/ una reseña de Francisco López Porcal /
En una entrevista el escritor Miguel Herráez se quejaba de la falta de relatos sobre la Valencia de la Transición. No le faltaba razón, porque a excepción de algún letraherido, de manera más o menos directa, es precisamente Herráez quien ha absorbido de manera inequívoca la narrativa del tardofranquismo en la ciudad del Turia. En este sentido, Herráez aprovechaba para reivindicar la visibilidad de las letras valencianas frente a lo que él denomina grosero ninguneo de la capitalidad madrileña.
Desde la lejana Bajo la lluvia (2000), cuya acción tiene lugar a los pocos días de la muerte de Carrero Blanco, la mirada crítica del autor se sitúa a lomos de aquel tiempo para seguir impregnando otros títulos posteriores, tales como La vida celular, Los días rojos, La estratagema o Posfacio. En su última publicación, Aparte de lo otro (Piel de Zapa, Barcelona, 2025), Herráez sigue obsequiando al lector con su latido emocional y a la vez intelectual, humor y melancolía aliados para reconstruir un periodo inestable y convulso de la historia de España más reciente. Aunque sus novelas se apoyan en hechos, Herráez rehúye el tono solemne desacralizando los hechos sin hurtarles el dolor. En este sentido, su poética es la recreación de ambientes y atmósferas que encapsulan como en una gota de ámbar su memoria, la del autor, como fogonazos de una nebulosa desbordante y minuciosa. Escribir es para él, y para muchos, la manera de reencontrarse a sí mismo y explicar su lugar en el mundo. Algo que me ha recordado a Theodor Kallifatides en Otra manera de vivir: «Por la sencilla razón de que no tenía otra forma de existir a los ojos de los demás, ni a los míos», manifestaba convencido el autor griego.
El argumento narrativo arranca con la historia de un joven periodista ambicioso, con aspiraciones de ganar algún día el Pulitzer, difícil meta en el despacho de un semanario algo delirante, de escasa enjundia, situado en Cirilo Amorós, cruce con Hernán Cortés. Allí trabajan ocho periodistas, una delegación, así la llaman, «con una mirada hacia su izquierda moderada, pero sin pasarse mucho». Sus compañeros de redacción conforman a su vez todo un microcosmos de personajes secundarios, curiosa amalgama de tics, manías personales e imposturas hiperbolizadas.
En su «actividad de escritorzuelo» leía los teletipos que escupían cada mañana huelgas en ferrocarriles, atentados de ETA y la kale borroka en el País Vasco, sucesos desestabilizantes a escasos meses de las elecciones parlamentarias de 1979. Además de noticias triviales que debía contrastar, como el avistamiento de un ovni desde una terraza cercana al Puerto, o el caso de una mujer que vivía con diecisiete gatos. Para ello, el protagonista salía a la calle en busca de algún suceso que le encumbrara y así calmar sus deseos frustrados. El pálpito de un rasgo autobiográfico: «El periodismo siempre me sedujo, el periodista ha de ser riguroso, exige verificación», declara el autor. Una precisión que Herráez aplica constantemente en la observación para conformar ambientes que explican el contexto donde se mueve el personaje, cuya interacción nos dará la clave para entender el desarrollo del relato. Buena parte de estos espacios son descubiertos mediante efectos visuales y sensoriales, con la milimétrica descripción que marca su estilo literario, como ocurre en un bar del marítimo donde acude el protagonista. Un lugar semejante
«a uno de esos cuadros impresionistas, un tristón tugurio de Montmartre […] Comprobé el número en la agenda, marqué con el auricular despegado, por pura higiene, a dos dedos de la oreja, y esperé. Allí, en ese rincón, olía un poco a una mezcla de salfumán con orines humanos y comida diversa, quizá a tortillas, por la proximidad a la plancha de cocinar con los lavabos. (…) Me fijé en la camisa blanca del camarero algo arrugada a la altura de los riñones, en el omóplato tenía una mancha oscura. Como si le hubieran impreso un sello de registro, de esos que les ponen a los terneros antes de llevarlos al matadero».
