> Pensamiento

La democracia radical de John Dewey

Un artículo de Vicent Yusà sobre un pensador estadounidense para quien la democracia no era simplemente un procedimiento para elegir gobernantes, ni un conjunto de instituciones constitucionales.

/ por Vicent Yusà /

El pragmatismo constituye una de las aportaciones más originales de la filosofía estadounidense a la tradición occidental. Frente a las concepciones que entienden el conocimiento como una representación pasiva de una realidad ya dada, los pragmatistas sostienen que conocer el mundo significa interactuar con él para resolver los problemas que la experiencia plantea. Las ideas adquieren su valor por su capacidad para orientar la acción, producir consecuencias satisfactorias y contribuir al progreso humano. En este sentido, las afirmaciones verdaderas comportan su utilidad, y representan el resultado siempre provisional de un proceso de investigación abierto a la revisión y a la crítica.

El pragmatismo surgió alrededor de 1870 y reúne a autores muy diversos, desde los «clásicos» Charles Sanders Peirce y William James hasta neopragmatistas como Richard Rorty (1931-2007) o Hilary Putnam (1926-2016). Fue John Dewey (1859-1952), un pragmatista de la segunda generación, quien orientó esta tradición filosófica de forma más explícita hacia la filosofía política y otras dimensiones del progreso social. Mientras Peirce había desarrollado el método pragmatista y James había popularizado sus implicaciones epistemológicas y psicológicas, Dewey dirigió esa misma actitud experimental hacia la educación, la ética y, especialmente, la democracia.

Para Dewey, la democracia no es simplemente un procedimiento para elegir gobernantes, ni un conjunto de instituciones constitucionales. Es, sobre todo, una manera de vivir en común, un ideal moral basado en la cooperación, la comunicación y la inteligencia colectiva. Desde esta perspectiva, la democracia deja de ser un asunto exclusivamente político para convertirse en el principio organizador de toda la vida social.

La aportación más original de Dewey consiste en haber desplazado el centro de gravedad de la democracia desde las instituciones hacia las relaciones humanas. Mientras buena parte de la teoría política identifica la democracia con determinados mecanismos jurídicos (elecciones libres, división de poderes o sufragio universal), Dewey sostiene que esos mecanismos solo pueden funcionar adecuadamente cuando expresan una determinada cultura democrática. Por ello define la democracia no solo como un sistema de gobierno, sino como un ideal de igualitarismo y comunicación abierta que fomenta las contribuciones potenciales de cada persona al bien común y que debe promoverse no solo en las instituciones, sino también en la sociedad civil, las escuelas y los lugares de trabajo.

Para Dewey, los seres humanos no existen como individuos aislados que posteriormente deciden cooperar; por el contrario, se constituyen como personas mediante sus relaciones con los demás. La identidad personal, los valores y hasta las capacidades intelectuales se desarrollan dentro de comunidades de interacción. Esta concepción supone un rechazo frontal del individualismo clásico que había dominado gran parte del pensamiento liberal. Dewey considera errónea la imagen de la sociedad como una simple suma de individuos independientes que persiguen exclusivamente su propio interés. Ese modelo, heredero del utilitarismo y del liberalismo económico, ignora que toda persona depende continuamente de la cooperación social y que el bienestar individual solo puede realizarse plenamente dentro de una comunidad democrática.

La democracia aparece así como el sistema político más coherente con la naturaleza social del ser humano. No porque garantice automáticamente las mejores decisiones, sino porque permite que todas las personas participen en la construcción de los valores que regulan la convivencia.

Democracia y ciencia

Uno de los rasgos característicos del enfoque propuesto por Dewey es la idea de que la filosofía debe adoptar el método experimental de la ciencia y aplicarlo también al ámbito de la ética y la política. Si el conocimiento científico progresa mediante la formulación de hipótesis, la experimentación y la revisión permanente de los resultados, las instituciones políticas deberían actuar de manera semejante. Esta propuesta deriva de una convicción profundamente naturalista. Entre el ser humano y la naturaleza no existe una ruptura esencial, sino una continuidad evolutiva. Dewey atribuye a la razón la tarea «ilustrada» de introducir orden y estabilidad tanto en el mundo natural como en la vida social. Concibe la razón como un instrumento forjado por la evolución para afrontar situaciones problemáticas.

En consecuencia, también los problemas morales y políticos deben abordarse experimentalmente. Las soluciones nunca son definitivas, sino hipótesis que deben contrastarse mediante la experiencia social. El método científico deja de ser patrimonio exclusivo de los laboratorios para convertirse en un modelo general de inteligencia práctica aplicable a cualquier ámbito de la vida colectiva. Este planteamiento explica igualmente el falibilismo (cualquier creencia o conocimiento humano puede resultar erróneo y, por tanto, debe permanecer siempre abierto a la revisión y la corrección) característico del pragmatismo. Ninguna decisión política puede considerarse absolutamente correcta; toda institución permanece abierta a la crítica y a la reforma. Precisamente por ello la democracia constituye el régimen político más adecuado, ya que permite corregir los errores mediante la deliberación pública y la participación ciudadana.

