Rescates

Ignacio Carral: las virtudes del buen periodista

El periodista Ignacio Carral no tenía nada que envidiar a nombres más celebrados de su época, como los de Chaves Nogales, Sentís o Gaziel. Un «rescate» de Álvaro Acebes Arias.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

La historia es así: un exitoso director de comedias ligeras quiere rodar una película seria y de protesta social que muestre el sufrimiento y las dificultades de los marginados. Para ello, no duda en disfrazarse de vagabundo y lanzarse a recorrer el país, todo con el fin de acumular experiencias realistas de la miseria antes de ponerse detrás de la cámara. Como un Gulliver moderno, nuestro hombre vive todo tipo de fantásticas peripecias y conoce a los más estrafalarios personajes, incluida la chica de la película, antes de protagonizar algunas circunstancias en las que jamás hubiera querido verse envuelto y de darse cuenta del fracaso de sus propósitos. Este es, en líneas generales, el argumento de Los viajes de Sullivan, la disparatada y maravillosa sátira que rodó Preston Sturges en 1941 con un inesperado Joel McRea en el papel de atribulado director con ínfulas intelectuales y la larga guedeja rubia de la guapísima Veronica Lake. Dicen que la película se estrelló en taquilla, iniciando la serie de fracasos comerciales que darían al traste con la carrera de Sturges, quien terminó sus días alcoholizado y en la más absoluta pobreza en el Hotel Algonquin de Nueva York, el mismo donde Dorothy Parker se emborrachaba a sus anchas con, entre otros, Harpo Marx y Douglas Fairbanks. No tuvo suerte el pobre Sturges, que siempre fue un bicho raro para Hollywood. El oficio de hacer reír, ya se sabe, es un arte de funambulistas, ingrato casi siempre, y donde nunca es fácil encontrar el equilibrio adecuado entre inspiración, ritmo, sutileza, subversión, perversidad y un punto de locura. El gran Billy Wilder, que de esto sabía más que nadie, lo tenía claro cuando afirmó aquello de «si le vas a decir la verdad a la gente, hazlo de forma divertida o te matarán».

Me he acordado de la estupenda película de Sturges al leer la serie de reportajes que a principios de los años treinta escribió Ignacio Carral, titulada Los otros, y en la que, a la manera del director que se echaba a los caminos para descubrir el penoso panorama del país en plena depresión, el periodista segoviano se convirtió en un mendigo más entre los muchos que pululaban por los barrios bajos de Madrid. El objetivo era informar a los lectores de las durísimas condiciones de vida que padecían aquellos a los que nadie advertía en las calles, los otros, los que eran víctimas del hambre y la miseria, forzados muchas veces a una vida de delincuencia para sobrevivir. La cosa tiene su miga porque mucho antes de que Hunter S. Thompson se inventara lo del periodismo gonzo, de Truman Capote, Günter Wallraff, Tom Wolfe, Joan Didion y Norman Mailer, existió en aquella España republicana una formidable cantera de periodistas, muchas de ellas mujeres, que no dudaron en infiltrarse en todo tipo de ambientes y lugares, por más espinosos, inquietantes y lúgubres que fueran, y documentar así una realidad ajena al público o que se ocultaba interesadamente. Ahí está el ejemplo de Magda Donato, hermana menor de la política socialista Margarita Nelken, famosa por sus «reportajes vividos», como ella los denominaba, y que tuvieron gran aceptación e impacto. Como Carral, se hizo pasar por mendiga y vivió en su piel las penurias y rigores que padecían las mujeres indigentes que se hacinaban en los albergues y comedores sociales de la capital. Todavía fue más lejos cuando logró engañar a doctores y funcionarios e introducirse en un manicomio, denunciando así el estado en que se encontraban las pacientes y las prácticas de algunos médicos, o en la antigua cárcel para mujeres de la calle de Quiñones, la más grande de Madrid, y en donde la periodista describió con empatía, calidez y familiaridad el día a día de las reclusas. No se acaban ahí los ejemplos de estas reporteras intrépidas, que se saltaban todas las barreras y roles impuestos por la sociedad y la prensa del momento, pues siguiendo la estela de Donato también hay que mencionar los trabajos de Josefina Carabias, célebre por un reportaje en el que se hizo pasar por camarera de hotel, o las crónicas de Luisa Carnés e Irene Polo, destinadas a mostrar las dificultades a la que se enfrentaba una mujer a la hora de conseguir trabajo o los problemas de los inmigrantes que llegaban a las grandes ciudades. Hay algo común a todos estos textos y es que, junto al interés por destapar un paisaje desconocido e incómodo, el tratamiento literario de los más variados temas, su estilo vibrante, directo y preciso, la compasión con que se observa a sus personajes o el deseo de vivir en primera persona las circunstancias que se querían denunciar, lo que los hace destacar es su apabullante modernidad y el profundo compromiso político y humano con la realidad que revelan, que va más allá del mero ejercicio periodístico para reclamar unas mejoras sociales y apelar a las conciencias del público burgués. Y qué quieren que les diga, pero al leer ahora algunos de esos extraordinarios reportajes, cuando el periodismo es ya una cosa que no está para contar lo que sucede sino lo que se le indique y cualquier descerebrado con un móvil puede dedicarse a hacer viral la desgracia ajena y convertirla en algo monetizable, uno solo puede sentir un sentimiento de nostalgia. Será porque se tiene presente aquello que decía Orwell de que periodismo es publicar lo que alguien no quiere que se publique y todo lo demás son relaciones públicas.

