Poéticas

El horroroso Chile: poesía contra Pinochet

La dictadura de Augusto Pinochet fue «un proceso de creación [poética] prolífica, ya que era lo único que se podía hacer». Incluye selección de poemas.

El horroroso Chile
L
a poesía en la dictadura cívico-militar

/por Patricio Escobar Romero/

[Publicado originalmente en 2013]

«Fueron diecisiete años largos años tanto para los que partieron como para los que permanecimos entre el Océano Pacífico y la cordillera de los Andes. Por suerte para nosotros, entre estas dos majestuosas fronteras corría a raudales la poesía de Huidobro, Mistral, Neruda, de Rokha, y la de nuestros mayores más cercanos: Parra, Lihn, Teillier, Anguita y Rojas. Los leímos, los escuchamos y la oscuridad fue menor».

Gonzalo Contreras

La conmemoración de los cuarenta años del golpe de Estado de 1973 copó la agenda de la prensa chilena durante el pasado mes de septiembre. Algunos optimistas señalaron que los medios de comunicación, más proclives al olvido que a la memoria, fueron empujados por los movimientos sociales a poner fin al silencio que ha imperado durante las últimas cuatro décadas. Otros afirmaron que esta oferta mediática no fue más que una hábil maniobra de los poderosos de siempre para reescribir la historia. Lo concreto es que, cual fuera el motivo, tuvimos acceso masivo a un numeroso y variado material simbólico (documentales, películas, diarios y revistas, literatura, música)  que visibilizó uno que otro asunto pendiente en Chile.

Sin embargo, aun en esta vorágine del recuerdo, hubo olvidos que persistieron y permanecieron ocultos para el grueso de la sociedad. Entre estos, destaca el caso de la poesía chilena en dictadura, que continuó proscrita del ejercicio de la memoria y de las ceremonias oficiales, lo que no puede sino llamar la atención si tomamos en cuenta la calidad de las obras nacionales y su relevancia en el contexto global. Esta manifestación artística parece haber transitado de una dictadura a otra; es decir, desde la represión militar a  la tiranía del mercado. Así también nos convertimos en un país con muchos poetas y pocos lectores.

La poesía en territorio de violencia

La pregunta sobre el papel de la poesía durante nuestra accidentada historia como país ha motivado a numerosos autores a reflexionar sobre este asunto. Armando Uribe señala en su ensayo El fantasma Pinochet que en un territorio «que nació y vivió en la fea violencia» han sido los poetas quienes «con mayor detalle han revelado la psicología de la población». En torno a la relación entre la creación de los autores más influyentes y el contexto nacional, el agudo vate plantea: «¿Qué se puede desprender de sus obras más importantes? Una visión violenta, desesperada y melancólica, una exaltación del duelo y del luto».

Por su parte, Gonzalo Contreras, autor de Poesía chilena desclasificada, retoma esta cavilación para concluir finalmente que existe una íntima relación entre la lírica chilena y la política. Contreras sostiene que esta manifestación artística constituye un patrimonio de rebeldía y de subversión que configuró una «tradición libertaria» que inspiró (e inspira) a las nuevas generaciones. «Basta con mencionar los escritos políticos de Gabriela Mistral, el ideal libertario de Vicente Huidobro, la decidida defensa de Neruda en pro de la República en la guerra civil española y su Yo acuso contra González Videla, que le costaría la persecución y el exilio», indica en el prólogo de la mencionada antología.

En la misma línea, el académico Iván Carrasco manifiesta que durante los últimos treinta años del pasado siglo, los poetas oriundos de este territorio continuaron con esta tradición, aun cuando lo más característico del panorama fue la heterogeneidad y la diversidad. Según Carrasco, la mayoría de los exponentes han mostrado «admiración y respeto por los grandes autores», pero «han preferido explorar caminos propios vinculados con los hechos históricos y sus particulares situaciones de vida». Es por esta razón que, en su relación con el pasado reciente, gran parte de la poesía chilena destacó como un bastión testimonial, de resistencia y como un acto libertario en el más cruel de los escenarios.

