/ una reseña de José Carlos Díaz /
Con De adobe y mar, la colección Prúa (editada por Difácil) da a imprenta la primera antología de la obra de Francisco Álvarez Velasco, contribuyendo así a resaltar la importancia del autor leonés como uno de los referentes fundamentales de la poesía del noroeste español, y homenajeando a la vez su vida en la creación, su magisterio docente y su quehacer en la difusión de lo poético.
De adobe y mar, el título de esta recopilación, refleja la dicotomía geográfica desde la que se ha escrito la obra de Paco Velasco: la estirpe leonesa y el hogar final cantábrico. Asturias y León se pueden arrogar el derecho de considerar suyo a un escritor que ha ido haciendo doble patria en su obra. Una la del recuerdo, la de la infancia, la de la fundación de su vida y de su obra, a orillas del Órbigo; y la otra, la de su labor en la enseñanza, la de la escritura, la de formación de una familia, a orillas del Cantábrico.
Los poemas que integran la selección han sido escritos a lo largo del último medio siglo y proceden de once publicaciones diferentes. Son la obra de un hombre de más de ochenta años, por lo que nos hallamos ante un quehacer suficientemente cumplido en el que el tiempo ha ido revelando, además de sus intrínsecas virtudes literarias, la persistencia de una resuelta singularidad. Este libro aspira a ser el rastro de esa prolongada creación, debida a un autor cuya trayectoria, aun estando todavía afortunadamente activa y muy viva, puede considerarse, no obstante, suficientemente acometida en lo sustancial, al haber persistido en un decir de cualidades plenamente identificables, enmarcado, para mayor distintivo, por unos escenarios recurrentes recreados desde la elegía. «Muere mi tiempo fugitivo y estoy velándolo», escribe Paco «al modo de César Vallejo» en Tiempo de amor y mar (2021), resumiendo así la inspiración de gran parte de su obra.
Francisco Álvarez Velasco nació en Cimanes del Tejar (León) en 1940. Y debe remarcarse que la fecha de su nacimiento y el lugar donde vive la infancia porque son piedra angular de su obra (no en vano escribe: «mezquino es nuestro mundo / si nos roban los mapas de la infancia»). Desde ese origen se entiende mejor la orientación social y el arraigo en la naturaleza que guían su escritura. En aquella posguerra de sus primeros años tuvo a su padre preso en el campo de concentración de San Marcos, oyó atento los cuentos de los mayores —«que libros en casa no había», según ha recordado Paco en alguna ocasión— y grabó, en ese músculo de amor que puede ser el corazón en las personas nobles, el nombre de las gentes, los árboles, las plantas, los ríos, los parajes y los animales del paisaje infantil en que creció, inventariando así un glosario que ha preservado para el resto de sus días y de sus versos como eco de un paraíso robado. Allí fue niño, con sus asombros y sus pérdidas. De allí proviene el rumor elegíaco de su obra, siempre clara y siempre precisa, propia de quien, pese a las penurias de la época, tributa gratitud a un origen vivido plena y felizmente; de quien clama contra la injusticia habiéndola sentido muy cerca, incluso sufriéndola los suyos. Aquel muchacho de origen humilde acudió a la escuela del pueblo hasta los once años y tuvo luego la fortuna de que un fraile, viendo en él disposición para el estudio, se lo llevara a cursar el bachillerato a Miranda de Ebro. Ya la siguiente escala fue en León, para completar el curso de formación preuniversitaria que se conocía entonces como PREU. Allí llegó letraherido, entablando amistad con algunos de los poetas que integraron el grupo Claraboya, en lo que fueron días de literatura y de amistad con Agustín Delgado o Luis Mateo Díez. Luego completa en Madrid sus estudios universitarios y hasta que no recibe su primer sueldo estable como docente de instituto, trabaja en dedicaciones variopintas: profesor de español para extranjeros, corrector de pruebas, traductor o incluso vendedor de enciclopedias. Pero donde impartió sus primeras clases como enseñante de bachilleres fue en La Mancha, en Ocaña de Toledo y, posteriormente, en Tarancón de Cuenca. Hasta que, en 1978, tanto él como su mujer, Carmen Martino Iglesias, aprueban las oposiciones que los traen a Gijón, ciudad en la que fijan residencia y donde desarrollarán, en el Instituto Jovellanos, su labor docente durante casi treinta años. Gijón ha sido el lugar donde Paco ha escrito casi toda su obra, sedimentada de memoria leonesa, pero permeada, ola a ola, también de Cantábrico.
