¿a quién esperan? Y estos ancianos aquietados como animales dóciles que se dejan manosear por la luz restante de la tarde, ¿no se van todavía a casa?, ¿a quién esperan?, pero ¿a quién esperan? Al frío. Al caníbal del frío. A ese cuchillo sin dueño esperamos todos.

Miradlos, miradlos: cuidan del resplandor de sus cuerpos como de una pequeña hoguera que, eso creen, nunca va a extinguirse. Se prueban vestimentas frente a espejos que aún no se quiebran en pedazos al repetir su imagen. Y avisan al mundo de que están ahí, afrentando con su juventud todos los modos de lo deplorable, ignorando los dominios de la debilidad, poniendo en pie sin miramientos todos los excesos. Viven sin pedir permiso. A su debido tiempo.
El sillón orejero está ya muy despellejado. Es de los que hacían que el cuerpo se despegara ruidosamente como si en el esfuerzo dejara tiras de piel propia en el respaldo. Lleva varios días ahí, abandonado entre las zarzas en las cercanías de La Candamia, a la orilla de los desmontes, dando la cara a la carretera. Una imagen insólita. Quienes pasan ante él suelen pararse un momento, como si fueran a conversar con un fantasma, y enseguida prosiguen su camino. Hay un niño que pretende sentarse, pero su madre se lo impide a tiempo. La veo regañándolo desde el ventanal. Tú qué sabes quién se habrá sentado ahí, le dirá. O algo similar. Un anciano alarga su bastón y lo tienta repetidas veces, como para animarlo a moverse. Durante estos días el sillón sigue ahí como el emblema misterioso de una ausencia que a todos nos concerniese. En estos días navideños, tan colmados de fórmulas consabidas e insulsas sobre la salud y la prosperidad, el vacío de este sillón usado nos interpela, nos enturbia la fiesta con su manera de recordarnos lo que somos: simples seres de paso.
Un extraño sueño hemorrágico. En una ciudad sin nombre, todos los habitantes comienzan a sangrar a la vez torrencialmente por la nariz. Por todas partes aparecen charcos oscuros y en cualquier lugar se ve a seres vivos (hombres, mujeres, perros) dejando descolgar el torrente contra los pavimentos. La vida se ha detenido. Nadie puede trabajar. En los bancos se suspenden las operaciones porque se mancharía (más) de sangre el dinero. Y los fruteros y los pescaderos han cerrado sus puestos antes de estropear para siempre las mercancías. Los curas no se atreven a abrir ambos brazos en las iglesias y los conductores de los autobuses apenas pueden sujetar el volante con las dos manos. Todo en la ciudad es eso: una catarata continua de sangre cayendo aquí y allá. Los más torpes resbalan sobre los suelos empatiñados y el aire empieza a oler muy raro, como si llevara volada sal vieja. Ese fue el sueño. Me levanté empapado (de sudor).

Respetuoso o bárbaro (y qué más da), el anochecer de invierno liquida por fin la escabechada luz que hubo en todo el día. Desganados azules, cifras oscuras en el aire. Y nada más se sostiene en este martes nuestro que se termina. Queda tan solo temblando entre sus fibras ese amor inexplicable que quemaba incluso antes de encenderse. Pura vida escondida entre sombras. Nadie más la supone. Coseye Jomas, dijo el poeta.
Para resaltar nuestras cualidades buscamos analogías con los metales: nervios de acero, corazón de oro, pies de plomo… Tomamos emblemas de lo inerte para retratarnos a nosotros mismos. Da qué pensar.

Hay otra forma de verlo: no se van cumpliendo años; se descuentan del capital incierto de la edad.
Lo siento, pero nunca soporté bien estos concilios cavernarios, a menudo subvencionados. Con sus trajes de estrépito antiguo y sus canciones ya fuera de hora, presuntos estudiantes avejentados de barriga cervecera aparecen de repente con su murga a molestar el aire. Ridículos, inaguantables, cubiertos de escarapelas y cintas que alardean de un currículo sentimental, los tunos nos invaden con su imagen cansina, nos recuerdan la caspa de aquel tiempo ceniciento de masculinos ritos y de himnos llorados a coro, tomados por la cursilería. Y así siguen.

Bajo la lluvia del domingo, el corredor atraviesa los desmontes. Nada parece arredrarlo. Ni el aire áspero ni la fría soledad de la tarde. Su zancada es segura y regular, su compás desafía lo desabrido de este día de diciembre. Atiendo desde lejos su carrera enardecida, pongo pulso en la mirada para estar cerca de él hasta que casi lo pierdo de vista. Quizás vaya cruzando por el interior de las casas, como el nadador de Cheever, hasta llegar a su destino. Lo veo alejarse del todo. Desaparece.
Se dieron cuenta de que para seguir ganando dinero estaba aún libre una calle: la calle del espíritu. Pero ya se hizo mercado con ella. Era fácil. Lux.
Junto al gran tótem comercial de la ciudad hay un pequeño puesto de castañas asadas. Su olor cálido y lleno de infancia sobrevuela por encima de todo. Y ni los brillos estridentes de esa fachada ostentosa ni la música chicharrera pueden imponerse sobre este aroma que domina el ambiente y consigue ayudarnos a olvidar la compulsión a la que arrastran estos días difíciles de sortear.

¿En qué se diferencia el verdadero lector del erudito? En que este último, cuando abre por primera vez un libro que alguien le envía, lo rastrea con minuciosidad a ver si en los apuntes a pie de página o en el centón bibliográfico aparece su nombre. No busca al autor: se busca a sí mismo. Por el contrario, quien solo va a leer parte de una entrega absoluta; y si busca algo de sí, lo hace en el cuerpo vivo de lo que va leyendo; sabe que allí, entre líneas, bajo la apariencia de un pasaje ajeno a él puede ser que se reconozca.
ARQUEO
¿Supiste poner palabras claras en los días de dolor encima de quien amas? ¿Besaste a los que te han querido? ¿Saltó la risa hasta tu cara cada día? ¿Te detuviste ante los débiles? ¿Te indignaste ante el trueno de los ostentosos? ¿Oíste sin perder aplomo cómo se aproximaba a ti el ruido de las pedradas? ¿Te alejaste de los intransigentes? ¿Hablaste con vagabundos? ¿Valoraste la maestría de lo rudimentario? ¿Dejaste pasar sin rechistar el cacareo de los charlatanes? ¿Aún conocen tu nombre los carteros? ¿Te siguieron buscando todas las formas de la compañía: el queso y el vino, la oscuridad absorta de los cines, las frutas y los pájaros, la música de Bach, la voz sin trampa de los niños? ¿Hablaste sin prisa alguna vez en apurados comercios sin relieve? ¿Hurgaste sin permiso en el revés de las palabras? ¿Obedeciste al azar? ¿Aprendiste algo de la paciencia de los árboles del Duero? ¿Voló en tus alrededores, aun sin posarse en ti, el pájaro sin patria de la poesía? Si más o menos esto fue así, puedes abandonar sin mirar atrás el año que ya se va.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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