Entre la generación diezmada y la generación NN

«Un ángel caído/ erizado de ásperos cañones/ anuncia la edad de la rapiña». (Manuel Silva Acevedo: Bajo dictadura).

El bombardeo a La Moneda y el fin del proyecto de socialismo democrático de la Unidad Popular constituyen huellas imborrables sobre todas las áreas del quehacer nacional. Por supuesto, la poesía  acusó el brusco viraje y se transformó en un documento de época que cuarenta años después mantiene su vigencia. De hecho, el mismo 11 de septiembre, Salvador Allende prefirió utilizar un discurso poético en lugar de uno político («Más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre»), asegurando así la trascendencia de su mensaje. Por su parte, Augusto Pinochet inauguró con rústica metáfora («Se mata a la perra y se acaba la leva») los diecisiete años de dictadura, permitiendo avizorar el tono que se impondría en todas las esferas de la vida pública.

Por cierto, la irrupción castrense constituyó una reacción a un proceso político cuya data se remontaba a décadas anteriores. Su hilo conductor se puede rastrear en las luchas obreras de los albores del siglo XX, y su culminación en el triunfo de la Unidad Popular. Ese largo camino gozó del apoyo de diversas figuras del arte y la cultura. Por ejemplo, la llamada Generación del 60, que precedió la llegada a la presidencia de Salvador Allende, sufrió directamente los posteriores embates militares, pues la mayoría de sus integrantes celebraron los cambios estructurales que experimentaría Chile durante el proyecto derrotado. Exponentes como Jaime Quezada, Floridor Pérez, Manuel Silva Acevedo, Omar Lara, Óscar Hahn y Gonzalo Millán verían aparecer la persecución, la muerte y/o el exilio como un destino impuesto.

«Los muertos salen de sus tumbas/ Los aviones vuelan hacia atrás/ Los rockets suben hacia los aviones/ Allende dispara/ Las llamas se apagan/ Se saca el casco /La Moneda se reconstruye íntegra/ Su cráneo se recompone/ Sale a un balcón/ Allende retrocede hasta Tomás Moro/ Los detenidos salen de espalda de los estadios/ 11 de septiembre/ Regresan aviones con refugiados/ Chile es un país democrático/ Las fuerzas armadas respetan la constitución/ Los militares vuelven a sus cuarteles/ Renace Neruda/ Vuelve en ambulancia a Isla Negra/ Le duele la próstata. Escribe/ Víctor Jara toca la guitarra. Canta/ Los discursos entran en las bocas/ El tirano abraza a Prats/ Desaparece. Prats revive  Los cesantes son recontratados/ Los obreros desfilan cantando/ ¡Venceremos!» (Gonzalo Millán: La ciudad).

Ivan Carrasco sostiene certeramente que el golpe de Estado «provocó dos cambios sustantivos en el panorama poético: una breve, violenta y profunda discontinuidad del proceso de la poesía chilena y una nueva, forzada y dual relación con los medios literarios de Europa y del país. Esta generó una poesía del exilio exterior, escrita por autores y militantes políticos expulsados o fugados de Chile […] También generó una poesía de la contingencia sociopolítica orientada a la resistencia al régimen de Pinochet dentro del país, llamada también poesía del exilio interior».

En efecto, el quiebre institucional que vivió el país —con su legado de 3000 muertos, de 40.000 torturados, de un modelo económico y una institucionalidad política que cuatro décadas más tarde continúa— constituyó, además, una feroz embestida en contra de la cultura y de las artes. Estos espacios fueron considerados propicios para el surgimiento del enemigo interno, como se le denominó a cualquier tipo de disidencia. Luis Hernán Errázuriz, académico de la Universidad Católica y autor del texto El golpe estético, sostiene que la irrupción castrense «no sólo abortó el poder político y administrativo del gobierno de la Unidad Popular, también inició un proceso de erradicación de su poder simbólico en el campo artístico cultural».

La política del régimen tendría desde sus inicios como eje la censura y la persecución, lo que facilitaría la operación de limpieza de la amenaza marxista. El primer paso de esta política fue la quema masiva de libros, el cierre de editoriales, el encarcelamiento de artistas y escritores, entre otros adherentes del Gobierno de Allende, la muerte de otros tantos, y etcétera, etcétera. Sin embargo, al margen de las acciones de las unidades de inteligencia de las Fuerzas Armadas, el llamado apagón creativo nunca fue tal. El mismo poeta Raúl Zurita asegura que la dictadura «fue un proceso de creación prolífica, ya que era lo único que se podía hacer».

Gonzalo Millán (1947-2006).

La generación NN

«El nombre de la generación tiene poca importancia. También si técnicamente se trata o no de una generación. Al rotularla, acudiendo a la abreviación de la latina expresión Non Nomine, que se utiliza para señalar un cuerpo sin nombre (como el de los desaparecidos o el de un transeúnte muerto en la vía pública), he querido hacer también un juego literario: lo nn también es una doble negación. Nada es totalmente nada, nadie es nadie, nunca nunca» (Jorge Montealegre).

Naím Nómez es una de las figuras que ha analizado el desarrollo de la poesía bajo la administración militar. El poeta y académico distingue fases en la dictadura que repercutieron y condicionaron el quehacer cultural. En sus palabras, la etapa inicial (entre 1973 y 1977) provocó un repliegue de la creación artística causada por una fase terrorista de persecución ejercida por agentes del Estado. Esto, en la poesía, se tradujo en un vuelco que fue desde el compromiso con la realidad social a una interiorización donde el poema «se desplegó como crónica, testimonio y memoria». Inaugural resultó el texto «Somos cinco mil» del cantautor Víctor Jara, escrito secretamente en los fríos pasillos del ex Estadio Chile, devenido entonces en un centro de detención y tortura.

«Un muerto, un golpeado como jamás creí se podría golpear a un ser humano. Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temore / uno saltó al vacío/ otro golpeándose la cabeza contra el muro,/ pero todos con la mirada fija de la muerte» (Víctor Jara: Somos cinco mil).

Pero Victor Jara no fue el único caso. Hubo otros vates que convirtieron sus textos en tempranos testimonios del horror y en verdaderos actos políticos. Tal es el caso de Aristóteles España, quien con apenas diecisiete años debió soportar la prisión y la tortura en Isla Dawson. Su libro Dawson es una muestra de «la violencia como huella en el lenguaje» y una inmejorable fotografía del momento.

«Este miércoles se le agotaron las pilas al firmamento/ Octubre moja su cola entre las olas/ Pablo Neruda ha muerto/ el tiempo se deshace en las literas/ seguramente continúan los fusilamientos/ pasado mañana cumplo dieciocho años/ América es un torbellino, nos mantienen en una constante incertidumbre/ frecuentemente nos visita un sacerdote/ anoche soñé que bailaba un tango en la penumbra/ ¿Cómo será el rostro de los torturadores?/ Las ampolletas de la barraca están encendidas/ estamos acostados/ se apagan las luces/ La alegría y la libertad deben ser como dos muchachas bonitas» (Fragmento de Dawson, de Aristóteles España).

Sin embargo, no todos los autores emplearon palabras directas y sencillas: hubo quienes optaron por los «intersticios del lenguaje, buscaron nuevas formas expresivas —ambiguas, con claves secretas— con el objetivo de burlar el estricto control de la censura militar», como afirma Nómez.

«Como una víctima de Hiroshima/ desperté./ Fue un acto de conversión./ Y desde ese día estoy preparado para lo peor» (Hernán Miranda: Lo peor).

Hacia 1977 se inicia el segundo momento de la poesía chilena, caracterizado por los intentos de desplegar «nuevas formas de críticas de cultura que llegara a los reprimidos receptores». En esta suerte de exploración influyeron las nuevas experiencias geográficas, históricas y culturales del exilio. Destacan obras como La nueva novela de Juan Luis Martínez (1977), Purgatorio de Raúl Zurita (1978) y Proyecto de obras incompletas de Rodrigo Lira (terminado en 1982).