Pero me estoy yendo por las ramas y de quien yo les quería hablar es de Ignacio Carral, periodista que no tiene nada que envidiar a otros nombres más celebrados como los de Chaves Nogales, Sentís o Gaziel y en cuyos brillantes artículos uno nunca acaba de descubrir dónde empieza la literatura y dónde el periodismo. Nacido en Segovia en 1897 en el seno de una familia acomodada, la juventud de Carral estuvo marcada por los estudios de Derecho y Filosofía y la participación en tertulias culturales como la de San Gregorio, de raíces republicanas y progresistas. Allí hizo amistad con Machado, el músico Agapito Marazuela, el ceramista Fernando Arranz, que conducía aquellas reuniones, o el escultor Emiliano Barral, a quien convertiría en personaje de su única novela, Las memorias de Pedro Herráez. Como ni las leyes ni el pensamiento abstracto lo seducían mucho, comenzó a publicar artículos en una revista que él mismo había fundado, el semanario Segovia, y que cerró tras una docena de números, poco después de la llegada al poder de Primo de Rivera. «Antes que callar bajo el lápiz del censor, preferimos poner voluntariamente silencio a nuestra pluma», escribió Carral en la última página que se publicó. Malos tiempos para el periodismo moderno, independiente y liberal, por modesto e idealista que fuera, pero Carral había encontrado su destino y se fue a Madrid, donde se convirtió en discípulo de Américo Castro en la Universidad Central y siguió escribiendo artículos. No estuvo en la capital mucho tiempo porque en 1925 le surgió la oportunidad de formar parte de un programa de intercambio académico en Palermo. Viajar por toda Italia le permitió asistir al ascenso y consolidación del fascismo, en plena crisis tras el asesinato del socialista Matteotti, y de todo ello envió reportajes que se publicarían en Heraldo de Madrid. Ya de vuelta en España, ingresó en el periódico Estampa, que contaba con una de las mayores tiradas de la época, y compaginó esa labor con el trabajo en otros diarios y revistas como Ahora, El Sol y La Voz. Para muchos, aquellos fueron los tiempos de esplendor del periodismo español, que contó con la saludable coyuntura de un sinfín de cabeceras, fotoperiodistas e ilustradores y una generación de escritores jóvenes que se encargaron de modernizar la narrativa periodística a base de ingenio, coraje y, sobre todo, intuición, curiosidad e inventiva para saber dónde estaba la noticia y captar ese gesto o palabra que pueden definir todo un ambiente. Bastaba con salir a la calle, patearse barrios, tabernas y buscar, pararse a mirar y escuchar los retazos de las conversaciones, el ruido de fondo de la vida callejera y urbana, con todo su pulule y bullangueo. Oír y verlo todo. La guerra y lo que vino después pusieron fin a todo ello.