Su primer libro, que llevó por título Tiempo de maldición, se publica en 1979, en la colección Taranto, cuyos fundadores eran los miembros de Nos queda la palabra, capitaneados por Juan Fernández Lara. En aquel primer libro, más que un compromiso sartreano, se advertía una inclinación hacia la poesía de clave existencialista, moral y humanista. Tiempo de maldición fue también un libro en el que se manifiestan ya los asuntos que vertebrarán a partir de entonces la literatura de Paco Velasco: esa experiencia rural de la infancia; su vertiente social, con esa manera suya tan creíble de darle voz y vida a los más humildes; y la recurrencia de lo amoroso, en que tantas veces se ha amparado de las inclemencias del mundo y del paso del tiempo.
Por tanto, ya instalado en Asturias, con plaza de profesor de Lengua y Literatura en el Jovellanos, entra en contacto con el mundo literario gijonés. Colabora entonces, con otros poetas y pintores, en los volúmenes Libro del bosque (1984) y TetrAgonía (1986), publicando asimismo en 1988 El viejísimo jugo de la tierra. Cinco años más tarde, un sello madrileño, Cantiga, edita La hiedra del silencio. Un libro que fue posteriormente traducido por Fa Claes al holandés.
Unos años después, llega Noche en el 2025, publicado por Hiperión, que recibió el Premio Asturias de la Crítica y, previamente, el Antonio Machado en Baeza, un muy adecuado galardón para quien ha tenido siempre como referente, junto a César Vallejo, a nuestro romancero, a san Juan de la Cruz o a los escritores del Siglo de Oro, al poeta que yace en Colliure para baldón del país que lo exilió.
Vinieron después Las aguas silenciosas (2007), La luna tiene una liebre (2009) —cuento infantil ilustrado—, Memoria de la sombra (2010) y El libro de las vocales (2013) —también para pequeños lectores, como lo fue también Tres tigres en un trigal, ilustrado por Josefina Junco.
Con Gregor Samsa frente a la ventana (2015) recibió el Premio Jaén, editándose por Hiperión. Ese mismo año, 2015, se le concede el Premio María Elvira Muñiz de fomento a la lectura, que recibe, sobre todo, por su generoso y encomiable trabajo al frente del Portal de Poesía, página web creada en el 2000, que durante muchos años estuvo en continuo proceso de construcción y que fue lugar de hospedaje para la obra de numerosos y diferentes poetas, próximos y lejanos, vivos o muertos. A Paco nunca le han arredrado las nuevas tecnologías, ni tan siquiera las redes sociales, donde no solo ha difundido su obra, sino también la de muchos otros autores. Y donde, en concreto en su muro de Facebook, ha llevado a cabo una labor quizás poco conocida, pero muy interesante, al poner en relación los versos, sobre un asunto concreto, de dos poetas a veces muy distantes en geografía, estilo y hasta generación o época, a través de unas publicaciones que titula Poetas frente a frente, y que son un verdadero ejercicio de literatura comparada.
Se aludía al comienzo de estas líneas a un «quehacer suficientemente cumplido», refiriéndome al corpus literario de esta antología. Y así de consumada debió entender también el propio autor esa travesía literaria cuando escribió Tiempo de amor y mar, de 2021, un libro que sus propias palabras definieron como «balance de mi existencia e intención de que fuese mi último libro». Sus páginas incluyen algunos de los, en mi opinión, mejores poemas de Paco. Traza en ellos una dualidad geográfica y vital que toma la forma de dos orillas: una junta a la mar, y otra junto al río de la infancia. La primera acuciada por el recelo de una edad sin dioses que nos sitúa frente a una perspectiva de final de existencia lleno de enigmas. La segunda, ubicada en lo que se define en sus páginas como «aquel buen territorio / cuando empezó la vida», del que la memoria trae los más limpios y entrañables recuerdos, aquellos que dan señal de un tiempo feliz y de una naturaleza cómplice. Para alivio de sus lectores, no fue finalmente Tiempo de amor y mar su último libro (enseguida vinieron los haikus de Mirar el mundo), pero, dado como lo concibió el autor, sus páginas se nutrieron con una esclarecedora sedimentación de su más representativa poesía.