Democracia radical

Dewey suele ser considerado uno de los principales precursores de la democracia deliberativa contemporánea, defendida por autores como Habermas como un modelo democrático que legitima las decisiones políticas por la calidad de los procedimientos para el intercambio de razones y argumentos (deliberación) entre los ciudadanos. Para Dewey, la deliberación no consiste simplemente en intercambiar argumentos racionales antes de votar. Constituye un proceso continuo mediante el cual la sociedad aprende sobre sí misma. A través del diálogo, los ciudadanos modifican sus propias preferencias, descubren intereses comunes y generan nuevas soluciones que inicialmente ninguno de ellos había previsto. La opinión pública no representa, por tanto, una simple agregación de preferencias individuales. Es el resultado de un proceso cooperativo de comunicación mediante el cual las personas reconstruyen conjuntamente su comprensión de los problemas sociales.

La democracia no puede limitarse al momento electoral. Por ello Dewey concede tanta importancia a la educación, la libertad de expresión, las asociaciones civiles y todos aquellos espacios donde pueda desarrollarse una comunicación abierta. Una democracia auténtica exige ciudadanos capaces de escuchar, argumentar, revisar sus propias creencias y aprender de la experiencia colectiva. Precisamente porque esas condiciones nunca se alcanzan de una vez por todas, Dewey afirma que «el fin de la democracia es un fin radical. Pues es un fin que no ha sido adecuadamente realizado en ningún país en ningún momento». Este ideal de democracia radical expresado por Dewey no debe entenderse como una utopía imposible, sino como una perspectiva, un principio regulativo que puede guiar nuestras acciones en cada situación presente.

El conflicto como condición de la democracia

Una de las dimensiones más modernas del pensamiento de Dewey aparece en su valoración positiva del conflicto político. Frente a quienes identifican la democracia con la búsqueda permanente del consenso, sostiene que el conflicto resulta inevitable e incluso necesario. Las sociedades democráticas reúnen individuos y grupos con intereses, experiencias y valores diferentes. Pretender eliminar esas diferencias significaría anular precisamente la riqueza del pluralismo democrático. El problema no consiste en evitar los conflictos, sino en aprender a gestionarlos mediante procedimientos compatibles con la igualdad y el respeto mutuo.

En este punto, Dewey se distancia tanto de las concepciones excesivamente conciliadoras, que enfatizan las ideas de «comunidad», «consenso», «bien común», «armonía», como de las teorías puramente agonísticas (lucha, confrontación) de la democracia. El conflicto es imprescindible porque evita el conformismo y estimula la innovación social, pero debe desarrollarse dentro de un marco deliberativo basado en la persuasión, la consulta y el intercambio de argumentos. Sin conflicto creativo se pierde capacidad de renovación y se propicia el estancamiento. No importa tanto alcanzar una unanimidad imposible como mantener abiertos los canales de comunicación. Allí donde el conflicto se transforma en mera lucha por el poder o intento de destruir al adversario, la democracia comienza a deteriorarse. Por el contrario, cuando las diferencias se convierten en oportunidades para revisar las propias posiciones, el conflicto cumple una función creadora.

Más de setenta años después de su muerte, muchas de las preocupaciones de Dewey conservan una notable actualidad. La creciente polarización política, la manipulación informativa, la desconfianza hacia las instituciones y la simplificación del debate público muestran hasta qué punto la democracia puede vaciarse de contenido si deja de entenderse como una práctica cotidiana. El propio Dewey advertía que la democracia es extraordinariamente frágil. Ninguna constitución garantiza por sí sola su supervivencia. Solo puede mantenerse viva cuando los ciudadanos cultivan diariamente hábitos de diálogo, cooperación, pensamiento crítico y responsabilidad compartida.

Su filosofía tampoco proporciona soluciones concretas para todos los problemas actuales. Él mismo habría rechazado cualquier intento de convertir sus ideas en un sistema cerrado. El auténtico legado de Dewey consiste, precisamente, en ofrecernos un método para afrontar democráticamente problemas siempre nuevos: investigar, deliberar, experimentar, corregir y volver a empezar cuando la experiencia lo haga necesario.


Vicent Yusà es doctor en química, investigador en las áreas de seguridad alimentaria y ambiental, y profesor asociado en la Facultad de Química de la Universidad de Valencia. Ha dirigido los laboratorios de salud pública de la Generalitat Valenciana y ha participado en diferentes proyectos nacionales e internacionales. Tiene estudios de filosofía. Además de múltiples publicaciones científicas en revistas de alto impacto, es autor del ensayo Ascenso a la Torre: apuntes para una filosofía de proximidad y de las novelas: Otro fin del amor es posibleObra abierta, El común desorden del amor y Lo que no se escribe.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “La democracia radical de John Dewey

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo