Vintage radio, lamp, glass, and book beside a rainy window at night
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Santa Lucía

Cada noche, a las ocho y media, la voz aterciopelada de Raúl Quijano le dedicaba «Santa Lucía» y Valeria se derretía. Hasta que pidió una cita y descubrió que detrás del galán de la radio no siempre hay un galán. Un relato de Rodolfo Elías.

/ un relato de Rodolfo Elías /

A Tania Vanessa

La canción la ponía todos los días a la misma hora, sin falta. Era el programa de radio más popular entre la muchachada, con el locutor de la voz aterciopelada, Raúl Quijano. Empezaba a las ocho de la noche y duraba dos horas, de lunes a viernes. A las ocho y media el locutor dedicaba «Santa Lucía», con mucho cariño, para Valeria.

Aunque ya no era una muchachita de quince años, a sus diecisiete soñaba más que nunca con su príncipe azul: alto, guapo y varonil. Con la voz cálida y sensual de Raúl Quijano. Como todas las muchachas de su edad, Valeria era romántica a su manera. Y la voz del locutor al dar la dedicatoria, seguida por la canción, la derretía.

Sabía algunas cosas de la vida de él; sin embargo, nunca había visto una sola fotografía; eran los años antes de Facebook. Por su voz lo imaginaba bien parecido, apuesto y con una personalidad arrolladora. Imaginaba también su sonrisa y se preguntaba si algún día lo vería. Se la pasaba llamándole a la estación, para reiterar que le encantaba su programa y que tenía una voz hermosa. «No voy a dejar de moler con mis llamadas, hasta que se me haga conocerte en persona», le dijo en más de una ocasión. Pareciera que ella quería conocerlo pero él no a ella. ¡Por favor!

Sus amigas pensaban que estaba zafadísima, con su arrojo y su arrebatada pasión por Raúl Quijano. Y es que, con su forma de hablar iba más allá de una voz con presencia, porque la modulaba bien, con una dicción impecable, propia de los locutores de la vieja guardia. A sus cuarenta y un años lo imaginaba bien conservado, distinguido y pulcramente vestido. Amaba «Santa Lucía» por muchas razones y se identificaba también con su letra. Pero lo que verdaderamente la enardecía era escuchar las primeras notas, antecedidas por la voz del locutor, dedicándosela. Por eso no le importaba que sus amigas la llamaran Lucía. «Cuando te mueras, te van a canonizar y serás Santa Lucía», le decían, mitad en broma y mitad en serio.

Una vez llamó y no se aguantó más; le pidió una cita. Que se vieran por ahí, en el parque o en cualquier otro lugar, aunque sólo fuera por unos minutos. «¡Abre las puertas, Rulis!», le dijo ella con exasperación. Ese fue su boleto para una cita con la estrella más brillante de su firmamento: el soñado Raúl Quijano. La cita se concertó y Valeria sufrió mucha desazón en los días de la espera para la fecha acordada. Temía que le sucediera algo al hombre de sus sueños, o que de pronto se quedara afónico. También tenía miedo de sufrir algún accidente que le desfigurara el rostro o la figura. Le temía tanto a la fatalidad que hasta tenía pesadillas, como si estuviera traumatizada.

Quedaron de verse en un café. Él escogió el lugar, el día (un sábado) y la hora, de una forma bastante comedida. Parecía que eso era todo lo que él estaba esperando. Que ella abriera la puerta, para meterse hasta la cocina. A Valeria no le pasó inadvertido el detalle de que cerca del café hay un motel.

El día de la cita llegó ella al café veinte minutos antes de la hora, para estar bien instalada en el momento que él entrara por la puerta. Se sentó y sacó de su bolsa un tocacasete y lo puso sobre la mesa. Lo estaba probando y de pronto alguien que pasó demasiado cerca le movió la mesa con el cuerpo. Ella volteó a ver a la persona con enfado, y era un hombrecillo flacucho y orejón, con pelo y bigote muy negros. A Valeria se le quitó el enojo al ver la figura cómica del hombre. Y le sonrió cuando él, mudo, se disculpó con un ademán suplicante de ambas manos. El hombre se fue a sentar a una mesa del fondo.

Valeria pidió un café y después de que se lo sirvieron fue al baño, a lavarse las manos y polvearse la nariz. Regresó y se sentó a esperar, con el casete de Miguel Ríos, listo para empezar a tocar en cuanto viera entrar a su adorado locutor. En eso estaba cuando se acercó un mesero y le preguntó si era Valeria. La muchacha contestó afirmativamente y el mesero le dijo que una persona estaba ahí para verse con ella, señalándole la mesa donde estaba el hombrecillo. Por poco se va hacia atrás; se trataba de Raúl Quijano.

Esa figura patética nada tenía que ver con la voz de galán, de poeta, de seductor. Algo parecido al caso del personaje Pedro Camacho en La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. A pesar de haber sentido que la cara se le cayó, le hizo una señal al hombre para que se acercara él a su mesa. Como un perrito moviendo la cola, Quijano llegó muy sonriente y le dijo con esa voz que la había conquistado: «Hola, Valeria. Al fin tengo el placer». Y le guiñó un ojo. Al poco tiempo platicaban muy animados y a ella se le olvidó la decepción, el bochorno, la rabia y todas las emociones amontonadas que recibió en una sola impresión. A ratos él todavía quería jugar a ser galán, pero ella lo sorteaba bien. Aunque, de una forma perversa, Valeria se preguntaba qué se sentiría hacer el amor con el hombrecillo ese, que, por la edad y la profesión, ha de haber estado con varias mujeres y tal vez supiera trabajarlas.

En esa ocasión no pasó nada. La cita que habían hecho para el sábado siguiente se canceló, porque ella cayó enferma con la varicela y se pasó una semana entera en cama guardando reposo, con una rascadera en todo el cuerpo que le dejó cicatrices en la cabeza y en todas las partes donde se rascaba febrilmente sin cautela. Al salir del trance Valeria se consiguió novio, pero se dice que antes de eso sí hubo algo entre ella y el locutor. Y tal vez visitaron el motel cerca del café; ajenos al mundo, con «Santa Lucía» como soundtrack y los ojos cerrados, como dos soñadores. La verdad sólo la supieron Valeria y Raúl Quijano.

Entra en mi vida sin anunciarte
Abre las puertas, cierra los ojos
Vamos a vernos poquito a poco

Miguel Ríos, «Santa Lucía»


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.


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