/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /
Al final me he decidido por este título, con la esperanza de que sorprenda al lector y le obligue a preguntarse si se trata de una manifestación religiosa, un ensayo psicológico del tipo «gran hermano» o una paranoia de esas que últimamente tanto gustan a algunos de nuestros ministros. La verdad es que esta columna forma parte de mi exaltación del turismo en las ciudades y la mirada a la que me refiero es la de las esculturas que decoran o rematan muchos de nuestros edificios.
Aconsejo enormemente al turista que visita las ciudades que dirija su mirada hacia arriba, elevándose de vez en cuando por encima del nivel de las gentes que pueblan las ciudades y que observe las esculturas que le miran desde lo alto, bien sea un grupo escultórico particularmente bello, concebido como remate de un edificio oficial, un detalle distintivo de una construcción o, simplemente, el emblema de una compañía de seguros que dejó leones o aves fénix en las alturas. En ocasiones, quien nos mira desde el cielo de las ciudades es un ángel, un abanderado o alguna divinidad grecorromana que, con el tiempo, se convierten en símbolos de las ciudades que habitan. Ahí están la giraldilla de Sevilla, la victoria alada del edificio de Metrópolis, Minerva, rematando el Círculo de Bellas Artes o el grupo escultórico de Diana cazadora en el Hotel Hyatt de la Gran Vía, que constituyen algunos de los elementos de los tejados de Madrid. En otras ocasiones es una virgen, añadida a una casa o grupo de viviendas, que fue realizada por una entidad confesional y, en otras, como en el caso del dragón de una fachada de las proximidades del mercado central de Valencia, un simple detalle arquitectónico que compite con la cotorra o el pez que sirven de remates a las bóvedas del mercado de alimentos más bonito de Europa que sigue en funcionamiento.
Mirar hacia las alturas cuando se trata de descubrir una nueva ciudad es enormemente gratificante y se sorprenderían de lo poco que lo hacen muchos de sus conciudadanos, que, en ocasiones, desconocen esa población de personajes que pueblan sus ciudades. Viejas esculturas monumentales que nuestra cámara o nuestro teléfono apenas llegan a abarcar en sus detalles y que, no lo duden, se convertirán en recuerdo de su visita o en personajes habituales con los que compartir sus alegrías y desvelos. Muchas de las esculturas arquitectónicas son de piedra, pero también abundan en hierro o bronce y las más audaces y modernas en aluminio o recubiertas de cobre. Nos miran impávidas en todas las estaciones, aunque los soles del verano les hagan refulgir de manera especial o la lluvia y la nieve las oculten parcialmente a nuestras miradas. Todas esas presencias, junto con los templetes que rematan algunos edificios de apartamentos, pueden espolear nuestra imaginación y aquí dejo para el lector la misión de rastrear al autor de dichas esculturas, el momento en que se instalaron en las alturas de nuestras ciudades, la relación con sus vecinos que comparten despacho o ventana y la posibilidad, o no, de visitarlas desde su altura. A mí, lo confieso, todo eso me resulta interesante y acumula tareas pendientes después de cada viaje. Lo peor es que muchas de estas incógnitas quedan sin respuesta incluso recurriendo a muchos algoritmos de inteligencia artificial o el infalible Google.
Algunas ciudades y entidades de turismo ya han tomado cartas en el asunto de censar esas poblaciones escultóricas que pueblan sus alturas y confío en que el censo sea el inicio de la restauración y conservación de las mismas y la organización, si es posible, de visitas a diferentes niveles de proximidad; de manera que nos permitan mirar de frente a quien siempre estuvo allí, observándonos, aunque con frecuencia no fuéramos conscientes de su presencia. Ya ven, por bien que conozcamos nuestras ciudades y por mucho que nos guste viajar, siempre quedan tareas pendientes por vivir y por recordar.

Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991 y en la actualidad profesor emérito en activo. Tiene un índice H de 92 según Google Scholar y ha publicado más de 987 trabajos con más de 40.000 citas, 5 patentes españolas, 4 libros sobre green analytical chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre calidad del aire (Elsevier), dos libros sobre análisis de alimentos (Elsevier and Wiley), un libro en dos volúmenes sobre smart materials en química analítica (Wiley) y otro sobre NPSs (Elsevier) y está preparando un libro sobre Human biomonitoring in Food safety assurance para RSC. Además ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de Spectroscopy Letters (Estados Unidos), Ciencia (Venezuela), J. Braz. Chem. Soc. (Brasil), Journal of Analytical Methods in Chemistry and Chemical Speciation & Bioavailability (Reino Unido), SOP Transactionson Nano-technology (Estados Unidos), SOP Transactions on Analytical Chemistry (Estados Unidos) y Bioimpacts (Irán). Condecorado como Chevallier dans l’ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia, Premio de la RSC (España) y condecorado por la Policía Local de Burjassot.
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