/ por Andrea García Casal /
«[S]iempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular. […] Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo. […] Y para ver cuál puede ser el resultado, voy a apagar mi lámpara eléctrica.»
Junichiro Tanizaki: El elogio de la sombra (1933)
El pensador Junichiro Tanizaki escribió El elogio de la sombra (1933), ensayo cumbre de su trabajo literario, para mostrar el valor que se daba a la oscuridad por encima de la saturación lumínica, tanto en la cultura japonesa como, por extensión, en las culturas asiáticas. A pesar de que esta noción va cambiando con el paso del tiempo, debido a los avances tecnológicos y la fuerte globalización, lo cierto es que Tanizaki intentaba legitimar un modo de ver la vida, de apreciar la sombra frente a la luz, el cual estaba en riesgo de quedarse relegado a unos pocos ámbitos, dentro de su propia época. Japón ya tenía una poderosa electrificación en los años treinta del siglo XX, incluso los hogares disponían de luz. Para contribuir a la adoración de la sombra, remata el ensayo con «voy a apagar mi lámpara eléctrica».
Sin lugar a dudas, el arte de Michael Voynov, creador afincado en Serbia, pone de manifiesto la relevancia de la oscuridad, de la sombra, en un mundo cada vez más iluminado, no solo por la luz artificial que llega a contaminar las ciudades, sino por el bombardeo masivo de imágenes que satura nuestra mirada. Así, su arte, basado especialmente en la fotografía y el vídeo, es una oda a la «belleza muy particular» descrita por Tanizaki. Voynov localiza esta belleza en la noche, en las zonas oscuras, con poca luz, donde la iluminación lucha para abrirse camino, mientras el autor prefiere hundirse «con deleite en las tinieblas». Unas tinieblas que Voynov desea, las cuales son una fuente de confort y de inspiración, de paz y reflexión, pero cada vez más difíciles de encontrar. En la actualidad y más que en cualquier periodo de la historia, resulta evidente la «repulsión hacia lo oscuro», y la insistencia de iluminar todo aquello que se presente mínimamente en la penumbra. Cabe recordar la dimensión espiritual que concede nuestro protagonista a la noche y a la sombra, algo que está en sintonía con el simbolismo de la luz y de su carencia en diversas religiones. Por ejemplo, Tanizaki mencionó que «en los monumentos religiosos de nuestro país, los edificios quedan aplastados bajo las enormes tejas cimeras y su estructura desaparece por completo en la sombra profunda y vasta que proyectan los aleros» (Junichiro Tanizaki, El elogio de la sombra, 1933). En el arte europeo, es importante remitirse a los templos cristianos góticos, con sus imponentes y adornadas vidrieras, que filtran la luz para crear un ambiente interior lleno de misticismo. El juego con la luz y la sombra es distinto en el budismo y sintoísmo respecto al cristianismo. Pero estas tres creencias abrazan la luz y también su escasez o ausencia directa porque siempre tiene un significado asociado con lo divino y lo misterioso. La luz natural, abundante o de presencia reducida, contiene lo sagrado en su carácter etéreo, asimismo, debido a su proveniencia del celaje, del Cielo. De este modo, recuerda mucho a la cita de la filósofa María Zambrano: «[quien termina] encontrándose por puro presentimiento recorriendo bosques de claro en claro tras del maestro que nunca se le dio a ver: el Único, el que pide ser seguido, y luego se esconde detrás de la claridad» (María Zambrano, Claros del bosque, 1977). Zambrano, con su filosofía de profundo misticismo, consideró que la claridad, es decir, la iluminación tenue frente a la iluminación plena, era una vía para encontrar al Único —la divinidad, pero sin pertenecer a una fe en particular—. También funciona como alegoría entre la búsqueda desde la afectividad y la serendipia, en oposición a la búsqueda con estricta objetividad y rigor.