Cuando se habla de la poesía de Francisco Álvarez Velasco, hablamos siempre de unos versos que aluden por su nombre a flores y plantas, a los útiles de labranza o de carpintería, a la artesa donde se amasa la hogaza de pan; versos que se refieren a alondras, gorriones, vencejos, cigüeñas o estorninos, y no dicen solo pájaros como si fueran todos el mismo, que se ponen a la sombra de chopos, álamos, de robles o de encinas porque cada tronco y cada rama merece la dignidad de su diferenciación. Paco es preciso en ese abanico de referencias porque aprendió de niño, al contacto con el mundo natural, a llamar a cada criatura, a cada herramienta, a cada fronda, a cada siembra como debía, y por tanto supo luego invocar esa sabiduría al escribir sin artificio y con rigor.
Cuando leemos la poesía de Paco advertimos, igualmente, otra naturalidad meritoria, la que otorga el oficio para desplegar en su obra toda una variedad de motivos y estructuras métricas. Desde el soneto al haiku, pasando incluso por formas neopopulares como el villancico o las nanas. En cualquier de ellas, nunca es artificio afectado el ritmo, ni tan siquiera la rima, porque su conocimiento de las formas, por infatigable lector y docente especialista, le otorga una envidiable facilidad para su manejo.
Cuando discurrimos sin tropiezo en la lectura por los versos de Álvarez Velasco, somos enseguida conscientes de esa línea clara de un decir que, no por ello, puede asociarse ni por asomo a simplicidad o experiencia insustancial alguna, sino al exquisito trato del castellano, a la voluntad de expresar comunicando, de escribir versos como se talla un enser útil, con oficio, amor y sencillez, sin más adorno que un natural talento para decir verdad con belleza.
Selección de poemas
¿ES ESTA LUZ AQUELLA DETENIDA
en los rojos tejados de la infancia?
No recuerdo ya bien.
Mas de pronto la tarde
tiene un remanso de oro
y es silenciosa,
y padre
ya ha cruzado los ríos de su invierno
y sube con los zancos en el hombro,
y está abuela llamando a las gallinas.
(Las aguas silenciosas, Trea, 2007)
MUCHO PEDAZO TUYO dejaste por la vida,
por los caminos que previamente te marcaran,
tanto trozo perdido a la orilla de tus sendas,
jirones que el viento aupaba hasta las ramas
sin hojas, ya el otoño bien entrado.
Memoria triste de ti, sin lágrimas ni aplausos;
ninguna mano en el camino te había dicho adiós;
hablabas de brocales malvadamente con soga y sin caldero.
Los otros te marcaron las horas de descanso;
sobre asépticas mesas frías
hicieron cálculos,
pusieron datos objetivos, tales como el viento
que te rasgaba la memoria de los tuyos,
o bien el silencio en los tímpanos del alma,
o bien la tristeza curvada de tu espalda.
Pusieron número a tus soles, número a tus lunas,
desde mucho atrás comprobaron el minuto de llegada.
Y nadie vino a desatar las sandalias de tu costumbre.
Nadie se agachó a mirar por las gateras de su casa.
Nadie perdón pidió por tu camino largo
o por la chaqueta lenta de tus hombros,
de tus hombros abiertos al viento del invierno.
(de Tiempo de maldición, Ediciones Taranto, 1979)
Autopsia
Alguien le abrió los ojos,
y en su interior había:
luces de amanecer,
lentos trenes del alba,
un árbol con su sombra,
la hojarasca de otoño,
un rostro ante el espejo,
la escarcha en los cristales,
unos labios abriéndose,
otros ojos mirando…
(La hiedra de silencio, Cuadernos de Cántiga, 1993)
Noviembre, MMXIII
Si empezaba la noche sin remedio,
¿dónde buscabas, madre,
con manos, ojos, boca
la luz de la mañana?