Ignacio Carral, que lo mismo se encargaba de hacer crónicas costumbristas, noticias de sociedad o de repasar la actualidad política, se convirtió pronto en una firma conocida que todavía se haría más popular cuando en 1934 le ofrecieron encargarse de una de las secciones del diario hablado La Palabra, programa de Unión Radio Madrid, antecedente de la SER, y en la que también participaban periodistas como la mencionada Josefina Carabias o el crítico Isaac Pacheco. Con aspecto de gran galgo aristocrático, impecable traje, gabardina, guantes y bastón que llevaba como si fuera una batuta, era fácil identificarlo garabateando notas en su libreta en las fotografías que acompañaban sus reportajes. Aunque los frecuentara, poco tenía que ver con las ínfulas de otros periodistas bohemios que se juntaban en los cafés y se ponían tibios mientras perseguían tal o cual rumor. Pero lo mismo que no fue ajeno al azacaneo que se cocía en tertulias y bares, tampoco le pasó desapercibido la atmósfera de ebullición social y transformación política que se vivía entonces. Republicano desde su juventud y comprometido con los programas e ideas del nuevo gobierno, Carral militó en el regionalismo castellano y se afilió pronto a Izquierda Republicana, el partido de Azaña, a quien dedicaría en 1935 un folleto donde elogiaba su personalidad y virtudes políticas. Ese compromiso con los valores democráticos y la defensa de la libertad quedaron perfectamente reflejados en este y otras muchas de las piezas sociales que escribió para distintos periódicos, pero aún más en Por qué mataron a Luis de Sirval, crónica de urgencia sobre el asesinato a manos de legionarios en la Asturias revolucionaria de 1934 de su compañero y amigo. Un crimen que sacudió a la opinión pública, con encendidas protestas al gobierno sobre la actuación militar y que llevaron las firmas de Unamuno, Juan Ramón Jiménez o Ramón J. Sender. Recuperado hace unos años por la editorial Renacimiento, se trata de un texto que se lee como una autentica novela negra, en el que se intercalan las estremecedoras crónicas de lo que Sirval vio en Asturias con hipótesis sobre las razones de su asesinato, indignadas críticas a las tibias sentencias que cayeron sobre los culpables y los ataques y acusaciones a los políticos que permanecieron impasibles ante el crimen. Sin embargo, más que como relato o reconstrucción de la suerte que corrió Sirval, el libro merece ser reivindicado como conmovedora y apasionada defensa de la labor del periodista. Fue uno de los últimos textos que pudo publicar Ignacio Carral. El 1 de octubre de 1935, poco después de llegar a la redacción de Radio Madrid, el periodista murió de una angina de pecho con treinta y siete años. Tras estallar la guerra, su nombre y sus trabajos, con varios cuentos, novelas y ensayos que quedaron inéditos, se perdieron en el sueño de las hemerotecas y archivos.

Por eso es una buena noticia la recuperación del texto que convirtió en una celebridad a Carral, la colección de ocho reportajes en los que se hizo pasar por indigente y recorrió en compañía del dibujante Rivero Gil las calles de «un Madrid paria y viudo», como dicen unos versos del olvidado Mauricio Bacarisse. Editado por La Uña Rota, con un impagable trabajo de Carlos Álvaro, Los otros es una de las cimas del periodismo de inmersión que se cultivó en aquellos años. No sé si a Carral le movían los mismos impulsos que al Sullivan de la película de Sturges, si estaba a la caza de un reportaje sensacionalista o lo empujaba el afán por escribir una denuncia social, pero lo cierto es que una mañana de invierno de 1929 salió de la redacción de Estampa y se dirigió al Rastro para cambiar su traje por unos harapos. Pasó un mes entero en los ambientes más marginales y mugrientos de la capital, en barrios y calles que la gente evitaba o cruzaba con temor, infiltrado en pandillas, familiarizándose con el argot popular, conviviendo con delincuentes, vagabundos, prostitutas y raterillos y soportando el hambre, el frío y el asco de la pobreza. Fue testigo de cómo los ladrones subastaban el botín de las rapiñas de la noche, asistió a disputas en tugurios de mala muerte en las que por poco no se lleva un navajazo y mostró con un realismo crudo y descarnado la crueldad de unas vidas desamparadas y a la intemperie. El resultado fue una impresionante topografía de la miseria por la que se trazaba una clara frontera entre un ellos, los que habitaban en las comodidades del mundo burgués, como el propio Carral y los lectores de Estampa, y los otros, los que dormían bajo los arcos de los puentes y merodeaban por las colas de comida y los figones donde por unos pocos céntimos se podía conseguir un plato para pasar el día. Hubo quien protestó cuando se publicó el primer reportaje. ¿Quién podía creerse que un periodista que gozaba de una posición acomodada iba a renunciar a sus privilegios para sumergirse durante días en ese mundo hostil y triste? Ante las protestas por lo que se consideraba un montaje, el director de la revista tuvo que publicar un desmentido y adjuntar fotografías del propio Carral y de su compañero Rivero vestidos de mendigos o rebuscando entre los desechos de un basurero.