«Preste Ud. atención, que habla la reacción: Obedézcase servilmente a la ley de la selva y el derecho del más fuerte a pisotear al débil en los callos que al débil le hayan salido de tanto correr para mantenerse vivo, y cuidaos que lo vuestro continúe en vuestras manos, y hacedlo multiplicarse y crecer, pero si no tiene nada, más vale que Ud. se someta a los destinos aciagos, pues para hacer oro, oro se debe tener de antemano, ya se trate de la alquimia, ya sea del termino oro, metáfora del beneficio que se percibe en el mundo del negocio tal como se habla de plata para referirse al dinero, que como todo, hasta el poto, hasta el amor tiene su precio» (Rodrigo Lira).

El tercer periodo parte en los albores de los ochenta, una década marcada por la nueva Constitución y por los primeros signos de agotamiento de un modelo ultraliberal que a la postre produjo la terrible crisis de 1982. Para entonces, el descontento social empezaba a sacudirse de sus miedos y, tímidamente, salía a las calles. Durante estos años, el repliegue cultural se fue fisurando en torno a nuevos espacios para el desarrollo creativo. Revistas como La Castaña, La Bicicleta e Índice; teatros como el Teniente Bello o el Ictus, así como el surgimiento de sociedades y talleres de diversa índole, conformaban una resistencia cultural activa. Destacan aquí exponentes como Clemente Riedemann, Rosabetty Muñoz y Tomás Harris, quienes —entre otros asuntos— ya daban cuenta del declive del autoritarismo militar y esbozaban críticas contra sus consecuencias sociales.

«Guerra en el Medio Oriente/ Un poco más de sol para los trabajadores polacos/ Todo eso, ¿qué?/ Yo sólo quiero ser la oveja más gorda del rebaño» (Rosabetty Muñoz: Ronda de ovejas).

Quizá por la naturaleza misma de la poesía o por la naturaleza misma de las dictaduras, estos poemas no gozaron de la masividad esperada. Sin embargo, allí estuvieron, denunciando, reflexionando e incomodando al poder de turno, que se expresó entonces de modos brutales. Por la misma razón, según cita Armando Uribe en el libro El fantasma Pinochet, el propio excomandante en jefe del Ejército se declaró enemigo de esta manifestación artística: «De poesía nada, ni leerla ni escucharla», filosofó.


Selección de poemas

Hotel de las nostalgias, de Óscar Hahn

Música de Elvis Presley

Nosotros
los adolescentes de los años 50
los del jopo en la frente
y el pucho en la comisura
los bailatines de rock and roll
al compás del reloj
los jóvenes coléricos
maníacos discomaníacos
dónde estamos ahora
que la vida es de minutos nada más
asilados en qué Embajada
en qué país desterrados
enterrados
en qué cementerio clandestino
Porque no somos nada
sino perros sabuesos
Nada
sino perros.

Nunca salí del horroroso Chile, de Enrique Lihn

Nunca salí del horroroso Chile
mis viajes, que no son imaginarios
tardíos, sí —momentos de un momento—
no me desarraigaron del eriazo
remoto y presuntuoso
Nunca salí del habla que el Liceo Alemán
me infligió en sus dos patios como en un regimiento
mordiendo con ella el polvo de un exilio imposible
Otras lenguas me inspiran un sagrado rencor:
el miedo de perder con la lengua materna
toda la realidad. Nunca salí de nada.

Aviso Clasificado, de Eduardo Llanos

Centro de inteligencia y prisión preventiva
en vías de expansión a todo el territorio
necesita contratar personal de apoyo
en jornada nocturnas, diurnas o vespertinas.
Se exige dinamismo, reserva, sangre fria,
olfato, patriotismo, buen oído y buen ojo.
Deseable posesión de vehículo propio,
estudios de karate y buena puntería.
Se ofrece buen sueldo, comisiones y viáticos.
Labor no rutinaria —con viajes de confianza
dentro y fuera del país—. Carrera funcionaria.
Postular solamente los más interesados.
Enviar nombre completo, sin datos ni currículo:
De eso ya tenemos un registro exhaustivo.