Y de pronto la tarde
se llamaba jamás
y empezaba noviembre.
De repente, sin ti, era polvo la brisa
soplando por el alma.
Desde entonces,
tan ancho y tan espeso es el silencio
que quisiera poblarlo
de tus voces llamándome hacia el río.
Y vienes por el sueño
con la rica merienda del verano.
(Gregor Samsa frente a la ventana, Hiperión, 2015)
Adobes
Fueron paja trillada
y agua fresca y arcilla,
sol de agosto.
Hoy son muro y te ofrecen
contra la luz de julio
dónde apoyar la espalda
y el amor de la sombra.
(Gregor Samsa frente a la ventana, Hiperión, 2015)
ESTAS DOS son tus manos campesinas
que ataban las gavillas del centeno
y buscaban los tibios nidos en el zarzal
del camino y amasaban los adobes de agosto.
Estas dos son tus dos manos de poetas
que intentaban labrar algún soneto,
poner en el cielo azul sólo un pájaro
solitario saliendo de la noche.
Estas son tus dos manos que la amaron,
que cogieron las tuyas y alentaban
en ellas contra el frío, y apartaron
las piedras. Estas tus manos abriendo
la fuente de la vida.
(Tiempo de amor y mar, Eolas, 2021)
La violencia de las horas
(Al modo de César Vallejo)
Murió el abuelo Manuel, que tenía un pozo de aguas vivas
con truchas, adonde yo tiraba las migas que caían de la hogaza.
Murió el mastín León, que me dejaba cabalgarlo.
Murió la abuela Magdalena, que, en los atardeceres,
buscaba huevos tibios para mi merienda.
Murió el maestro don Evelio,
que tosía mucho a pesar de su brasero.
Murió el abuelo Félix,
que me enseñó a seguir el rastro de las liebres por la nieve.
Murió abuela Josefa, que me pedía que le enhebrase las agujas.
Murió la perra Lola, que se echaba a mis pies cuando yo comía.
Murió mi burro, que nunca tuvo nombre.
Murió el mirlo aquel que robé de un nido
y que comía lombrices en mi mano.
Murió la estraperlista
(no recuerdo su nombre)
que bajaba del monte con su mula y unas grandes alforjas
y una navaja ancha atada a la cintura
y me daba siempre una almendra garrapiñada.
Se secó la Fuente de la Seda,
donde yo buscaba los cabellos verdes de una náyade.
Murió mi padre, solo, sin saber que moría.
Poco a poco, murió madre.
Murió Agustín porque decidió morir.
Murió, por san Juan, Cecilio, que pintaba desnudo
mientras sonaba la música de Juan Sebastián Bach.
Murió tío Manuel, que siempre fue muy fiel a sus ideas.
Murieron mis hermanos, así tan de repente o poco a poco.
Muere mi tiempo fugitivo y estoy velándolo.
(Tiempo de amor y mar, Eolas, 2021)

Francisco Álvarez Velasco
Difácil, 2025
100 páginas
12 €
José Carlos Díaz Pérez (Gijón-Xixón, 1962) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (1985). En 1984 fue fundador, con Juan Ignacio González, del Grupo Poético Cálamo, que desde entonces, entre otras actividades, viene convocando el Premio de Poesía Cálamo/GESTO. Junto a colaboraciones esporádicas a lo largo del tiempo en distintas publicaciones, es editor desde 2006 la bitácora digital Los diarios de Rayuela y autor de los siguientes títulos de poesía: Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (2004), Convalecencia en Remior (2015), Cantata de los días tasados (2017) y ha participado en la antología Parada Gijón-Xixón. Poemas (2024). En cuanto a obra narrativa, es autor de los siguientes títulos: Letras canallas (2009), Aunque Blanche no me acompañe (2014) y Vísperas de nada (2017).
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