/ por Fernando Riquelme /
La historia del Imperio romano ha sido tradicionalmente una fuente de inspiración para numerosas novelas históricas. Los personajes reales, especialmente los emperadores, sus cónyuges, sus amantes, sus parientes y los políticos de su entorno superan con mucho a los personajes que la ficción haya podido crear: Augusto, Calígula, Nerón, Mesalina o Agripina, por ejemplo, son verdaderos prototipos de megalomanía, soberbia, crueldad, locura, promiscuidad y perversión.
Los éxitos editoriales Yo, Claudio de Robert Graves o, más recientemente, Yo, Julia de Santiago Posteguillo convierten a sus personajes históricos en narradores de sus propias vidas. Se trata de un inteligente artificio para sostener un relato que los autores desarrollan en un contexto histórico que conocen perfectamente por su condición de historiador, en el caso de Posteguillo, o de traductor de obras de historia clásicas en el caso de Graves.
Pedro Ángel Plasencia ha utilizado el mismo recurso para escribir una novela que bien podría haber titulado Yo, Séneca, pero que ha preferido editar bajo el título de Séneca en la bodega, atendiendo a una pretendida pasión del filósofo por la vid y el vino. Plasencia ha aprovechado, además, el género epistolar utilizado por el propio Séneca para relatar, a través de una serie de cartas apócrifas a su discípulo Lucilio, las vicisitudes de su vida, desde su infancia en Córdoba, su estancia en Roma y Egipto, su actividad política, su exilio en Córcega, su vida sentimental y su inminente suicidio como alternativa a su ejecución ordenada por el emperador Nerón, de quien había sido preceptor.
Las cartas se insertan en un ámbito temporal determinado: el último año de la vida del filósofo hispano; tiempo pasado amorosamente junto a su segunda esposa Pompeya Paulina. El autor se ocupa de situar en contexto los momentos de las sucesivas cartas, localizando a Séneca en Roma, o en su finca vitivinícola cercana a la capital, o desplazado a Nápoles, Capri o Catania en un viaje al Sur.
Como el propio autor indica, las cartas apócrifas que sostienen el relato difieren de las verdaderas Epístolas a Lucilio: no son una continuidad del tratado doctrinal del filósofo epicúreo, sino cartas personales a un amigo al que confía sus recuerdos sobre el transcurso de su vida, desde la infancia hasta la senectud. No obstante, aquí y allá aparecen reflexiones sobre la riqueza, el matrimonio la creencia en deidades o la muerte, entre otras cuestiones.
Las cartas están redactadas en un estilo convincente. Se dice que los textos de Séneca se caracterizan por la sencillez, ausencia de tecnicismos y facilidad de lectura y comprensión. Plasencia ha redactado unas cartas fieles a ese estilo, con escasas concesiones a expresiones que pudieran ser consideradas anacrónicas.
En resumen, Séneca en la bodega es un loable y original ejercicio de novela histórica de grata lectura.

Pedro A. Plasencia
Modus Operandi, 2026
176 páginas
20 €

Fernando Riquelme Lidón (Orihuela, 1947) es licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ingresó en la Carrera Diplomática en 1974. Ha estado destinado en representaciones diplomáticas y consulares de España en Siria, Argentina, Francia e Italia y ha sido embajador de España en Polonia (1993-1998) y Suiza y Liechtenstein (2007-2010). Como escritor ha publicado Alhábega (2008), obra de ficción que evoca la vida provinciana de la España de mediados del siglo XX; Victoria, Eros y Eolo (2010), novela; La piel asada del bacalao (2010), libro de reflexiones y recuerdos gastronómicos; 28008 Madrid (2012), novela urbana sobre un barrio de Madrid; Delicatessen (2018), ensayo sobre los alimentos considerados exquisiteces; Viaje a Nápoles (2018), original aproximación a la ciudad de Nápoles; un Diccionario comentaod de gastronomía (2019), El Club de las Amazonas (2021) y La azarosa vida de Juan el Caparra (2026). Es miembro de la Real Academia de Gastronomía.
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