In memoriam, de Floridor Pérez

A un campesino de Mulchén

Todavía me pregunto por qué tú
—por qué tú y no yo—
por qué tú que alzabas gordos sacos
y cargabas camiones
eras fuerte, degollabas carneros
¿por qué no te aguantaste ese viaje
en un camión cargados como sacos
y te tiraron muerto junto a mí,
con tu poncho de pobre,
como un carnero blanco degollado
¿por qué tú, por la cresta, y no yo,
que ni me puedo el Diccionario
de la Real Academia en una mano?

Adios al Führer, de Jorge Teillier

Adiós al Führer, adiós a todo Führer
habido o por haber.
Adiós a todo Führer verdadero o falso,
buenas noches, le digo, buenas noches
con una íntima tristeza reaccionaria.

Adiós al Führer que engullía tortas de selva negra
mientras sus tanques se alimentaban de caminos de Europa.
Adiós a todo Führer que ame a Wagner o la Giovinezza
ya sea lampiño, barbudo o bigotudo.

Adiós al Führer que en submarino huyó a Buenos Aires
tras matar a Eva y a Blondi, su fiel perro.
Desde los hielos lo oye llamar Miguel Serrano
mas ni por mar ni por tierra podrán encontrarlo.
Adiós a todo Führer que nos ordene sepultarnos con él
tras contemplar cómo arden las ruinas de su Imperio,
y entretanto no deja a nadie dormir tranquilo
aunque no hayamos violado, ni robado, ni asesinado.

Adiós a todo Führer que obligue a los poetas
a censurar sus manuscritos o mantenerlos secretos
bajo pena de mandarlos a su Isla o Archipiélago
o a cortar caña bajo el sol de la Utopía.

Adiós al Führer de la Antipoesía
aunque a veces predique mejor que el Cristo de Elqui.
Es mejor no enseñar dogma alguno, aunque sea ecológico,
cuando ya no se puede partir a Chillán en bicicleta.

Adiós al Chico Molina, cruel Führer de Lo Gallardo
donde escribió El Lobo Estepario antes que Hermann Hesse,
aunque N.S. Jesucristo murió por él según lo dice Anguita,
y adiós por quienes desean que demos el sí cuando amamos el no.

Adiós a todo Führer a quien no le importa perder cuarenta o cuarenta mil hombres
con tal de invadir islas pobladas por ovejas,
y tras la derrota se acoge a general jubilación
a oír Silencio en la noche ya todo está en calma.

Adiós a quien un tiempo fuera nuestro secreto Führer
y nos recomendaba abstinencia botella de whisky en mano,
y con desprecio abandonó su Bunker frente al cerro
para conquistar Venezuela como sus antepasados.

Adiós al pícaro que pretendía ser Martín Bormann:
Enrique Lafourcade, conde de la Fourchette.
Lo verán pasear un ridículo perrito
sin poder alcanzar ni al Parque Forestal.

Lo verán alimentarse, fantasma rubicundo,
de pálidas y frágiles palomitas nocturnas.
Lo verán recorrer los más perdidos pueblos
buscando firmar autógrafos a Alcaldes y parvularias.

Lo verán sollozar pensando en sus Días sin Dieta
con patitas de chancho en Los Buenos Muchachos.
Lo verán derramar una furtiva y valetudinaria lágrima
mientras canta Yo soy el Rey creyéndose Pedro Vargas.

Y ya no habrá nadie de la Generación del 50
para entonar a coro Yo tenía un camarada.
Adiós a todo Führer que nos dé duro con un palo
y también con una soga
creyendo que como él somos apenas sensitivos.
Y buenas noches, amigos, buenas noches,
hasta que un día nos volvamos a encontrar
en la hora soberbia y enloquecida de los esqueletos.

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