En ese aspecto, Voynov observa que su arte canaliza su espiritualidad, dotándolo de un carácter próximo a lo sacro, que no funciona solamente como representación estética. La escasez de luz comparte el mismo valor en Voynov respecto a la arquitectura religiosa budista, sintoísta o gótica, y la idéntica consideración en lo concerniente al pensamiento de Zambrano, a pesar de que nuestro autor utilice la luz artificial —de las farolas, neones, etc.— en lugar de la natural para modular su trabajo. Es una manera contemporánea, más actual de reflexionar acerca de la importancia de la luz y de su significado trascendente, sea cual sea su fuente de origen.
Así, nuestro protagonista camina en la nocturnidad de las ciudades, captando sus detalles, atrapando las sombras a través de la cámara y encontrando la comodidad, la plenitud, en los lugares que, dada la noche, son menos concurridos. Captura los tenues destellos de la iluminación artificial, aquella que no es capaz de atiborrar de luz, al menos de momento, todos los rincones urbanos. Su arte, en el que resulta fundamental el purismo de la composición, otorga preponderancia a la geometría, siendo el volumen un deuteragonista evidente. En ese aspecto, Voynov rescata la concepción clásica de la belleza en Occidente, entendida como geometría, orden, limpidez. Sin embargo, la pobreza lumínica llega a generar imágenes que están más próximas a lo caótico, con sombras marcadas, contrastes destacados y texturas que se originan por la ausencia de buena luz. Ensuciando lo representado, algunas de estas imágenes, incidiendo en aquellas que muestran detalles, se transforman en algo próximo a pasajes fantasiosos, oníricos, en los que la realidad visible y sus convencionalismos se rompen. De ahí que se tornen espirituales, porque el encuentro con lo divino está velado —siguiendo a quienes creen en ello—, como revelan las imágenes y vídeos de Voynov. El artista también se vale de recursos de edición digital, generando contrastes, potenciando o disminuyendo colores, usando efectos, superposiciones y otros procedimientos con los que ultima su pieza. En fotografía y vídeo se percibe también la importancia capital que Voynov concede al cine. Esta disciplina artística le ha influido mucho a la hora de definir su trayectoria, gracias a autores como David Lynch, al que le importaba mucho el aspecto visual, pero nuestro protagonista igualmente bebe del cine negro, de las películas de suspense, de ciencia ficción y otros tantos referentes que hilan su trabajo. De este modo, los encuadres, el enfoque y, en definitiva, todos los elementos explícitos e implícitos de las composiciones son predefinidos, estudiados lentamente, incluso esperados, y posteriormente procesados con rigor, para transmitir un aura cinematográfica.

Asimismo, las composiciones que abarcan un mayor ángulo, por ejemplo, pequeños paisajes, calles, edificios, entroncan en cierta medida con la idea de no lugar del antropólogo Marc Augé. En el caso de Voynov, se vela o se sesga la lectura de los componentes de identidad, relación e historia de los lugares que fotografía o graba. Esto es así porque están a oscuras o poco iluminados, no es fácil situarlos, y, en cierto sentido, pierden valor referencial. No son estrictamente los no lugares que define Augé —lugares de tránsito, supermercados, aeropuertos…—, pero, al ubicarlos en un momento del día como es la noche, marcada por el recogimiento, la pausa y el silencio de la mayoría de sus habitantes, estos «no crea[n] ni identidad singular ni relación, sino soledad y similitud» (Los no lugares: espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Marc Augé, 1992).
Una calle vacía o un edificio en silencio son una suerte de no lugares efímeros —pues de día se vuelven identificables y dinámicos—. Así, el arte de Voynov se puede interpretar como una recreación de paisajes mentales en estos no lugares temporales, de su propia proyección afectiva, reflejando, con elegancia y hermetismo, sus sentimientos, emociones y estados de ánimo en aquellos espacios de los que se reapropia el artista. Él los observa y proyecta en estos su subjetividad.
«La masa de información no engendra ninguna verdad. Cuanta más información se pone en marcha, tanto más intrincado se hace el mundo. La hiperinformación y la hipercomunicación no inyectan ninguna luz en la oscuridad» (Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia, 2012). Como colofón, y criticando a la sociedad de la transparencia, entendida como aquella que termina por ocultar lo verdaderamente importante, el filósofo Byung-Chul Han propone que el exceso de información termina en la infoxicación, por lo que no puede aclarar el contexto, incluso, es capaz de velarlo todavía más. Por tanto, no tiene la capacidad de «inyecta[r] ninguna luz en la oscuridad». Sin embargo, Voynov, a través de su lenguaje purista, cinematográfico y, sobre todo, de fuerte trasfondo espiritual, en contra de lo dicho por el pensador coreano, es capaz de mostrar la oscuridad, e igualmente la luz escasa, como formas de revelar la verdad, es decir, de ahondar en la existencia, en la relación con lo místico, en los sentimientos más recónditos, y, finalmente, en la búsqueda de una belleza poco frecuente. Por tanto, la oscuridad es la que inyecta entendimiento en un mundo de imágenes masivas, normalmente figurativas, coloridas, ópticamente ruidosas, que Voynov rechaza en su praxis. El autor prefiere trabajar en la noche, que para él es su particular «claro del bosque» y «apagar su lámpara eléctrica».


Andrea García Casal ha realizado el grado en historia del arte, el máster en género y diversidad y el máster en formación del profesorado. También es redactora de artículos académicos, divulgativos y de crítica de arte en publicaciones nacionales e internacionales, además de miembro de prensa con acreditación, conferenciante y congresista. Su página web es <https://andreagoethe.wixsite.com/misitio/>. Su dirección de Instagram, @missgoethe_; su Twitter, @miss_goethe.
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