¿Cómo se describe la miseria? ¿Es posible ofrecer una imagen justa del estigma, la humillación y la desnudez de la pobreza? ¿O ese retrato acaba convirtiéndose en mercancía? Leyendo los reportajes de Carral, cuando uno se asoma a esas páginas donde se muestra la vida desesperada de decenas de hombres y mujeres que van de un sitio a otro, inadvertidos por todos, inspirando, si no lástima, asco y miedo, se percibe siempre un fondo de piedad y empatía. Hay humor, jovialidad, un punto de ironía en esas imágenes, como cuando afirma que no se duerme tan mal bajo los puentes: «el calorcillo de toda la porquería que baja del alcantarillado de Madrid conforta mucho en estas noches de frío». Ya les digo, puede haber socarronería y sátira, pero nunca regodeo. El periodista padece los rigores del frío y la humedad, experimenta en sus propias carnes la repulsión de los ellos, se estremece con sus compañeros de albergue ante las duras historias que le cuentan unos y otros, comparte el sentido de provisionalidad que envuelve sus vidas y siente su mismo desarraigo. Ahí quedan esos fragmentos cuando, mediada la aventura por las calles más oscuras de Madrid, Carral sorprende su reflejo sucio y cansado en el escaparate de una tienda, lo que le causa una enorme angustia, o se pregunta qué hacer si el hambre aprieta y no hay buenas perspectivas a la vista: «Cuando se han pasado veinticuatro horas sin comer, después de muchos días en que se ha malcomido, uno llega a sentirse extraño a sí mismo. El aspecto del mundo cambia totalmente; y se siente uno capaz de todo por conseguir un bocado. ¡Si no fuera por estos guardias que vigilan las calles y plazas por donde erramos, siempre con la mirada encima de nosotros, como si adivinaran nuestro pensamiento!». Es en esos instantes, cuando el desánimo se hace mayor y se expresa la indignación por que sus semejantes tengan que sufrir esa suerte, que los textos de Carral rebosan sensibilidad y dejan entrever su olfato y oficio de buen periodista, capaz de comunicar una verdad que aparece a ojos del lector desnuda y sin subrayados y, al mismo tiempo, fabricar una denuncia que apela a nuestra conciencia.

En Elogiemos ahora a hombres famosos, libro de culto que escribieron James Agee y el fotógrafo Walker Evans y con el que ambos documentaron la triste realidad de Estados Unidos tras la Gran Depresión, el primero preparó un preámbulo que puede ser leído como descargo de conciencia y, a su vez, como aviso para todos aquellos que se sientan tentados de convertir la miseria en arte: «por el amor de Dios, no piensen en este libro como Arte. Todas las furias de la tierra han sido absorbidas con el tiempo como arte, o como religión, o como autoridad en una u otra forma. El golpe más letal que puede asestar el enemigo del alma humana es honrar a la furia». Agee, como Carral, sabía de los peligros de hurgar en las vidas de los más desfavorecidos para convertir la desgracia ajena en objeto de regocijo. También de lo imposible que es lograr una equidad entre esa mirada y lo que representa. Pero no renunciaron a contarlo. De ahí su inmenso valor.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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