A lo largo del texto, el lector advierte un equilibrio entre lo emocional y lo intelectual, donde se cuela a menudo la melancolía de un tiempo pasado. Ahí quedan las continuas alusiones a elementos de un contexto concreto, el de los cines Capitol y Metropol, hoy desaparecidos, que emitían El expreso de medianoche o Dos en la carretera, la revista Triunfo, el flan Chino Mandarín y las sopas Knorr, los ceniceros metálicos de Cinzano, el fuerte olor de gas de la Butsiry las cafeteras Oroley, o simplemente lugares emblemáticos, como el bar Glorieta, al que alude no pocas veces en obras anteriores. El propio Herráez manifiesta que su escritura nace de un inevitable impulso introspectivo, algo que tiene sus límites, ya que el mundo de uno mismo es siempre limitado: «Solo puedes hacer variaciones sobre tu idea del mundo». Una idea del mundo que a veces gira como una peonza, adonde regresa a menudo. Tal vez el ojo de la escalera sea uno de esos lugares que el autor visita en sus ensoñaciones. El heroísmo de la ascensión descansa en el contrapunto negativo de la caída. La escalera posibilita un deseo de evasión, como recuerda Gilbert Durand: «No es por azar por lo que Desoille puso en la base de su terapéutica de los estados depresivos la meditación imaginaria de los símbolos ascensionales». Las dudas y contradicciones que afectan al protagonista, fruto de su fragilidad, le empujan a pedir consejo en casa de su primo Jaime. El acceso a la vivienda ofrece un cierto lirismo: «Me asomé acodándome en la barandilla de hierro, por el hueco de la escalera. Ya no olía a tuberías. No se oía ninguna voz ni televisor de las otras viviendas. Una luz cenital de atardecer, profunda pero ingrávida, descendía desde la claraboya de arriba como un velo gigantesco. Me pareció una hermosa luz violeta mezclada con gamas de amarillo suave».
Mucho antes, en Bajo la lluvia, el autor ya se enfrentó a la ensoñación ascensional, cuando Germán Tello y su amigo de célula comunista Luis Baró huían de una supuesta persecución policial, una paranoia tras otra, refugiándose en un piso de la calle Luis Santángel: «Nos cogimos a la barandilla de hierro y empezamos a subir. […] A los pocos segundos nos habíamos habituado a la oscuridad. Además, por el hueco nos llegaba un filo de la claraboya. Debía ser la luz de alguna terraza o habitación interior que se proyectaba hacia ella y nos iluminaba tenuemente».
El símbolo ascensional aparece de nuevo en la más reciente de Posfacio, en la que el protagonista busca vivienda junto al antiguo lecho del Turia: «Una habitación interior con claraboya. Lucernario, me matizó el responsable de la inmobiliaria cuando me mostraba el piso. […] Sea claraboya o lucernario, puedo ver el cielo tumbado en la cama. Si dejo el libro de lado, veo nubes. Si llueve, veo la lluvia golpear el cristal de la claraboya o del lucernario».
En el protagonista advertimos sus vacilaciones con la voluntad de seguir adelante buscando su meritorio reportaje. ¿Será el de una misión recibida por un sindicato ilegal de policías democráticos? Difícil encargo el de desenmascarar a su compañero de piso; un tipo de ínfulas izquierdistas, pero de convicciones fascistas: «Todo lo que veas en él es puro simulacro». Un fraseo reiterativo que arrastrará al eterno aspirante al Pulitzer a una constante paranoia unida a las personales, pero sobre todo a las familiares, las de su casa del distrito cinco, entre Luis Santángel, Duque de Calabria y José Antonio. Experiencias narradas en sus curiosos Hago un aparte del relato principal.
En suma, Aparte de lo otro es literatura, no solo de la memoria. Es la mirada de lo vivido en una ciudad de provincias, Valencia, que no se nombra, aunque latente en su amplia cartografía urbana con un lenguaje preciso, bien construido, con la libertad de alejarse de las modas editoriales. De ahí que Herráez se defina sin rodeos como un escritor sin éxito. O al menos en los términos habituales. «¿Éxito qué significa? ¿Vender libros?», se pregunta el autor. Y añade: una cosa es la literatura y otra vender libros. Por ello, no todo en él es puro simulacro; al contrario, emerge una poderosa mirada honesta de lo vivido. Aunque el lector audaz debe seguir los consejos del autor y leer hasta la última palabra del texto. Tal vez el fraseo del simulacro encierre una sorprendente metaliteratura a descifrar. Ahí lo dejo.

Miguel Herráez
Piel de Zapa, 2025
232 páginas
21 €

Francisco López Porcal (Mislata, Valencia, 1957) es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Valencia (1998) y doctor por la Universidad Cardenal Herrera-CEU de Valencia (2014), con una investigación acerca de la noción de imaginarios en el espacio ciudadano y sus conexiones con el discurso ficcional de la novela. Colaborador habitual en prensa diaria y en publicaciones especializadas, como Revista de Letras, La Vanguardia.com y Makma, revista de artes visuales y cultura contemporánea. Ha colaborado en libros como Santos Juanes: diversas publicaciones sobre esta Real Parroquia (2002) y 101 relatos de la publicidad antigua (2018). También es autor de los ensayos La Valencia literaria desde el espacio narrativo (2018) y El estanque de ámbar: escenarios, libros, debates, aproximaciones (2023) y las novelas Atrapados en el umbral (2019) y Una sonata lluviosa (2025).
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